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GravitaciÓn

GRAVITACIÓN

-La visión reiterada de aquel individuo comenzó a inquietarme doctor.
Una serie de encuentros, supuestamente fortuitos, vinieron a repetirse una y otra vez, aumentando la frecuencia conforme se sucedían. Y esa inquietud, no me duele reconocerlo, está deviniendo en terror.
El psiquiatra Edmund Tomas consultó con disimulo su reloj. Aunque la visita se prolongaba mucho más de lo habitual y permitido por el director del centro, la narración de Donovan le interesó. Llevaba cinco largos años trabajando como Jefe de la Unidad de Psiquiatría del hospital de la ciudad y por primera vez se encontró con un paciente al que no sabía qué enfermedad diagnosticar, caso que la padeciera. Sin historial clínico alguno, en lo relativo a su salud mental, carecía por completo de datos que le ayudaran a arrojar luz a la clase de dolencia con la que se enfrentaba. Sólo una rutinaria y escueta hoja firmada de manera ilegible por algún médico de primeras atenciones en la que se esbozaba la solitaria frase pendiente de análisis psiquiátrico. La vida profesional le presentó casos difíciles, otros curiosos, pero todos tenían un mínimo denominador común. Las manías, las neuras, los comportamientos y las incoherencias apuntaban siempre hacia una enfermedad tasada y reconocible. Muchos acumulaban varias dolencias y resultaba costoso separarlas, sin embargo en las enciclopedias se hallaban similitudes y la forma de tratarlas. Los pacientes más cultos, resultaban más difíciles porque ocultaban mejor los desequilibrios, sin embargo jamás le faltó a Edmund el hilo conductor para descifrar los síntomas que, finalmente, desembocaban en una enfermedad mental.
Donovan, que no fue ajeno al gesto de Edmund, apresuró su discurso cuanto le fue posible, pero sin llegar nunca a precipitar el habla ni dejar lagunas o saltar sobre detalles que consideraba de relevancia. Atropellarse con frases ininteligibles o dotar de cualquier detalle incoherente la argumentación lo convertirían de inmediato en un psicótico y había que evitarlo a toda costa.
-Algunos recuerdos se difuminan en mi memoria. Cuando fui consciente que algo anormal me llevaba a tropezarme con el desconocido, hice un esfuerzo para buscar en mi mente un primer contacto. Y creí hallarlo. En el funeral de mi buen amigo Héctor Desmond estaba, sin duda, presente. Su rostro denotaba toda la solemnidad del acto. Quizás por eso reparé en él, dado que no encuentro otro motivo. Si la normalidad se concretara en forma humana adquiriría su aspecto. Vestimenta corriente, altura y peso habituales, rasgos comunes, en resumen, un compendio de vulgaridad de carne y hueso. Si unos seres superiores quisieran explicar cómo es un humano medio, lo tomarían a él por el estándar. Nada destacable ni una sola característica que lo diferenciara del resto de personas- Donovan guardó silencio por un breve instante para observar el efecto que sus palabras causaban en el médico. El temor a que este diera por finalizada la consulta, le incentivó a seguir el monólogo.
-Sin embargo, pronto salí de mi error. O bien mi inconsciente me traicionaba o antes incluso del funeral habíamos coincidido en algún lugar que no pude precisar al principio. Después fueron brotando en mi cerebro imágenes de momentos en los que me había cruzado con él. Desde siempre figuraba presente en mi vida. Lo increíble es que jamás le hubiera prestado atención a un hecho tan singular.
Donovan intuyó la pregunta que le formularía a continuación el psiquiatra y se anticipó a contestarla, levantando el brazo levemente para pedirle que le dejara terminar.
-Por supuesto que he buscado explicaciones prosaicas antes de decidirme a buscar ayuda. No soy un desequilibrado, a pesar de estar ahora frente a un especialista de la mente. De entrada no tiene nada de particular coincidir con alguien en el tiempo o en el espacio. Los hábitos de vida, los horarios u otras muchas circunstancias supongo que acercaran a miles de personas a diario. El problema, por así decir, reside en los momentos en los que lo he visto. Todos negativos cuando no funestos. Al menos desde que soy consciente de su compañía. Ya le he comentando una de las tristes circunstancias que nos unió. Luego vino el día que perdí mi trabajo, también estaba allí en su coche, junto al mío, esperando que el maldito semáforo nos diera paso. Por no hablar de cuando acompañé a mi hija al hospital por un episodio de epilepsia. Su figura ramplona deambulaba por la sala de espera con una mano vendada que no impedía que el tipo sangrara con abundancia. Y así podría continuar con una serie de infortunios que prefiero no describir.
Dispuesto a desentrañar el significado de aquellas apariciones, de las que no tenia duda que ocultaban un mensaje, tracé un plan. La vinculación entre las desgracias y el desconocido me resultaban evidentes, así que busqué una manera de confirmar lo que eran más que sospechas. Provoque a propósito un pequeño accidente de circulación. Ni que decir tiene que lo hice de forma que nadie sufriera consecuencias graves. Pero necesitaba conocer si el hombre era la causa o la consecuencia. ¿Me avisaba él del peligro o era la última parte del drama? ¿Era posible que se condensara la maldad en un ser humano? El resultado fue escalofriante. A los pocos minutos de la colisión, en la que no hubo víctimas, vino en nuestro auxilio un coche patrulla. Del mismo descendió mi ya viejo conocido, esta vez con el uniforme de policía. Se comportó con atención exquisita y parecía preocupado especialmente por mí. Decidido a averiguar cuanto pudiera, le abordé con la pregunta de si nos conocíamos. A lo cual, con toda naturalidad, me contestó que yo le resultaba familiar y que creía haberme visto recientemente sin recordar dónde. Parecía tan ajeno a la experiencia que yo vivía que me desconcertó. No tuve la sangre fría de insistirle o interrogarle con más énfasis. Así que una vez resueltos los formulismos legales desapareció con igual premura que vino. Si fuera un visionario tendría fácil pensar que el tipo simboliza la mala suerte o a algo parecido. Pero no creo en esas majaderías, por eso acudo a la ciencia.
Edmond tomó la palabra luego de un largo silencio. La persona que tenía delante se expresaba con una oratoria y coherencias incompatibles con alteraciones psíquicas, sin embargo, también se percibía que, dentro de la serenidad, una angustia vital emergía al exterior. Aquel hombre estaba aprisionado por un pavor irracional, como si intuyera un drama cercano.
-No me avergüenzo de admitirle que, por el momento, no tengo formado un criterio sobre su caso. De hecho hasta dudo que la medicina pueda servirle de ayuda. Pero como tampoco sabría a qué rama del saber le corresponde tratarle, le emplazo para que dentro de dos días vuelva a mi consulta. Mi colega y amigo el doctor Fritz, experto en hipnosis debería realizarle una sesión de sofrología. Creo que debemos hurgar muy hondo en su alma. Tal vez encontremos un indicio, por leve que sea, que nos indique el camino correcto-
Donovan mostró cierta incomodidad moviéndose en su silla violentamente. No escondió su desconfianza.
-Perdone la impertinencia doctor, pretende hipnotizarme para buscar en otras vidas pasadas, la causa de lo que me aflige? Pensaba que la medicina era más seria. No me gustaría reconocerme un día en un libro de tres dólares de los que se venden en las librerías de los aeropuertos-
-No, mi colega tan sólo busca retazos perdidos en el inconsciente. Ha obtenido algunos éxitos notables con esa práctica, si bien suelen tener un carácter parcial. En cualquier caso, usted como paciente puede solicitar el alta voluntaria-
El psiquiatra intentó jugar fuerte para no dar muestras del ansia que sentía en su interior. El asunto le había intrigado profundamente. Y nada deseaba más que desvelarlo. Para su alegría, Donovan aceptó la cita.



Fritz Euler rodeaba sus sesiones hipnóticas de una estética más propia de un feriante que de un científico. En la sala donde las celebraba, reinaba la penumbra. Apenas un tenue rayo de luz aportaba la claridad necesaria para distinguir los objetos y las personas. Obligaba a los pacientes a fijar la vista en un péndulo de cadena color púrpura y forma de bala, el cual movía con una cadencia exasperante y una parsimonia algo burlesca. A su tono de voz grave, le aplicaba una entonación un tanto ridícula para acompañar el movimiento del péndulo. Vocalizaba con tanto esmero las palabras que parecía que las masticaba. Cuando en ocasiones sus colegas le sugirieron que semejantes formas no beneficiaban a la ciencia ni a la profesión, les contestaba que el principio de la hipnosis se basaba en la sugestión y ninguna mejor manera de sugestionar que impresionando al paciente con un ambiente algo barroco.
Fuera porque las ideas de Euler eran correctas o porque Donovan se prestó de buen grado a la hipnosis, lo cierto es que a la tercera frase se hallaba dormido profundamente. Durante la hora y cuarto que duró la sesión, y ante del silencio absoluto de Edmond, que sólo se dedicó a observar y a apuntar notas en su libreta, Fritz bombardeó a Donovan con multitud de preguntas. Unas estaban relacionadas con la persona objeto de las inquietudes de Donovan, otras con cuestiones que no parecían relevantes para el asunto y la mayoría buscaban los lapsos temporales transcurridos entre las apariciones insólitas y otras cuestiones que no parecían aportar nada al tema. No impedía a Donovan su letargo para contestar con claridad, y en ningún momento se mostró alterado o nervioso. Lo más llamativo del interrogatorio no eran las preguntas sino las respuestas.
Edmond, pese a no intervenir directamente, no dejaba de asombrarse, si bien se cuidó mucho de pronunciar una sola palabra. ¿Cómo era posible que alguien pudiera recordar, en ese estado somnoliento, fechas con esa precisión? Días muy lejanos, en las que no hubo acontecimientos significativos, eran rememoradas por Donovan con la mayor naturalidad, como si hablara de esa misma tarde.
-La imaginación creadora de este hombre es alta. Falsa memoria y recuerdos inventados-pensó.
Pero lo más llamativo para Edmond, era la insistencia de Fritz en cuanto a la frecuencia de las apariciones del sujeto con anterioridad al funeral de Héctor y después de este. Al parecer, y según los rodeos que daba Fritz, ese día era como una frontera o algo similar. Y aunque el psiquiatra en todo momento permaneció para sus adentros escéptico, si le incitó la curiosidad un dato que se adivinaba interesante. Antes de que Donovan fuera consciente de su vinculación con el policía, los encuentros entre ambos eran muy espaciados, luego se acercaban con intensidad cada vez mayor.
Las últimas preguntas estuvieron dedicadas a buscar otras repeticiones de hechos en la vida de Donovan. Lugares, itinerarios, y otras cuestiones que involuntariamente aparecieran en su vida más veces de lo que podría considerarse normal. En este punto las contestaciones fueron divergentes, sin embargo si parecían atisbarse detalles esclarecedores. Ciertas circunstancias se daban, sin motivo, con una frecuencia reveladora. Este hecho había pasado por completo por alto a Donovan en estado consciente. O al menos no realizó ningún comentario sobre él. Centró sus inquietudes en una persona, cuando se vislumbraba que otras repeticiones, no menos simbólicas, se producían a su alrededor. En especial captó la atención de los médicos la enorme cantidad de veces que Donovan nombró tiendas especializadas en artículos deportivos. Si bien ya constaba en el expediente previo que Edmond confeccionó, la pasión de Donovan por el alpinismo, estaba fuera de lo razonable que hubieran establecido el mismo negocio cuatro comercios en el barrio en que residía en las últimas tres semanas. Ello sin contar que, casualmente, el conductor al que golpeó en el accidente provocado fuera socio del club de montañismo de Donovan, y que los pacientes que trató Edmond en su consulta, antes y después que Donovan, compartieran la misma afición.



Fritz escenificó el final de su particular liturgia con igual teatralidad que la comenzó. Extendiendo los brazos en cruz y agravando más su voz, le ordenó a Donovan que despertara. Este, colaborador como nadie, obedeció dócil. Pasados unos segundos de desconcierto, le correspondió a él iniciar el interrogatorio.
-¿Y bien doctores?- inquirió
Euler tomó la palabra sin preocuparse por si su colega tenía algo que decir.
Oh, señor Donovan, usted se precipita. Como habrá visto he grabado toda la sesión en video y ahora tengo que analizarla detenidamente. Entiendo su impaciencia pero debe esperar.
Donovan no se dio por vencido.
-Doctor Euler, dígame al menos, si vislumbra un mínimo signo clarificador.
-Señor Donovan contestó Euler en postura histriónica- mi método para analizar el fenómeno del que es usted protagonista o tiene el firme convencimiento que está viviendo, abarca un amplio espectro de ciencias. Igual busco un logaritmo que explique de forma convincente los encuentros inexplicables, que acudo a tediosos manuales de antropología a la caza de similitudes constatadas anteriormente. Eso sin contar innumerables referencias o indicios que capturaré de aquí o de allí. Lo único que puedo garantizarle es que, a la mayor brevedad, dispondrá de un estudio completo y un diagnóstico claro. Mis conclusiones, entiendo que muy autorizadas, no dejarán de ser tan válidas como las de cualquier otro colega, por muy diferentes que éstas sean de la mías.- Las palabras de Euler parecían ahora impregnadas de reproches hacía la profesión médica.
-Por último, siento participarle que voy a emprender un viaje, por ello, mi dossier lo remitiré a su domicilio, antes de iniciarlo. Quizás no podamos vernos en mucho tiempo.- Y sin siquiera estrechar la mano al paciente, Euler dio por concluida la reunión, al mismo tiempo que recogía cuanto material había esparcido por la consulta de Edmond.


En el rostro de Fritz Euler se dibujó una expresión mitad de satisfacción, mitad de tristeza. Con una delicadeza impropia de su aspecto fiero, empaquetó el dictamen que sobre el asunto Donovan había preparado. Se cuido personalmente de que la imagen del trabajo fuera lo más cálida posible. Hasta encuadernó con esmero las hojas que daban soporte al informe. Entendía que un toque personal, lejos de los fríos escritos de los procesadores de textos, llegaban mejor a los lectores. El sentido de la sugestión lo elevaba al cubo. Empezar cautivando equivalía centrar la atención y ésta derivaba en el éxito.
Ni Euler podía imaginar que mientras escribía con pluma las señas de Donovan para remitirlo por correo urgente, el cuerpo de éste oscilaba inerme colgado por el cuello de una cuerda, ni la esposa de Donovan hubiera pensado jamás que la cuerda que con tanta ilusión compró como regalo para la próxima escalada de su marido, sirviera para un hecho tan macabro e indigno como el ahorcamiento.


Marta Donovan recibió un paquete postal a la mañana siguiente del entierro de su padre. Abatida por el impacto del suicidio, no prestó, de entrada, atención al envío. Fue al leer, escritas con letra redondilla, las señas de su padre, cuando se despertó el interés por conocer lo que envolvía aquel sobre. Dado que el destinatario no podía ya, ni abrirlo ni leerlo, consideró que no había violación de correspondencia y se dispuso a satisfacer su curiosidad, puesto que el difunto no hizo jamás mención del tratamiento al que estaba siendo sometido, ni de la persecución real o imaginaría de la que era víctima. Rompió con cuidado el papel para salvar aquellas letras que le parecieron preciosas y extrajo el contenido. Un fino expediente de pocas hojas en cuya tapa se leía:


INFORME SOBRE ASUNTO DONOVAN


Después de dos páginas plenas de datos intrascendentes Marta leyó la conclusión final que rezaba de la siguiente manera:


Señor Donovan, habitamos un mundo, y por extensión un universo, mucho más extravagante de lo que aparenta. Tan sólo percibimos una parte mínima de cuanto sucede en él y esta ínfima parte se nos muestra deformada, e incluso me atrevería a decirle que falsa. Reconozco que su relato me ha llevado horas y horas de estudio y de meditación. He pasado noches enteras en el intento de dar coherencia a un rompecabezas que se me antojaba imposible de resolver. Por primera vez la impotencia me ha ganado la partida en muchas ocasiones y casi consigue que abandonara, derrotado, su encargo. Al final y gracias a medios que no vienen al caso, creo haber hallado la respuesta. La clave me vino de la mano de su subconsciente. Albergaba recuerdos de la persona causante de su desasosiego. Recuerdos que nunca hubieran aflorado excepto bajo el estado de sugestión que le provoqué.
Existen acontecimientos poderosos que tienen un importante poder de atracción sobre otros menos trascendentes. Dicho así puede resultarle chocante, o incluso una locura, pero bien analizado no tiene nada de particular. Los electrones orbitan alrededor de un núcleo, los planetas y otros objetos celestes, rodean a estrellas que los tienen capturados y las galaxias se agrupan para correr presurosas atraídas por no sabemos qué.
Pues bien señor Donovan, hay un hecho nuclear, de una fuerza tremenda que está llamando a otros sucesos, de ahí que la frecuencia en la aparición de los últimos sea cada vez mayor. Además afecta por igual al pasado, presente y futuro, nada escapa de su campo de acción, o dicho en terminología astronómica, a su horizonte de sucesos. Al igual que los ejemplos materiales que le acabo de exponer, también los hechos gravitan y se atraen unos alrededor de otros. Y como sucede con la materia, a mayor cantidad, a mayor relevancia del suceso, más poder de atracción tiene.
En este punto, sin duda, se preguntará cual es ese acontecimiento que está precipitando otros, o si quiere decirlo de otra manera, está moviendo otros hechos. Para mi tremendo disgusto señor Donovan lamento comunicarle que es evidente. El suceso que está tirando del resto, es la muerte de usted señor Donovan. Por primera vez en mi carrera, nada deseo más que haber enfocado mal la cuestión y estar equivocado.


Fritz Euler.





02 de julio de 2016

2 Comentarios

  • Cheshirelechat

    Gran texto, si señor.

    02/07/16 01:07

  • Parzenon60

    Muchas gracias Cheshirelechat, me alegra enormemente te haya gustado

    02/07/16 06:07

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