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Caín No Quiso Firmar (final)

Tras despedir al repartidor, del que me olvidé, vengativo, tras comer las pizzas menos gustosas de toda la industria de la comida rápida, me olvidé de esa distracción que había contribuido a aliviarme, saqué uno de los paquetes del cartón y me fumé un cigarrillo.
El humo descendió por mi garganta como un espeleólogo profesional, acariciando la laringe y rascando mis alveolos como si fuera papel de lija. Las tres primeras caladas me hicieron toser, expectorando como si sufriera de cáncer de pulmón terminal. Las cuatro siguientes colmaron mis expectativas de drogarme legalmente como si no hubiera mañana, y acabé el cigarrillo mareado, con un ligero sabor a alquitrán en las papilas gustativas. Satisfecho como aquel que descubre cuán fácil es quebrar una serie de valores con un acto insignificante. Volviendo a fumar asestaba un golpe crucial a mi proyecto de mens sana in corpore sano, derrumbando los pilares de mi forma física y facilitando una caída desde una altura estratosférica.
No me importaba.
Después de todo, ¿qué había aportado mi causa al mundo? Poco más que un par de heroicidades en mis primeros pasos, una serie de actos poco justificables después y una traición digna de treinta monedas de plata. Había demostrado ser tan factible de corromper como el mundo, al que fútilmente ayudé por una recompensa que demostró ser demasiado suculenta. Caín apartó de mi cabeza las súbitas inclinaciones de mi mente a quitarse de en medio, conocedor de que mi muerte también le privaría a él de la existencia. De cualquier manera, la idea de claudicar abandonó poco después, y para siempre, mi cabeza. No sé si fue por las protestas del carcelero en el que me había convertido, o por ser en el fondo un animal en continua pugna por sobrevivir. Pero mi pérdida de los valores más sagrados que yo había llevado cual estandarte no supusieron seguir con la tozudez de suicidarme. Desde otra perspectiva más relativista, comprobé que a pesar del gigantesco desengaño en el que se había convertido todo, y la ruptura que me iba a costar superar, no tenía más motivos para no seguir la lucha. Es más, habría sido un enorme signo de irresponsabilidad, y algo, tal vez las cenizas del honor, me impedía caer en la desesperación total. Al menos, debía arreglar aquel desastre. Irme sin cargar con las consecuencias habría sido la opción fácil…y la incorrecta. Yo era un ser humano único, a pesar de lucir la marca de Caín, y no podía dejar deudas pendientes.
No había hecho más que dar de comer a un impulso, una necesidad vital de probar cosas nuevas a la que hábilmente había enmascarado de heroísmo. Había sobrepasado los límites que yo mismo me había autoimpuesto y eso había logrado darme cuenta del círculo vicioso de dolor en el que yo solo había entrado y ahora me veía incapaz de salir.
Pretendiendo hacer una limpieza que solo contribuiría realmente a desordenar aún más mi casa, alejado de mis amigos y sin ningún confidente más que el que ya estaba harto de escuchar, rebusqué en cada una de mis dependencias tratando de hallar todo recuerdo posible de mi novia. No quedó fotografía, carta o regalo que ella me hizo sin clasificar. Dispuse todo en una caja de cartón encima de mi escritorio y añadí algunas cosas que tenía preparadas para entregárselas cuando tomé mi decisión de recuperar el tiempo perdido. Ahora ya no eran útiles y solo servían como testigos inertes de mis ganas de verla, de sentirla, de cogerla de la mano, de hacerle el amor dejándome el alma.

Cuando todo estuvo listo, fui al baño y cogí una botella de alcohol desinfectante de una de las baldas. Aunque me abstuve de encender la luz, probablemente Caín me contemplaba divertido desde el espejo. “Espera y verás, gilipollas”, pensé, guardándome las ganas de ver su cara después de aquello. Era imprescindible que no se diera cuenta, pues podía imaginarme su reacción. En la penumbra era más excitante experimentar esa sensación de agobio, de constante acoso. Daba alas a mi rencor.

Volví a la habitación, me desnudé y con la caja con sus cosas, suplantando a un idílico baúl de los recuerdos, llevé todo lo que necesitaba a la cocina. Me asemejaba a una afanosa hormiga obcecada en su trabajo de recopilación de suministros para el invierno. Encendí otro cigarrillo y me tomé mi tiempo antes de empezar. Cuando me sentí preparado, comencé.
Mi reproductor de música daba color a la escena, con la canción “Retales de una vida” de los Celtas Cortos. Rocié con abundantes dosis de alcohol todo el contenido de la caja, la coloqué dentro de un cubo y, aprovechando las últimas brasas del cigarrillo, arrojé la colilla dentro.

Una súbita llama ascendió, quemando lo último que me mantenía cuerdo y aferrado al sentimiento sobre el que había decidido cimentar mi vida. Aspiré el humo negro que salía de mi improvisada pira, vertiendo en mis fosas nasales el penetrante olor de una relación que ya no existía, de promesas que ya no se cumplirían. Activé el extractor de la cocina solo cuando la mayor parte de los objetos ya ardían sin posibilidad de recuperación. Mi cabeza daba vueltas por el humo inhalado y tuve que apoyarme en la pared para no marearme. En los siguientes minutos, cuando el fuego amenazaba con apagarse, añadí las cajas de las pizzas para mantenerlo durante un breve rato más.
Abrí la ventana para respirar un poco de aire más puro que el que allí había; cuando el haber esnifado mi pasado dejó de removerme la conciencia, me puse a escribir. Sentía la imperiosa necesidad de representar sobre el papel mi odisea, la historia de mi caída que notaba más allá de cualquier redención y mi hedonismo, que era lo último que me quedaba y al mismo tiempo lo que más me repugnaba. Comprendí que el primer paso para cesar en la arrogancia era despreciarse a sí mismo. Encolerizado y al calor del fuego, escribí una oda que llevaba en mi cabeza días. Me contuve de poner el título, aunque tanto mi reflejo como yo sabíamos qué nombre habría de llevar.
Decía:
Ya la misma vida se ha muerto,
y el público enloquece.
En cuarentena aguardo por días mejores,
en los que mi mundo elija mantenerse en pie.
Mi filantropía pervive en el recuerdo.
Su marca me envilece.
Este cuerpo, antro de perversiones,
disfruta sin que nadie espere por él.
Mi mano otorga el único placer del que ahora soy digno.
Pero no entiendo como pude actuar así.
Rompí las puertas de un sublime Paraíso
sin saber que estaba matándote a ti.
Prefiero ahora saquear mi resistencia,
disparando una descarga de furia
al sentimiento de satisfacción
que pervive en las almas inocentes.
Alejar la esperanza con insolencia,
recrearme en la pena sin gloria,
y vomitar carne de cañón
pues no deseo renacer fuerte.
Solo aprender con mi gente,
a no sulfurar mis anhelos,
o de forma obsoleta morir.
Mientras, la voz de Elvis Costello
armonizará con la grieta de mi cicatriz.

Mi cicatriz.
Tras arrojar el papel al fuego, eché un vistazo a mi hombro izquierdo, donde aquel ladrón me había herido, hacía ya tanto tiempo…Recordé como ese vestigio de mi idealismo había sido llevado por alguien que ya no parecía yo, una señal tan banal como vanidosa. Y cómo fue el germen de la separación irremediable con mi novia, a la que no fui capaz de confesarle lo que hacía. Aquello tal vez hubiera supuesto una sustancial diferencia. Era tarde para comprobarlo. Pero no para finalizar la persecución de Caín, recuperado ya de los efectos de la pira ritual.
En mi frigorífico encontré una botella de agua llena. Vacié todo su contenido dentro del cubo para apagar los rescoldos de aquel incendio semicontrolado, y después fui al baño. Esta vez me atreví a encender la luz. Caín advirtió mi presencia desde el espejo, y su sola mirada de odio me dio jaqueca. Tenía los ojos inyectados en sangre, barba descuidada, y dientes amarillentos. Tosimos a la vez, aún expulsando los resultados del incidente en la cocina. Todo cobró sentido de pronto: aquel fue el sitio donde tuvimos nuestra primera conversación. No dijo nada mientras yo tenía los ojos cerrados, escuchando el “Hail to the King” de Avenged Sevenfold con sobria paciencia.
Descargué con toda la fuerza que pude reunir mi puño izquierdo contra el espejo. Caín gritó, pero fue mi voz la que escuché convirtiendo en sonido el repentino estallido de dolor que me recorrió el brazo. Escuché mis dedos crujir de dolor y golpeé un par de veces hasta que me fue insoportable seguir. Ignoré el reflejo deformado que ahora ocupaba todo el espejo, y sin ningún cuidado froté mis nudillos, esparciendo minúsculos fragmentos del cristal incrustados en mi epidermis. Arranqué uno de los trozos de lo que quedaba de mi espejo y lo así con mi mano izquierda, ensangrentada.
Murmuré:
-Me he convertido en la Muerte, la destructora de mundos.
Repetí esa cita hindú de Oppenheimer varias veces mientras, obedeciendo a mi perturbado sentido de la simetría, me clavaba lentamente el fragmento, como una cuchilla, en mi hombro derecho. El lacerante filo entró segando la piel con facilidad, haciéndome un daño que mis nervios ya solo podían interpretar como ajeno. Así, pensé, el círculo por fin estaba completo.
Dediqué cerca de media hora a vendarme la mano maltrecha y curar provisionalmente la herida del hombro. Como su hermana gemela en el lado izquierdo, no había penetrado en el músculo, con lo cual no me impedía la movilidad. Con mis dedos manchados de sangre, escribí el epitafio de mi enemigo, pintarrajeando su nombre en una parte del cristal donde podía ser legible. Prescindí de señal alguna de respeto al monstruo culpable de todo y el cansancio invadió mi cuerpo como si llevara años sin dormir. Acompañé la oleada de somnolencia con el “Nothing else matters” de Metallica sonando a modo de réquiem, tumbado en mi cama hasta que apagué el reproductor, mis ojos se cerraron y mi subconsciente entró en un reino onírico de pesadilla.

Por alguna razón, caminaba (en el sueño) vestido de traje oscuro. De algún modo, la música se transmutaba en letras del color del zafiro que se quedaban en el aire, como si me hallase en un absurdo karaoke. Sonaba “Brave New World” de Iron Maiden y yo la recitaba mientras entraba en una sala llena de espejos, donde un ingente número de clones de mí mismo se abalanzaban sobre mí con uñas afiladas, dispuestos a desgarrar mi misma alma, el reducto que Caín, que lideraba la comitiva de asesinos, había convertido en un corrupto erial.

Desperté, sobresaltado.
No había sido una noche sencilla, pero en ninguna, desde que Caín había empezado a perseguirme para destruirme por completo, logré realmente más que sentarme a la tenue luz de mi lámpara, carente de genio mágico que arreglara este entuerto en el que se había convertido mi vida. Sentarme y velar mis pesadillas flotando en el ambiente. Así que podía considerarme más que afortunado por al menos poder cerrar los ojos y sumergirme en el vacío de la mente. ¿Para huir? Tal vez. ¿De quién? No lo sé. Porque no puedes escapar de lo que eres. Aunque soy quien soy por haber tratado de hacerlo.
Contemplé, incorporándome, la oscuridad de las tinieblas de mi habitación y me di cuenta que era tan abrumadora como inquebrantable, un terrible manto de negrura apenas coloreada por un tímido amanecer. Di fe de cuánto miedo podía experimentar en aquella aparente tranquilidad. Me sentía pequeño, todo lo pequeño que se puede sentir un hombre que cree haber tocado fondo.
Al igual que yo pretendía cerrar los párpados cubriendo mi vista de cualquier demonio que quisiera enamorarme a primera vista (ya había tenido de sobra con uno), de la misma manera Caín, desde el espejo, no me contemplaba. Y ahí estaba yo, muerto de miedo, en mi hipócrita soledad, sin poder pensar en más que en la que no deseaba ni siquiera rememorar.
Encendí mi reproductor de música. Sonó “Me equivocaría otra vez” de Fito y los Fitipaldis. No se me ocurrió entonces mejor banda sonora.
Al amparo de una letra que hablaba de no despertar aunque amanezca, me puse a reflexionar.
Y no encontré, ya no, después de todo lo vivido, un consuelo en otra persona. Eso fue algo que no me esperaba. Pero lo verdaderamente terrible era darse cuenta que yo mismo había sucumbido a la marea de autodestrucción que se había camuflado de camino fácil, y que nadie, salvo Caín, al que no podía acusar por ser solo mi reflejo, era culpable de mi estado. Únicamente yo era la causa y el efecto, la suma y la sustancia de mis experiencias.
Pero si bien en circunstancias parecidas ya me las había tenido que arreglar, aquí la diferencia era notable. Pues siempre me había apañado para apoyarme en mi esencia, en mis propias capacidades, especulando con mi autoestima y alcanzando, en la más arriesgada de las apuestas que puede hacer alguien, la libertad absoluta.
Y ahora, por primera vez, no veía la luz al final del túnel, habiendo destruido más el interior que el exterior de mi realidad cotidiana en el proceso de conocer a Caín. Ya no era, ni he sido nunca más, el übermensch, el ser humano que marca sus propias reglas y decide su porvenir, como el vasto océano que solo se gestiona. Ahora era un maldito paria de mi propio futuro, un alienado de mi presente, y ya no más un rehén de mi leyenda, sino un prisionero que roe sus propias entrañas.
De pronto, de la nada, de esa vorágine hambrienta de vacío, surgió un garfio, un ancla que únicamente pretendía mantenerme conectado con la razón. Un cable que hizo que se iluminasen en mi cabeza destellos de mi vida anterior, de momentos felices con ella, antes de mi caída. Me vi a mi mismo paseando de su mano, condicionando mi felicidad a la suya, y participando de ella. Contemplé, tras conjurarlos en la penumbra, sus ojos perforando los míos, su manera deslumbrante de sonreírme, su acalorado modo de defender su punto de vista en una discusión de tema aleatorio.
Otra conexión neuronal, contaminada por el lugar donde se producía, que no era otro que yo mismo, hizo contacto en mi cerebro, y borró de un plumazo aquella visión idílica. Volví a sumergirme en la negrura, pese a que el alba despuntaba y ya no podía seguir ignorándolo. Conmocionado por el contraste entre la oscuridad que yo mismo había provocado y la luz que se imponía, mi mente se sacudió, como un navío al sur del cabo de Hornos, y automáticamente conjuré una bella imagen, que aún no se había corrompido: ella, tendida desnuda sobre mi cama, ansiosa de recibirme entre sus piernas, reluciente de deseo. Recordarla a estas alturas era mi droga, mi generador de causa y mi catalizador de soluciones para cualquier problema. Mi cuerpo respondió al estímulo, a la cadencia candente del momento, y llevado por un impulso, me senté y con mi mano derecha comencé a darme el único placer que me merecía, la masturbación de los imbéciles.
Ahuyentando unos fantasmas y convocando otros, sin apartar la consciencia de mi ficticia fantasía, empecé e hacerlo cada vez más rápido, mientras me tumbaba y dedicaba así todo mi esfuerzo a la concentración de algo que se quería fugar a la menor oportunidad.
Una sucesión interminable de pensamientos, a cual más bizarro, contribuyeron a que mi excitación fuera a más. Mi brazo se obcecó en no darme cuartel, como si yo ya no lo manejara. Tal vez esa era la idea, dejarse llevar por el más puro instinto.
Un espasmo recorrió mi cuerpo y mis dedos de los pies se contrajeron, augurando un torrente inexorable de placer. Cerré los ojos para no cauterizar la herida de mi memoria, por la que me desangraba de pura velocidad al fluir mis recuerdos vertiginosamente. Ya la habitación había sido invadida por la luz del nuevo día, no mejor pero sí nuevo, lo cual ya significaba algo distinto. No sé si se cumple por norma eso de que cualquier época pasada es preferible a la actual…pero todo indicaba que sí.
Y llegué por fin al clímax, arqueando mi espalda en un súbito movimiento de látigo, y dentro de mí quebró el último de los cristales que habían compuesto mi alma. Una vez hecho añicos, mientras me convulsionaba y un breve y aburrido gemido anunció el final de la eyaculación, mi mente, no sé si por castigarme o por el tedio, me condujo a mis recuerdos más profundos, al último baúl de mi memoria. La música acompañó dicho instante:
-“Ha sido divertido, me equivocaría otra vez…”
Así, mientras el semen se derramaba en mi mano, vientre y piernas, el monstruo en el que me había convertido devoró lo poco que me quedaba de ser humano.
Y lloré. Lloré por ella, por el mundo. Y si algún dios me estaba contemplando, bien sabe que también lloré por mí. Porque las lágrimas inmerecidas saben como la tónica, prometedoras al principio y amargas al final…así que otra metáfora más no me mataría, y por eso decidí llorar y mandarlo todo a tomar por el culo. Me equivocaba en algo: ya estaba muerto, tanto como puede sentirse un organismo racional. Limpié con furia visigoda los restos que había expulsado y arrojé los pañuelos de papel al suelo, llenos de lágrimas y semen. El néctar y la ambrosía de los fracasados, pensé.
Ya era de día. Me atreví a contemplar mi reflejo. Sabía que podría buscar a Caín, y con eso, desatar mi nudo gordiano y culpar a otro de mis fallos para poder, al menos, sentir alivio en la nueva vida que ahora me reclamaba.
Pero Caín no estaba allí.
Y entonces comprendí, como si fuera gilipollas y hubiera tenido que presenciarlo mil veces para entenderlo, que nunca hubo ningún Caín.
Ni él era el guardián de su hermano. Pues nunca hubo tampoco hermano.
Solo estaba, solo ha estado y solo estoy yo.

Y yo, ya fuera persona destruida o ya un monstruo, depende a quién preguntases, era el responsable de mi vida. Y como tal, cargaría con las consecuencias de mis actos, en el improvisado juicio de Osiris al que me había apuntado para participar activamente.
Y fue comprender eso, esa cruda verdad, lo que me arrojó de cabeza al limbo. No sé si llamarlo felicidad, pues ese es un término demasiado ambiguo. Fuere como fuere, la certeza de haber madurado, cometiendo errores y aprendiendo de ellos, me parecía un estado mental idóneo mientras pensaba qué hacer. Hasta por lo menos saber cuál sería mi siguiente paso.
El “Himno de la alegría” de Miguel Ríos empezó a sonar con fuerza en el reproductor. Sentí como una inclasificable energía que recorrió todo mi cuerpo y me devolvía la vitalidad. Ya no había más luz que la que entraba por la ventana, abierta por mí, para recibir el fresco aire de una mañana que empezaba a sentir muy diferente a las anteriores. Ni había tampoco más Caín que el que yo quisiera. Solo existía un hombre.
De hecho, solo existe un hombre. Y mientras doy el siguiente paso, y luego otro, y luego otro, me he tomado un descanso para contar mi historia. Quizá para que sirva como monumento a lo que no fui ni debí intentar ser sin conocer las consecuencias. El precio es demasiado alto y lo que consideras importante durante el camino después prueba ser tan efímero como la validez de la voluntad que lo consiguió.

No he recibido recompensas que no me hayan traído algo malo con ellas, pero tampoco nadie que no sea yo me ha castigado por mis pecados.

No soy un héroe. Pero tampoco soy Caín.

Y la vida sigue.
Luko179131 de julio de 2014

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