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Insomia

Roberto había dormido mal esa noche, pésimo. Durante toda la noche, en la celda del lado, se habían puesto a tomar y hablar fuerte. Eso no jodía, lo que jodía es que dentro de su noica, de su inmenso sentido de culpabilidad, escuchaba voces que hablaban de él de manera que se sentía aludido y reventaba de cólera.

Lo peor de todo es que había un breo nuevo, un pescadito recién bajado, que se había dedicado toda la noche a hablar de él. Lo insultaba, calumniaba, injuriaba, rajaba y maleteaba durante toda la puta noche.

Lo escuchaba incitando y alentando a la gente a levantarse temprano para agarrarlo a palos. El nuevo no solo estaba dispuesto a cargarlo sino que estaba ampliamente entusiasmado con hacerlo. Toda la puta noche el breo hablaba, no callaba y le llegaba al pincho si lo escuchasen o no. Tuvo que tragarse tremenda ignominia, callado y echado en su tumba.

Roberto era un tipo tranquilo, nunca se metía con nadie, su único problema era su delito, el cual ni siquiera era suyo pero con la sindicación, al Juez le había bastado para meterlo de por vida en la cárcel.

Esa noche, la mas larga de su vida, escuchó alarmado, voces inventando miles de maneras nuevas y creativas en como le iban a romper el culo, cortar la cara, trozarlo en pedazos, y botarlo en el ducto, junto con la mierda y las ratas.

Roberto se quedó tumbado en su lecho pensando y preocupado, es decir, quemando cerebro y asustado.

Ni bien cantó el gallo, antes de que salga el sol, Roberto se desperezó, tomó su ropa, se vistió y se sentó al filo de la cama a esperar que desengrapen la celda.

Apenas lo hicieron, cogió el candado, lo metió dentro de una media blanca, hizo un nudo con ella, se lanzó a la celda del lado, pateó la cama del nuevo y al momento que este despertó le metió un candadazo por la cara haciéndolo sangrar copiosamente. Al querer meterle un segundo golpe se dio cuenta de que el candado, por el tremendo impacto, había salido disparado. O sea que se quedó con tan solo una media rota, agujereada en la mano y a tres breos que se le venían encima. Soporto estoicamente patadas y puñetes, ni cuenta se dio de que le habían reventado la mitra y que le faltaba un diente, producto de una patada.

Horas más tarde en el hueco. Sentado en el piso, espalda contra la pared, una gran sonrisa, menos un diente, alumbraba su rostro.

Esa noche Roberto durmió plácidamente. Las voces se habían batido en retirada y ni siquiera el ruido infernal de las ratas paseándose por su cabeza lo pudieron despertar.

18 de enero de 2018

1 Comentarios

  • Mcluna

    este es un cuento de la vida real/irreal

    18/01/18 07:01

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