El Contrato

EL CONTRATO


Nunca debimos firmar ese contrato. Alguna vez escuché decir que esas cosas no conviene hacerlas. Que son malignas, que traen consecuencias. Pero estábamos borrachos, muy borrachos. Incluso tú, tan intelectual, tan racional, que alardeabas de ser un escéptico recalcitrante con todo aquello que no se puede pesar o medir, en esta ocasión te dejaste llevar por un sentimiento, aunque este tuviera su origen en el alcohol. Te mofabas de cualquier creencia, abusabas sin límite de tu superioridad académica para ridiculizar a cualquiera que emitiera una opinión no respaldada por un experimento científico o una ecuación. Y, sin embargo, por esas ironías que tiene la vida, la idea salió de ti. Aquella interminable noche de juerga, cuando sólo tú y yo nos sosteníamos a duras penas en pie y aún éramos capaces de escribir cuatro palabras con letra temblorosa, me retaste en otros de tus intentos por despreciarme. En una sucia servilleta de papel manchada de cerveza y apoyándote en una mugrienta mesa de las que poblaban el tugurio que solíamos frecuentar, garabateaste tres o cuatro infames frases en las que ambos adquirimos un compromiso terrible: el primero en morir tenía que dar señales inequívocas al superviviente de que hay otro lado, y que desde ese mundo se puede interactuar con este. O al menos debía intentarlo con toda la capacidad que tuviera de hacerlo. Supongo que seas lo que seas ahora y estés donde estés maldecirás, al igual que yo, el momento en que se te ocurrió ese pensamiento. Si bien yo lo hago por las terribles consecuencias que me está acarreando y tú porque ni muerto te debe gustar que algo haya contrariado tus convicciones. Tu espíritu, o la esencia ignominiosa que de ti quede, se revolverá en el particular purgatorio que habitas. Has podido comprobar pues que hay un más allá, que algo trasciende la materia por encima de los átomos y los protones. Y perder es contrario a tu condición natural, por eso vuelcas tu rabia y frustración contra mi después de muerto.
Si tengo que ser sincero, pasado un tiempo de tu muerte me olvidé de ti y del contrato que firmamos. La verdad es que nunca lo tomé por más que una broma de dos amigos borrachos. Incluso reconozco que no sé adónde fue a parar, ni siquiera me pregunté si lo guardaste, lo perdiste o tuvo un final más noble en el cubo de la basura, pero ahora sé que el contrato sigue en vigor con toda su terrorífica carga. Es exasperante pensar en tu sentido del orden que, a lo visto, mantienes incluso en la tumba.


Al principio me costó percatarme. Quizás ya llevabas un tiempo mandando signos de que seguías ahí, en la dimensión de la que ningún vivo sabe nada. Tal vez mi inocencia me impidió ver que algo no iba bien. No tuve los sentidos despiertos para entender que desde el plano espiritual estabas urdiendo la forma de amargarme la existencia. Te confieso que transcurrido un tiempo prudencial desde tu fallecimiento te olvidé por completo. Las circunstancias, y en especial tu manera de ser, nos distanciaron en vida por lo que sentí tu desaparición bien poco, como la de un simple conocido. Pero fue a partir de esas caídas inexplicables de objetos que se producían en cualquier parte de mi casa, de los cambios de lugar de las cosas que había dejado en otra parte, de las súbitas bajadas de temperatura en el ambiente, cuando comencé a sospechar que habías vuelto de donde no vuelve nadie. Después comenzaron a moverse cortinas sin que ningún viento aparente fuera la causa. De ahí pasaron a visitarme sombras que se movían igual de rápidas que esquivas. Intenté creer que mi inconsciente me traicionaba, que la sugestión tiene un poder creador en la imaginación capaz de hacer ver lo que no es real. Al fin me tuve que rendirme a la evidencia. Acudió a mi memoria el momento en que firmé el maldito contrato y comencé a temer que fuera la causa de los fenómenos extraños que cada día con mayor frecuencia me acompañaban. Por primera vez hallé la relación entre ambas cosas. El miedo me invadió. Y lo que fue mucho peor, no sólo a mí. Mi querida esposa no fue ajena a que algo diabólico se introdujo en nuestras vidas. Te ensañaste con ella con mayor crueldad, si cabe, que conmigo. De nada sirvieron mis vanos intentos por convencerla que todo tenía una explicación racional. Aprovechaste aquella noche de infausto recuerdo para susurrarle al oído el texto completo del contrato. Penetraste en su mente dormida para leerle, palabra a palabra, el producto de los delirios de dos miserables. La pobre infeliz, incapaz de soportar tanta locura, saltó desde el décimo piso sin siquiera recriminarme haberla llevado al límite de sus fuerzas. Estrelló su frágil y delicado cuerpo contra el asfalto espantada de terror. Sin embargo, lo que me laceró el alma no fue el ruido sordo del golpe producido al quebrarse todos sus huesos, sino las palabras que pude escucharle repitiendo en su breve agonía no hay otra solución, no hay otra solución. No quiero extenderme más en los detalles del trance más lamentable y doloroso de mi vida.
Y ahora no te conformas con ceñirte al pacto. No es bastante que hayas destruido mi vida y la de los que me rodean. Una vez me has demostrado que hay un más allá continuas atormentándome sin que sepa cuál es tu propósito final. Creo que tu soberbia te impide admitir una derrota y por ello te estás vengando. Siempre fuiste implacable con lo que te interesaba. De esta manera tan sádica. Jamás me dejarás descansar. Me pregunto qué puedo hacer para acabar con este tormento.


Mientes maldito cínico morboso. Desde este lugar donde me hallo, incomprensible para mí en muchos de sus términos, puedo acceder al pasado, presente y futuro de tu mundo material. Tampoco me supone el menor obstáculo leer tus pensamientos. Y observo con todo detalle el día que manipulaste los frenos de mi Volvo conocedor de que iba a emprender un viaje por carreteras escarpadas. No podías esperar a que la vida de cada uno de nosotros se desarrollara por sus cauces naturales y el contrato llegara a su término por sí mismo. Tu morbo insano te jugó una mala pasada. Sabedor de mi compromiso en asuntos en los que empeño mi palabra y de la minuciosidad que utilizo para abordar cualquier cuestión, decidiste asesinarme para saciar tu curiosidad enfermiza por saber si nos espera algo en otra vida o todo termina con la muerte. Adelantaste muchos años la cuestión que litigábamos. Sin darte cuenta que eso ya alteraba las condiciones del contrato.
Te quejas ahora de los suplicios a los que te he sometido cuando ignoras el terror que supone verse acosado en la dimensión extraña y desoladora en la que habito. En tu inquietud por anticipar un conocimiento que todavía no merecías tener, te entregaste a médiums y espiritistas que me han perseguido sin descanso. Este lugar es mucho más aterrador de lo que un humano puede llegar a imaginar y sentirse invocado desde otros planos de existencia es equivalente a adentrarse en espesas tinieblas propias de pesadillas asfixiantes. Es imposible describir el miedo que se puede llegar a tener aquí, sólo puedo apuntarte que no hay dolor físico terreno, ni horror que se le pueda siquiera aproximar. Aquí el terror adquiere forma, se condensa. Lo único que percibes es soledad, negrura, desconcierto, frío y perturbación.
Si algo de culpa tuve en firmar nuestro contrato fue mezclarme con un tipo de tu incompetencia. Tu mujer era más inteligente que tú y con unos leves susurros entendió el pacto por completo. Por eso actuó de la única manera razonable que tenía y se quitó la vida. Tú, con torpeza infinita, no fuiste capaz de recordar o de comprender la última frase que nos mantiene a ambos en este estado. La validez del contrato se mantendrá mientras se mantenga con vida el firmante superviviente -rezaba la última cláusula.
¿Qué puedes hacer te preguntas? Es muy sencillo. Sólo tienes que apretar el gatillo de ese revólver que apoyas en la sien. Vamos, adelante cerdo. Será rápido y nada doloroso. Mucho más digno de lo que te mereces. Así..bien& Perfecto ya está. Puedo ver tus sesos desparramados por la pared y tu cuerpo seboso yaciendo en el suelo en postura grotesca. Por fin se ha cortado ese cordón inmaterial, pero inquebrantable, que nos mantenía fijados el uno al otro en lugares tan distintos del espacio y el tiempo. ¡Ah!, y en última instancia soy el ganador. El conocimiento y la racionalidad se imponen una vez más a la superstición y la creencia. Yo tenía razón, aparte de un estado diferente y pasajero por el que me has obligado a transitar, no hay nada después de la muerte. Este sitio tan sólo es una sombra, un tenue reflejo que se evapora en cuanto la causa que provoca su existencia desaparece. Vencido el contrato se cancelan las obligaciones y consecuencias que de él emanaban. Siento como me difumino en la no existencia. ¡Qué placer!



FIN

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3 Comentarios

  • Regina

    He alucinado, con tu novela, me ha parecido totalmente profesional, de las que ponen de los grandes escritores de terror y suspence,una gozada para quien les gusta tal género. Saludos muy cordiales.

    07/07/18 06:07

  • Remi

    Me encanta leerte, tus relatos atrapan desde la primera línea, manteniendo la intriga hasta el final. Es muy fácil meterse en la historia y visualizar las escenas. Te felicito es muy buena historia, un saludo Parzenon.

    08/07/18 07:07

  • Nsc77

    Muy buena. Genial la visión desde el punto de vista de los dos amigos. Me ha gustado muchísimo. Un saludo...

    18/07/18 02:07

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