TusTextos

Rapsodia Infernal 3

V

Manes se encontraba tendido en el suelo, boca arriba. Mientras corría envuelto en su locura, se había chocado con la esquina de una de las galerías un tanto saliente que le hizo perder el conocimiento. O tal vez, algo que no recordaba se interpuso en su camino y le golpeó fuertemente la cabeza.
Atontado y confuso, casi sin apenas poder distinguir si estaba soñando o se trataba de la pura realidad, abrió los ojos lentamente porque tuvo la desagradable sensación de que algo pegajoso lo manoseaba. Su linterna se había apagado al caer al suelo, por lo que la oscuridad era absoluta. No podía ver pero percibía todo lo demás, comenzó a oír la respiración fragmentada y dificultosa de algo, de un animal, de una cosa desconocida que le palpaba con nerviosismo y que de tanto en tanto gruñía y bufaba. Rezumaba además un hedor enfermizo y malsano que atontaba más aun la conciencia. Tuvo entonces su ultimo momento de lucidez o tal vez fueron su locura o instinto primario lo que le indujeron a permanecer absolutamente quieto como si de un cadáver más se tratara. Lo único que fue capaz de hacer, es agarrar suavemente la linterna que casi le rozaba en la cadera.
Tras examinarlo, aquel ser lo apresó de un pie con algo que Manes pudo identificar por la forma, con una especie de mano o zarpa aunque demasiado grande y , curiosamente muy blanda, casi esponjosa, como si la carne o lo que cubriera a ese ser despreciable hubiera perdido toda su consistencia y vigor; parecía estar también por su olor, en avanzado estado de descomposición, aunque esta idea, a priori, era absurda ya que aquella cosa estaba viva.
Después comenzó a arrastrarlo torpe y lentamente porque cojeaba. Fuera lo que fuera, parecía un ser fuerte pero a la vez extremadamente frágil y moribundo, como si le hubieran insuflado tan sólo unos instantes de vida que se iban agotando lentamente.





Urko y Kochab, presas del miedo y del horror y a causa de los nervios y la confusión, mientras corrían para huir de aquel lugar maldito y de aquellos gritos y gemidos que les perseguían, no tomaron el pasillo que les conducía de vuelta sino que se adentraron por otra de las puertas del santuario que no haría otra cosa que aprisionarlos más y más en la profundidad laberíntica de aquella locura que se encontraba en todas partes, persiguiéndoles sin cuartel.
Todo era tan detestablemente parecido que no cayeron en su error hasta que ya se habían internado tanto que no sabían retroceder sobre sus propios pasos.
- ¡Maldita sea!- se quejaba Urko que se detuvo para tomar aliento- ¡Que hemos Hecho?¿dónde estamos?
- Nos hemos equivocado.- contestó Kochab- estamos perdidos.
- Espera un momento, ya no oigo nada. Tal vez hayamos despistado a esa cosa. Todo esto debe de tratarse de una mala broma. Ninguna de estas cosas puede estar ocurriendo.- comenzaba a irritarse y a perder la escasa calma que aun conservaba.
- Sólo sé que quiero salir de aquí, no me importa que sea una broma o no. – respondió Kochab- Tengo la sensación de que todas estas tumbas que nos rodean se abrirán de un momento a otro. ¿por qué no hicimos caso a los otros?, nada de esto habría ocurrido. ¡Todo a sido culpa tuya!- empujo a Urko, furioso y no sin motivos- sino fuera por ti ya estaríamos en nuestras casa o en cualquier otra parte menos en este infierno. ¡Fuiste tú el que no quería irse!. No debimos seguirte. Y ahora, fíjate ¿puedes explicarme que esta ocurriendo?¿y Próvido?¿qué le han hecho?¿quién o qué se lo ha hecho?¡Ha muerto! Y todo por tu culpa- volvió a empujarle- explícate, ¿no dices nada?¿estas contento?¿acaso tienes miedo ahora?
Urko ni siquiera rechisto, no dijo nada porque sabía que todo era cierto y que gran parte de la culpa había sido suya, él no quiso que se fueran, siempre se había negado a abandonar aquel lugar que ahora deseaba con ardor no haber conocido jamás. Cuanto se arrepentía de haber entrado en el cementerio, ya tan lejano. “Ojalá pudiera arreglarlo todo” se repetía una y otra vez aunque bien sabía que era demasiado tarde. Y aun no asimilaba la idea (ni él ni Kochab) de que un amigo suyo había muerto porque los acontecimientos se habían desencadenado demasiado rápido y resultaban demasiado confusos. Y todo había y estaba ocurriendo por una malsana curiosidad y una más que reprochable osadía. Los únicos que quedaban eran ellos dos puesto que Manes ya debía de estar bastante lejos buscando como un loco el camino a las catacumbas superiores y por ende a la superficie. Y era una suerte que ellos dos permanecieran juntos y esto mismo era lo que les mantenía a duras penas en sus cabales y les concedía todavía un mínimo de raciocinio que, a fin de cuentas en aquel lugar era la único arma de la que disponían aunque de poco les sirviera.
La tranquilidad que tuvieron durante aquel breve momento en el que tanto reflexionaron, volvió a ser interrumpida por aquella o aquellas criaturas que parecían haberlos encontrado o bien haber retomado el interés por sus frágiles e insignificantes vidas.
Pisadas, lentas pero constantes pisadas, fuertes y decididas como si nada ni nadie pudiera detenerlas se aproximaban hacía ellos perturbando el insoportable silencio.
- ¡Dios mío!- musito Kochab muy bajito-¿qué es eso?,alguien viene,¿verdad?
Los dos se apretaron contra la pared y se pusieron muy juntos tratando de protegerse. Estaban en medio de una larga galería muy estrecha y con pocas tumbas en las paredes, aquellas pisadas provenían de los dos extremos del pasillo pero especialmente de la izquierda, aunque también empezaban a creer oír algo desde otras galerías paralelas a la que se encontraban, por delante y por atrás, en todas partes.
- Alguien se acerca- repitió Kochab con el corazón encogido.
- Creo que si.
- Tal vez sea Manes.
- Esta cada vez más cerca.
- Apaga la linterna-.
las pisadas continuaban implacables, y aunque lejanas eran firmes y contundentes. El corazón de ambos se aceleró.
- Si la apago no lo veremos.
- No me apetece verlo, si no es Manes la luz de nuestra linterna nos delatara de inmediato. En la oscuridad estamos más protegidos.- y los dos se apretujaron más contra la pared y contra ellos mismos- Además él debe llevar su linterna, sino no podría avanzar con tanta facilidad en medio de la oscuridad. Lo veremos aparecer gracias a su luz.
La incertidumbre y el miedo turbaban la paciencia y la calma de ambos.
- ¿Está silbando?.
- Sí.
Sus corazones golpeaban el pecho fuertemente como si quisieran escapar de sus cuerpos para esconderse del peligro que se avecinaba.
- ¿Qué juego es este?¿porqué silba?
- Apenas me atrevo a moverme pero siento que deberíamos correr como nunca.- el miedo comenzaba casi a enloquecerles- No creo que sea Manes.
- ¿Y a dónde vamos?
- Espera, ha parado. No te muevas por favor, no hagas ruido.
- ¿Y ahora?. Es en otra parte. También se acerca.
- ¿De dónde viene?¿qué esta pasando?
- No es sólo uno.
- No es Manes.
- Se arrastra. No son pisadas corrientes.
- ¡Están en todas partes!
- Pero todavía lejos.
- Desde luego no intentan esconderse ni ocultar su presencia lo más mínimo.
- ¿Crees que nos están rodeando?
- No lo sé.
- ¿Qué hacemos?
- Enciende la linterna. Esas cosas que avanzan parecen ver de sobra en la oscuridad.
El tiempo transcurría interminable.
- No me atrevo, hazlo tu.
- No puedo.
- ¿Porqué?
- Porque tampoco me atrevo.
- Tengo un extraño sabor sanguinolento en mi boca.
- Yo también.
- ¡¿Qué es?!
- No lo sé.
- ¿de donde viene?¿porqué esta en mi boca?
- Que no lo sé.
- No lo soporto más.
- Ojalá nada de esto estuviera pasando- Urko comenzó casi a llorar en silencio.
Imagínese el lector lo que debían sentir aquellos pobres aventureros francamente desventurados. El temor tan absoluto, el miedo incontenible que les embargaba, que les impedía reaccionar, actuar y moverse, que nublaba su juicio y su cordura. En aquel lugar, una ultratumba, un territorio proscrito, maldito. Bajo la tierra, dónde nadie podría oír sus gritos, donde nadie podría ayudarles, y si morían o no descubrían la salida, dónde nadie podría encontrarlos jamás, como si nunca hubieran existido. En medio de una oscuridad impenetrable. Horas ya, sólo con la triste luz de sus linternas y ahora ni siquiera eso. Con un compañero fallecido y un sarcófago del que había desaparecido su huésped. Rodeados de una amenaza incomprensible, de una pesadilla infantil, de fantasmas que nunca habían existido. De un temor que sólo se encuentra en las viejas historias y cuentos inventados.





Manes comenzó a sentir unos fuertes golpes por todo su cuerpo. Aquella aberración o criatura demoníaca, o lo que fuera seguía arrastrándolo ahora escaleras abajo, tal vez para entregarlo a su señor o para darse él mismo y otras criaturas como él, un brutal festín en un macabro festejo con la carne fresca de su pobre preso.
Aunque tenía el cuerpo raspado y dolorido y su cabeza golpeaba con fuerza cada peldaño, continuaba sin atreverse a manifestar el menor atisbo de vida y así, era arrastrado lentamente hacía las profundidades, como un pesado saco inerte.





- Ya están muy cerca- dijo Kochab desesperado y ya sin apenas poder controlar su miedo- casi puedo sentirlos.
- Vamonos.
- Si.
- Muévete.
- Tu primero.
- No, tu primero.
- No se a donde ir. Tu primero.
- Yo tampoco lo se.
- Esta bien, pero no pienso encender la linterna.
- Tampoco lo haré yo.
Empezaron a avanzar muy lentamente y con extremado sigilo hacia la derecha de la galería, y se movían tan torpe y cautelosamente que daba la sensación de que todavía estaban aprendiendo a andar. Entonces, aquellos seres, sombras o espíritus; lo que fueran, se detuvieron como si vieran claramente o sintieran a la perfección lo movimientos de sus presas.
- ¿Qué es ese resplandor?- preguntó Urko que iba detrás de Kochab al mirar hacia atrás- espera.
- ¿El qué? – Kochab se giró temeroso.
Detrás de ellos, por aquel pasillo tan estrecho y angustioso, no muy lejos, una luz mortecina y amarillenta se aproximaba despacio, precediendo seguramente a su dueño y portador, una criatura sin duda detestable y abominable, una aberración de la naturaleza. Tal vez, una criatura tan horrible como las de las pinturas que se encontraban en todas partes para turbar y frustrar aun más a los desdichados viajeros.
Los dos se habían detenido atraídos y acobardados a la vez ante el resplandor que se acercaba siniestro, ante aquella luz infernal que de un momento a otro giraría la esquina e irrumpiría de bruces en la recta galería en la que ellos se encontraban para toparse con ellos frente a frente. Una gota de sudor resbaló por la frente de Kochab, y desde luego no era de frío sino de autentico pavor, miedo y angustia. Sabían a ciencia cierta que no era Manes, no tenían ninguna prueba pero sabían que no se trataba de su amigo, percibían que aquello que se acercaba no era en absoluto de naturaleza humana, es más, sentían que aquella cosa, aquel ente desconocido y malévolo no se correspondía con ningún otro ser de cuántos hayan existido en la tierra, sentían que se trataba de algunas de aquellas horripilantes criaturas que se encontraban en todas las pinturas, y sabían que no podrían mirarla, que no soportarían contemplarla y mantener su cordura o siquiera la vida que de tanto en tanto comenzaban a darla por perdida.
Una ensordecedora carcajada, inyectada en perversidad irrumpió en toda la catacumba extendiéndose hasta todos sus extremos y confines, para despertar, tal vez, a todos los seres y almas errantes que continuaban allí. Para congelar la sangre de los dos amigos, para enloquecerlos y atormentarlos antes del golpe final, para hacer más agónica y desesperada su fatal huida.
Y era una risa como la anterior, burlona y macabra, juguetona y rabiosa, desgarrándose hasta prolongarse en la extenuación.
Y los muros y las tumbas y todo aquel infernal laberinto parecían temblar y estremecerse ante aquel alarido de locura, ante aquella personificación caótica de la demencia, ante aquella risa torturada que rompía todos los esquemas de una naturaleza comprensible y racional, ante la clara y tangible muestra de la desesperación y el dolor en todo su esplendor.
Urko y Kochab comenzaron a correr despavoridos para alejarse de aquel resplandor y de aquel gemido que, a pesar de haber acabado seguía retumbando incesante en sus oídos, acosándolos allá donde fueran.






Un grito no muy lejano que surgió de las profundidades, se extendió como una alarma por toda la galería con un ensordecedor eco que petrificó el corazón de Manes por unos segundos. Aquel ser maloliente, al escucharlo soltó sin miramiento la pierna de su víctima y sin dudarlo ni un instante se precipitó por uno de los túneles, en dirección hacia aquella llamada. Como si aquello fuera el reclamo de su amo y señor al que acudía sumiso y devoto.






Ya nada estaba en silencio, todo ocurría muy rápido, Urko y Kochab corrían frenéticos, a la deriva y sin rumbo alguno. Estaban completamente perdidos, ni siquiera sus mentes les permitían recordar por dónde acababan de pasar. Todo era terrible, estremecedor, diabólico e iracundo. Ahora huían más aprisa de lo que se encontraba en todas partes gracias a que se habían atrevido a encender sus linternas. Las paredes que trataban no mirar, aparecían en aquel lugar repletas en sus totalidad de aquellas macabras formas, de repulsivas criaturas, de terroríficos seres y todos y cada uno de ellos parecían gritar, llorar y reír, reír endiabladamente ante la patética e inservible desesperación de sus profanadores. Y las propias pinturas parecían moverse con morbosidad, sacar de las paredes sus inmundas zarpas y viscosos tentáculos, prolongar sus mugrientas lenguas bífidas hasta casi poder rozar y lamer los rostros crispados de los dos viajeros.
Mientras, el suelo y el techo parecían estrecharse para atraparlos, retenerlos y ahogarlos en sus entrañas. Todo temblaba y bramaba al compás de los estremecedores aullidos de rabia insaciable.
Desde el interior de las tumbas, voces ultraterrenas, corrompidas y obscenas ululaban mientras recitaban las sagas de viejos y prohibidos ritos que flagelaban los oídos de aquellos dos locos.
Detrás de ellos, en las esquinas, en los rincones, en todas partes una pesadilla los perseguía de cerca, sin atraparlos pero sin perderlos de vista, jugando con sus pobres almas ya perdidas.
El ambiente estaba excesivamente viciado, un hedor sanguinolento y coagulado rezumaba desde todos los rincones y cavidades. Como si las galerías mismas, como si toda la catacumba se estremeciera lujuriosa ante aquel caos malévolo que corroía su interior con delicioso frenesí. De tanto en tanto, un resplandor surgía tras ellos, o en un lateral, incluso frente a ellos, pero siempre donde pudieran verlo, entonces las risas sardónicas se acentuaban hasta llegar a su punto más demencial. Después, aquella luz o luces, presagio de muerte y de tortura, desaparecían para volver a sorprenderlos en cualquier otro lugar.



Pasado el rato, cuando encontró el valor suficiente y el coraje volvió a él, Manes se levantó del suelo, cauto pero veloz. Lejos, muy lejos, en otras cámaras inferiores y apartadas, oía gemidos lastimeros, gritos y risas falsas. Recordó entonces a su amigo muerto, a la legión que había visto fugaz, a la informe criatura que había devorado su vida, y su ferviente mirada inyectada en sangre cuando se cruzó con la suya. Temeroso, aferró la linterna contra su pecho para que nadie pudiera arrebatársela.
Avanzó unos pasos muy cauteloso, se quedó quieto, en absoluto silencio. Estiró los brazos muy despacio hacia cada lado. Se encontraba en una estrecha galería de la que palpó una de sus paredes. Seguía en silencio, intentando descubrir algo o a alguien en la oscuridad. Se armó de un valor casi inconsciente. Encendió la linterna, apuntando con ella hacia el suelo porque no quería dejar tan clara su presencia. Una de aquellas risas profanas se agudizó en la lejanía, su clamor y la esencia de su demencia penetraron por completo en la desgastada mente de Manes. Los pelos de su nuca se erizaron y esta vez, sin dudarlo, retomando su anterior y sensata idea, volvió a correr, sacando fuerzas de dónde ya no había. Encontró los escalones por los que aquella criatura lo había arrastrado hacia abajo. Trepó por ellos sin detenerse, de dos en dos y de tres en tres. Huía exhausto pero implacable en su objetivo, no soportaba aquello pero tampoco podía pensar en nada, tan sólo corría, alumbrando tímido a todo cuanto encontraba, recorría pasillo tras pasillo, en busca de otras escaleras que finalmente le condujeran hasta la añorada superficie.
Siniestras sombras danzaban fatuas tras el resplandor de su luz. Él trataba de ignorarlas.






- ¡Es un sacrilegio! – gritaba Kochab mientras corría frenético-. ¡Jamás saldremos de aquí!.
Se hizo el silencio, sólo se escuchaban los jadeos de ambos que extenuados y con el corazón al límite, tuvieron que hacer un alto irremediable.
- ¡¿Porqué nos hacéis esto?! – gritó Urko al silencio - ¡¿qué queréis?! ¡dejadnos marchar!.
No obtuvo ninguna respuesta ni señal. Sólo un silbido casi susurrante, dulce en apariencia, continuaba entonando su maldita canción.
Ahora, los dos siguieron por su recorrido a no sabían dónde, andando. Sin hablar, sin pensar, sin mirar a ninguna parte más que al suelo por miedo tal vez, a encontrarse con algo horrible. Estaban desilusionados, sin esperanza, sumergidos en su agonía, recordando días anteriores, los momentos más insignificantes cuando estaban sobre la tierra y no bajo ella, libres y disfrutando del aire fresco que corría libre en la atmósfera ahora casi inexistente. Y a medida que avanzaban, absortos en sus irrisorios pensamientos, presentían y veían cada vez con más claridad que no conseguirían escapar de aquel demoníaco lugar, que no volverían a ver la luz ni disfrutarían más de una soleada y cálida mañana gracias al añorado sol.





El camino que había tomado Manes llegó a su fin, se había desviado de su ruta y ahora no acertaba a adivinar donde se encontraba, posiblemente porque nunca habían pasado por allí, o tal vez si. Observó aquel endiablado entorno con gran detenimiento al tener el valor de alumbrar cuanto le rodeaba sin reparo, porque de lo que seguro renegaba era de no regresar por el mismo lugar y acercarse tal vez a aquel ser que vagaría no muy lejos. Estaba rodeado, como no, de grabados malignos y tumbas perpetuas a excepción de un lateral izquierdo que ya hacía esquina con el fondo del pasillo; que se encontraba forrado de tablas de madera carcomida con aspecto de romperse no difícilmente. Se trataba de una especie de puerta tapiada en la que el joven no mostró reparo alguno. De súbito le atizó una contundente patada, anhelando que un nuevo camino surgiera. La madera crujió como si se fragmentara peor aún no se rompía. La pateó y la pateó con la furia que le concedía el miedo y la desesperación hasta que por fin, las tablas del inferior se quebraron y derrumbaron arrastrando con ellas a todas las demás. Infinidad de huesos de todo tipo. Esqueletos enteros. Cantidad de cráneos y hasta restos de algunos ropajes se desbordaron por aquella abertura inundando la galería en la que estaba Manes. El desagradable olor de la muerte se extendió como una plaga hasta el último rincón de aquel túnel y el ruido que hicieron los miles de despojos al romper contra el suelo, estremecieron de temor al joven que se tapaba la nariz fuertemente para evitar que aquel hedor penetrara en él.
El asco que sentía no fue suficiente motivo para buscar otro camino y haciendo de tripas corazón se introdujo por el nuevo conducto, pisando irremediablemente sobre aquel mar de huesos y atravesando aquella fétida atmósfera. Cruzó el umbral y apareció en una enorme sala cuyo final no alcanzaba a ver. Era una cripta enorme colmada de cadáveres no sólo en el infecto suelo sino también apilados en la paredes en enormes brechas cuadradas unas encima de otras hasta el techo. Andaba temeroso y ponía cada pie con extremada mesura pues en aquella alfombra de difuntos nada era seguro, los cráneos se pulverizaban con el menor peso, las costillas se deshacían en pedazos y otros tantos y tantos huesos crepitaban y se fragmentaban haciendo un eco insoportable en lo profundo de aquella inmensa oscuridad. “Tranquilo”, se decía así mismo, “con cuidado, no hagas ruido”le suplicaba su alma. Pero no había manera de avanzar discretamente, era como caminar sobre huevos que se rompían para avisar a cualquiera que estuviera cerca de la presencia de su sacrílego. A paso de tortuga llegó a lo que parecía el centro de aquella inmensa tumba y entonces, creyó adivinar en que lugar se encontraba, sobre él, en el techo; un enorme túnel vertical ascendía y ascendía por las entrañas de la tierra hasta un piso superior que Manes, más que ver, podía imaginar. Posiblemente se encontraba en el estómago del osario que como recordara el lector, encontraron mucho antes los viajeros, cuando aún marchaban juntos. Aquel, probablemente era el inmenso pozo que habían observado desde la superficie. Y como fuera tenía que llegar hasta arriba, aunque tuviera que trepar por aquellas brechas de las paredes.
¡Cras, Cras! un puñado de huesos no muy lejos de Manes crujieron fuertemente. Su corazón se detuvo durante unos instantes mientras alumbraba a todas partes, con el alma encogida y el brazo tembloroso. Pero nada se movió, todo parecía en calma. Trató de imaginar que aquel ruido se produjo por el simple peso de los huesos o por su paso y poco a poco el pobre chico se calmó. De nuevo retomo el interés en buscar un lugar seguro por donde ascender hacia aquel túnel. Avanzó esta vez con el oído mucho más agudizado hacia una de aquellas fisuras en las paredes que se encontraban rellenas de esqueletos. Justo encima de ella comenzaba el pozo así que su plan era ir escalando brecha por brecha y con suerte llegar hasta arriba sin caerse. Por precaución, ató la linterna a su cinturón con ayuda de un fino cordón que quito de la bota. Y entonces, se dispuso a trepar. Justo cuando estaba apunto de subir a la primera brecha un estallido próximo a él le hizo resbalar y caer de nuevo sobre el suelo de huesos. Un montón de huesos saltaron por los aires golpeando muchos al fugitivo. Manes observó pavoroso el lugar de aquella especie de “explosión” aún sin levantarse y algo dolorido. Seguía sin haber nada. Todo estaba inmóvil pero no obstante, algo debía moverse bajo aquel suelo de muertos y Manes lo sabía. Apenas movía un músculo, pues temía ser descubierto. Tan sólo miraba ansioso a su alrededor, buscando al peligro que le acechaba. Su respiración entrecortada y costosa despertaba con disimulo al miedo que le inmovilizaba hasta que se convirtió en angustia y pavor al advertir no muy lejos de él y bajo aquella tupida alfombra de cadáveres, una forma sinuosa y serpenteante que se desplazaba con destreza hacia su víctima, provocando a su paso una lenta marea de huesos que caían y rodaban por sus costados. Aterrado, reaccionó impulsivamente irguiéndose con rapidez. Observó, sólo por un instante más a aquélla mole furtiva y raudo se encaramo cual lagarto a la primera brecha para ascender como un loco por aquella especie de chimenea.
Sin embargo, el cazador no iba a abandonar a su presa con tanta facilidad, y para aquella criatura reptante no supuso mayor problema el ascender por la pared.


Seguían los dos juntos, Urko y Kochab, explorando ansiosos todos los caminos posibles. La situación les parecía un sueño, la más horrible de las pesadillas. Aquello no podía estar ocurriendo se repetían así mismos una vez tras otra.
Un brutal rugido, un perverso bramido de alguna execrable inmundicia ultratérrea les hizo retroceder sobre sus pasos y tomar otra galería acelerando la marcha. No cabía duda de que aquello era una especie de juego, y que aquellas criaturas los estaban guiando a su antojo exactamente hacia donde querían, a veces asustándolos, otras ocultándose y en ocasiones manifestándose sin tapujos.
Fueron a parar directamente, guiados por esta entidad maligna o como si los propios pasillos cambiaron la disposición a su voluntad, a una nueva sala inmensa, una sala totalmente cuadrada y muy amplia, iluminada por otro montón de antorchas que nadie había encendido (aparentemente). Estaba completamente vacía. Sólo había tumbas en las paredes y otras a ras de suelo, y como ya se ha dicho, vacías. Todas las losas estaban desplazadas de su sitio, todos los nichos estaban abiertos y el interior estaba completamente vacío. Un helador escalofrío estremeció los corazones de ambos. Bajo algún maleficio, todos los yacidos de aquella sala se habían levantado de su morada eterna, habían roto su perpetuo sueño y ahora danzaban por allí, por los interminables túneles, emitiendo sus horripilantes alaridos, entonando eufóricos y no obstante moribundos sus plegarias y sagas; persiguiéndoles como una perversa legión de antiguos caídos condenados a vagar por toda la eternidad en aquellos pasillos proscritos de ultratumba.



Manes trepaba como podía, sin descanso. Aferrándose a cada fisura, a cada hueco con uñas y dientes. Retomando el aliento en las largas brechas. Intentando evitar los huesos apostados en ellas y otras para ganar ventaja, empujándolos con descaro sobre la furia que desde abajo le perseguía. En fugaces ocasiones se atrevía a mirarla y entonces su dolorido cuerpo comenzaba a temblar ante la horripilante criatura que se abalanzaba. Clavándole su aviesa mirada, brillante como el fuego del abismo, inyectada en sangre e ira, sedienta de su ser. Arrastrando un opulento cuerpo de serpiente revestido de huesos que supuraban sudores nocivos. Abriendo de tanto en tanto sus malolientes belfos para olfatear a la presa con su dañina lengua bífida. Emitiendo siempre extraños alaridos de deseo y a la vez de furia porque ansiaba y aun no podía capturarle.
Y aunque las fuerzas ya el faltaban, Manes seguía subiendo, desesperado y fuera de si, soportando increíblemente aquella dura proeza. Cada vez más cerca del principio del pozo pero más débil, raspándose con cada roca y golpeándose en el torso con cada esquina. Atormentado por todo lo que le rodeaba. Incluso los innumerables cráneos apilados parecían mirarle con sus vacías cuencas y sonreírle con sus desdentadas mandíbulas. Y por fin, justo cuando aquella monstruosidad ganó el terreno suficiente y se preparaba para asestarle un zarpazo que arrastrara al pobre Manes directamente a sus fauces. Este consiguió llegar y aferrarse con furia al final del pozo, arañando con desesperación la enorme piedra desgastada que formaba el borde, a la que anteriormente no se habían acercado demasiado por temor a caer. Las garras, por desgracia para la criatura sólo consiguieron apresar la bota del fugitivo que emitió un alarido más de miedo que de dolor. La piel se desgarraba mientras uno tiraba y el otro resistía, aferrado a las piedras tambaleantes hasta que finalmente, uno se precipitó por el abismo. Un gran pedrusco se desprendió desde el borde aplastando por fortuna el rostro de la criatura y no el cuerpo de Manes. Aquel espeluznante ser cayó gritando henchido de rabia arrastrando como único trofeo, la bota que por suerte se había salido del lastimado pie al no ir atada.
Por fin, Manes se aferró con las piernas al borde y subió totalmente para arrastrarse unos metros del agujero. Respiró tranquilo hinchando el pecho cuanto pudo y se quedó tendido en el suelo casi desmayado, boca abajo y sin mover un solo músculo de su dolorido cuerpo. Ya estaba un poco más cerca se dijo así mismo.





- ¡Esto es una maldita locura! - musitó Kochab mientras observaba aquella maldita sala vacía.
- ¡¿Porqué no dais la cara de una vez?! – gritó Urko casi eufórico-. ¡Vamos, dejad de esconderos!
Y aquellas voces más que una amenaza parecieron una suplica que nadie contestó.
- Y ahora, ¿a donde diablos vamos?- preguntó Kochab desesperado.
- Ya me da igual – contestó Urko rendido-, nada conseguiremos. Esas cosas están en todas partes, acechándonos. Sigamos por cualquier puerta, no importa la que sea.
- Ojalá despertara y todo esto acabara – repetía Kochab mientras cruzaban aquella sala iluminada misteriosamente, observando con recelo las ardientes antorchas y las tumbas vacías.
- Ojalá - murmuraba su amigo ya vencido.
Los rumores y susurros continuaban implacables, pero en ocasiones, parecían perderse en la distancia para dar un respiro a sus invitados.






VI

Lentamente, Manes recobró el aliento. Se encontraba agotado, sin fuerzas y con el cuerpo magullado. Se arrastró hasta la pared de viejos ladrillos para apoyarse y durante unos minutos no dejó de mirar el maldito pozo. Finalmente, con enorme esfuerzo se irguió y se dispuso a retomar el camino porque no soportaba estar más en ese lugar. La vuelta desde allí no sería muy difícil aunque si tenebrosa como todo cuanto le rodeaba. Así, abandonó la sala redonda y comenzó de nuevo la marcha, a través de la galería por la que anteriormente habían venido, como recordaba con amargura; cuando todos seguían juntos y vivos. Y su paso era penoso, caminaba lenta y torpemente, con el cuerpo encorvado y molesto, apoyándose en las paredes con temor, esquivando las detestables pinturas. Con la linterna pendiendo del cordón, iluminando con su balanceo sólo algunos tramos del túnel porque no tenía la fuerza ni el coraje suficiente para sostenerla y apuntar al frente.





- Parece que estamos en otra zona muy antigua, mas que las demás– dijo Urko sin apenas importarle.
- A saber qué encontramos por aquí – le contestó su camarada que avanzaba aun más apesadumbrado.
- Aquí me siento algo más seguro – confesó al detenerse.
- Tal vez si, además de momento no se oye nada. Es un alivio.
Y es que ahora, sin aun haberse percatado, habían llegado hasta un nuevo entramado de túneles antiquísimos y por fortuna para ellos, completamente cristiano, sin seres extraños ni malévolas pinturas. Sino con simples cruces, breves ilustraciones alentadoras y solemnes epitafios en las tumbas con frases afectuosas y de buen augurio. Se encontraban pues, en una especie de santuario, un recóndito lugar seguro en medio de aquella demencia, un refugio que no debían abandonar pero del que sin más remedio tendrían que alejarse.
- ¿Cómo estará Manes?- preguntaba Kochab mientras avanzaban cauteloso pero más sosegados por aquel nuevo lugar.
- Ni idea – contestó Urko-. Espero que mejor que nosotros
- Al menos, él no se equivocó de camino, creo.
- Yo creo que tampoco. Aunque tal y como se fue... espero que este bien.
- Ojalá volvamos a verle.
- Si – dijo Urko soltando un suspiro de tristeza.
Los dos se detuvieron un rato para observar su alrededor.
- Diría que esto incluso es acogedor – expuso Kochab con cierto tono de alivio.
- Si, estas pinturas inspiran algo de esperanza...- dijo Urko mientras miraba un fresco con dos inmaculados ángeles pintados, tan gráciles y hermosos, sin ningún ápice de maldad ni diablura.
- Ojalá tengamos algo de esa esperanza – dijo Kochab -, ¡es que no puedo creer lo que está pasando! – perdía la cordura cada vez que lo pensaba-. ¡Es una maldita locura!, ¿¡y qué es lo que nos persigue!?, ¿¡ni siquiera sabemos que diablos es!?
- Es una pesadilla – dijo derrumbándose en el suelo -. Nunca saldremos de aquí.
- Mejor que no hablemos de esto – contestó mientras se sentaba junto a su amigo -. Estoy rendido
- Yo también, descansemos un poco.
Y así, los dos se quedaron en silencio, en el suelo y apoyados contra la pared, mirando hacia abajo y adormilándose poco a poco por el agotamiento de aquella tortura hasta caer en un profundo sueño.




El atemorizado Manes continuaba su tortuoso camino en busca de la salida. Y como todo era detestablemente parecido no podía tener la certeza de que marchara por el buen camino, aunque sin duda debía serlo, pues según recordaba, volvía sobre sus propios pasos casi con seguridad. Así anduvo y anduvo a través de infernales galerías, sin apenas observarlas porque las odiaba, tan sólo caminando y centrándose en su oído que se contraía al menor sonido, sonidos esquivos y furtivos en la lejanía que a veces se aproximaban con disimulo para volver a perderse. En ocasiones se encontraba con numerosos escalones que ascendían y en otras de nuevo se sumergían en la tierra, frustrando en cierta manera sus ilusiones pero a la vez animándole porque recordaba que su camino había sido así y por lo tanto, iría en la dirección correcta.






De repente, un gemido de angustia ululó de manera casi desesperada sin poder hacer nada más.
- ¡¿ Qué es eso ¡? – se despertó Kochab sobresaltado mirando con horror e incomprensión a su alrededor -. ¡Nos hemos dormido!
- ¡Qué estúpidos somos! – respondió Urko al levantarse de un salto por el susto y con la respiración acelerada -. ¿De dónde viene? – y miraba ansioso los laterales de aquel pasillo.
- Gracias a Dios no nos han hecho nada – dijo Kochab mientras observaba aquellas pinturas tan alentadoras.
De nuevo, algo no muy lejos de ellos jadeaba eufórico y siseante sin poder aproximarse más.
- ¿Lo oyes?
- Sí.
- Vámonos, vámonos – dijo Urko cogiendo del hombro a su compañero.
- Si, pero espera – decía sin dejar de mirar hacía aquellos gemidos-. ¿Porqué no viene a por nosotros?, ni siquiera se acerca.
- ¡Pues mejor!, venga, vamonos.
- No me refiero a eso – seguía Kochab -. Creo que aquí no puede pasar.
- No te entiendo – contestó Urko asombrado.
- Fíjate – le explicó -, esta galería es totalmente distinta, aquí no aparece nada diabólico sino todo lo contrario. Es como una pequeña iglesia en medio de esta inmundicia, un lugar sagrado en el que esos seres no pueden entrar.
Urko contempló toda la estancia, fijándose en los viejos frescos con imágenes de los apóstoles, de ángeles e incluso de vírgenes.
- Tal vez tengas razón - dijo casi animándose -. Ojalá sea así.
- Creo que sí.
- ¿Y qué hacemos?, avancemos por aquí haber hasta donde llega.
La respiración de aquella criatura desesperada continuaba implacable acechando en el umbral de aquel lugar prohibido para ella.
- Acerquémonos un poco a ella – sorprendió Kochab a su compañero.
- ¡¿Te has vuelto loco!?
- Es nuestra oportunidad de ver a lo que nos enfrentamos.
- No tienes tu suerte.
- Tu espera aquí si quieres, sólo me acercare un poco. No creo que pase nada.
- Está bien, pero yo también voy.
Así, aquellos dos valientes se encaminaron lenta y sigilosamente hacía la izquierda que era de donde venían para buscar el final de aquel túnel y observar a la criatura que les acechaba. Al fin, se situaron tras una esquina, si la giraban, tan sólo unos metros les separarían de aquel aborrecible ser que, al advertir la cercana presencia de sus víctimas, se sumió en un perpetuo silencio, como si no quisiera ser advertido.
Kochab asomó ligeramente la cabeza alumbrando al frente, allí estaba el final de la nueva galería, a partir de ahí se observaban nuevos pasillos que tenía casi adivinar porque la linterna apenas llegaba a iluminar. De súbito, algo se escondió tras una de las jambas para no ser visto. Kochab se sobresalto y también se refugió tras la esquina.
- ¿Qué has visto?- preguntó Urko muy bajito porque aún no se atrevía a mirar.
- No lo sé, apenas me ha dado tiempo a verle, se ha escondido - contestó aún más susurrante.
El silencio les invadió durante unos minutos en los que nadie se atrevió a hacer nada. De nuevo Kochab se aventuró a mirar asomando sólo la cabeza. Sin duda, allí en el umbral, envuelto entre sombras, algo se escondía observándoles con entusiasmo.






Un escalofrío recorrió a Manes al toparse con un inmenso obstáculo, dejándole quieto, muy quieto e inseguro porque recordó con claridad lo que allí había sucedido. Vaciló durante unos instantes hasta que por fin se dispuso a hacer lo que antes todos juntos deberían haber comenzado. Por fin había llegado a aquel túnel que tan extrañamente se había desprendido para cortarles el paso, y así es como se encontraba frente a un montón de piedras y pedruscos que cortaban su camino. Y a pesar de que apenas le quedaban fuerzas para nada salvo respirar y caminar pesadamente, se dispuso con toda su voluntad a retirar los cantos menos pesados para abrir un pequeño agujero y poder cruzar.






Ahora los dos, bajo el resguardo de la esquina se atrevían a mirar al frente entornando los ojos al máximo para conseguir contemplar ala vil criatura que les esperaba, tan esquiva y astuta.
En ocasiones, cuando se movía de extraña manera, se distinguía su forma, una silueta deforme y raquítica un ser bípedo y corrupto que a veces se apoyaba sobre sus cuatro extremidades para saltar de un lado a otro del pasillo, enseñando así sólo retazos de su ser. Después, aparentemente cansado de aquella farsa, se aproximó un poco más al umbral prohibido para él y comenzó a mostrarse tal cual, consciente como era de que sus víctimas le observaban tan atentas, de manera casi desafiante. Al fin pudieron ver su mirada en la oscuridad; clavada en sus propios ojos, contemplaron inmóviles aquellos ojos rasgados e iracundos rojos como el fuego, siniestros como en la peor de las pesadillas astutos y malévolos refulgentes de ira y malicia, impregnados en rojizas llamas del averno que bailaban fatuas una macabra danza. Con unas diminutas pupilas negras como el carbón que se movían inquietas y espasmódicas por aquel mar de fuego, observando casi con locura incontenible la carne de sus presas. A los dos jóvenes se les heló la sangre y sintieron la necesidad de huir, sin embargo no lo hicieron porque sabían que entre aquellas paredes se encontraban seguros. Mientras, la criatura seguía observándoles con taimada locura a la vez que sacaba lentamente de entre las tinieblas una decrépita zarpa de homínido con cinco largos dedos nudosos y arrugados que rasgaban el dintel de la puerta con sus afiladas pero mugrientas garras emitiendo un chirriante sonido que rayaba los dientes.
Ahora los dos, bajo el resguardo de la esquina se atrevían a mirar al frente entornando los ojos al máximo para conseguir contemplar ala vil criatura que les esperaba, tan esquiva y astuta.
En ocasiones, cuando se movía de extraña manera, se distinguía su forma, una silueta deforme y raquítica un ser bípedo y corrupto que a veces se apoyaba sobre sus cuatro extremidades para saltar de un lado a otro del pasillo, enseñando así sólo retazos de su ser. Después, aparentemente cansado de aquella farsa, se aproximó un poco más al umbral prohibido para él y comenzó a mostrarse tal cual, consciente como era de que sus víctimas le observaban tan atentas, de manera casi desafiante. Al fin pudieron ver su mirada en la oscuridad; clavada en sus propios ojos, contemplaron inmóviles aquellos ojos rasgados e iracundos rojos como el fuego, siniestros como en la peor de las pesadillas astutos y malévolos refulgentes de ira y malicia, impregnados en rojizas llamas del averno que bailaban fatuas una macabra danza. Con unas diminutas pupilas negras como el carbón que se movían inquietas y espasmódicas por aquel mar de fuego, observando casi con locura incontenible la carne de sus presas. A los dos jóvenes se les heló la sangre y sintieron la necesidad de huir, sin embargo no lo hicieron porque sabían que entre aquellas paredes se encontraban seguros. Mientras, la criatura seguía observándoles con taimada locura a la vez que sacaba lentamente de entre las tinieblas una decrépita zarpa de homínido con cinco largos dedos nudosos y arrugados que rasgaban el marco de la puerta con sus afiladas pero mugrientas garras emitiendo un chirriante sonido que rayaba los dientes. Finalmente, decidió mostrarse plenamente porque parecía disfrutar de que sus víctimas lo observan sin apenas pestañear. Paulatinamente y con marcada lentitud comenzó a asomar su miserable cráneo a través del marco del umbral, de manera similar a como se encontraban sus espectadores tras la esquina. De este modo, ambos pudieron observar la barbarie de su sátiro rostro. Bajo aquella calva huesuda, aparecía su alargada cara amarillenta y mohosa, casi putrefacta. Tenía dos pequeñísimas orejas o más bien lo que quedaba de ellas, porque parecían casi devoradas. Sus ojos ante la luz perdieron en fulgor pero ganaron en una expresión de profunda desdicha y fiereza que se acrecentaba cuando los entornaba de manera violenta mientras sus diminutas pupilas escudriñaban con frenesí. De la nariz, al igual que sus orejas poco rastro quedaba por lo que mostraba incluso pequeños rodales de hueso que aun así parecían incluso esforzarse en inflarse para olfatear a sus presas. La boca, sellada por unos finos labios colgantes tan sólo se contraía de tanto en tanto porque su mandíbula inferior parecía no encajar. Después aquella miserable escoria, decrépita y decadente, entornó aun más su aviesa mirada para examinar mejor a sus inmóviles presas mientras entornaba de manera retorcida su pelado cráneo de un lado hacía otro, como un animal que intenta saber algo más, que no se conforma con contemplarlos.
Ambos jóvenes, siempre refugiados tras aquella esquina y en la franja segura, lo miraban sin aliento, con horror y desprecio, sin llegar a creerse lo que tenían delante, a tan sólo unos metros. Así, finalmente, tras su último escrutinio, sin más dio un veloz e impredecible salto colocándose de este modo justo en medio del umbral, justo delante de la luz que ahora lo iluminaba de lleno. Que detestable, que horrible pensaron los dos refugiados que también dieron un pequeño salto sobre sí mismos pero de miedo.
Su decadente cuerpo
La criatura levantó el brazo lentamente para alzar su decrépita zarpa y con sus huesudos dedos les invitó a acercarse. Tras esto, abrió muy despacio las comisuras de la boca hasta configurar una sardónica sonrisa que les hizo sentir completamente miserables y perdidos. Volvió a entornar la cabeza de un lado hacia otro mientras seguía sonriéndoles tan endiabladamente enseñando sus apretados dientes que no alcanzaron todo su esplendor hasta que finalmente, abrió aquellas apestosas fauces barnizadas en baba y jadeos. Las malsanas encías se encontraban recorridas de extremo a extremo por innumerables caninos largos y afilados fuertemente apretados unos contra los otros, sin muelas ni belfos, sino todos mugrientos colmillos preparados para cercenar y desgarrar sin mayor esfuerzo. De aquel pozo negro e iracundo comenzó a asomar una bífida lengua, larga y escurridiza, impregnada en tumores sanguinolentos que se estiraba y contorneaba de un lado hacia otro con dolor como si ya casi pudiera paladear a sus victimas. Su cuerpo escuálido y consumido, desnudo e infecto, se balanceaba siempre hacia un lado y otro apoyado sobre sus descarnas piernas que tiritaban levemente como si no pudieran soportarlo mucho más y por ello sus enormes y lacerados brazos se apoyaban en el suelo para soportar aquélla carga endiablada que de tanto en tanto flojeaba para volver a mostrarse fiera y vigorosa.
Ambos espectadores se estremecieron ante la inconmensurable demencia, permanecían boquiabiertos y temblorosos frente a aquella aberración a la que aun no se atrevían a dar la espalda.






Mientras tanto, Manes continuaba en su afán por abrir un pequeño camino y ya había conseguido apartar un buen número de rocas por lo que la esperanza, comenzaba a brillar en su mente. Retiraba una tras otra y sin parar y aunque sólo cogía las más pequeñas, finalmente, como premio a su esfuerzo, todas las grandes piedras del lateral izquierdo se desprendieron abriendo una brecha por la que de sobra cabía. Así fue como entró en la galería en la que antes habían encontrado tantos y tan extraños y deformes cadáveres, aunque Manes, como de sobra recordaba esto, no estaba dispuesto a detenerse ni un segundo ni a mirar en aquellas tumbas que ya de sobra se habían grabado en su memoria. Penetró allí raudo y temeroso de su alrededor, con la cabeza gacha y el paso ligero, alzando un poco la linterna que seguía colgando de su cordón por temor a perderla en un nuevo peligro. Todo aquel pasaje estaba derruido y muchos de sus cadáveres se habían salido de sus nichos interceptando así el camino, cada vez que se topaba con uno de ellos su alma se estremecía y su corazón se precipitaba pero rápidamente y sin apenas observarlos, daba un salto para ni tan siquiera rozarlos y lo mismo hacía con las losas y piedras que obstaculizaban su camino. No podía pensar en nada porque sino enloquecería, o tal vez ya era un demente que aunque se esforzara no conseguía alcanzar ningún pensamiento lógico, salvo los de su propio instintito primario de supervivienda que le empujaban a seguir adelante y aun no derrumbarse.






La miserable criatura comenzaba a desesperar. No soportaba la presencia de sus presas y no poder atraparlas, aquella sonrisa malévola se había transformado en una ladina expresión de sadismo y perversión. Ahora más que nunca clavaba aquellos maliciosa mirada en el propio alma de sus espectadores y sus ojos los abrían atravesado si pudiera. Impotente y furioso, sin poder avanzar un paso más allá del dintel que con fiereza rasgaba, intentando entrar tan sólo un poco más y sin poder conseguirlo porque algo, aquella atmósfera parecía casi abrasarlo. Miró a su alrededor con excitación buscando algo porque no soportaba no hacer nada. En el suelo, algunos cantos y piedras se habían desprendido de las paredes. Furioso, los cogió y comenzó a lanzarlos con rabia contra Urko y Kochab que asustados se refugiaron tras la esquina.
- ¡Vamonos! - dijo Urko alterado - ya le hemos visto bastante.
- Si, además esta muy enfadado. ¡ Bufff! ¿qué diablos es?
Las piedras dejaron de caer. Urko miró por la esquina una vez más para cruzar su mirada con la de su anfitrión, para toparse con unos ojos inyectados en sangre que viles le mostraron todos sus macabros pensamientos. Sólo una vez más contempló su cuerpo tembloroso, más loco y furioso que nunca.
- ¡Marchémonos! - Kochab le agarró por el brazo retirándole de la vista -, no lo mires más o perderemos la cabeza.
- Si - contesto Urko vagamente como si aun pensara en aquel maldito rostro.
- Continuemos por aquí y no salgamos de esta galería. Espero que conduzca a alguna salida.
- Eso espero.
Ambos se alejaron de aquel lugar con el paso suave porque no querían hacer ruido. La criatura, que advirtió que sus presas se retiraban, comenzó a gemir y casi a blasfemar en una extraña lengua que los oídos no soportaban. Los dos viajeros aceleraron el paso por dolor y temor mientras se tapaban los oídos, siempre mirando tras sus espaldas. De momento, aquella galería tan alentadora parecía no terminar, lo que resultaba ser un gran alivio. Continuaron avanzando sin ninguna novedad. Los gemidos de aquella monstruosidad se perdían en la lejanía.








A medida que avanzaba, siniestras sombras impenetrables bailaban alrededor de Manes. El las evitaba y ni siquiera se atrevía a mirarlas. Recordó que ahora ya se encontraba en aquella deleznable zona laberíntica que tantos problemas les había causado. Anteriormente, habían memorizado muchos de aquellos grabados para no perderse, pero lo cierto es que todos le resultaban tan repugnantes y macabros que no podía diferenciarlos. Sin apenas pensarlo, decidió caminar siempre hacía delante y sin desviarse por ningún lateral, aunque en ocasiones, esto le resultaría imposible.




Entre tanto, los dos inseparables amigos continuaban con su andadura por aquella milagrosa catacumba. La observaban siempre con el mayor detenimiento por si la abandonaban sin percatarse pero por el momento, esto no ocurriría. Ambos, por si aquel túnel se acababa y les internaba en otro menos seguro, no paraban de observar aquellos laterales recorridos por simples y desquebrajadazos arcos de piedra, paredes con frisos geométricos y pinturas religiosas similares a las ya mencionados, además por supuesto, de tumbas y tumbas tapiadas que desde luego no inspiraban ningún temor sino más bien, nostalgia y hastío por la vida pasad

Urko y Kochab, se ilusionaron enormemente porque llegaron hasta una largas escaleras ascendentes que se perdían en la lejanía y más aun, pertenecían a aquel mismo y seguro lugar porque las pinturas amables y los mismos frisos angelicales se continuaban.
- ¡Qué alegría! - dijo Kochab -. ¡Subamos! Tal vez esto se acabe pronto.
- Eso espero - contestó Urko con un tono muy animado y conciliador
De este modo, los dos comenzaron el largo y largo ascenso en una espiral que llegó a ser casi mareante asta que por fin, fueron casi vomitados a una gran sala rectangular, con una pared plenamente abierta a otros pasillos, que por desgracia volvían a estar repletos de repugnantes pinturas y espectral niebla. La nueva sala, en cuestión, estaba completamente forrada, de cintura para abajo por bajo relieves de personajes en procesión, arcaicos e inexpresivos en los que se representaba la naturaleza divina y celestial. En la parte superior, lo que quedaba de pared estaba oculto por enormes pinturas raspadas y desconchadas en las que aparecían escenas del nuevo y viejo testamento y otras de los evangelios apócrifos con leyendas y relatos piadosos sobre la vida de Jesús que se alzaban hasta las bóvedas de cañón formadas por desgastadísimos arcos de medio punto que se apoyaban sobre cuadrados pilares decorados con más relieves de temas similares. En uno de los flancos, justamente opuesto a la gran apertura, una enorme bóveda de horno se introducía más allá de los muros para albergar y proteger un enorme pantocrátor con la imagen de alguien saludando, aunque apenas visible por el deterioro. Y bajo él una enorme cruz de piedra cuarteada adosada a la pared.
Tras contemplar el lugar, ambos se acercaron, con temor y cierta angustia, a la gran pared abierta que les mostraba el único camino posible. Observaron sin acercarse demasiado el dintel de aquel umbral y los contrafuertes que la vadeaban. Todo, también estaba grabado con más escenas, sin embargo, se trataba ahora de un bestiario repleto de gigantescos monstruos astados, de leones bicéfalos, de babosas serpientes e incluso de criaturas marinas con enormes fauces. Todo ello como símbolo de amenaza y prudencia ante lo que seguramente se ocultaba tras aquellas bastas jambas.
- ¿Qué hacemos? - preguntó Urko desconsolado.
- No podemos quedarnos aquí eternamente.
- Lo sé. Pero ahí... quien sabe lo que habrá - decía mientras alumbraba aquellos pasillos macabros, igual a todos los anteriores.
- Hemos ascendido bastante. Tal vez aquí ya no halla nada.
- Ya, pero si lo hay y si nos atrapa y si esa cosa de antes llega hasta aquí, entonces estaremos perdidos.
- Tienes razón - dijo Kochab escudriñando aquella oscuridad con odio -, pero aquí tampoco podemos quedarnos, en algún momento tendremos que salir.
- Quizás a este nivel sólo se pueda llegar por aquí y a estas alturas no halla nada - Kochab asintió.
- Tampoco se oye nada, ¿verdad?, no hay sonidos extraños ni murmullos.
- Si, es un alivio pero sigue dando miedo sólo mirar esas pinturas de allí - decía mientras alumbraba al frente a uno de los pasillos descubiertos.
- No tenemos otra opción.
- Supongo que no, vamos.
Ambos, con el espíritu comprimido y los nervios a flor de piel, penetraron en la nueva y agobiante galería cubierta de aquellas pinturas de abominables seres tan detestablemente repetitivas. Avanzaban extremadamente cautelosos, rodeados de aquella impenetrable atmósfera y de aquella oscuridad agobiante y casi inescrutable. Nuevos pasillos se entrecruzaban entre sí y la gran duda siempre surgía acompañada de un sentimiento de desasosiego e inseguridad en constante aumento. Por ultima vez contemplaron a sus espaldas la gran sala ya apenas visible, perdiéndola con tristeza porque sabían que abandonaban la anhelada seguridad para enredarse en aquella locura, para buscar tal vez una muerte segura o un sufrimiento peor. Decidieron al puro azar el pasillo que atravesarían y de este modo comenzaron su penosa andadura por aquella maldita catacumba que pronto volvería a manifestarse en su tétrico esplendor.







Por su parte, Manes aun continuaba en su búsqueda aunque a duras penas ya mantenía el aliento, estaba perdido y todos aquellos retorcidos pasillos le parecían desquiciantemente iguales. Varias veces había atravesado galerías sin salida y ahora, por si todo fuera poco, se encontraba frente a un nuevo dilema, y es que por fortuna había llegado a aquel mismo lugar en el que, si recuerda el lector; aparecían siete posibles caminos, no podía recordar el adecuado, así que se metió por el primero de su derecha anhelando no equivocarse.





Urko y Kochab también estaban perdidos aunque apenas les importaba, aquellos túneles se entrecruzaban cada vez más y más los unos con los otros lo que dificultaba la decisión y el recuerdo de su camino. De repente, cuando parecía claro que no podrían regresar a aquel santuario protector, en la lejanía a través de otros conductos, incomprensibles gruñidos hostiles se alzaban sobre otros, reclamando a sus presas.
- ¡No, no! ¡otra vez no! ¡ya empiezan de nuevo! – gritó Kochab histérico.
- ¡Maldita sea!, ¡¿Y donde vamos?! – Kochab perdía la cordura -. ¡me es imposible recordar por donde hemos visto!, ¡estamos perdidos!, ¡ya no hay refugio para nosotros!
- ¡ Yo tampoco puedo recordarlo!, pero ¡vamos a donde sea, no nos detengamos, hay que huir!, ¡correr sin parar!
Y los dos huían como alma que lleva el diablo, sin detenerse ni escuchar a aquella demencia que se les abalanzaba, aquélla monstruosidad que les acechaba en cada esquina.







Manes, ajeno a todo lo que estaban sufriendo sus compañeros, aún buscaba el maldito pasillo correcto. De nuevo se encontraba atravesando una larga galería que le resultaba familiar, pero esto apenas podía significar nada porque todo era desgraciadamente igual, en ocasiones casi simétrico. Sin embargo, al llegar al final de este lugar, creyó reconocerlo porque una enorme verja de bastos barrotes oxidados cortaba el paso, dejando ver tan sólo, una pequeña habitación con el comienzo de más y más túneles, seguramente se trataba de una de las galerías con la que anteriormente se habían topado.
De súbito, algo le paralizo durante un momento, ya se disponía a correr porque creyó escuchar a lo que se apresuraba casi jadeando por aquellos túneles que las rejas dejaban ver. Sin dejar de mirar, Manes comenzó a apartarse dando lentos pasos hacia atrás. Una luz mortecina y tenue comenzaba a asomar por una de las bocas de la izquierda advirtiendo de su pronta aparición. Manes bien sabía que no soportaría verlo, fuese lo que fuese, decidió también echar a correr pero sin darse cuenta, como al principio marchaba de espaldas, tropezó con una gran losa desencajada que le hizo caer contra el suelo con un estruendoso topetazo. Rápidamente aun con todo el costado derecho dolorido se puso de rodillas para iluminar y no aparecer en desventaja frente a lo que ya asomaba tras los barrotes.
Su corazón se detuvo momentáneamente por la emoción mientras su rostro se inundaba de alegría, aunque aun así, no se atrevía a acercarse por si se trataba de una ilusión o de una mala treta de aquellas inmundicias.
- ¿¡ Urko, Kochab!? – gritó con incredulidad.
sus queridos amigos se detuvieron en seco y por un momento olvidaron todo aquello, todo su temor y su huída.
- ¡Manes!- respondieron los dos con la misma incredulidad -. ¡Estas vivo!.
Los tres se aferraron a las verjas para poder abrazarse casi entre lloros.
- ¡Menos mal que estas vivo! – decía Urko sin soltarle.
- ¡Debimos hacerte caso! – Kochab no salía de su asombro y de la gran alegría -, ¡tendríamos que haber huido cuanto antes!, ¡no continuar más! – no paraba de lamentarse.
Manes sólo asentía a todo, aun era incapaz de hablar, se sentía al fin protegido y contento aunque la emoción le paralizaba.
- ¡Has visto esas bestias!, ¿estas bien? – preguntaba Urko.
- ¡Estás herido! – Kochab se fijo más detenidamente en su compañero magullado por los brazos y la cara -, ¿dónde has estado?
Por fin comenzó a hablar entre balbuceos que poco a poco se disiparon.
- Estuve perdido, huyendo, algo me atrapó, tuve que trepar mientras me perseguían, es una pesadilla, ¡tenemos que escapar! ¡hay que salir de aquí! – soltó a sus compañeros para zarandear las verjas con fuerza para poder unirse a sus compañeros
- ¡Intentemos romperla! – dijo Urko mientras golpeaba la barrera con furia.
- No hay manera de que ceda, esta bien aferrada – desistió Kochab
- ¡Maldita sea! – Urko se exasperaba -. ¡hay que encontrar una manera de salir!
- Pero, ¿Dónde estáis? – preguntó Manes que por un momento había olvidado todos sus males y temores -. ¿Cómo habéis llegado hasta ese lado?
- Nos perdimos – confesó Kochab –. Esas cosas nos desviaron, pero, ¿las has visto? ¿de dónde han salido? ¿qué son?
- No lo sé, son demonios que quieren matarnos como hicieron con Próvido – los ojos de Manes se llenaron de lágrimas y desesperación.
- Sentimos mucho no haberte creído entonces – Urko puso su mano sobre el hombre de Manes a la vez que él también se acongojaba.
- No podemos permitir que a nosotros nos atrapen – interrumpió Kochab con decisión - . ¡No nos desanimemos!
- Ya, pero esto no se puede romper, por aquí no podréis pasar – decía Manes lloriqueando -. ¡Nunca saldremos!
- Pues habrá que pensar algo – Kochab no se rendía y por su parte, Urko seguía zarandeando los barrotes -. ¿tú donde te encuentras?¿ también te has perdido?
- No, bueno, un poco – decía mientras se secaba las lágrimas -. Por aquí ya pasamos antes, esta misma reja u otra muy similar ya la encontramos, pero ahora entre tanto pasillo estoy perdido.
- ¿Qué reja?, ¿aquellas que empezaban por esculturas de feos bichos? – preguntó Urko.
- Si, si – contesto Manes-. Esas mismas.
- ¡Tan arriba estamos! – los dos se sorprendieron.
- ¡Entonces queda muy poco para la superficie!, ¡y nosotros no podemos llegar! – dijo Urko soltando un gruñido de rabia
- ¡Qué mala suerte! –Kochab no se lo podía creer -. Pero Manes, tu puedes escapar y pedir ayuda, ¡tu puedes salvarnos!.
- Pero estoy perdido – contestó frustrado -, no sé por donde ir. Hay muchos túneles, soy incapaz de distinguirlos.
- Tranquilo – Kochab comenzó a recordar -. Veamos, si dices que estas son las rejas que encontramos al principio, entonces no falta mucho para llegar a aquel portón blindado, aquel tan enorme y feo.
- Lo recuerdo, pero es que no se llegar hasta el, te lo aseguro. Además no quiero ir, no me atrevo.
- Pero recuerda que estos barrotes se encontraban a la izquierda de nuestro camino y tu si sabes de donde vienes, ¿no?
- Si, claro
- Pues cuando salgas de aquí, ve siempre a la derecha recto y sin desviarte, y entonces sino recuerdo mal...
- Acabará el túnel y llegará hasta la pequeña sala que tenía cuatro pasillos a cada lado – Urko le interrumpió.
- Exacto – prosiguió Kochab -. Tendrás que tomar el de tu izquierda, justo el que esta en frente de ti y apartado de los otros siete, no atravieses ninguno de esos porque no sabemos a dónde llevan. A partir de ahí, si mal no recuerdo, todo es recto, no te desvíes por ningún lateral, ve siempre recto por la galería principal.
- Pero no puedo ir sólo, no me atrevo. ahora que os he encontrado no puedo irme. ¿Y si me pierdo?
- No puedes perderte - dijo Urko en un tono casi de súplica -. Tienes que buscar ayuda. ¡Te necesitamos!
- Además es muy sencillo – Kochab se lo volvió a explicar -. Sólo ve hacia tu izquierda, no te desvíes por ningún lateral, marcha siempre recto y en la sala que tiene tantos pasillos... ¿Manes me escuchas?
El pavor había vuelto a su cuerpo, no podía escucharle, sólo retrocedía lentamente sin dejar de mirar al frente, a la inmensa oscuridad que quedaba más allá de la espalda de sus amigos, justo en el túnel por el que habían venido. Allí, unos rasgados ojos centelleantes se vislumbraban entre la penumbra, inmóviles e iracundos, acechando a Urko y Kochab, que aun eran ajenos al peligro que se les avecinaba a tan sólo unos metros casi pegado a sus espaldas.
- ¡Corred! – Manes rompió aquella encerrona mientras el mismo escapaba de aquel lugar.
- ¡¿Qué?! – exclamó Urko al dejar los barrotes mientras Kochab ya se había dado la vuelta y permanecía paralizado ante aquella inmundicia que se encontraba oculta frente a ellos, dispuesta para apresarlos.
Manes se perdió en la oscuridad del largo pasillo. Urko ya también observaba la vileza de aquella criatura de ojos saltones y odiosos, que atravesaban carne y alma.
Aquello bien podría haberse considerado como una despedida porque, los tres amigos jamás volverían a estar juntos.
Los dos jóvenes desesperaron y ante la pasmante quietud de aquélla aviesa mirada que se agazapada como un gato entre las sombras, permanecieron inmóviles durante un interminable instante, sin actuar ni apenas pestañear.
Crujidos y blasfemias inmundas comenzaron a brotar desde el iracundo interior de las tumbas más cercanas, lejanas carcajadas retumbaban en otras galerías, el dulzón olor de la muerte impregnaba el ambiente.
Por fin, aquella mirada petrificante comenzó a pestañear de manera casi pegajosa, ambos desventurados despertaron de la aparente hipnosis que esta les producía.
De nuevo, los dos comenzaron a moverse, primero con unos pasos casi imperceptibles rodearon lentamente aquella estancia, siempre bajo la atenta mirada de su perverso anfitrión, que sin motivo aparente, aun no actuaba, sino que más bien parecía calibrar la situación y la mejor manera de acabar con sus víctimas que aunque ahora escaparan, volverían a caer en sus redes. finalmente, reunieron el valor necesario y comenzaron a correr como dos locos para adentrarse en el túnel más próximo, casi en frente de aquella bestia.

Morenilla18 de octubre de 2008

1 Comentarios

  • Abyssos

    Ya voy por la ultima parte, cuantos dias me ha costado poder volver a retomar la lectura de tu relato, por fin ahorita tuve la oportunidad de leerlo completamente.

    Habias comentado que ya habias dejado de escribir... ?porque? este escrito es la muestra clara de toda la creatividad que posees para ello. Sobre l oque decias de que con tanto detalle el lector se confunde, si, pero es cuestion de regresar unos cuantos reglones y leer de nuevo, porque creeme que con los detalles que das logras en verdad crear el escenario completo dentro la mente del que lee y eso es una de las cosas que se le deben agradecer al lector, que te "enganchen" mediante la descripcion minuciosa de todo lo que hay o todo lo que ven los personajes de la historia en cuestion.

    Cuidate, ya te comentare que tal estuvo el final :)

    29/10/08 05:10

Más de Morenilla