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El Monstruo de la Hoguera de San Juan

Los tres días que llevaba de vacaciones en aquel apartado lugar, estaban siendo los más burridos de su vida. Allí no había niños con los que jugar. ¡Allí no había nadie! Por si fuera poco, sus padres habían marchado al pueblo para hacer unas compras; y Tony, su hermano mayor, a coger olas con el grupo de surfistas con los que quedara en facebook. Y todo en la víspera de su onomástica, 23 de junio, la noche de San Juan. Tony tenía diecisiete años. Juan, nueve.

En toda la tarde sólo había hablado con un simpático viejo que estaba mariscando, y que había intentado meterle miedo, inventándose una historia sobre muertos y aparecidos.

Le dijo que tuviera cuidado porque esta es La Playa de los Ahogados y que por este lugar aparecen, esta noche, convertidos en monstruos, todos aquellos que han perecido ahogados en las inmediaciones. Uno de ellos perseguirá a un niño que se llame Juan, porque hoy es la víspera de su santo, y lo echará a la hoguera. Es un rito antiquísimo que se ha celebrado siempre en el solsticio de verano.

No le hizo ni pizca de gracia aquella broma de mal gusto. El viejo se fue por la orilla del mar arrancando lapas. Y el niño se encontró más solo que nunca en medio de la deshabitada playa. Entonces oyó un extraño sonido que parecía proceder del repugnante dibujo de grafiti pintado en la pared de la única casa que había en todos los alrededores y que sus padres habían alquilado para pasar las vacaciones de verano.

-¡¡¡...uuu...aaa...!!!

Un escalofrío le retorció las tripas y corrió hacia la casa, asustado. Aquella voz que parecía un lamento prolongado, volvió a sonar más clara, más terrorífica. Entró y cerró con llave. De pronto se había hecho de noche. Todas las luces de la casa estaban apagadas. Conectó la alarma y subió corriendo al piso superior, donde se acurrucó en el cuarto de la tele, cerrándose. Se subió encima de la mesa de escritorio que estaba pegada a la ventana. Con la cabeza apoyada en las rodillas encogidas, se quedó mirando la desierta playa, iluminada por la luna llena, que había aparecido inesperadamente. Buscó en el móvil el número de su hermano para llamarlo. Nadie contestó. De pronto, el corazón le golpeó con fuerza en el pecho y le cortó la respiración. Sus pupilas se dilataron de espanto. No podía dar crédito a lo que estaba viendo.

Unos monstruos salían de la orilla de la playa. Caminaban con pasos inseguros y caían a la arena. El que iba primero, cayó junto a la barquilla, que estaba vuelta al revés. El niño vio claramente que tenía un esqueleto por brazo. Se le veían los huesos. Tenía una cabeza horrible con colgajos de carne putrefacta. Se revolcó en la arena y se puso en pie, pero le fallaron las fuerzas y cayó de nuevo.

-¡El viejo no me mintió! ¡Es verdad! ¡Lo estoy viendo con mis propios ojos! ¡Los ahogados están volviendo a la vida convertidos en monstruos! ¡Pero eso es imposible! ¡El que se muere, lo entierran y se acabó! ¡Bueno, ya no estoy tan seguro! ¡Uno de ellos se dirige a la casa! ¡Es un monstruo horrible con los huesos de media mandíbula al descubierto y colgajos de carne en las tripas! ¡Los otros va a recoger las maderas que están en las rocas para hacer la hoguera! ¡No puedo creerlo! ¡Son de "verdad"! ¡Uno viene a por mí! ¡Sabe que me llamo Juan! ¡Jolín! ¡Esto no me gusta nada!

Aquel sonido de ultratumbas, se hizo más audible:

-¡...uuu...aaa...! ¡...uuu...aaa...! ¡...uuu...aaa...!

-¡Me están llamando! ¡Están diciendo: Juuu...aaan!

Pálido, tragó salivas. El sudor comenzó a correrle por todo el cuerpo. Aquellos seres sobrenaturales eran torpes de movimientos. Andaban tambaleándose, pero no se detenían. Un perro pulgoso les ladró, y salió aullando asustado cuando uno de los monstruos se volvió hacia él.

El aberrante ser llegó a la casa y aporreó con violencia la puerta. Juan se bajó de la mesita y salió al pasillo al que daban todas las habitaciones. Colocó la escalera plegable de tres peldaños junto al ropero empotrado. Se encaramó a lo alto, y haciendo un gran esfuerzo, elevó su rechoncho cuerpo hasta el lugar que ocupaban las maletas de viaje. Se acomodó como pudo en el rincón. Las voces roncas parecían llamarle cada vez con más fuerza:

-¡...uuu...aaa...! ¡...uuu...aaa...! ¡...uuu...aaa...!

Los golpes retumbaban en toda la casa. Se encontró hablando solo en la oscuridad. Le temblaba la mandíbula. Estaba metido en un buen lío. De pronto la alarma empezó a sonar. ¡El monstruo había entrado en la casa! En medio del escándalo de la alarma, sonó el móvil que llevaba en el bolsillo. Rápidamente, pensando que eran sus padres, nervioso, lo abrió y se quedó helado cuando escuchó:

-¡...uuu...aaa...!

Volvió a pulsar el número de su hermano. Nadie contestó. La lucecita azul de la pantalla del móvil le iluminaba la cara contraída por el desconcierto. Pulsó el número de su madre. Sonó hasta el aviso de mensaje. Estaba pálido, sobrecogido de terror. En la cocina se oían ruidos sordos y entrechocar de botellas.

Aquella voz que le llamaba tenía un sonido terrorífico, como si hablara a través de un tubo de cartón. El escalofrío le puso la piel de gallina. La alarma dejó de funcionar. El grito de guerra de aquellos espectros seguía retumbando en la playa. Percibió el humo y la claridad de las llamas de la hoguera. Unos pasos inseguros subían la escalera de granito. La inquietud lo dejaba sin aliento. La puerta de su cuarto retumbó y cedió a los golpes. Estuvo a punto de gritar llamando a sus padres y a su hermano, pero se mordió la manga de la camisa, conteniendo el chillido de terror que le atenazaba la garganta. Escuchó el jadear pesado de la respiración del monstruo. Las puertecillas del altillo donde estaba escondido habían quedado ligeramente entreabiertas. Por la rendija podía ver un cuadro del pasillo y la puerta de su cuarto. No era posible que el monstruo lo viera, aún así, pensó cerrarlas del todo. Pero ya era demasiado tarde.

El espectro se puso a la vista. El niño tragó salivas recogiendo más aún las piernas. Contenía el alarido de espanto con la mordedura de la camisa. Tiritaba de miedo. Aquel ser endemoniado tenía un solo ojo. Musgos y algas le colgaban de la cabeza en lugar de los cabellos. Se le veían las costillas del pecho. El corazón se le aceleró a punto de darle un infarto. Se le escapó una palabrota, mientras cerraba los ojos con gesto de asco.

El horripilante ser acercó la escalera y comenzó a subir hacia él. Abrió de par en par las puertas del altillo del ropero empotrado. Un brazo huesudo se estiró en la oscuridad. El niño se pegó fuertemente contra el rincón. Se le saltaron las lágrimas, y los orines. Se oyó a sí mismo suplicando:

-¡No! ¡Por favor! ¡Socorro! ¡Papá!

-¡...uuu...aaa...! --le llamaba el demoníaco ser.

Los dedos huesudos, apenas cubiertos con tendones, acariciaron sus tobillos, estirándose cada vez más. El único ojo del monstruo brillaba con mirada demencial.

Juan se armó de valor. Tenía las piernas encogidas, y, como un resorte, soltó la derecha con tanta fuerza y precisión, que le acertó en pleno ojo al resucitado, tirándolo hacia atrás. Saltó al suelo y cayó a su lado, rodando. Creyó haberse torcido un tobillo. El espantajo estiró los brazos para alcanzarlo y rozó sus pies desnudos. El niño se levantó y echó a correr. Se metió en su habitación y pasó la llave. Luego siguió al cuarto de baño. Pasó el cerrojo y abrió el ventanillo con la intención de saltar al exterior y huir por la parte trasera de la casa. Una gran decepción le hizo maldecir. La ventana tenía barrotes contra los ladrones y, además, estaba en un segundo piso. No supo qué hacer. Quizás tuviera tiempo aún de salir por las escaleras. Pensó que aquel ser horripilante tenía la facultad de abrir puertas, puesto que había entrado en la casa. No podía quedarse aquí porque lo atraparía. Salió del baño y, descorriendo la cerradura muy despacito, abrió lentamente la puerta del dormitorio. No se oía nada. Temblaba de pies a cabeza. Fue asomando poco a poco la naricita al pasillo, cuando de repente, una mano surgió ante sus ojos y la desdentada boca del monstruo se abrió desmesuradamente como si quisiera tragárselo. Instintivamente le propinó una patada por debajo del estómago y echó a correr. Escapó de entre sus brazos. El espantajo lo siguió, rugiendo su nombre, con los brazos estirados. Con las puntas de los dedos le rozó la espalda. Sentía el aliento que le perseguía y le rozaba el cuello. Llegaron a la altura de las escaleras, y entonces, una repentina idea cruzó por su mente. Se tiró al suelo cuando estaba a punto de ser alcanzado, y le puso la zancadilla. El monstruo chocó contra sus piernas, perdió el equilibrio y rodó escaleras abajo, con gran estrépito, rebotando en todos los escalones y quejándose de dolor. Quedó tirado al pie de la escalera.

Un gran resplandor iluminaba la playa con la enorme hoguera que habían encendido. Los otros aparecidos bailaban alrededor de las llamas haciendo extraños y coordinados movimientos de danzas, mientras lanzaban aullidos, repitiendo todos al mismo tiempo:

-¡...uuu...aaa...! ¡...uuu...aaa...! ¡...uuu...aaa...!

Juan miró espantado a aquella horrible criatura que parecía salida de un videojuego. ¡Si Tony hubiera estado aquí habría visto con qué valentía se había enfrentado al monstruo! ¡Tenía que haber regresado ya! ¡Era de noche! ¿Y si otro monstruo atacó a su hermano cuando regresaba a casa?

Este pensamiento le hizo llorar de nerviosismo y de miedo. Tenía que salir para encontrarlo. ¡Iría hasta la misma comunidad de surfistas si fuera necesario!

-¡Oh, Dios! --Lloró muy nervioso pensando en su hermano.

Comenzó a descender las escaleras, sin apartar ni un segundo los ojos del cuerpo ensangrentado que yacía al pie de la misma. Llegó al segundo escalón. La mano huesuda del horripilante ser, se levantó de repente. Al niño se le escapó otro grito de terror que le hizo subir tres peldaños de un salto.

Entonces vio que otro monstruo entraba corriendo en el salón y se arrodillaba junto al caído. Juan estaba paralizado. Temblaba de pies a cabeza, agarrado al pasamanos. Oyó al herido quejarse de dolor, pero ya no era la voz cavernosa de antes. El recién llegado llevó una huesuda mano al cuello del caído. Con claro nerviosismo metió los dedos por debajo de la barbilla, y poco a poco, tiró de la piel hacia arriba. La cara del monstruo se desfiguró más aún. Era horriblemente feo con la piel de la cara completamente arrugada. Las manos que estiraban la esquerosa piel, consiguió sacarla por encima de la cabeza y, entonces, apareció otra cara con un manchón de sangre en la frente. El repugnante ser que le atendía, se quitó la máscara que le cubría la cara y una cascada de cabellos rubios le cayó sobre los hombros. Era Silvia, la novia de su hermano, que decía con voz entrecortada:

-Tony, cariño, ¿te has hecho daño?

-¿Tony? --preguntó Juan, desconcertado.

La chica le quitó completamente la careta al que estaba caído, y apareció la cara de su hermano, que le dijo, sin perder del todo su buen humor:

-Juan... Casi me matas... Miedica... Te estaba gastando una broma para que no estuvieras tan aburrido en la víspera de tu santo... ¿No ves que llevo puesto el disfraz de látex que usé en carnavales?

Silvia lo besó con pasión en la boca, suspirando aliviada. Varios monstruos más entraron en el salón. Eran sus amigos surfistas, vestidos con el negro traje de neopreno, decorado con pinturas fluorescentes blancas, amarillas, rojas y verdes, que daban el aspecto de huesos y tripas.

El móvil de Tony sonó en aquel momento. Eran sus padres que venían de regreso. Su madre le preguntaba si ya habían hecho la hoguera. Si había invitado a todos sus amigos surfistas. Si eran suficientes diez kilos de chuletas y salchichas para la barbacoa de esta noche, además de una caja de vino, otra de cerveza y varias botellas de whisky. Y que traía una gran tarta para celebrar el día de la onomástica de su hijo Juan, en una noche que nunca olvidaría...

Con el teléfono en la oreja, Tony se sentó en el escalón, visiblemente recuperado después del gran beso recibido por parte de Silvia. Y mientras se rascaba el chichón de la frente y se quitaba completamente el disfraz de látex, respondía:

-Sí, mamá... Por fín conseguí que mi hermanito saliera de su aburrimiento. Lo ha pasado genial... Ya te contará él... Te lo paso...

Tony miró a su hermano menor con una sonrisa, guiñándole un ojo. Juan cerró el puño, con los dientes apretados, dándole un imaginario puñetazo en el ojo.

Marcial22 de junio de 2011

8 Comentarios

  • Libelle

    me encanto el relato marcial

    un abrazo

    23/06/11 06:06

  • Asun

    Muy bonito Marcial, y muy oportuno, ya que hoy habrá miles de hogueras por todas las playas. Si tienes la suerte de estar en alguna espero que te diviertas.
    Saludos.

    23/06/11 05:06

  • Agora

    Marcial, Juan no necesita enemigos con un hermano como Toni... asustar críos debería tener castigo... pero el premio es leerte!!! siempre! narrativa impecable y de un realismo que asustaaaa!!! abrazos!

    23/06/11 06:06

  • Buitrago

    ¡¡Woow!! buenisimo relato Marcial, si a mi me hace eso alguno de mis hermanos, años se hubieran tirado sin pegar un ojo esperando haber como y por donde se la come.
    jajajaja un gusto leerte

    Antonio

    24/06/11 10:06

  • Angy1

    Hoy es San Juan. Asi que tu relato viene al pelo. Ya lo habÍa leido y al releerlo me gusta aún más. Me asustaste, ja, ja, malo. Besos

    24/06/11 02:06

  • Marcial

    Gracias por tan buenos comentarios amigos.
    Debeis perdonarme si he tardado demasiado tiempo en contestar pero lo cierto es que he estado liado.
    Espero que pronto pueda conectarme normalmente y disfrutar leyendo los buenos relatos y poesías.
    ¡Hassta pronto! Saludos cordiales. Marcial

    29/06/11 08:06

  • Agora

    MARCIAAAAL---! que te seguimos esperando antes del próximo San Juan...!
    Cuídate y mucho ánimo! Abrazos!

    22/10/11 01:10

  • Marcial

    Después de un millón de años vuelvo a conectar con lo que más echaba de menos: leer y publica relatos.

    25/03/18 08:03

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