Despedida

Publicado por Maxdelirante el 13 de enero de 2017.
Yo ya te vi rara en la estación. Nunca habías sido muy efusiva, pero aquel día parecía que te hubieras ido a un funeral en lugar de a recibir a tu novio. Creía que me llevarías a casa y que, como siempre, nos faltaría tiempo para acabar en la cama, pero a mitad de camino paraste el coche y me dijiste que no querías seguir conmigo.

Pasé el verano esperando a que dieras señales de vida, pero no diste ninguna. Así que te escribí un e-mail. En él te recordaba todos los grandes momentos que habíamos pasado juntos; era imposible que no te conmoviera. Dos días después me llamaste. Fue maravilloso escuchar tu voz, pero te dije que para volver conmigo ibas a tener que demostrar muchas cosas. Aguanté dos días antes de llamarte y pedirte que quedáramos.

Llegaste con una hora de retraso. Yo había vuelto a fumar. De tanto esperar me había puesto nervioso y había bajado a comprar tabaco. Te ofrecí un cigarro, pero tú ya no fumabas. En aquel mes que para mí había sido una pesadilla, te lo habías dejado sin problemas. Enseguida comprendí que tu verano no había tenido nada que ver con el mío. Habías ido mucho a la playa, lo único que te preocupaba era el trabajo. Tenía la ilusión de que me hubieras echado de menos tanto como yo; a lo mejor sólo tenías que volver a verme esta noche para darte cuenta de que no podías seguir saboteando tu corazón. Pero estaba claro que los tiros no iban por allí.

Me estaba aburriendo de oírte hablar del trabajo. Pero lo que más me sorprendía era que no te deseaba en absoluto. Tanto que había añorado tu cuerpo, tu increíble sensualidad, y ahora no te veía el morbo por ningún lado. No podía soportar aquella situación. Te obligué a hablar de nosotros. Me acerqué más a ti en el sofá. Te pedí que me abrazaras; la petición más patética del mundo, lo sé. Me diste un abrazo postizo, sin el más mínimo sentimiento. Intenté besarte y apartaste la cara. Ya sólo me quedaban las palabras, pero poco podían hacer ellas. Daba igual cuánto te quisiera, aquello no cambiaba nada. Cuando dijiste que te ibas, me pareció lo más normal.

Lo último que quería era ser uno de esos amantes despechados que torturaban al otro con sus llantos melodramáticos. Pero antes de que te fueras quería que supieras que de verdad me habías perdido; no iba a llamarte nunca más. Y quería que supieras que la absoluta responsable de todo eras tú. Has sido tú, tú solita, la que se lo ha cargado todo.

Te acompañé a la puerta. Justo antes de la abrieras, te cogí por los hombros, te apoyé contra la pared. Mirándote a los ojos, te dije, al más puro estilo Humphrey Bogart:

Bésame, que me estoy despidiendo.

Esta vez sí me besaste. Nos quedamos abrazados junto a la puerta. Pero yo seguía sintiéndome frío, como si estuviéramos haciendo la escena sólo para cubrir el expediente. Entonces, inesperadamente, te sentí sollozar sobre mi hombro y una profunda sensación de placer me recorrió el cuerpo. Seguí acariciándote la espalda mientras pensaba: «Que te jodan, hija de puta».

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2 Comentarios

  • Polaris

    Muy bueno, peor que muy bueno. Me encanto leerlo.

    Pol.

    13/01/17 11:01

  • Maxdelirante

    Gracias. :) Es un texto antiguo. A ver si consigo lo mismo con lo nuevo que escriba...

    14/01/17 11:01

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