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El Puente Amarillo

Juan Felipe despertó con un descomunal dolor atravesándole la nuca y explotándole en la cabeza. Su cerebro era una enorme piñata cargada de cuetones a punto de reventar. Un panal de avispas azuzado. Así de aguda era su resaca. Al despertar, toda la efervescencia y vacilón de la encerrona se había evaporado y se encontraba, por enésima vez, vacío, anestesiado, y culpable. Se sentía más inútil que un cenicero en moto y estaba más adolorido que las bolas de un camello apaleadas por un bate de béisbol a 200 kilómetros por hora. Era increíble cómo había cambiado: se encontraba flaco, demacrado, ojeroso. Parecía como si el peso de los años le hubiese caído encima, como si los hubiesen guardado en una caja fuerte que bajaba en caída libre aplastándolo bajo el peso del abuso. Un ardor intenso, insoportable, le atravesaba su cuerpo hasta el alma. Oleada tras oleadas de fuego ardiente arrastrando espasmos de ansiedad recorrían sus venas regando veneno y angustia en cada arteria de su cuerpo. Dolor.
- Cuando fumo mi bobo se acelera, me da taquicardia. Me pone hasta el culo y digo: ya no más, ya no más, no fumo más, que pase el efecto y lo dejo. Pero apenas pasa ya estoy craneando como sacar pal próximo. Esta droga es un veneno, te saca la mierda, pero ahí estas prendido prendiéndote, angustiado y cagado. Te mata poco a poco, te consume, te asfixia- pensaba en voz alta.
Por enésima vez decidió no fumar más: darle un merecido descanso a su tembloroso cuerpo. Era un manojo de nervios. Le temblaban las manos. Tiritaba, tambaleaba al andar. Su rostro era una autopista, un lunes a las ocho de la mañana, cargado de tics y movimientos impetuosos y nerviosos. El vicio era tal que se orinaba y, a veces, se cagaba en el pantalón. Estaba sucio, mugroso, apestaba. La piel se le caía de la cara. Parecía un perro Chow Chow en huelga de hambre. El vicio era terrible, implacable y acaparaba todas sus fuerzas y sentidos. Llevaba más de tres años seguidos consumiendo droga sin parar. Todas sus energías las concentraba en aplacar la terrible sed que lo secaba por dentro. Cada vez su dosis era menos efectiva y su sed mayor. Su adicción despertaba con él, día a día. Nunca faltaba. No lo dejaba respirar. Esas ansias malditas que lo empujaban una y otra vez al humo. Su respiración se había vuelto agitada, forzada. Tan solo dar un par de pasos lo cansaba inmensamente. Antes podía nadar de corrido cien largos en una piscina olímpica. Ahora con las justas podía levantarse de la cama. Se sentía enfermo, sucio, atrapado. Mientras más pensaba más asco se tenía. Asco por su debilidad, por su adicción, por su falta de voluntad. Estaba asqueado: asqueado de su vida y del infierno que habitaba. - Maldito veneno, una vez que lo pruebas ya no te suelta. La pasta es un bicho de insaciable apetito que anida en tu alma; al crecer te consume lentamente, te hunde en un oscuro vacío sin fin y te apaga. - decía a quién lo escuchase, es decir cuando las muecas lo dejaban hablar. Todas las noches, cuando apagaba el último cigarrillo, se quedaba tumbado en la cama con los ojos perdidos en el techo, contemplando las musarañas. Pensando sin pensar, mirando sin mirar. Lamentándose su mala estrella. Queriendo cambiar. Por enésima vez se preguntó: ¿Cómo me metí en esto?, ¿Cómo salir? . Juan Felipe tenía la certeza que algún día, quizás mañana, su vida cambiaría, y el dejaría el vicio. Pero todas las mañanas amanecía con el mismo vicio, el mismo día. Estaba atrapado en las agujas del reloj, en un infinito hoy. Todos los días el mismo deseo, la misma rutina. Nada cambiaba, solo empeoraba. Había dejado de pintar, de escribir, de cantar, de crear. Cuando estaba duro no podía ni hablar. - Sé que el tiempo no se puede recuperar, pero si dejar de perder - Le encanta citar citas citables; Nunca sabia de quien. Hoy escribo, hoy pinto. !!!Soy un artista carajo!!!- pensó en un momento de rara lucidez. Hoy día sí  volvió a repetirse. Últimamente se había visto reflejado en el macilento espejo del baño y se sentía como la propaganda de CEDRO: esa en la cual muestra las diferentes facetas de la adicción. Él era el vivo retrato de la última foto.
¡Mierda, mierda! ¡Su vida se había ido a la mierda! Había perdido el trabajo. La familia lo había abandonado. Se había fumado todos los ahorros. A veces no regresaba a casa por días, semanas enteras. Entrando tan solo para llevarse los muebles o los enseres de casa para poder mantener su vicio. Su familia dolida y avergonzada, vivía con la hiel en la piel. No había palabras ni ruegos ni amenazas que surtieran efecto: Juan Felipe, no tenía ni arreglo, ni perdón. Y ellos se habían cansado de vivir con el sabor amargo del odio en la punta de la lengua Y no querían nada de él, y lo habían apartado de sus vidas y habían tomado la decisión de echarlo de casa y cambiar las cerraduras de las puertas. Cuando él iba a visitarlos, no contestaban y el detrás de la puerta podía, o imaginaba, voces irritadas que se negaban a abrir o siquiera contestar la llamada. Estaba en las últimas. Lo sabía. Tenía que dejar el vicio. - Hoy día. Hoy día lo hago- pensó. Otra vez, una promesa vacía que hacia todas las noches y que nunca cumplía. Para amanecer al día siguiente lleno de lamentos y auto incriminaciones. Existiendo hipócritamente. Purgando culpas, obsesiones, miedos y fobias sin fe ni perdón. - Esta vez es de verdad. Hoy día empieza el resto de mis días. Hoy será diferente. Voy a cambiar. Dios mediante - se prometió con verdadero fervor. Lo que más le jodía, aturdía, confundía, eran las voces que escuchaba en su paranoia. Parecía como si todos hablasen o estuviesen tras él. Escuchaba voces en todo sonido, en cada eco, en cada carro que pasaba, en cada perro que ladraba, en cada gota de lluvia en la madrugada. Hasta el susurro más discreto murmuraba su nombre Esa era la peor de sus noicas. No podía escapar de ellas. Las voces, lo criticaban burlándose de él. Unas llenas de rencor, de odio& otras, con lastima. Lástima enorme, inmensurable, descomunal, agobiante. Lástima.
A veces, queriendo callarlas, establecía un dialogo en su interior y se cuestionaba, preguntaba, lamentaba.- Creo que voy a morir.- Nicagando aún tengo que hacer, decir, hablar, escribir, pintar...  se respondía a sí mismo. Despertaba lleno de incógnitas. Las mismas y eternas preguntas hechas dentro de su oscura soledad. - No me acuerdo de no existir, no me acuerdo de nada extra de mi vida creo que siempre estuve acá: fumando, fumando- reflexionaba en su estrecha habitación. Al amanecer, esperaba ansioso, una luz que alumbrase su vida. Pero no tenía fuerzas, ni siquiera para rezar. Vivía queriendo creer en Dios, dudando y creyendo. - Por favor Dios escúchame, te ruego que me quites del vicio. Por favor apiádate de mí. Ayúdame. Dame fuerza de voluntad. Quítame la tentación. - solo en su habitación rogando a un ser supremo que le quisiese escuchar .Dios lo había engreído, y mucho. Todo lo que se proponía le salía bien. Era culto, ingenioso, gracioso. Dios le había dado la habilidad de una inmensa empatía. Pintaba, escribía, bailaba, actuaba, cantaba, tocaba guitarra, saxo y cajón. Era el alma de las fiestas. Toda su vida había sido una eterna fiesta. Pero había vendido su alma al demonio de las drogas. Antes de caer al abismo del vicio, Juan Felipe, tenía todo y de todo. No le faltaba nada. Pero aun así, se sentía vacío, enfermo de soledad, enfermo de la sociedad. Cansado de vivir en un mundo plástico, vano, irreal, pretencioso. Consumista siempre. Una sociedad llena de Kennys y Barbies (con casita y divorcio incluido) que gasta más plata y tiempo en su vanidad y que en humanidad. Una sociedad que rinde culto a la eterna juventud y se avergüenza de sus viejos, de sus padres. Que aborrece a los ancianos. Y que hace culto a la eterna juventud. Siempre vendiéndote lo que no se puede comprar.
¡¡No más!!!- ya me cansé. Nunca quise ser el mejor. Solo quiero vivir mi vida. Sin modelos de plástico o cartón. No puedo seguir pensando que estoy en una película y que todo va a salir bien si compro Diet Coke. ¡No. La vida no es una propaganda de televisión. No! ¡Es real, carajo! Al menos yo no pretendo, soy un pastrulo y nada más.
Juan Felipe había sido un reconocido y multifacético artista. Había salido en la tele, las noticias, los periódicos y hasta en películas extranjeras. Hablaba inglés y portugués fluidamente. Y sabia, entendía, comprendía, el italiano, alemán y aymará. Hasta se había codeado con los famosos de Beverly Hills, Hollywood y Chugur. Había estado arriba en la cima. En la cima todos son amigos. Ahora estaba solo y abandonado. Rememorando sus épocas de oro se decía: El éxito tiene muchos padres, el fracaso es huérfano. Se sentía más huérfano que Adán en el día de la madre. Había llegado a la edad que más se entusiasmaba con Barman que con Batman. Pero con el vicio de la pasta ya no había dinero para entrar al bar. Ahora pasaba todos sus días y noches prendido bajo el Puente Amarillo. Acababa de cumplir cuarenta y ocho años fumando bajo el puente y ni cuenta que se había fijado. Había muerto en vida. Era un cadáver rodante. No tenía voluntad para nada. Ni para bañarse. Ni arreglarse. No quería ni pensar, ni trabajar, ni leer. Nada. Lo único que quería era seguir fumando. La droga lo había quemado, idiotizado, insensibilizado. Sus neuronas, carbonizadas habían llevado su memoria a la mierda. Todos sus conocimientos y cultura habían desaparecido en espiral con el fétido humo de la pasta. No podía acordarse de lo que acababa de hacer cinco segundos antes y deambulaba sin sentido tratando de recordar para olvidarse otra vez. Estaba constantemente buscando algo sin saber qué. Había perdido toda vergüenza y conciencia de sus actos. Había caído tan bajo que se prostituía por un tabaco, por una pitada. - Un toquecito, una chupadita, "  rogaba a sus compañeros de vicio. Delincuentes, rateros, homosexuales. Gente de la peor calaña. Mientras recapitulaba sobre los últimos años perdidos de su vida. Convenciéndose de la importancia de un cambio urgente y vital, decidió visitar a su familia, pedir perdón y cambiar de verdad. Quizás ingresar a un centro de rehabilitación. Sin asearse, peinarse, lavarse o acicalarse se levanta de la cama vistiendo un manchado pantalón buzo, una casaca sucia y roída y con el cuerpo aun tembloroso sale del vetusto cuarto que alquila por diez soles a la semana. Juan Felipe vive a solo dos cuadras del puente amarillo. Juan Felipe encorvado camino a casa de su hermana, absorto en sus reflexiones, pensando en que decir, que hablar, como actuar. Inventando miles de excusas y palabras en su mente, cuando al doblar la esquina huele el reconocido aroma que lo esclaviza sin darse cuenta se encuentra bajando hacia al puente. - Supongo que es muy temprano para visitarlos. Mejor lo hago más tarde, quizás, mañana. Hoy día no. Mañana - se habla a si mismo mientras que hechizado como un niño de fábula persiguiendo la flauta de Hamelin Juan Felipe baja por el puente amarillo siguiendo el dulce aroma de la pasta como una rata vieja y enferma va camino al rio a morir.



02 de marzo de 2018

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3 Comentarios

  • Mcluna

    uN cuentito hecho en cana basado en hechos reales. Muy reales

    02/03/18 04:03

  • Mcluna

    oops...!!! perdon NO estaba todo

    02/03/18 06:03

  • Clopezn

    Estupendo y dramático relato de una cruda realidad en la que pueden cambiar los continentes y el tipo de adicción pero que en el fondo subyace la misma idea de control absoluto del cuerpo por parte de una sustancia que te mata lentamente, pero el adicto lo acepta por lo que le proporciona, ante una vida que por la razón que sea no le aporta nada.

    Un saludo

    12/03/18 12:03

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