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Coincidencias CapÍtulo Iii

COINCIDENCIAS CAPÍTULO III


Desde que era pequeña, Alison Bell demostró tener un talento especial. Casi fue una niña prodigio. Como estudiante sacaba las mejores notas sin dar la sensación de que se esforzaba. Con igual facilidad resolvía una ecuación que escribía y recitaba un poema. Terminaba un examen en la mitad de tiempo que el resto de sus compañeros, a los que superaba en cuantas materias estudiaran. Y así se mantuvo hasta obtener la licenciatura. Incluso después, porque también opositó obteniendo la plaza deseada al conseguir la mejor nota de entre cientos de aspirantes. Encima la naturaleza se mostró injusta al unir a esa inteligencia preclara un físico muy atractivo. El cual también explotaba si convenía a sus intereses.
Sin embargo, teniendo las mejores cualidades para ser querida y admirada, pocas personas sentían simpatía por ella. Y ello debido a un comportamiento peculiar. No era desagradable ni prepotente, al contrario, se mostraba accesible y simpática con cualquiera, pero una incontenible pasión por determinados juegos hizo que los que la conocían procuraran alejarse de ella. Con ocho años, preguntaba a su papá, cuando volvía del trabajo, que quién era aquel señor que visitaba a mamá todas las tardes y se encerraba con ella en la habitación. Aún no había cumplido diez, cuando consiguió que expulsaran al profesor de ciencias del colegio por conducta indecente, siendo en realidad intachable. Y en la época universitaria presumía que en sólo dos días era capaz de montar una conspiración para convertir a dos amigos en enemigos irreconciliables. Por fortuna, su bien ganada fama de persona maquiavélica, retraía de apostar a nadie, sabiendo los estudiantes que en el reto hubieran perdido y las consecuencias se ajustarían a lo predicho por Alison.
Alcanzó pues los veinticinco años con dos elementos altamente peligrosos en su haber: un trabajo muy bien pagado y muchas horas de tiempo libre. El círculo de amistades de Alison quedó vacío porque no hubo ser humano que se acercara a ella que no viera su vida envuelta en una trama siniestra y asfixiante. Pero ese detalle no alteró para nada la vida de Alison. Le traía sin cuidado que desaparecieran los colaboradores. Ella sola se bastaba para continuar jugando con el bien y con el mal. Las relaciones sociales le interesaban en cuanto sirvieran a sus propósitos. Además, para perpetrar en toda su grandeza los complots que urdía, resultaba conveniente no tener demasiada cercanía con nadie que pudiera entorpecerlos o conocer de ellos. Se aisló, por tanto, viviendo sola sin estrechar vínculos amistosos o afectivos con persona alguna. En cuanto a la familia sólo tenía una hermana que vivía en una ciudad alejada y con la que establecía contacto sólo en fechas señaladas.
Con el pretexto, que se decía a si misma, de estudiar el comportamiento humano, ideó una diversión que le apasionaba. Enviar anónimos inquietantes. Primero buscaba el conejillo de indias adecuado a la ocasión. Normalmente de personas ajenas a los ambientes que frecuentaba. Hombres o mujeres que no la conocían y llegado el caso, jamás la pudieran relacionar, ni actuar judicialmente en su contra. Conseguía de ellas un considerable número de datos. Horarios, hábitos de vida, lugar de trabajo, amistades. Todo lo que le pudiera servir de utilidad. Cuando tenía a su víctima bien localizada, daba inicio al proceso de crisis. Por correo o por el medio que en cada caso entendía más conveniente, le advertía de un riesgo o de una traición de algún allegado. A unos les hacía temer la pérdida del trabajo, a otros que desconfiaran de su pareja y así hasta mil ocurrencias según la psicología del individuo. Una vez tenía la certeza que su mensaje había llegado al destinatario, se las ingeniaba para espiarle y estudiar sus reacciones. Por la noche comparaba lo ocurrido con las previsiones que ella había realizado. Alison se doctoró en ciencias económicas, pero era una estupenda psicóloga. En las charlas o en reuniones captaba como nadie la personalidad de los dialogantes. Le bastaban unos minutos para conocer las rasgos característicos de quien hablara. Y luego podía recordar detalles que a cualquiera le pasarían desapercibidos. Un gesto o una forma de vestir, sabía muy bien atribuirlos a un defecto o a una virtud. Con el tiempo perfeccionó la técnica de manera que los aciertos eran constantes. El marido celoso que en la libreta de notas escribió como estúpido, efectivamente pasaba las horas siguiendo a la esposa creyéndose un detective. Al que calificaba como neurótico lo observaba entrar y salir de la comisaría denunciando amenazas o a enemigos imaginarios, incluso a una viuda, a la que apuntó como “perseverante” al lado del nombre, la hizo creer que su marido, en lugar de morir de un infarto, fue envenenado, persiguiendo la mujer al fantasma del supuesto asesino durante años, lo que hizo que la vanidad de Alison durante largo tiempo estuviera cubierta, disfrutando ella misma de su talento. Las consecuencias y el sufrimiento de los seres implicados le traían sin cuidado. Alison era moralmente una persona aséptica. Jamás sintió remordimientos ni perdió un instante en pensar el daño que provocaba. Si bien, en un principio, no superó ciertos límites, ello respondía más al temor del perjuicio que le acarrearía un fracaso que a un gesto bondadoso. A fin de cuentas, los humanos disponían de libertad para actuar o no de determinada manera. Y no era de su incumbencia si se dejaban llevar por sus debilidades o temores. Ella sólo les enfrentaba a un problema y siempre tomaban el camino más perjudicial y complejo, indicio evidente de la torpeza que anidaba en los espíritus.
Los éxitos le enaltecían el ánimo. El reto a más dificultoso más la subyugaba. Superada la fase de experimentos, a su modo de ver fáciles, se adentró en situaciones más complejas. Su mente para mantenerse en equilibrio necesitaba ocuparse de una trama. Y estimular a un individuo en un cierto sentido para esperar una reacción conocida de antemano carecía ya de interés. Maquinó un plan ambicioso. Al menos tres personajes se iban a involucrar en una historia sombría y quiso que la actuación de éstas se ajustara por completo al papel que Alison les otorgaba. Llevar a cabo en el mundo real una tragicomedia teatral. Ahora tocaba jugar a ser dios, decidir el destino y las vidas de seres anónimos para quienes Alison Bell sería su auténtica Providencia.


Durante tres meses, con una meticulosidad enfermiza, obtuvo cuanta información requería el nuevo drama. Utilizando diferentes bases de datos, y aprovechando su posición de funcionaria pública, conoció a los involuntarios protagonistas a la perfección. Dado que esta vez el asunto podía adquirir tintes peligrosos y alcanzarla responsabilidades penales, tomó las máximas precauciones. En especial el no dejar rastro en caso de que algo saliera mal.
Llegó el día elegido para empezar. Alison depositó en un buzón de correos una carta sin remitente. Iba dirigida a la señora Eileen que vivía en la calle 34 de su misma ciudad. El contenido del texto trató que fuera lo más frío posible.

-Tengo conocimiento de un complot para secuestrar a su hijo. Debe cambiar de domicilio de inmediato con el máximo sigilo. Alguien muy cercano a usted está traicionando su confianza. En breve contactare de nuevo. No acuda a la policía.

Una hora más tarde, en diferentes barrios mandó sendos anónimos a otras dos personas cuya única relación entre ellas era que la Alison había establecido. El gran teatro iniciaba una nueva temporada.



Parzenon6028 de febrero de 2016
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