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Entrelazamiento

ENTRELAZAMIENTO



Marck Offenbach pensaba que si comparecer ante cualquier tribunal siempre impone cierto temor, hacerlo ante uno de jurisdicción militar y con carácter de excepción era para no tomarlo a broma. Además, de su declaración en calidad de testigo principal podía depender la libertad e incluso la vida de una persona. Una persona a la que, años atrás, le unió una estrecha amistad: el profesor Herman Muller. Por primera vez en mucho tiempo acudieron a su conciencia problemas morales. Por un lado, deseaba ayudar a Herman en justo pago por cuanto le debía en forma de enseñanzas y en la proyección de su carrera, puesto que Mark pensaba que sin el impulso que en su momento le dio en la universidad, jamás hubiera pasado de un simple y anónimo profesor secundario. Pero una defensa a ultranza de Muller sin conocer los cargos que se le imputaban, le podían incriminar como colaborador. Debía saber moverse entre esa disyuntiva y navegar al ritmo que marcara el juicio, tratando de parecer lo más neutral posible, sin dejar de tomar partido por Muller cuando el ambiente lo permitiera.
En los días anteriores otros amigos y colegas de profesión ocuparon la misma silla para contar al juez sus respectivas versiones de los hechos. Para su desgracia desconocía por completo lo que cada uno de ellos había contado. Las normas disciplinarias por las que se regía el juicio eran igual de severas que los avinagrados rostros de los abogados y del juez.
Llevaba incomunicado varios días sin más relación con el mundo que los sobrios saludos que intercambiaba a las horas de comer con los soldados que le custodiaban en la celda donde se hallaba recluido, situada en un pequeño campo de concentración. El campo se había construido precipitadamente en algún lugar de Alemania alejado de las ciudades para albergar a un grupo de prisioneros civiles de alta cualificación científica. No se permitía el contacto entre los reclusos, así que la única información de la que disponían la deducían ellos mismos observando el ir y venir de mandos militares, unido a alguna frase suelta que atrapaban de los carceleros.
El juicio se había reanudado esa mañana. Mark esperaba acompañado por dos robustos policías militares norteamericanos en un lúgubre pasillo al otro lado de la puerta donde se celebraba la vista. Intentó concentrar los pensamientos en la estrategia a seguir. Independientemente de las breves visitas del supuesto abogado defensor del inculpado, un oficial francés apellidado Renoir, que no sirvieron para gran cosa más que para informarle del aspecto procedimental a seguir en el momento de la declaración. Era consciente que iba a ser objeto de un interrogatorio muy duro y con pocas consideraciones. Un desliz, una frase inadecuada y la condición de testigo, podía devenir en la de reo. De hecho, el trato que se le estaba prestando se acercaba más a la condición del segundo que del primero. Prisionero e incomunicado solo faltaba una acusación formal de colaboración con el extinto régimen nazi. Cuando calculó que debía haber transcurrido media hora desde que le trasladaron allí, la puerta se abrió. Un joven capitán con el uniforme de las fuerzas aéreas inglesas le llamó. Mark en un intento de disimular su nerviosismo secó el sudor de la frente con un pañuelo. En la sala, de dimensiones muy reducidas, se respiraba un aire viciado. Una atmósfera corrompida por el humo de muchos cigarrillos fue lo primero que le llamó la atención. Luego, mientras recorría los escasos metros del pasillo hasta sentarse a la izquierda del juez como le indicó el capitán inglés, pudo advertir que la composición del tribunal y del escaso público que ocupaba los bancos pertenecía exclusivamente al estamento militar. Unos iban de uniforme y otros vestían de civiles, pero todos eran militares, se les notaba a la legua. Si bien fue informado del carácter secreto del acto, la estética con la que revistieron la escena rebosaba elementos intimidatorios. Las medidas de seguridad tomadas por los aliados podría decirse que eran exageradas para mantener prisionero a un grupo de civiles. Ni al más audaz y rebelde de ellos se le hubiera pasado por la cabeza un intento de fuga. Por todos lados multitud de soldados pertrechados con pistolas y fusiles vigilaban a los detenidos noche y día. Las paredes de la sala estaban cubiertas con enormes banderas que ocultaban la madera del barracón, acompañadas de grandes retratos de generales y políticos vencedores en la contienda.
Marck ganó unos segundos acomodándose en la silla con parsimonia. Enseguida pudo distinguir lo heterogéneo del grupo. Reunidos en pequeñas camarillas que se miraban con recelo entre si, había rusos, americanos, ingleses y franceses. Le tocó vivir tiempos de infortunio, así que las circunstancias le enseñaron a reconocer con facilidad algunas nacionalidades con sólo observar pequeños rasgos. Agradeció que se formara una pequeña asamblea entre el abogado defensor y el que hacía las veces de fiscal con el juez, ayudados por un traductor, antes del comienzo del interrogatorio. Necesitaba situarse, ordenar las ideas, y sobre todo, tranquilizarse. Fijó la vista en los presentes. Frente a él, situado en el centro de la primera fila se hallaba su amigo Herman Muller. Le reconoció de inmediato a pesar de haber transcurrido más de dos décadas desde la última vez que estuvieron juntos. Aunque estaba esposado y, al parecer, obligado a permanecer de pié, su rostro denotaba tranquilidad. El tiempo y las penurias no habían dejado huellas visibles en su aspecto, excepto ciertos síntomas de cansancio. Mantenía la figura majestuosa que le caracterizaba. Tan sólo el negro bigote de su juventud había mudado a un tono blanquecino amarillento producto más de la nicotina que de los años. En el instante que se cruzaron las miradas Muller le hizo una pequeña mueca de saludo con simpatía.
A su izquierda, en el vértice superior de aquel barracón prefabricado, la única mujer en la sala era una linotipista, vestida más sobriamente que una monja, esperando la orden de transcribir cuanto se hablara. El pelo recogido y estirado hacia atrás con fuerza acompañado de unas gafas enormes le otorgaba un aspecto repelente, asexual, como si fuera de un género diferente al masculino y femenino. Offenbach no recordaba haber visto jamás un semblante tan inexpresivo. Después su mirada fue reparando en los ocupantes de los bancos más alejados. De inmediato reconoció a tres hombres del ejército soviético. Uno de ellos, el que estaba sentado en el centro, ostentaba el rango superior en el escalafón de mando a tenor del respeto que mostraban sus compañeros al dirigirle la palabra. Sus facciones rudas y algo mongoloides le daban una pinta un poco salvaje. Marck respiró aliviado al comprobar que, al parecer, iba a mantenerse de oyente. Tenerlo delante como acusador, repleto de medallas y galones, podía infundirle un miedo reverencial.
Cesaron los cuchicheos y los abogados se situaron en el lugar que se suponía debían ocupar. El juez, con un tono de voz imperativo, se dirigió a la sala durante un minuto. Pasados unos instantes varios intérpretes se encargaron de traducir a los distintos grupos en sus idiomas correspondientes las palabras de éste. Uno de ellos, que se había situado cerca de Mark, le hizo partícipe, en perfecto alemán, de las directrices por las que transcurriría el juicio. La primera información que debía tener presente el testigo consistía en conocer el carácter de aquel acto. Aunque revestía la forma de tribunal, en realidad se trataba de una comisión internacional secreta con carácter ejecutivo e inapelable. Ello era debido a que se trataba de un momento histórico excepcional y, como tal, las circunstancias obligaban a actuar con determinación, bordeando la legalidad cuando fuera necesario. En definitiva, un tribunal de excepción contrario al ordenamiento jurídico de muchos países y, en concreto, de todos los que lo componían, pero que, dada la gravedad de las circunstancias, no se podía constituir de otro modo. El magistrado continuó su alegato invitando al testigo a contar su versión de la forma más amplia posible porque el valor de los detalles correspondía calibrarlo a los representantes de los países vencedores presentes y no a él, y le instó, para finalizar, a que mantuviera el ritmo de la narración acorde al trabajo de los intérpretes. No fue necesario que nadie le advirtiera de la importancia de ceñirse a la verdad estricta. Solo con captar el ambiente era fácil de adivinar. En aquella sala se respiraba una hostilidad que parecía condensarse. Marck percibió que ese clima denso no iba dirigido sólo a Muller y a él, por el contrario, entre los diferentes sectores reinaba una desconfianza patente.
Acto seguido se levantó un espigado coronel americano y se acercó a la posición que ocupaba Marck. De estatura notable, tenía una abundante cabellera canosa y una piel arrugada que le otorgaban más años de los que contaba, pero lo que llamó la atención de Marck fue su extrema delgadez. De carnes magras parecía un manojo de nervios diseminados encima de un esqueleto. Le miró fijamente a los ojos. Empezó a hablar. Le instó a que narrara, desde el principio, la relación que tuvo con Muller, si colaboraron en algún proyecto, e incidió varias veces en las actividades científicas y políticas llevabas a cabo por Muller. Así mismo, con pocas contemplaciones le exigió que no abusara del argot científico y que empleara términos fácilmente entendibles y fluidos para precisar el trabajo de los intérpretes.
Offenbach, desde los tiempos de la universidad, hablaba y escribía el inglés perfectamente así que entendió la pregunta sin necesidad del traductor. Pero las normas obligaban a que los intérpretes tradujeran hasta la última sílaba de cualquier palabra que allí se dijera.
Marck pensó que si la sesión de entrada prometía ser agotadora, las continuas paradas por causa de las traducciones, la iban a convertir en un suplicio. Cuando reinó el silencio en la asamblea y por algunos gestos casi imperceptibles de asentimiento, entendió que había llegado su momento, comenzó la narración. Por un instante dudó si hacerlo directamente en inglés para ganarse cierta simpatía entre británicos y americanos, pero el temor a ofender a rusos y franceses le aconsejó hablar en su idioma natal y dejar que el interrogatorio se convirtiera en una pequeña Torre de Babel.
-Conocí al profesor Muller Marck a su pesar carraspeó para poder continuar con un tono de voz sereno- en la Universidad de Gotinga, allá por el año 1920. Muller tenía ganada merecida fama de genio, de hombre extraordinario, así que muchos recién doctorados como yo considerábamos un honor trabajar a su lado. Eran tiempos de efervescencia intelectual y científica sin parangón y la Universidad de Gotinga era uno de los centros neurálgicos de dicha ebullición de novedosas ideas.
-Recuerdo continuó Marck después de tragar saliva- el día que me lo presentó un colega suyo conocido de mi familia de Munich el cual me sirvió, por así decir, de padrino. Esperaba a un personaje distante con una actitud despectiva para alguien como yo, un ser insignificante a su lado. En la Alemania de aquellos días, en los ámbitos académicos, corrían leyendas que hacían de Muller un superhombre, un ser inigualable, para algunos superior al propio Einstein. Sin embargo, en honor a la verdad el trato que me dispensó el profesor fue muy cálido. En unos pocos días nació una simpatía mutua que nos llevaba a pasar larga horas de tertulia en los cafés tratando de los temas más diversos. En el aspecto profesional pronto me encomendó la tarea de desarrollar una serie de trabajos que consistían en revisar algunos de sus cálculos. Esa labor en otras condiciones resultaría tediosa, pero el entusiasmo que anidaba en mi espíritu por el privilegio de ayudarle, me impedía ver lo aburrida que era la tarea.
Offenbach tuvo que detener su relato. El que hacía de mandamás entre los soviéticos con una voz atronadora requirió algo. De pronto, uno de los traductores con una prisa que a Marck le pareció de un servilismo extremo, corrió a rugir lo que había dicho el ruso.
-El coronel Antonov le ruega especifique en qué campo o campos, si había más de uno, trabajaba el doctor Muller.
-El profesor Muller era físico. He obviado mencionarlo antes porque lo que sigue enlaza con la pregunta del coronel- Marck se vio a si mismo tan servil como al traductor. Cayó en la cuenta que no debía excusarte tan pronto. Seguro que la vista daría magnificas ocasiones para ello.
-Conforme fui conociendo el entorno del profesor me situé más cerca de la realidad. La grandeza y el prestigio de Muller, endiosado a muchos kilómetros, se ponía en tela de juicio en su propia universidad. De hecho gran parte de sus colegas cuestionaban las ideas o, mejor dicho, la aplicación que pretendía hacer de las mismas. Yo mismo comencé a discrepar y así se lo hice ver en multitud de ocasiones. No es que nadie dudara del enorme talento del profesor, sino que se criticaba abiertamente la forma que Muller enfocaba los avances. Para muchos, esa manera de entender la ciencia le inhabilitaba por completo para tomarlo en serio. Traicionaba el espíritu científico por así decir. Además la conducta privada un tanto disoluta del doctor y su afición a los cafés y la vida nocturna no le ayudaron a mejorar las cosas, sino a ir ganando detractores, por no llamarlos enemigos -con el último comentario algunas sonrisas burlonas se dibujaron en la sala.
El juez le ordenó que se detuviera y llamó a deliberar a los que llevaban la voz cantante de cada grupo. Se reunieron en un instante cuatro militares, el juez y dos traductores.
Mark tuvo la tentación de afinar el oído para desentrañar lo que pudiera de la conversación. Pronto desechó la idea. Entender algunas frases sueltas tenía más de inconveniente que de ventaja. No podía arriesgarse a una mala interpretación. Fue repasando con la vista al resto de personas que permanecían sentadas. Muller observaba el suelo distraído sin parecer preocupado, si bien Mark reconoció enseguida esa pose de su mentor, cuando a pesar de esa aparente lejanía no dejaba escapar detalle de lo que se decía a su alrededor.
-Quizás entienda que su suerte está echada y prefiere no torturarse con pensamientos negativos- pensó Mark.
Después de encontrar para sus adentros amenazadores todos los rostros, se fijó de nuevo en la linotipista. Ahora su expresión había cambiado un poco. Fuera a causa de la actividad frenética que llevaba en la máquina o porque era la única persona presente que no le infundía temor, encontró un semblante diferente. Vista con mayor detenimiento Mark concluyó que tal vez no fuera tan neutra sexualmente como le pareció en un principio. Sobre todo si se soltaba el pelo, cambiaba la vestimenta y se despojaba de las horribles gafas. Mark le pareció detectar un casi imperceptible gesto de compasión en la cara de la mujer.
La voz autoritaria del fiscal a través de un hombrecillo con traza de pusilánime le devolvió a la realidad. En su ensoñación le pasó desapercibido que todo el mundo ocupaba ya su lugar.
-Debe usted clarificar a este tribunal esas diferencias a qué se debían- Mark fue consciente que en ningún momento se le reconocía el rango de doctor en Física. El menosprecio de que era objeto comenzaba por no nombrar siquiera su título.
-El profesor Muller tenía unas ideas extrañas. Mejor dicho, una manera peculiar de aplicar los conocimientos de los que disponía. Es uno de los pioneros de la mayor revolución científica del siglo y posiblemente de la historia: la Mecánica Cuántica, hoy todavía en pleno desarrollo. Captó como nadie las fascinantes consecuencias que los descubrimientos sobre el átomo iban a suponer para la humanidad. Sin embargo, y esto es lo que soliviantaba al resto de la comunidad científica, su interés se centraba en extrapolar algunas de esas consecuencias de la física a otros dominios. Al llegar a un punto que consideraba suficiente, abandonaba las ecuaciones para perder el tiempo en disciplinas alejadas de la suya. En concreto, era un hombre obsesionado con fenómenos de otra naturaleza como la histeria colectiva. Muchos días, al término del trabajo, nos reuníamos grupos de académicos en los cafés colindantes a la universidad, iniciando tertulias que se alargaban hasta la madrugada. Muller siempre era la estrella en esas charlas. Primero nos deslumbraba con su facilidad para formular sistemas de ecuaciones, luego, poco a poco, iba entusiasmándose en la influencia social de las abstracciones matemáticas, para terminar hablando de Autos de Fe medievales, de alucinaciones masivas y otras cosas que a nadie interesaban. Se preguntaba una y otra vez a través de qué medio se producían esas conexiones misteriosas que llevaban a diferentes individuos a actuar de manera unitaria. Eso si, por muy disparatadas que nos parecían parte de sus opiniones, era tanta su erudición y se expresaba con tal brillantez que era una delicia escucharle.
Por primera vez Marck tuvo la sensación de estar captando el interés de la audiencia. Esperaba alguna interrupción que, al no producirse, le obligó a continuar.
-Muller entendía a la ciencia como un todo. Al menos era lo que respondía con obstinación al escuchar las críticas que, cada día más continuamente, le lanzaban otros científicos. Los que teníamos una relación estrecha con él y nos considerábamos con el derecho a que nos escuchara, manteníamos similar postura. Tratamos de convencerle mil veces de que dispersar su talento en varias áreas que poco o nada tienen que ver entre si, supone un desperdicio de talento que no podíamos consentir. La ciencia, le repetíamos, debe estratificarse para poder dominarla. Es tan extensa que lo racional consiste en dejar que cada campo sea tratado por un grupo diferente de profesionales que, llegado el caso, intercambiarán información. Pero, obcecado como él solo, me abordaba de continuo con un problema que le tenía intrigado. La matemática de la Física Cuántica predice un extraño comportamiento de ciertas partículas que, si han tenido alguna vinculación, la misma se mantiene por mucha distancia que las separe después, sea de unos pocos centímetros o del Universo entero, es decir, si una tiene un comportamiento la otra actuara igual, como puede ser un fotón que atraviesa un cristal su compañero gemelo hará lo mismo, mientras que si decide rebotar en el cristal el otro también rebotará. Lo maravilloso del fenómeno es, caso de ser cierto, que la distancia es indiferente. El propio Einstein se sintió incómodo con ese postulado dado que ninguna información puede viajar más deprisa que la luz, de ahí que la llamara acción fantasmal. Muller entendía la cuestión desde un ángulo distinto, pensaba que ambas partículas seguían siendo la misma cosa. El caso es que me avasallaba de continuo con ese tema y la influencia que ejercía sobre las sociedades.
-Todos los colectivos decía- desde los más simples hasta los más complejos se hallan entrelazados. Desvelar los vínculos ocultos que los mantienen unidos es una tarea gigantesca. Pero tengo el firme convencimiento que respecto de los grupos humanos la cuestión se puede simplificar. Las distintas poblaciones tienen en común aspectos culturales, económicos, geográficos y de otras índoles; eso dicen erróneamente los antropólogos. Piensan que esos caracteres definen a las poblaciones. Yo sostengo que no dejan de ser tesis equívocas, que si bien es cierto que existen, nos inducen a la confusión. Algo mucho más profundo y sutil forma el entretejido último de la sociedad humana. Una fuerza por ahora desconocida que algunos llaman conciencia colectiva. Esta fuerza está por encima de familia, cultura, raza o intereses económicos. Si conseguimos crear el estímulo adecuado en algunos de los miembros de este mosaico social, repercutirá en el grupo y podremos analizar a cuántos de éstos afecta, es decir, hallaremos el hilo definitivo que mantiene la red que imagino, oculta. Ello derivará en descubrir a través de qué canales se mueve el entrelazamiento, y, en definitiva, la naturaleza última de la conexión.
Yo trataba de oponerme y hacerle ver que no disponíamos en aquel tiempo, ni a día de hoy disponemos, del instrumental preciso y los medios necesarios para verificar experimentalmente dicho problema ni siquiera para abordarlo con tan sólo dos partículas. Y si en el campo de la Física Teórica resulta imposible de comprobar, trasladarlo a otras áreas significaba un absurdo tan grande como la vieja pregunta de cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler. La sociología, la psicología y otras materias sociales tienen una infinidad de variables y, por tanto, no las podemos considerar en una fórmula. Por eso no son ciencias exactas. Además es una locura perder el tiempo extendiendo algo que se verifica en el mundo subatómico al mundo real, o mejor dicho, al macroscópico. Por qué preocuparse de problemas filosóficos irresolubles cuando la ciencia ha puesto en nuestras manos un instrumento poderoso para fines mucho más prácticos como son las matemáticas.
Al final, la frase que empleaba a modo de réplica a las objeciones que le formulábamos siempre era la misma.
-Caballeros repetía con una elegancia fuera de común y pasando por alto alguna que otra crítica demasiado áspera- las Leyes de la Naturaleza son muy pocas, por muchas caras que presenten. El mejor científico es aquel que consigue reducirlas y unificarlas. Ese es el desafío que tenemos delante y al que debemos atacar.
-Señor Offenbach, el carácter y modo de vida del profesor Muller no interesan demasiado al tribunal. Debe ceñirse a hechos más concretos. Al principio le hemos conminado a que nos hable de las tendencias y actividades políticas del acusado. Dígame, ¿le consta si estaba afiliado al partido Nacional Socialista o perteneció en algún momento a la Sociedad Thule? bramó el esquelético fiscal en cuyo cuello resaltaban unas venas a punta de explotar.
Marck trató de no mostrarse amedrentado.
-Me consta que tenía amigos dentro de ese grupo, pero en ningún momento me reconoció su pertenencia. Me hubiera extrañado su integración en ese círculo porque Muller nunca se inclinó por ninguna ideología política, al menos en público. Tampoco la estética y los ideales de supremacía de la raza aria que impregnaban al Grupo Thule y otras sociedades extrañas le cautivaron para adscribirse a esos ideales infames. Al contrario, más de una vez, con su habitual sentido del humor, ironizó sobre las cortas miras de aquellos que soñaban con el regreso de caballeros negros a la conquista del mundo para que prevaleciera el dominio ario. Igualmente reía de buen gusto al escuchar las fantasías de quienes se proclamaban descendientes de continentes fantásticos desaparecidos como la Atlántida o Hiperbórea, adoradores de dioses nórdicos y personajes legendarios. Se vanagloriaba del sopor que sentía al asistir a alguna ópera de Wagner. Por su peculiar carisma tenía amigos desde el Partido Comunista al Nazi pasando por todas las tendencias intermedias. Creo que le resultaba indiferente el sistema social en el que tenía que vivir, lo veía como un elemento a analizar desde una óptica lejana. Sobre los ideales políticos nunca se pronunció.
De nuevo intervino el militar ruso para interesarse por la colaboración de Muller en un proyecto alemán por fabricar una bomba atómica.
-Tengo entendido respondió Marck con calma- que dicho proyecto ni siquiera existió. Perdí la pista al profesor Offenbach en 1922 cuando regresé a Munich a trabajar en una empresa privada como Jefe de Ingenieros. La década siguiente fue de una convulsión tremenda como ustedes de sobra conocen. A veces no resultaba fácil contactar con una persona, y con el tiempo iba siendo peligroso mantener correspondencia. A través de amigos comunes tuve noticias que el profesor durante la guerra trabajó junto otros físicos en la fabricación de un reactor nuclear, pero no en la construcción de un arma como la bomba atómica.
-Centrándome en lo que al tribunal más parece interesarle y sin ánimo de adelantarme a futuras preguntas, les aseguro de forma categórica que el profesor Muller, por iniciativa propia no prestó colaboración alguna, al menos de forma voluntaria, a los nazis. Sus inquietudes estaban muy lejos de la política. Si tuvo que trabajar en algún momento en la industria de la guerra sería porque las circunstancias le obligaron, y puedo garantizar que lo haría con poco entusiasmo Marck después de aquel alegato a favor de Muller, pensó que tal vez se había precipitado en su defensa. Luego, mientras esperaba la traducción completa de su relato, reparó en el escaso protagonismo que mostraban las representaciones británica y francesa en comparación con la rusa y estadounidense.
-Me temo que a partir de ahora este va a ser el denominador común del mundo entero- pensó.
Antonov escuchaba con una sonrisa sarcástica la versión de Marck de boca del intérprete. Al finalizar este, se levantó y comenzó a andar hacia el testigo con teatralidad. La sonrisa que esgrimía a Offenbach le pareció una mueca del diablo. Sus movimientos le causaban un pavor infinito. Cuando se situó a un metro escaso de Marck desenfundó la pistola. Con un inglés más que correcto y haciendo un gesto brutal de desprecio al traductor para que callara dijo:
-Señor Offenbach, mañana mismo le ejecutaré con esta pistola con el permiso de mis aliados o sin él. Está usted ocultando una entrevista que, me consta, tuvo usted con Muller, la cual, según testimonios incontrovertibles, le mantuvo consternado largo tiempo. Dispone de esta noche para recapacitar cuál es la opción que más le conviene. Le advierto que un detalle, una sola palabra que guarde para sí y que yo considere relevante, significará la pena de muerte. Por hoy declaro terminada la sesión.
-El vitriólico fiscal americano, tan impresionado o más que el resto de congregados, balbuceó unas palabras de apoyo a favor de Antonov. Hizo una tímida señal a los soldados para que se llevaran al preso y se retiró callado y cabizbajo.


La noche más triste en la vida de Marck la pasó en vela, sin poder dormir ni descansar. Tampoco tuvo ánimos para probar bocado de la austera cena que le trajo el cabo de guardia americano. Los fundados temores que tenía desde el día de su detención a que las cosas se complicaran, se habían confirmado con toda la gravedad posible. No quedaba margen a la duda. Debía contar toda la verdad, aunque ello significara enviar directamente al patíbulo a Muller. La elección era sobrecogedora. Lo que mayor desasosiego provocaba en Marck era desconocer hasta qué punto sabía el tribunal la información que él disponía. Muller le contó un secreto terrible, un experimento diabólico, pero cuando lo hizo no se hallaba presente nadie más que él. No sería impensable que Muller, en otra ocasión, a causa de la vanidad que siempre le acompañaba, o llevado por los vapores del alcohol, lo hubiera revelado a más personas.
-Quizás Antonov ha jugado fuerte y no tiene ninguna información importe, sólo vagas referencias- conjeturaba Marck en su celda- si bien continuar con evasivas me puede costar el pellejo. Mejor contar lo que sé, ya he tentado demasiado a la suerte en la sesión de hoy.
La decisión no tranquilizó a Mark ni consiguió que conciliara el sueño. Algunas veces quería pensar que los aliados considerarían la intencionalidad de Muller condenándole a una pena menor, en otros momentos la angustia se apoderaba de su espíritu cuando imaginaba al profesor arrastrado por los soldados camino de enfrentarlo al pelotón de fusilamiento. Marck dudaba que un grupo de militares donde no había, o al menos no se dejó ver ningún científico, interpretara correctamente el sentido del experimento de Muller.
-Lo más aterrador es que en el fondo no entiendan una palabra de lo que trato de decirles. Están ansiosos de sangre. se repetía una y otra vez.
A través de una diminuta ventana con cuatro gruesos barrotes de acero, se colaron las primeras luces del amanecer. Era una fría y lluviosa mañana de noviembre. La climatología tampoco ayudaba a disipar la congoja del alma de Mark. Al contrario, el ambiente opresivo que desprendían las gruesas nubes que cubrían el cielo, le inundaron de un pesar profundo. Un centinela armado hasta los dientes depositó en el suelo una bandeja con un frugal desayuno, comunicándole por señas que disponía de quince minutos antes de tener que comparecer de nuevo en la sala.
Los guardias cumplieron con puntualidad. Un cuarto de hora después, cuatro soldados fueron en busca de Mark. Al salir al exterior formaron un rombo situando al preso en el centro. La corta distancia entre el barracón habilitado como cárcel y el que hacía las veces de Sala de Vistas, la recorrieron en apenas dos minutos, lo que no impidió que el testigo llegara calado hasta los huesos, aunque estaba tan absorto en sus lúgubres pensamientos que pareció no darse cuenta. Esta vez no se preocupó de observar a la audiencia. Cuando se sentó todo el mundo ocupaba ya los mismos lugares que el día anterior.
El fiscal quiso recuperar algo de la autoridad perdida y, con una pose chulesca, rompió el silencio.
-Señor Offenbach, mientras el mundo tiene los ojos puestos a tan sólo unos kilómetros de aquí, en Nuremberg, donde se juzgan las consecuencias, aquí queremos averiguar y, llegado el caso, castigar, las causas de una guerra que ha costado la vida a sesenta millones de personas. Entenderá que la responsabilidad de su declaración es enorme. Ayer fue usted puesto sobre aviso por nuestro camarada Antonov. Es innecesario recordarle que debe contar a este tribunal íntegramente la conversación privada que mantuvo con Muller una tarde de septiembre de 1922 en el restaurante Parsifal de Gotinga.
-El profesor me invitó a comer como detalle por mi inminente marcha de la Universidad. Recuerdo que ese día lo encontré exultante. En principio lo atribuí a que, mientras me esperaba, había dado cuenta de una botella de excelente vino en compañía de un grupo de señoritas que rondaban por el local, quedando citado con alguna de ellas para la noche. Después nos quedamos solos aplicándonos con devoción a los deliciosos manjares que nos sirvieron. La velada fue inolvidable porque a la par que disfrutamos con la comida se entabló entre nosotros una conversación interesante y apasionada en la que tratamos mil temas. Casi sin darnos cuenta transcurrió la tarde entera. Me percaté que debía marchar a preparar el equipaje porque al día siguiente tenía previsto el viaje a Munich. Para no dar muestras de descortesía con alguien que tan buen trato me prestó, aparte del sincero aprecio que sentía por Muller, quise rendirle mi particular homenaje y saqué a colación lo que más le apasionaba: el problema del entrelazamiento. Muller por cuyas venas corría en ese momento más alcohol que sangre, se quedó unos instantes pensativo con una sonrisa enigmática en la boca. En sus ojos leí que sentía la necesidad de contarme algo. No me equivoqué. En cuanto consiguió arrancarme el juramento de que nunca revelaría lo que me iba a contar, soltó una frase que me sacudió como un latigazo.
-Marck, la posible confirmación del entrelazamiento social está en marcha desde hace un tiempo. En concreto unos tres años. Yo mismo activé el mecanismo y estoy esperando los resultados- dijo con una mirada profunda que quería ver mi interior como si mi piel fuera de cristal. Estaba ansioso por ver mi reacción.
No quise parecer indiferente ni excitado, aunque reconozco que una curiosidad insuperable me invadió. En cualquier caso no pude ocultar mi enorme extrañeza
-¿Cómo& de qué manera ha podido hacerlo&.? dije balbuceando puesto que no cabía en mi imaginación un marco en el cual realizar dicho experimento. Se recostó satisfecho, sorbió un interminable trago de vino de la enésima botella que poblaba la mesa y volvió a sonreír.
-Ya sabes dijo- que me precio de contar con una extensa gama de amistades. Gracias a algunas de ellas contacté con un voluntario que se prestó gustoso como conejillo de indias, no sin antes ponerle al corriente de la finalidad del experimento y de las conclusiones que esperaba y espero sacar. Pues bien, junto con un amigo médico especializado en hipnotismo que se entusiasmó conforme le fui contando mi proyecto, monté un dispositivo de mi invención que emitía una serie de ondas electromagnéticas en las longitudes que yo le marcaba. Una vez entró el individuo en un profundo sueño provocado, cuando la parte consciente dejó paso al inconsciente, le bombardeé con varias fases chorros de ondas. Ese es el estímulo que le provoqué y que, estoy convencido, antes o después hará que cuantas personas estén entrelazadas con él reaccionen conjuntamente. Desconozco aún en qué ámbitos y hasta dónde alcanzarán en intensidad esas reacciones, pero no dudes de que se producirán. Eso si, las frecuencias que utilicé es algo que solo yo conozco y que me llevaré a la tumba.
Un silencio sepulcral reinaba en aquel barracón escondido en algún lugar de Alemania. Marck parecía recordar en voz alta más que narrar unos hechos para una audiencia. Hablaba sin percatarse de nada de lo que ocurría a su alrededor. Prosiguió su alocución después de unos breves segundos de pausa.
-Me hallaba tan admirado y estremecido que no supe si pensar que aquella ceremonia respondía a la actuación de un farsante de feria o a un genio de la ciencia. Literalmente me quedé sin habla. Para disimular un poco mi turbación delante del profesor, no se me ocurrió mejor idea que interrogarle por el voluntario, sin que en realidad me importara para nada la respuesta. El profesor con cierto despreció exclamó:
-Ah, es un pobre diablo, un Don Nadie de los muchos que deambulan por Berlín. No he vuelto a saber de él. Pero su nombre no lo olvidaré jamás, Adolfo Hitler, se llamaba. Ya verás como antes o después el tipo alcanza una celebridad más que notable. Veremos en qué área&

Tres días después Marck Offenbach, Herman Muller y tres científicos más fueron ejecutados en un campo de concentración sin nombre en una fría mañana de noviembre de 1945.
La última frase que salió de los labios de Herman, antes de que varios proyectiles le destrozaran el corazón y los pulmones, se la dedicó a su gran amigo.
-Connotaciones lamentables aparte, no me negarás que el experimento en sí fue un éxito clamoroso. -susurró
En un mes el campo fue desalojado y desmontado por los aliados con la misma facilidad que se instaló. Ni siquiera existe un mapa actual donde se pueda localizar cual fue su ubicación.

FIN


06 de octubre de 2018

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