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Autor Desconocido

Frenética ansiedad ha de sentirse, cuando el ser humano se vuelve manipulable.

Dejamos de ser seres individuales y nos convertimos en una masa amorfa moldeable a agentes externos.

Materia inerte carente de sentido, dejada al vacío a las mil y un respuesta a cualquier pregunta. Nos transformamos en una verdad confusa.

De allí parten las interrogantes, en búsqueda a una inequívoca solución tajante. Deseamos encajar nuestros miedos y dudas a una tabla de salvación. Anhelamos desde lo más profundo de nuestro ser, depender de una realidad sin subjetividades, una mentira que delimite nuestra existencia y la convierta en mero verbo y predicado.

Deseamos dejar de ser un sujeto tácito. Deseamos convertirnos en dueños de nuestros más profundos deseos.

Hasta el punto, donde nos topamos con esa minúscula aberración llamada subconsciente. ¡Cuánta vergüenza siento hacia ti en este momento!


- He notado como tus miradas desfilan pavoneantes en el vaivén de tus pupilas. ¡Es increíble como tus párpados te delatan!
- No entiendo a lo que se refiere, my Lord
- Soy muy ágil para leer los gestos. Bueno, tampoco hay que ser un genio para notar tu deseo de abrazarla.
- ¿Abrazarla, my Lord?
- No sólo abrazarla, tocarla, besarla, sentirla.
- No sé de lo que me habla, my Lord
- Mientras tomabas el sorbo de vino, pude entrever tus labios deformados al cruzar miradas con ella. De tu labio superior se desprendió una mueca encantadora que dejó al claro oscuro tus dientes.


Se quedó en silencio. El ser humano nunca está preparado para un encuentro directo con sus deseos fortuitos, nunca anhela toparse de frente con sus pasiones carnales o sus más oscuros encantos. Somos agentes causales a los designios de la vida.


- Su aliento se adhería a su boca, y de eso te diste cuenta. Te excitó el ver sus labios carmesí, rozar el cristal de la copa, ¿cierto?
- Deténgase my Lord, no encuentro cordura a lo que me está diciendo en este momento, he de sentirme ofendido por sus palabras
- ¡Patrañas! Sabes perfectamente a lo que me refiero. Tienes aún el sabor agridulce del pecado y la pasión adherida a tu lengua.
- ¡Deténgase, my Lord!
- Conoces perfectamente bien como se desliza la pasión entre tus muslos y se aferra a tus pómulos. La deseas, la respiras, la saboreas, la hueles.


El pretexto inequívoco de querer pertenecer a una justificación valedera a ese sentimiento arraigado a nuestras sienes. El deseo se extrapola a la cordura, y el único consuelo a este infierno personal, es el de vivir a través de su piel, su aroma, su respiración, su sudor, sus manos. ¿Y por qué no? También formar parte de sus sonrisas, sus lágrimas, su voz y sus silencios.


- Tu libertad terminó desde el primer momento que besaste su mano
- Fue sólo una presentación amistosa, my Lord
- Una presentación amistosa que se convirtió en herejía, en sueños tortuosos durante la madrugada, en escapadas ilusorias durante las mañanas, en alternancias de tu mente a sitios muy lejanos con el sólo placer de hacerla tuya en tus efímeros sueños
- ¡Basta my Lord, deténgase, le suplico que se detenga!


¡Sabandija! Escondes tu cobardía detrás de inseguridades y supersticiones, detrás de moralidades absurdas y de sentimientos oscuros. Te escondes detrás de ti mismo.


- ¡No soy digno my Lord de continuar bajo su mirada, de seguir respirando el mismo aire que usted palpa! Represento el pecado y lo pecaminoso, soy el resultado de un espíritu vacío que anhela desde lo más hondo, ser rescatado del abismo de la humanidad.
- ¿Qué dices?
- Así es my Lord, soy el animal que esconde el desdén por continuar esta mortalidad ilusoria. Soy el deseo carnal palpable, soy la verdad mal trecha, soy la carne frágil del hombre.


Cólera, todo es cólera. Su mirada, su expresión de asombro, sus manos entumecidas, el frío sudor que resbala por su nuca.


- Perdone a este fiel servidor que sólo busca encajar dentro las pretensiones del mundo mundano, my Lord
- ¡Avaro, inconforme, lujurioso!
- Debería castigarme a una vida rebajada a látigos indomables, ser renegado al castigo eterno de la desdicha, my Lord
- ¡Pueril!
- Pero no, my Lord, no permita que el deseo se vaya de mi cuerpo. No me pida que me vuelva aséptico y que rechace mis pensamientos mundanos. Aunque mi carne quede vaporizada, y de mi piel se desprendan amargos gritos de piedad, me comería a mí mismo dentro de un interminable ciclo, con tal de verla de nuevo, de fijarme en sus pómulos, en sus labios carmesí, en embriagarme con su dulce aroma a jazmín, de rozar mis dedos deformes con los de ella. Sí, my Lord, impóngame el castigo que usted considere pertinente, pero por favor, por piedad, le suplico que no me pida desligarme de este sentimiento usurpador, de este deseo libertino, de esta sensación de locura que no me deja en paz.
- Realmente la deseas, bestia infame
- Ni usted se imagina cuánto my Lord. Nadie en la faz de la tierra, podrá regocijarse de haber tocado las llamas del infierno como yo lo he hecho. Ningún poeta griego o romano podrá jactarse de decir que ha palpado desde la médula a este sentimiento carnal como yo lo he hecho. Ningún aliento mortal, podrá empalagarse con las palabras de devoción y deseo como yo lo he hecho, y aún así, nadie me quitará la sensación dulce de mi piel enchamuscada por el fuego de la pasión y el deseo.
- ¡Hereje! ¡Sátiro! ¡Aléjate de mí! ¡Engendro infernal!


Y la locura se abrió paso. Retrocedes ante el gesto del repudio a lo ajeno. Rechazas lo banal y condenas lo pecaminoso.

Del sorbo moralista que nuestra mente nos hace digerir, llega al final una mueca mal trecha. Se arrastra pidiendo clemencia.


-¡Ten piedad de ti mismo!

Y lo observó. Y de sus ojos surgieron nuevamente los miedos, y de sus manos se aferraron con clamor, sus más oscuros temores. Su temblor dejó entrevisto su inseguridad, se sintió un animal rastrero aferrado a la única tabla de salvación disponible: su propio asco.


- My Lord, perdóneme usted, perdone a mi cuerpo por no mantenerse callado ante los gritos ahogados de mi alma. A usted no puedo mentirle, me ha descrito con toda certeza my Lord
- ¡Me asqueas!
- My Lord, usted no se ha equivocado en palabra alguna, de sus labios han surgido puras verdades. No soy quien para insultar su moral. No debe permitir que mi presencia lo ahogue en su castigo marchito.
- No lo permitiré
- Condéneme, si así desea, a una eternidad de castigos y de miserabilidad mundana, condéneme a días de fierro incandescentes y a látigos enfermizos sobre mi espalda, destiérreme y olvídese de mí. Lo merezco my Lord, lo merezco.


El castigo se convierte en la única escapatoria susceptible a borrar la desfachatez de la carne. Es el único medio de salvación del cuerpo para atiborrarse de su propia miseria, de su propio pecado.

Nuevamente el silencio, el amargo silencio.

Y como si el miedo se arrastrase hacia la superficie, como última estocada maestra de todo ser inferior, el desprecio se cuela por las palabras y da pie a la sensación de duda. La duda que todo lo amarga y lo envenena


- Pero antes my Lord, permita a este servidor dedicarle unas palabras de súplica
- Escúpelas ¿Pondrás en desacato mi mandato sobre ti?
- No, para nada my Lord, todo lo contrario. ¿Cómo yo, un ser degradado al polvo traslúcido suspendido sobre el suelo pondrá en desacato sus palabras? El deshonor no forma parte de mi vocabulario.
- Me parece muy razonable de tu parte, tal afirmación
- Sólo digo my Lord, sólo digo que&
- ¿Qué sabandija, qué osarás decir?
- My Lord, en este caso, ¿dónde queda usted? ¿Dónde queda su vulnerabilidad, su duda, su miedo?
- ¿A qué te refieres?
- ¿Dónde pondrá al espejo intrínseco de su ser y la mancha oscura que se aferra a su consciencia, my Lord?

Sus arrastradas palabras treparon sobre la carne y se adhirieron sobre sus lóbulos cerebrales.

En ese momento se abrieron las ventanas y las cortinas de terciopelo rojo danzaron frenéticas al unísono. El ventarrón frío y áspero se coló por entre las rendijas y se deslizó como alma furtiva sin rumbo definido. Aquel salón quedó desfragmentado y el silencio dio paso a la locura y a la ira. Sus ojos se salieron de sus órbitas y sus palpitaciones se podían escuchar a kilómetros de distancia. Era el encuentro que siempre temió afrontar.


- No olvide my Lord, que yo soy usted e inequívocamente usted es parte de mí
- ¡Aléjate de mí, aléjate!
- ¿Cómo he de alejarme my Lord? ¡Usted no puede zafarse de usted mismo!
- Te ordeno criatura infernal, que te alejes de mí. Aléjate con tus palabras y tus juegos arrastrados, te ordeno que te conviertas en el polvo que eres y hagas caso a mi advertencia. ¡Soy tu dueño y señor y te ordeno que detengas tus palabras!


La cólera se volvió hacia los jarrones de tinta china, los vitrales, las figuras de porcelana y demás objetos de lujo que se encontraban a su alrededor. Resquebrajó las paredes y volvió añicos los grandes ventanales. Vociferó mil maldiciones al viento y escupió sobre el mármol palabras llenas de reproches y de vino tinto.


- ¡Aléjate criatura, bestia, engendro del mal, escoria! ¡Aléjate!


Sin darse cuenta, el mismo miedo siempre le estuvo hablando en tercera persona, el sujeto tácito, desde un principio formó parte de la oración. Deseo carnal, oscuro, infrahumano que se transformó en vergüenza y que fue ésta la que al final decidió tomar el camino de la venganza. Por cuestiones del destino se dio la vuelta y clavó el puñal directo al eje central de la duda: él mismo.


- Y seguiré sobreviviendo hasta al final de sus días my Lord, porque pertenezco a usted como el pálpito al corazón, y de su sangre yo broto, y de sus palabras yo me diluyo, pertenezco a usted como el pensamiento pertenece a la mente y el bochorno a su consciencia.


Fueron justamente esas palabras las que quedaron escritas con su puño y letra sobre el papel. Se quedaron convertidas en oraciones en cursiva en el preciso momento que la locura se desbordó por los aires y dio paso a la cólera y a la culpa. Abrazado a una botella de amargo vino, dejó que su saliva se entremezclara con el olor nauseabundo de la desdicha, mientras que su esclavo ferviente limpiaba su vómito.

Y fueron lágrimas amargas que corrieron sobre su rostro mientras su mano deliberadamente corría al compás de sus dedos entrelazados con su pluma de pavo real. Fue allí, justo en ese instante que dejó sentenciada su propia muerte:

"...porque justamente my Lady, el día que pude notar su sonrisa a través del cristal, una mueca inequívoca de amor se aferró a mi rostro. Desde ese preciso instante he rogado a todos los ángeles me permitan concederle cada uno de mis segundos a vanagloriar su belleza..."

Sin darse cuenta que era su propio lacayo el fruto de sus más
arraigados deseos y formaba tan parte de él, como su propio castigo.

"...porque sé que lo nuestro no es posible bajo ningún término dentro de este mundo, he de aferrarme al alcohol y a la muerte, como la única escapatoria a esta pasión fortuita por usted my Lady, permítame dedicarle, mis últimos fragmentos a la razón..."

Y al terminar el último párrafo, su lacayo lo miró de reojo y pudo ver como el cuerpo inerte de su Lord, yacía sin vida detrás de la vergüenza y el castigo que él mismo se había declarado desde el primer momento que se enamoró de un amor no correspondido y que nunca debió ser.

"...juro my Lady que estas palabras son sinceras y están escritas con el sabor amargo de mi culpa y el dulce sabor de tu recuerdo. Por siempre y para siempre, rendido a tus pies"

Y así quedó escrito. Sin firmante.

Un simple autor desconocido.





P.D: luego de una tortuosa pausa literaria, he decidido escribir posterior a un año y medio sin hacerlo, regreso a esta página con muchas sorpresas por el diseño y por todos los nuevos escritores que hay acá presente. Sin olvidar, claro está, a esos viejos amigos desde hace muchos años. Saludos y gracias por recibirme de nuevo


Nigth14Publicado el 13 de marzo de 2019
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2 Comentarios

  • Remi

    Un placer que regreses Nigth y disfrutar de tu relato que atrapa desde el principio por su intensidad llevada por la locura del personaje.
    Muy original la historia, te felicito.
    Un saludo.

    19/03/19 10:03

  • Polaris

    Siempre un placer leerte.

    Pol.

    20/03/19 09:03

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