Del Amor, Las Celdas y Los Salidos

Al entrar en el bar, en seguida la divise al final de la barra. Sola. Con un bonito vestido rojo, los labios al mismo tono, sombra de ojos, media melena; negra, una sonrisa desdibujada, una mano en la copa y otra en la mejilla. Las piernas cruzadas y unos zapatos de tacón; no demasiado alto, con medias oscuras y ¿Quién sabe que llevaría debajo?

Tomaba un Manhattan, el color, era un inequívoco. Entretanto, la masa, bailaba en la pista las canciones de siempre. Alguno, al ir a pedir, le suplicaba atención, pero ella los rehuía con facilidad. Parecía, no querer compañía. Al observarla durante unos minutos creí que bien se valía una negación, un intento. Lancé la tentativa desde lejos, desde la otra punta de la barra, después de dos Whiskys le conté una tontería de tal magnitud, que incluso desconozco, cómo se me ocurrió:
- Te has dado cuenta que hace rato que compartimos barra.
- (Se lo pensó durante un ratito y contestó) Sí.
- Te has dado cuenta, que no nos hemos dicho nada hasta ahora.
- (Se lo pensó durante un ratito y contestó) Sí.
- Te has dado cuenta que ha sido porqué yo me he acercado que hemos empezado ha hablar.
- (Se lo pensó durante un ratito y contestó) Sí.
- Te has dado cuenta que tengo ganas de conversar contigo.
- (Se lo pensó durante un ratito y contestó) Sí.
Así unas cuantas veces más hasta que muy hábil yo y, observando que después de pensárselo todo un ratito contestaba que sí, le propuse ir para mí casa. Siguió, para mí fortuna con afirmaciones a todo, o sea; a la copa de vino al llegar, a la música suave, a la invitación hacía al dormitorio, a sacarse la ropa, a sacarme la mía, a empezar a besarnos, a bajar un poco sus besos e incluso más.

Parecía todo un soneto y yo, la palabra más soez. Descubrí, como poco a poco ella, se iba poniendo cachonda. Yo, sin duda, ya hacía y yacía en ese estado desde mucho antes. De repente, me intento pedir, que le llenara aquél vació en su interior (debo parecer sutil), desconozco por qué, pero tartamudeaba. Cumplí su deseo y cuando más entraba en erupción nuestro placer, ella, más tartamudeaba, ametrallando palabras y jadeos, casi simultáneamente. ¡Qué lío!

En unos días, hará veinte años que estamos juntos. un ratito. Únicamente, en una ocasión me ha dicho que no (me niego a dar detalles). Casi nunca hablamos, yo tampoco soy un conversador feroz y ella... pero aún hoy, follamos como dos posesos. Y es, en esos momentos cuando más nos entendemos. Ya casi nunca nos sentamos en la barra de ningún bar, sin embargo, un Manhattan nos sigue alegrando cualquier noche y, a veces, aún le pregunto si se ha dado cuenta que todo empezó por compartir barra, por no decir nada, por acercarme yo o por tener (aún) ganas. Ella, se lo piensa durante un ratito y contesta: Sí. Sonríe, igual que sonrío con esa tontería. Quizás, la vida sea esto, encontrar a alguien que te haga reír y te saque de la celda que a menudo, nosotros mismos, nos encerramos.

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