Muéreme, Muéreme, Muéreme…

Muéreme, muéreme., muéreme…
Moriré como los secanos, blandiré espadas secas entre la niebla.
Caminaré entre algodones y desnudeces. Después de abandonar aquél carruaje, me parecerá demasiado para ser cierto. Habrá silencio.
En aquel viaje, me gustaría encontrar brillos en un espejo y una boina congelada, sentada en un sillón. Quiero bailar al ritmo de las ruedas oxidadas en mitad de ese olor natural lleno de maleza.
Caminaré y caminaré. Me voy a marchar. Desde que me posé a los pies de Frustración, un camino se pintó de rojo como mis huellas. El camino a lo negro.
Después de tanto rogar, después de tantas historias, me marcho lejos. Ya nadie puede presentirme. Ni las ciegas avestruces, ni los apetitos prohibidos. Y caminaré.
Muriendo, encapsulando el último jirón entre las guirnaldas de las navidades pasadas…
Cuadriculando las llamas, abanicando las trabas, mi recorrido se irá estremeciendo. Será cuestión de segundos o quizá de milenios.
Quizá sea cuestión de mis sueños.
El patrón de los olvidados me amará, y las noches envejecerán sin paños ni penas.
Lejos de la memoria, olvidando mis enseres, moriré.
Muerto, encinado, ermitaño.



03 / julio / 2011

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