Esperando la Muerte Con Impaciencia

Nunca me creí una mala persona. Jamás pensé acabar mis últimos días aquí, entre rejas. Viendo un metro cuadrado de cielo. Yo no quiero sábados por la mañana. Suena todo a mentira, a rima fácil, a excusa de mal perdedor y peor vividor. Pero ella, la vida, a veces es tan cruel que te sirve unas cartas perdedoras sin ocasión ni salvación. Nunca fui una mala persona, ni ahora creo serlo. Maté a mi hijo, sí. Y por ello me encerraron. Pero la historia a veces justifica según qué actos.
Me enamoré perdidamente de una mujer que quiso el infinito y yo en el horizonte siempre, y sólo, vi el edificio viejo de pisos pequeños, de un extrarradio de cualquier ciudad. Después nació él, con una malformación cerebral, totalmente dependiente. Y ella, al cabo de medio año nos abandonó. Juró por Dios, que he intentado todo, estos últimos 20 años para hacerle la vida más fácil. Para disfrutar los dos de esta maldita desdicha. Pero cuando me diagnosticaron el cáncer terminal, me robaron, de un plumazo su futuro y el mío: El nuestro. No vi más salida que acabar con su existencia en soledad y sí, acabar conmigo. Pero después de matarlo, la pena, fue como un huracán que me arrastró a lo peor de mí mismo hasta que la policía, me encontró tirado sobe mi vómito, mi meado, mis eses y mis lágrimas, derrotado por la vida. Que había golpeado igual que siempre, más duro.
Y ahora perdido en una celda, espero lo que nunca creí esperar, a la muerte, a Dios y a él.

26 / junio / 2018

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