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Un Cierto Olorcillo...

Aquella lluviosa mañana de octubre, encontré a Carmen más radiante que nunca. Me lanzó un beso al aire, al pasar con el carrito de las sábanas y las toallas. Le brillaron los ojillos con picardía, y exageró el sensual movimiento de sus caderas, mientras se alejaba por el pasillo. Era extraordinaria, con una vitalidad y una frescura que la hacían irresistible. Ambos habíamos aceptado el trabajo como becarios para la formación de nuestros estudios sobre dirección de hotel, en el mismo mes y con idéntico contrato.
Por el contrario, Gumersinda, la gobernanta del hotel Don Pancho, más conocida entre nosotros como "Mofeta", parecía hoy mucho más agitada. Anoche no pudo resistirse a saborear las judías estofadas y la coliflor rebosada que le había preparado el cocinero jefe, su amor secreto. Con su rechoncho cuerpo, vestido de negro con una franja blanca en el centro, iba de habitación en habitación, supervisándolo todo. Unas suaves emanaciones aromáticas, no precisamente agradables al olfato, escapaban de su cuerpo mientras andaba. Toda ella era un ambientador natural que dejaba su huella olorosa por donde pasara. Y por más que apretaba conscientemente las nalgas para evitar las fugas, la válvula era incapaz de contener la presión de los gases de los intestinos. Esta situación incontrolada la ponía muy nerviosa, y antes de que sus subalternos pudieran protestar por los efluvios naturales que emanaban de su persona, adoptaba una postura defensiva, alzando la chata narizota para detectar antes que nadie el olorcillo que flotaba en la estancia.
La suite de lujo aún no estaba lista y eran las once de la mañana. Lanzó maldiciones entre dientes, exigiendo más trabajo, más limpieza y menos risitas. Cuando hablaba alargaba el labio inferior hacia adelante, como si bebiera agua de lluvia. Los ojos repintados de azul, echaban chispas amarillas, y el moño que lucía en lo alto de la cabeza, parecía un pino plantado por un perro. Era inflexible en el capítulo de la limpieza, y aquella suite olía a aguas corrompidas.
-Pues yo lo he limpiado todo bastante bien --se encaró con ella Carmen. Estaba claro que se proponía sacarla de sus casillas--. Además, mi puesto de trabajo está en recepción, no en limpieza. Vine a estudiar; no a que me exploten.
-¡Lo quiero todo limpio y reluciente! ¡Cambia sábanas y toallas! ¡Ligerito y menos cháchara! ¡Echa ambientador lavanda! --. La voz autoritaria le salió con un gallito, dándole una entonación más militar a la comandante en jefe de la limpieza de las habitaciones del hotel Don Pancho--. ¡Esto huele a...!
Con la llave inglesa en la mano, yo simulaba apretar una tuerca de la bañera. Carmen se llevó dos dedos a la nariz, cerrándola como una pinza, mientras me miraba sonriente por encima del hombro.
Cuando "Mofeta" se fue por el fondo del pasillo hablando con el jefe de personal por el móvil, Carmen hizo un gracioso mohín con la cara, y completó la frase de la gobernanta:
-Esto huele a... ¡garbanzos! --.Y se echó a reír con su contagiosa carcajada que tintineaba como cascabeles.
-Huele a estofado mal digerido... --dije yo.
-...con garbanzas, tocino y huevos podridos --completó ella cogiendo en la mano el aerosol de ambientador lavanda. Perfumó hasta el último rincón de la suite.
En realidad olía a contaminación, a malas caras, a esclavitud. La jornada laboral de cuatro horas diarias por las que habíamos sido contratados, se había ido alargando con el paso de los días, hasta convertirse en doce. No nos quedaba tiempo para estudiar ni para asistir a clase. Permanecíamos encerrados en aquella prisión desde la mañana hasta la misma noche por un plato de comida y un mísero sueldo. Para que adquiriéramos conocimiento y experiencia en cada una de las secciones que componen el buen funcionamiento de un hotel, nos habían asignado las peores tareas, por falta de personal. Carmen limpiando y arreglando camas. Yo en mantenimiento, reparando enchufes y goteras...
Estuvimos de acuerdo cuando añadió que ya no aguantaba más. La esclavitud fue abolida hace muchos años. Y sonriendo alegremente, me cogió de la mano y me arrastró hasta la cama. Se desvistió antes de que yo pudiera parpadear, y me ayudó a quitarme las ropas, bajándome la cremallera de los vaqueros... Despelotados nos revolcamos entre las mullidas y perfumadas sábanas, riéndonos como chiquillos que hicieran una travesura. Carmen no tenía rival con la aspiradora de su cuerpo. Subimos y bajamos por los toboganes de nuestros contornos, arrebatándonos de los labios el aire con olor a lavanda. Surfeamos internándonos en una gran ola, hasta que ésta fue rompiéndose entre quejidos, con una sinfonía maravillosa, llena de besos.
Y de pronto, el mal olor invadió de nuevo la suite. No vimos a Gumersinda porque estábamos forrados con los edredones. Pero poco a poco, a medida que su pestilente olorcillo fue haciéndose más intenso, fuimos asomando nuestras despeinadas cabezas por entre las ropas de la cama.
Más que un grito, fue un histérico berrido lo que nos lanzó "Mofeta". Saltamos de la cama y nos vestimos a toda prisa. Cuando volvimos a mirar hacia la puerta, ya no estaba. Sólo persistía el inequívoco aroma de su presencia. Carmen dejó la cama revuelta y tiró las toallas del baño, dejando el carrito de la limpieza en la puerta del ascensor. Yo abandoné la llave inglesa en el fondo de la bañera.
Cogidos de la mano, entramos en la caseta del gran jefe del hotel Don Pancho. El director empezó recordándonos que éramos becarios... Pero Carmen tenía preparada una disculpa increíble, que ni ella misma se creía. Hablaba al mismo tiempo que lo hacía él, diciéndole que el suite 414 habitaba un fantasma que olía muy mal. Contuvimos la risa hasta que no pudimos aguantar y estallamos en carcajadas. Como esperábamos, nos invitó a pasar por caja y a continuar nuestra formación de dirección de hotel en otro establecimiento.
Cuando salimos a la calle, llovía suavemente. Mirando a lo alto, el hotel nos pareció una cárcel, con los cristales de las ventanas chorreando agua. Respiramos aire puro.
-Lo único bueno del hotel es que teníamos 460 camas donde revolcarnos --dijo Carmen con su deliciosa sonrisa--. Ya se me quitaron las ganas de estudiar dirección de hotel.
-Y a mí también... Esto huele mal...
Entramos en una pizzería y nos llenamos el estómago de pizza margarita. Nos bebimos una botella de vino y pedimos otra. Un sentimiento de libertad nos invadía. Cuando brindamos por "Mofeta", porque gracias a ella habíamos cambiado de opinión respecto a nuestra futura profesión, Carmen, alargando de manera muy cómica el labio inferior hacia adelante, hizo una larga pedorrea con la boca, muerta de risa. Yo la imité en la mueca y acabamos a carcajadas, con lágrimas en los ojos de tanto reírnos.
Marcial20 de junio de 2011

11 Comentarios

  • Asun

    Muy divetido, una situación muy original.

    Saludos.

    21/06/11 12:06

  • Agora

    gracias por la risa Marcial! buen relato! de "pestes", risa y por la LIBERTAD!
    me gusta mucho! un abrazo!

    21/06/11 12:06

  • Libelle

    jajajjaj gracias por estas risas

    21/06/11 07:06

  • Laredaccion

    Pues nada mejor que un relato simpático para empezar el día. juventud, sexo y risas, buena mezcla.
    Un saludo.
    Esteban.

    21/06/11 08:06

  • Angy1

    Hasta acá llegó el olorcillo, de tan bien contado. Ja, ja, de una situación común como es la de el trabajo sin buen sueldo , desde una señora con problema flatulentos y desde la juventud que encierra el vivir el aqui y ahora, todo eso tan bien resumido en este estupendo relato. Celebro tus letras y lo que de ellas sale. Saludos

    21/06/11 02:06

  • Marcial

    Gracias por tus amables comentarios, Asun. Una sonrisita es lo más divertido que hay. Seguiré tus textos guiándome por el buen aroma de tus letras.
    Saludos cordiales. Marcial

    21/06/11 07:06

  • Marcial

    Gracias Ágora. Una sonrisita vale más que mil palabras.
    Saludos y abrazos. Marcial

    21/06/11 08:06

  • Marcial

    Saludos Libelle.
    Gracias por pasarte por mis letras. es verdad que una sonrisita es el mejor regalo que puede hacer un amigo.
    Saludos cordiales. Marcial

    21/06/11 08:06

  • Marcial

    Esteban , nadie como tú para hacernos disfrutar con gusto y simpatía de cualquier situación cotidiana. Siempre es un placer saludar a un amigo.
    Saludos cordiales. Marcial

    21/06/11 08:06

  • Marcial

    Hola Angy.
    Si ha llegado hasta sudamérica el aroma de mofeta, imagínate cómo tendría que oler su alrededor. ja ja ja.
    En placer saludarte, Angy. Saludos cordiales. Marcial

    21/06/11 08:06

  • Buitrago

    Siempre con tigo amigo Marcial. Divertido y ameno relato del que no me canso.
    Un abrazo.

    Antonio.

    26/06/11 12:06

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