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El Ánfora

El mundo se hallaba en plena tercera guerra mundial. Una alianza de países africanos y asiáticos se enfrentaba a Europa, América del Norte y Japón. Ningún gobierno autorizó el empleo de armas nucleares, utilizando, sin embargo, otras no menos mortíferas: las bacteriológicas. Nuevas cepas de los virus de la gripe y la viruela se lanzaron unos enemigos contra los otros. La humanidad culminaba su funesta historia de horrores con la última locura colectiva. Las víctimas se contaban por centenares de millones, mayoritariamente en África. Occidente, con mucho menor número de muertos, pero peor preparado ante la opinión pública para soportarlos, sufría de un hambre atroz en la población. El sistema de precios se había hundido, los alimentos escaseaban y la inflación alcanzó niveles nunca conocidos.

Ajena al Apocalipsis que se cernía a su alrededor, la célebre doctora Sara Pinckerton continuaba infatigable su investigación. Tiempo atrás, en unas excavaciones arqueológicas en una isla del mar Egeo, descubrió un manuscrito apócrifo. Recelosa de sus compañeros y llevada siempre por su afán de notoriedad, ocultó el sensacional descubrimiento a la comunidad científica. Con tanta sagacidad como sigilo, se las ingenió para ocultarlo en la biblioteca de la universidad de Columbus, su ciudad natal. Con su inteligencia brillante y erudición sin par, dedicó años a su estudio. Consiguió acreditar a su autor como Hesiodo, descifrando hasta la clave más recóndita del documento.

La próxima tarea a emprender por Sara precisaba de otro viaje. Otra vez al mar Egeo. La científica no se caracterizaba por su orden ni meticulosidad a la hora de planificar. Pero en esta ocasión tuvo que realizar un sobreesfuerzo y prevenir todas las contingencias posibles. En momentos tan adversos para iniciar expediciones, recurrió a sus cuantiosos recursos económicos, propios y ajenos. Para ser exactos, administraba con disipación los ajenos y gastaba con severa austeridad los propios. Comprando voluntades por doquier, y con salvoconductos emitidos por el propio presidente de USA recaló de nuevo en Grecia. Con la ayuda de buceadores militares griegos, sobornados con maestría, encontró el ánfora; justo en el lugar que Hesiodo describió muchos siglos antes con enigmáticas palabras.

Cuando la conspicua Sara entró en su apartamento de Columbus, ya de vuelta del periplo, no perdió un instante. Pletórica de nerviosismo y excitación arrastró la carga hasta su pequeño laboratorio. Una vez extraída el ánfora de su envoltorio inició una curiosa tarea. Manejando con habilidad un soplete, procedió a sellar con plomo su boca. Coincidiendo con el final de su labor, los gobiernos de los principales países contendientes, firmaban la paz definitiva. Se entregaron, mutuamente, las vacunas que todos habían desarrollado, se reanudó el comercio y se distribuyeron de forma equitativa las provisiones de alimentos entre ellos.

La doctora Pinckerton celebró a su manera el armisticio. Cocinando con esmero una cena detestable invitó a sus amistades académicas. Durante la tertulia posterior, se deleitaba pensando que ninguno de sus ilustres invitados, reparó en que aquel oxidado, vetusto y pesado jarrón que presidía la mesa, era la mal llamada Caja de Pandora.

FIN


Parzenon6023 de julio de 2015

1 Comentarios

  • Sandor

    Me gustó el texto.
    Un abrazo
    carlos

    24/07/15 01:07

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