Y Me Dio por Seguir Pensando...

Publicado por Marinera el 26 de abril de 2012.


Lleva ya largo tiempo rondándome por la cabeza un tema que de todos es conocido, pero últimamente me da mucho la murga.

En los tiempos convulsos en los que vivimos, hay cosas que se repiten a través de muchas analogías, lo que me da por pensar que no hemos evolucionado tanto como suponíamos, al menos en lo que al tema personal ( de persona) se refiere. Estamos nadando en un mar de tecnolodías nuevas que apenas salen se quedan obsoletas, y tratando de acostumbrarnos y de aprender a manejarlas se nos pasa la vida sin desarrollar nuestro cerebro y nuestro corazón para vivir, sentir, emocionarnos, o simplemente ser humanos.

Si volvemos la vista atrás fácilmente creo que entenderéis por qué os digo esto. No siendo algo que me preocupe en exceso y que según tenga el día puede que hasta me cause risa me sorprende el grado de imbecilidad supina en el que nadamos.

Mi pobre información proviene en su mayor parte de libros leídos, de reportajes televisivos triados por mi partícular forma de ver y entender la vida y ¡cómo no! de la capacidad de ver y observar el mundo que me rodea que siempre he tenido desde muy temprana edad.

Bueno, después de tanto preámbulo, justo es que descubra de una vez el tema en cuestión, y es simplemente la idea de si es verdad o no que hemos evolucionado tanto como pensamos, o sólo se trata de una imaginación colectiva alimentada en aras del progreso por nuestros benditos políticos que amañan nuestra percepción de la vida de tal forma que son ellos los únicos que deciden el camino a tomar; indudablemente aquel que más les interesa a ellos.

No obstante, no se me escapa que a alguien más que a los políticos le interesa mantenernos en este estado de alienación razonadora.

Actualmente y debido a la crisis económica-financiera y, lo que es peor, de valores que sufrimos existe un movimiento en favor de la III República (nada que objetar a ello por mi parte).

Aunque en realidad no pasa por ser más que una salida más que ni asusta ni sorprende ni es imprevista, en la que se quiere ensalzar los valores ético-políticos de aquella sociedad que se empeñaba en culturizar a todos los habitantes del país estuviesen donde estuviesen a través de aquellas famosas comisiones de cultura que llevaban a maestros a pie, pueblo por pueblo, impartiendo conocimientos básicos a la población como era leer, escribir y las 4 reglas matemáticas.

De la misma manera que en otros tiempos, en otros años, hicieron las misiones evangelizadoras.

Pero a mi forma de ver una y otra vez estamos cojos, pues no atacamos al problema que nos afecta de raiz y que no está en otro sitio que en nuestros propios prejuicios de clase.

En la época de Alfonso XIII estaban los nobles, los aristócratas, los grandes empresarios llamados por entonces burgueses (algunos de ellos compraban con su dinero títulos nobiliarios a aquellos que sólo les quedaba de su poderío el apellido), y el populacoho (los pobres, sin distinción aunque algunos de ellos tuvieran oficio).

Ricos y pobres: 2 mundos que a lo largo de la historia han ido acercándose peligrosamente y separados violentamente. Tan sólo en la más temprana época de la infancia unos y otros andaban mezclados.

¡Qué diferente era un niño pobre a un niño rico!, ya no sólo por su ropa y aliño si no y más importante por sus expectativas de futuro.

Desde cualquier ángulo de visión que se examine las posiciones eran antagonistas.

En un principio los niños ricos indolentes a su opulencia económica y a su abolengo envidiaban a los pobretones, por su libertad, algunos de ellos sin padres, la mayoría sucios y comidos por parásitos, sin más obligación que vagar y jugar por la calle, sin tener en cuenta que pasaban muchos de ellos hambre y vivían la mayoría en la más férrea de las miserias.

Por poner un ejemplo, podríamos fijarnos en los niños asturianos, cuyos padres sacaban lo poco que comían de las minas, pertenecientes éstas a los padres de los más afortunados.

Un hijo de un minero no era difícil que a los 7 u 8 años anduviera ya dejándose los pulmones y su derecho a juego en cualquier galería que por estrecha y angosta era reservada de forma especial para ellos.

Ese mismo niño bien, que jugaba con el hijo del minero, noble de nacimiento o con posibles tenía a su edad en su misma casa institutriz o profesores diversos que les daban clases y más clases: una cultura ámplia de los clasicos, de idiomas o geografía, de filosofía o cualquier cosa que su amigo (hasta hace pocos días) no sólo desconocía su existencia en ese momento si no que fácilmente no llegaría a saber de ellas en toda su vida.

Ahora bien si lo examinamos desde el lado de los adultos la vista es aún más cruel.

Los padres de las familias humildes esperaban casi con ansia que el niño fuese contratado en la mina para llevar a casa un nuevo jornal. La infancia duraba poco, lo justo para que el niño pudiese coger un pico y clavarlo en la roca, cosa que no les acongojaba en absoluto pues preferían comer del trabajo de sus hijos que de la mendicidad. Los hijos nacían con un único papel que cumplir: ayudar a sus padres. De ahí el dicho de que los niños nacían con un pan bajo el brazo.

Algunas de éstas familias llegaban a tener 10 o 12 criaturas si no eran más. Muchos de estos hermanos no llegaban a conocer a todo el resto de ellos. La mayor de las veces cuando nacían los últimos, varios de los primeros ya habían fallecido. A veces morían nada más nacer y alguno que otro (más de los deseables) se llevaban consigo a sus propias madres, pasando el cargo a la hermana o hermano mayor.

La muerte de un niño en la mina rara vez se veía como una desgracia, ya que era una cosa de lo más natural, hasta para sus mismas familias. La madre lo lloraba mientras el padre estaba ya eligiendo de entre su prole al sucesor del muerto, para que pocos días después pasase a ser un recuerdo olvidado.

Esta frialdad vista por las señoritas y señoritos nobles (o bien criadas o criados) hacía que tratasen al populacho como bestias insensibles al dolor y a la pérdida; y como tal lo hacían, convencidas de que su sangre noble, por casta o por dinero era muy superior a las del trabajador minero y su familia.

Si los niños eran muy pequeños a menudo se veían jugar juntos a los hijos del personal de servicio de las grandes fincas con los de los grandes terratenientes.

Cuando empezaban a crecer, sin saber como, ellos mismos establecian la barrera invisible y volvía cada uno a su redil.

A la edad de la adolescencia los señoritos y señoritas despotricaban por que sus padres los mandaban al extranjero a formarse, mientras el más afortunado de los pobres era aceptado por la iglesia bajo su cargo y bajo juramento de pasar a ser un hijo de Dios, y llegaba a alcanzar una formación muy dirigida en los seminarios , pero asegurándose su propio sustento de por vida y en ocasiones el de su familia.

Mientras los primeros viajaban por el mundo y lo conocían, los segundos estaban ya casi pensando en formar sus propias familias para liberar a sus padres de la carga que se les suponía darles de comer y dormir.

Cuando estos volvían de ver mundo se entretenían en ir a los casinos, cafés y prostíbulos para confabular o conspirar (entretenimiento base). Sin embargo los pobres debían acudir al ejercito a Marruecos y dar su vida por su país. Tan sólo algún loco con ardor de patria se arriesgaba a dar su vida, los más eran suspendidos de este deber gracias al abultado bolsillo de papá.

Los paseos a última hora de la tarde estabana vedados a aquellos que debían producir el despilfarro de otros, aun con todo podría llegar a ser difícil llevar esta vida de asueto perenne, aburrido y deprimente, pues los notables del país a menudo caían en una surte de desesperación que los llevaba a la depresión, demencia y locura, aunque la culpable escondida era en muchos casos la sifilis y otras enfermedades de transmisión sexual.

Y como era de esperar los altos cargos eran enjaezados por esta turbamulta de gente ociosa, políticos gestados en ambientes de vicio y corrupción, personas que apenas si sabían lo que significaba vivir, llorar por defender a los suyos, y tan sólo asustados por que la daga se clavase antes de haber podido desjarretar a golpe de goce la vida que ese Dios tan suyo les habia regalado.

Siendo así, ¿qué futuro nos podían dar?

Hoy los nietos, bisnietos y tataranietos de esa gente encorsetada y encopetada monopoliza y triunfa en la política siendo después de tantos años la misma idea la que les ronda. Los ricos a estudiar, conocer mundo y conocer todos los vicios y placeres de la vida mientras los pobres se despellejan por el pan de sus hijos con la esperanza de que al menos su muerte sea dulce y compasiva.



En algún momento en el que me sienta con ganas analizaré lo que sé y conozco de los años 60, y tal vez me arriesgue con la actualidad.

Sé que puede no compartirse lo que en este texto se dice, pero es mi opinión.

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