Purificacion

Publicado por Mastera177 el 13 de julio de 2017.
En las callejuelas de Constantinopla vive, desde hace largo tiempo, un alquimista gales.
Tan solo esas palabras, dichas por el alférez del tercer contingente de caballería, se colaron por el absoluto bullicio ensordecedor de la noche anterior a la batalla. Fueron estas palabras, que parecían provenir de una larga cadena de rumores, captadas en el aire por mis oídos.
Quizás sea casualidad que la historia de lo que sucedió en los años siguientes desemboque en el mismo lago. Pero una larga estancia en tierras ajenas me han ajado a casi más no poder, como los dorados contornos del velo de la esposa; o el sol intenso que acaricia las dunas incansables, ondulando como si se tratase de su melena real.
He viajado muchas veces a capitales de arenisca; tanto que conocía los embates tortuosos de los vientos dorados. En esos momentos, juraba haber sido arrastrado al seno de una implacable hoguera: caliente, enceguecedora y chispeante.
Dejé el abrigo de los valles que alimentan al Nilo, escapando de fantasmas inolvidables. Viaje tan al norte como pude hasta dar con el mar; donde su bruma parecía traer desde muy lejos las danzas de las gitanas, las tarantelas italianas, el flamenco, el vino, las formidables catedrales que se alzan, como humildes castillos que se inclinan invitando a la tierra a visitar a los cielos.
Detrás de mí se hallan las colosales tumbas de antiguos faraones; los gigantescos palacios de oro, tan vacios como prepotentes, las casas casi desplomadas, corroídas por la humedad marina.
Pero debido a mis faltas, no puedo regresar a mi rey ni a mi iglesia. El exilio parece justo castigo para la suciedad que cubre mi túnica. Fue un momento de indebida debilidad en que la serpiente, posada sobre una ardiente roca, penetro su vista en Constantinopla.
Recordé las palabras del alférez. El alquimista podría hallar alguna forma de detener a estas sombras insoportables, para regresar con la digna pureza a los altares de la madre patria.
Ofrecí mi trabajo como pago en un buque mercante que se dirigía a las tierras del sultán. Pasaría lejos de las costas occidentales, muy lejos. Fueron semanas muy largas, y agotadoras, de constante ir y venir. Convenientemente, logre aprender el idioma de un marinero egipcio, el cual viajaba de un sitio a otro en su afán de coleccionar las pinturas de las damas de todos los palacios que recorriera, de cada imperio.
Sus padres fueron humildes pescadores de El Cairo, cuando un talentoso pintor veneciano desembarcó e intercambio con la familia un cuadro de una duquesa extranjera, cuyo nombre no recuerdo, por alimento y techo, mientras hacía labores en el palacio. Allí, observando al veneciano, descubrió su profundo amor por el arte.
De su historia no se mucho más que aquello; el tiempo ha esfumado los sustanciosos detalles que convertían este último párrafo en hojas y hojas de anécdotas.
Al amarrar y acabar mis deberes con la tripulación, me despedí con la mayor calidez que me permitían las espectros de Egipto. Lamento enormemente ese acto de visceral ingratitud, pues a ellos debía mi propia vida en más de un docena de ocasiones.
En búsqueda del alquimista, cuyo caldero reposaba en oculto secreto popular, conocí cientos de historias otomanas: desde el crecimiento imperial temprano, las mil y una noches de las eternas arabias, las mezquitas imponentes coronadas de luz, los secretos divulgados del bazar y demás.
Quizás la más notoria de aquellas fue la de una antigua alma errante del Sahara; perdida tras emigrar forzosamente hacia Jerusalén. Con ello sentí un profundo alivio, pues se trataba de un tormento desconocido ajeno, no de mi propia consciencia insoportable.
Quizás adaptarse a las costumbres de otro imperio, y respetar sus sagradas leyes, haya sido la empresa mas desafiante que haya tenido, pues el mediterráneo entero me separaba del cálido seno del vaticano, y ahora estaba en los dominios de un dios ajeno. La cruz de mi pecho que escondía, ardiendo como una blasfemia; pero siempre me repetí que debía permanecer de pie para recuperar la dignidad que tanto buscaba.
Por supuesto, la búsqueda de limpieza bajo conjuros mágicos no me parecía lo suficientemente llamativo como para darle una pizca de debida atención. Ahora sé que obre de mal modo al aceptar un atajo perezoso.
Cierto día, caminando por el puerto, escuche una charla entre dos soldados imperiales:
ha ordenado el palacio la búsqueda del peligroso infiel que se oculta entre los siervos del señor, debe ser encontrado y llevado de inmediato para su ejecución. Los heraldos han sido informados de este modo, y no se divulga la noticia para nada
hemos buscado con nuestra sección en la zona del palacio, y ya revisamos la torre del Gálata
no está ni en el bazar ni en la urbe, solo nos queda las ruinas del hipódromo, y las mezquitas
De inmediato, sorprendido por la espontaneidad del encuentro, continúe con la mayor calma mi camino, disimulando ignorancia. Decidí partir de inmediato hacia las ruinas, pues ese recuerdo romano seria para un infiel, como yo, el sitio más occidental posible.
Del estadio recorrido antaño por cuadrigas, quedaban solo restos de bloques de rocas, reclamadas por la madre. En el centro del estadio encontré un símbolo cristiano tallado en un disco de hierro: MCDLXXXVI. Claramente, las marcas eran demasiado recientes para pertenecer al estadio original. Al quitarla de su sitio, descubrí la entrada al sistema de cloacas, un laberinto interminable de conductos que se unían como vertientes a un rio. Baje hacia allí, cuidando de colocar boca abajo la tapa de hierro, quitando la evidencia romana.
Al llegar a la primera unión, observe el símbolo M escrito con carbón sobre una de las paredes, con una flecha debajo, por lo que intuitivamente resolví el acertijo recordando el numero de la tapa de la superficie. Al terminar, llegando a I, la desilusión me invadió al acabar en un sendero sin salida. Misteriosamente todas las vueltas giraban a la derecha, pero las flechas indicaban hacia la izquierda. Deshice todo el camino hasta el inicio, y recomencé en M.
La primera flecha apuntaba a 1, la segunda, a C; la tercera, a 5, y la ultima, a VI. Al final de un pasillo largo encontré la puerta del alquimista.
Al no recibir respuesta alguna del interior, presentí que se trataba de algún modo misterioso de mago, por lo que entre con la espada empuñada.
Un salón muy alto se extendía por delante, con un suelo de madera desgastado, un colorido alfombrado persa, cortinas doradas colocadas contra la pared de roca. Al otro extremo yacía, sereno, un anciano sobre almohadas, delante de una mesa, observándome calmado. Tras una breve presentación, y declarando mis intenciones, el hombre respondió:
_existe una solución, caballero respondió el anciano alquimista, posado con sus codos en la deteriorada mesa rustica-
_ ¿Existe?
_ Si& la cura de esos males radica en un ineludible demonio dormido& tiene que vencerlo mano a mano en sus campos& tiene que purificar esos campos malditos para conseguir la paz que busca& pero una vez que entre allí, no saldrá hasta que usted muera, o hasta que dome a la fiera.
_ ¿tengo que asesinar a la bestia?
Pícaramente, sonrió, para luego responder.
_lo sabrá en el momento que tenga su garganta sostenida& cuando sus pies se alcen del suelo, y sus infames alas reposen sobre su lastimosa espina.
_lo asesinare, se lo ha ganado por infame, no lo pensare ni una vez&
Recibí del alquimista una lúgubre expresión; luego, este último respondió, algo desolado.
_no todo enemigo merece la muerte& y no se lo menciono a propósito de la infiel.
Tan solo recibió un gesto soberbio.
_entonces: ¿Qué necesita usted para dirigirme a ese campo?
_lo que le encomendaré: elementos personales con alguna conexión directa a su estado.
Saqué de una bolsa amarrada con anticuadas sogas vegetales, una serie de elementos:
_esto es: un anillo de oro que el rey me ha dado por las campañas; una astilla del arado de mi padre; la gema de mi espada, y esta bolsa: el turbante que usé entre los infieles& pregunté entre los egipcios sobre mi problema, y me recomendaron llevar estos objetos. El anillo, la espada y el turbante los llevaba conmigo, pero tuve que recorrer muchas islas en un buque hasta dar con el comprador del arado de mi padre.
El hechicero los observó detenidamente, con mucho esmero. Sostuvo y apretó cada objeto con firmeza, como adivinando su peso. Luego, de una roca vítrea, extrajo un pequeño fragmento, rayando con cuidado uno de sus bordes. Repitió el mismo procedimiento con la gema y el anillo de oro, teniendo dos fragmentos vítreos en un mortero, y un vestigio de oro.
Luego de una lento y minucioso pulverizado, quitó el robusto mortero, quedando un polvillo cristalino, destellante, en el fondo del recipiente. Combinó dicho polvillo con las cenizas de la astilla y el turbante, y reinicio el delicado pulverizado.
Ahora colocó el polvillo ceniza en un horno, en el cual dedicó muchas horas con esmero. Tres días pasaron para que regresara, listo para vencer al demonio.
El alquimista extrajo del horno todo el material, ahora fundido. Había adquirido entonces un brillo áureo, hermoso. Fluía con mucha pereza por la boquilla del recipiente, para entrar a un molde de roca pulida, llenando las hendiduras talladas.
Velozmente esparció, en forma de lluvia, agua. Una vez frio y agradable al tacto, prosiguió separando el molde del objeto dorado. Lo observo finalmente, con absoluta admiración, para luego entregármelo.
_ ¿cómo ocupo la punta de flecha?
_es efectiva, los materiales fueron excelentes. Tiéndase en el suelo, aquí mismo, y clávesela en el hombro. Le aseguro que dolerá, mucho. Pero es ese dolor el que lo llevara allí. Yo esperare por usted de este lado, y cuidare lo que ocurra.
De inmediato, sin ninguna vacilación, perforé con la punta de flecha dorada el hombro izquierdo, la sangre salía del interior hueco, lentamente.
Un infernal ardor se esparció de inmediato por todo mi cuerpo, rasguñando mis venas desde dentro, produciendo un estremecimiento insoportable en la carne a la deriva. Pasó un eterno instante hasta que sentí unos dedos hinchados aplastándome los ojos.
Luego, las esquinas de la tienda se acercaron; luego, las cuatro esquinas (incluyendo, extrañamente, a la que estaba detrás de mi) se unieron en un punto, y una puerta circular se reveló concéntrica, a ese punto.
Tomé la perilla, arrastrándome del dolor, y la giré mientras mi aullido, intenso, escondía el rechinido de una puerta marchita cediendo los secretos de su interior. Se deslizo mi cuerpo agotado dentro del cuarto oscuro, y se precipitó hacia un abismo sin fondo, oscuro.
Desperté aliviado de aquella tortura física, cayendo hacia algún sitio lejano, o quizás inexistente. No había rastro alguno de la puerta que conducía hacia allí, ni un atisbo mínimo y glorioso de luz curiosa.
Alrededor solo pude ver un espectral vacio. Oscuro, inmaculado vacio. Temeroso a la ceguera, busqué el abrigo dulce de la imagen de mis manos frente al rostro, hallando los dedos firmes, temblorosos y cargados de dudas.
Fueron alrededor de tres horas, creó, el tiempo que permanecí cayendo, sin ir o venir hacia o desde sitio alguno. Sentí miedo, y recordé a los antiguos navegantes.
_ ¡Oh! ¡Os entiendo capitanes de cielo y mar! ¡Os entiendo ahora! ¡y qué dulce y divina bendición son las estrellas destellantes, cuando el cielo y el mar se fusionan en la eterna noche! ¡Ruego a Dios que me preste al menos una! ¡Para señalarme el camino, para hacerme de alguna graciosa compañía!
Pero nadie respondió. Una intensa desesperanza se poso como un velo pesado, y un desmerecido amargor en boca. Allí ni siquiera había viento que moviera el cabello, una estrella que se acerque o aleje señalando la dirección, o al menos un horizonte al cual caminar.
Continúe descendiendo. Resbalarse a través de la puerta circular parecía ahora un acto de osadía, un visceral impulso sin ninguna cautela. Luego, simplemente comencé a pensar, y olvide que estaba en soledad en un flujo sin destino alguno.
Pensé durante días, sin detenerme. Incluso me desafiaba a detener el pensamiento y mantener la mente en el vacio más limpio posible.
Finalmente, acaricie mi mentón, y me sorprendí al encontrar una barba desprolija, espesa. Recordé que llevaba semanas cayendo.
Fue una pequeña estrella, que llenó de esperanzas el mundo desolado. Acompañado sentí el viaje; aquella reveló que había sido un tonto en todo momento. Simplemente plantee: si no caigo hacia ningún suelo, ni hay una estrella visible que me lo indique, ni viento que me muestre lo que suceda, entonces: ¿Cómo sé que estoy precipitándome?
Fue entonces cuando alegremente me di cuenta que el pedido había sido escuchado, y una estrella me había sido enviada. Simplemente, me puso de pie.
Ahora parecía haber un lejano horizonte, frio y distante, mostrándome el camino. Decidí ir hacia allí. Mientras más me acercaba, mas el vacio se llenaba de arboles, colinas, granjas, cuarteles, soldados, y murallas de piedra.
Reconocí en la cara de un aldeano la tierra extrañada, por lo que seguí el sendero a toda prisa, buscando las murallas del catillo. Subí casi sin pensar los escalones, atravesé la puerta de roble, adornada con crudo hierro, para dar al salón del trono.
El rey esperaba allí, sentado, acompañado por la reina. Sus ojos firmes se clavaron en mí.
_Caballero, ¿Por qué ha demorado en regresar a sus señores? ¿Es su fidelidad una carga para su persona?
_no señor, para nada (respondí agitado). Los caminos del desierto se borran, y es muy fácil acabar en cualquier sitio olvidado. Fui perseguido por jinetes de otras tierras por muchos años, y luego conseguí sobrevivir gracias al cobijo de los aldeanos.
El rey me observó furioso, y la reina se acercaba hacia su esposo, hablándole al oído. Luego, como un relámpago, el salón se lleno con:
_ ¡desertor! ¡Traidor! ¡Duermes con el enemigo y vuelves aquí luego de muchos años, queriendo recuperar tu sitio!
_señor respondí, suplicando- por favor, permítame&
_ ¡nada más! Interrumpió exacerbado- ¡llamen al verdugo para este traidor!
_ ¡señor!
_ ¡cierra la boca infiel! ¡Vuelve a recorrer los palacios del sultán y las mezquitas de otro reino!
El rostro del rey se desfiguraba grotescamente, mientras la mirada de serpiente de su esposa parecía ser suficiente para enterrar los colmillos en la carne. Finalmente, las palabras del rey se volvieron inteligibles, y cayeron los muros del castillo.
El mundo a mí alrededor se derrumbo en cenizas, mientras el rey reía más grotescamente. Finalmente, se detuvo, de repente, y se desplomo como arena.
Me aproxime a la arena, sin comprender lo ocurrido, reaccionando a la curiosidad. Luego de la arena surgieron algunos movimientos, como si estuviera cayendo en un reloj de arena; vi algo parecido a un rostro emerger, para luego volver a disolverse en un pequeño charco.
En ese charco busque reflejo, pero no había nada. Sumergí las manos para beber un poco de agua, pero esta se escapaba muy velozmente. Volví a mirar, y vi a padre del otro lado, riendo a carcajadas, burlescamente.
_ ¡padre! ¡No sea de ese modo, padre! ¡Tan solo quiero su aprobación! ¡Quiero ser el hombre del que usted pueda sentirse orgulloso!
Luego, se convirtió en la mujer del desierto. Observando se mantuvo, con ojos plagados de rencor.
_yo&yo& lo siento& fue mi culpa& tendría que haberme ido contigo y no haber seguido viviendo como un cobarde.
El reflejo se había ido. Luego, el charco se puso de pie, y adquirió forma humana. Su rostro cambio desde el rey, a padre, a la reina, a la mujer del desierto&a un cráneo pulido, finalmente.
_Soy el demonio que buscas, caballero. Ten miedo de esta bestia aguda y acida. No tengo misericordia alguna, y con mi guadaña he de barrer el suelo con tu despojo de espíritu& mis campos son el mental vacio enemistado. Siembro terrores para alimentarme, y torturo en la persecución.
_ ¡quiero tu pútrida cabeza en la puerta de mi casa! ¡Bestia repugnante!
Quité la espada de su vaina, empuñándola furioso. Acerté un demoledor golpe en la garganta de la bestia, pero no fue para nada efectivo.
Retrocedimos algunos pasos, y volví a acometer, sin cesar, hasta quedar agotado.
Levanté la vista mientras jadeaba, y me asusté de verdad al ver al enemigo aun más robusto que antes.
_esa espada siempre ha sido mía& la empuñas para destruir aquello que no entiendes& y por eso eres patético& ¿no te has dado cuenta que cada vez que la usas, estoy allí? ¿No ves que yo aligero su peso y agudizo su filo? ¿No ves que me perteneces también? Pues yo soy quien vuelve tus golpes más certeros, yo sostengo tu muñeca e impulso en verdad su filo.
_ ¡el rey sostiene mi espada! ¡Sirvo a una causa mayor que yo y eso no lo puedes negar!
Carcajeo con burla la fiera. Ahora revelada, como un ser reptiliano, delgado, gris, sin rostro. Con agilidad y velocidad inimaginables, arrebató la espada de su caballero, y se la tragó.
_no estoy constituido de carne& ¡soy todos los jinetes espectrales en el borde del valle! ¡El ojo delator de tu espada verdugal! ¡El maldito anillo de oro! ¡El turbante de la infiel! ¡Las decepciones de tu padre desgraciado!
El humano se arrodillo en el piso.
_ ¿vas a rogar? ¡Aquí nadie responde! ¡Perecerás en MIS vacios!
La bestia sin rostro atravesó el pecho de su esclavo con su propia espada. Mientras gozaba de la ironía, sus gestos estremecedores se desdibujaban.
Quité la espada de mi pecho. Y me erguí firme:
_ ¡NO! ¡YO NO SOY TU PROPIEDAD!
Camine determinado hacia mi enemigo, y lo envestí. Tuvimos una pelea cuerpo a cuerpo violenta. Luego de la cual, el miedo, pues era quien hostigaba, se mecía en el aire, sostenido por el cuello.
_ ¡nunca moriré! ¡Tomare cualquier forma! ¡No te dejare en paz! ¡Ocupare todo vacio posible!
_tu error es suponer que eres imbatible& quizás seas inmortal, pero no imbatible.
Las huesudas alas se tendían sobre su lomo marchito.
En ese momento lo comprendí. Sabía lo que tenía que hacer. Lo solté sin miramientos.
_Tu fortaleza, esencia, es doblar la verdad hacia sus más oscuras consecuencias. Tú no eres el rey, tú no eres mi padre, ni mi esposa difunta, ni la legión de jinetes que aguardan mi reposo& eres algo de aquellos que no existe& ¡no eres nada!
La bestia retrocedió en un brinco, luego caminó hacia atrás, desapareciendo.
Una luz emergió desde el suelo encegueciendo al victorioso gladiador. Finalmente, mis ojos se posaron sobre el techo de troncos del alquimista. Me levanté del suelo, lentamente.
_la purificación de tu voluntad has logrado por ahora, pero el miedo volverá cada vez que pueda. Es de este modo contigo, y con todos&
_Gracias, hechicero. No sé como agradecerle.
_guárdelo como un secreto para siempre. Mis conocimientos son para la purificación de las cosas en oro& y cualquier alma malintencionada y codiciosa puede destrozar con este poder. Los secretos de mi ciencia yacen en el vacío en que usted ha luchado.
_entendido, alquimista.
Salí de allí, despidiéndome respetuosamente del anciano. Proseguí el camino en calma, con la punta de flecha colgando en pecho, junto a la descubierta cruz dorada.

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