La Sombra

LA SOMBRA


Irlanda, 31 de diciembre de 1900

La tempestad sorprendió a Robin Wilford caminando por el bosque. La negrura del cielo precipitó la llegada de la noche. Robin se ganaba la vida como buhonero vendiendo abalorios y hierbas medicinales de pueblo en pueblo. Acudía a las tabernas, a las posadas, a las ferias, a cualquier lugar concurrido para ganarse unas monedas con las que poder beber y subsistir sus miserables días. Pero en 1900 una terrible hambruna sacudía Irlanda y tuvo que alejarse de las comarcas que frecuentaba en busca de zonas menos deprimidas donde continuar el negocio.
Aquella noche infernal, muy lejos ya de cualquier paraje conocido, caminaba por una pequeña senda alejada del camino real. Con la llegada del atardecer consideró conveniente separarse de las rutas en las que podía toparse con los carabineros para evitar que lo detuvieran por merodeador. Acostumbrado a sobrevivir dos días con un mendrugo de pan negro y dormir en las caballerizas de alguna posada a cambio de pequeños trabajos, el bosque no era mal sitio para pasar la noche. Sin embargo, la tormenta vino a estropearle los planes. Comenzó con unos lejanos y continuos rayos emitidos por unas opresivas nubes negras, acompañados de unas gruesas gotas de agua que anunciaban una tempestad gigantesca. Por primera vez en muchos años sintió el miedo y la soledad. Anhelaba encontrar una luz en el horizonte que revelara signos de civilización y de compañía. De pronto se desencadenó una lluvia torrencial que le estaba calando hasta los huesos. La fuerza del viento le arrancó el sombrero de la cabeza, sin que Robin hiciera el mínimo gesto por intentar recuperarlo. A sus espaldas dejaba un inmenso horizonte de oscuridad que le impedía retroceder. Apresuraba el paso a la espera de encontrar un lugar donde cobijarse de aquel diluvio. Si no podía ser una aldea, un granero abandonado era una opción aceptable. Agradecía el estrépito de los truenos porque le recordaban que no estaba solo en el mundo. El resplandor de los relámpagos le ayudaba para no perder el camino cada vez más confuso por efecto del barro. La marcha se antojaba por instantes imposible. El lodo le obligaba a andar con dificultad. Las botas que calzaba, destrozadas por cientos y cientos de millas recorridas, no evitaban que el agua penetrara en sus pies. Estuvo tentado de regresar al camino real. Pasar la noche en el calabozo era una perspectiva agradable en comparación con lo que le esperaba. Pero era tarde. La cortina de agua y la noche cerrada imposibilitaban hallar un camino de vuelta. Sin ninguna referencia con la que orientarse corría el riesgo de perderse en ese bosque inmenso y desolado, lo que significaría la muerte segura. Podrían transcurrir semanas sin encontrar una salida. No había otra disyuntiva que avanzar y avanzar por la senda que ya no veía, pero que la marcaba la falta de arboleda. Decidido a no abandonar la única ruta a duras penas visible, continuó andando aterido de frío y desfallecido por un hambre atroz.
Lejos de amainar la borrasca se recrudecía. Los pensamientos de Robin se tornaron lúgubres. Creyó llegada su hora. Era un hombre joven y fuerte, pero llevaba andadas doce millas y no había comido en todo el día. Las fuerzas empezaban a flaquear. Estuvo tentado de aligerar peso dejando en el camino la mugrienta bolsa en la que guardaba las insignificantes baratijas que comerciaba. Pero abandonar todo el patrimonio era equivalente a varios días de hambre. De improviso, la luz de un rayo, seguida de un estruendo formidable, alumbró lo que semejaba un conjunto de casitas. El corazón le dio un vuelco. Se aferró a la vida con todas las fuerzas que era capaz. Con la incertidumbre de si se trataba de una especie de espejismo esperó la llegada de otro relámpago. Sus esperanzas se confirmaron. A unos cientos de metros se divisaba un mísero villorrio. Un pequeño oasis rural dentro de la inmensidad del bosque. Una alegría salvaje inundó su alma. Su poderosa zancada le llevó en escasos minutos al pueblo.
Lo que hacían las veces de calles eran torrentes de agua que le cubrían más allá de los tobillos. En ninguna casa se veía luz. No le importaba demasiado, si las gentes de ese lugar habían emigrado a las ciudades en busca de mejor fortuna, forzaría cualquier puerta. No sería la primera vez. Sin embargo, no fue necesario. Al lado de una casa en extremo humilde, percibió las luces de una venta. Sin pensarlo un momento se adentró.


Temía que estuvieran a punto de cerrar y tener que volver a la tarea de buscar refugio. Al abrir la puerta se extrañó. Le acogieron un calor y un número considerable de gentes que estaban bebiendo y charlando animadamente. La mayoría de ellos eran labriegos y carreteros que después del agotador día de trabajo, acudían a la fonda de El Cuerno de la Abundancia para beber cerveza y calentarse al abrigo del hogar que el dueño siempre tenía a punto. A Robin no se le escaparon las miradas recelosas que sobre su persona recayeron. Un forastero de figura famélica en horas intempestivas no era buen presagio. Pero el estado lamentable que mostraba el recién llegado o la estatura y buenos puños con que contaba, acallaron cualquier comentario adverso que contra él pudiera realizarse.
Fingiendo no reparar en la hostilidad que su presencia generaba, se acercó al mostrador. Por fin un techo, una especie de burbuja confortable donde no llegaban los azotes crueles de la lluvia y el frío. No era la antipatía que pudieran sentir por él lo que le preocupaba, sino el vacío del estómago y el entumecimiento de los miembros. Le quedaban unas pocas monedas con las que pagar un ligero refrigerio. Las sacó de la bolsa que escondía en un doble bolsillo del abrigo y las depositó en el mostrador. Interrogó al posadero.
-Vengo de muy lejos y tengo algo de dinero. ¿Qué me servís con esto?
-Os llega para dos pintas de cerveza, carne seca y manteca de cerdo- respondió el posadero con más amabilidad de la esperada por Robin.
-De acuerdo. Esperaré junto a la lumbre si no os importa, tengo las ropas empapadas.
-Enseguida os sirvo. Y dando las órdenes a su mujer para que preparara la cena del forastero, le indicó con el dedo el lugar en el que debía acomodarse.
El ambiente del local no podía ser más acogedor. El aire, irrespirable en diferentes circunstancias, lo encontró cálido. La mezcla de humos provenientes de incontables pipas, junto con el olor desprendido por los vinos y alcoholes que consumían los clientes, en lugar de molestarle, le parecieron entrañables. Al servirle la comida la devoró con fruición con el apetito propio de un naufrago y la primera cerveza, que le pareció excelente, la apuró en dos interminables tragos. Con el ánimo repuesto y saciado el hambre, se dedicó a observar a los parroquianos mientras se deleitaba saboreando la segunda pinta.
Las miradas de soslayo habían desaparecido y cada cual retomó la conversación que le ocupaba, casi todas relacionadas con la horrible tempestad que seguía en pleno auge. La posada estaba aprovisionada para resistir un asedio. Pese al escaso refinamiento de quienes la visitaban era fácil observar que los dueños la mantenían en completo orden y mayor limpieza de la que cabría esperar. De las paredes colgaban mil y un artilugios de cocina. Arriba de la barra resaltaba un gran cuerno, tallado en madera, repleto de manjares. Robin se percató que a pesar de la humildad de aquellas personas, entre ellas reinaba un ambiente de camaradería envidiable. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, parecían olvidar en aquella fonda las tristes penurias que cada día les traía.
Un viejo que fumaba en pipa lo que parecía veneno en lugar de tabaco y al que Robin no le pudo apreciar ni un solo diente, exclamó en voz alta:
-No recordaba tormenta igual, si parece que vayan a abrirse los cielos.
-La memoria os falla viejo Tom, ¿acaso no recordáis el día que es?- le replicó una joven del servicio de la posada.
-Si,- añadió la mujer del posadero que al servir la cena de Robin se había sentado junto a la lumbre. Hoy es el treinta y uno de diciembre, y la tempestad acude esta noche fiel a su cita desde hace veinte años.
Como si de una invocación se tratara, las palabras de la posadera causaron el mutismo absoluto en los presentes. Por unos instantes Robin percibió en los rostros desgastados por el sufrimiento, el miedo. Un miedo irracional que ellos lo sentían en lo más profundo de sus almas. El momento solemne lo rompió un individuo de rudo aspecto, con una cicatriz que iba desde la oreja hasta el mentón. Se dirigió al dueño de la posada.
-Señor Morris, nuestro visitante de esta noche no debe estar al corriente de los sucesos aquí ocurridos hace veinte años. ¿Os importaría, una vez más, contarlos para que todos la escucháramos y el buhonero conociera la historia terrible que tanto nos atemoriza?

Morris en su juventud había sido marinero y alcanzó en la comarca cierta fama de narrar historias por el especial gracejo que empleaba. Casi siempre versaban sobre asuntos relaciones con el mar y los viajes, y en alguna ocasión, sobre leyendas, cuentos de brujas y de fantasmas, pero las adornaba con unos detalles tan interesantes que conseguía captar el interés de quien las escuchaba. Y como las noches en que surgía la posibilidad de relatar un cuento, la clientela alargaba la estancia y consumía más cerveza, nunca opuso reparo a repetir la historia pues la recaudación bien que lo agradecía.
-Bueno todos la conocéis de sobra y no sé si al señor puede importunarle mi charla -dijo mirando al buhonero.
-No, no, contestó Robin. Al contrario, me parece de todo punto interesante. Estaré encantado de conocer qué misterio se oculta detrás de esta tormenta espantosa. Hablad, por favor.
Un trueno ensordecedor vino en ayuda de Morris. Los elementos iban a contribuir con los ingredientes necesarios para mantener a la audiencia gastando una hora más. Sin que Robin pudiera decir cómo ni cuando, se vio de pronto rodeado de cuantos visitantes tenía la taberna, que se habían arremolinado a su alrededor para infundirse valor unos a otros, abandonando las mesas que anteriormente ocupaban. El que menos había escuchado a Morris contar esa misma historia innumerables veces y aún así todos guardaban un silencio respetuoso, esperando impacientes que Morris tuviera a bien comenzar.
- ¿Me escucháis todos si hablo desde aquí?- preguntó el tabernero
-Siiii- respondió la audiencia al unísono.
-Bien, empiezo entonces. Morris encendió su pipa.


-Hace tiempo vino a pedirme alojamiento un joven de aspecto enigmático. Se llamaba Greg Leakely o así registró su nombre en el libro. Delgado como jamás había visto a nadie y con la tez muy pálida, se adivinaba que llevaba sin comer mucho tiempo. Contaba una altura notable y tenía movimientos desgarbados que le daban cierto aire siniestro, si bien empleaba modales exquisitos y hablaba con una educación impropia de su figura extravagante. Enseguida despertó mis sospechas que no venía a la comarca a nada bueno, pero por extraño que os parezca, me pagó por adelantado y no entra en mis obligaciones averiguar la vida de nadie. Taciturno y de pocas palabras, pasaba los días encerrado en el aposento, saliendo al anochecer sin que nadie pudiera determinar a qué se dedicaba, ni a qué obedecía una conducta tan extraña. Sin estar en mi ánimo vigilarle, debo confesaros que ordené a la sirvienta encargada de limpiar la habitación, me informara en caso de encontrar indicios de actividades poco honrosas. Lo último que deseo es albergar individuos que traigan problemas a mi casa. Si bien lo único que pude sacar en claro fue que pasaba las horas estudiando un plano de la región, y en un primer momento su actividad no parecía tener nada de deshonesta.
Eran tiempos igual de duros que los actuales y la gente para comer recurría a lo que estaba en su mano fuera lícito o no. Y unos y otros, en mayor o menor medida, hemos tenido nuestros encuentros con la justicia, así que una especie de código de honor nos obliga a ser silentes en asuntos que no nos incumben.
Sin embargo, comenzaron a producirse unos hechos que trascendían las leyes humanas, y lo que es peor, las divinas. En varios cementerios de la zona se encontraron las tumbas profanadas y los cadáveres despojados de los objetos de valor con los que fueron enterrados. Es costumbre en el lugar que algunas personas pretenden llevarse a la otra vida las cosas que adoran en el mundo terrenal, y dejan escrito en los testamentos su deseo de ser enterrados con joyas, vestidos u otras cosas de valor. Debilidades humanas merecedoras de crítica seguramente, pero que hay que respetar porque es una última voluntad. Y por desgracia hay seres despreciables que aprovechan la impunidad de la noche y la soledad de los camposantos, para robarles hasta después de muertos. Si existe una profesión innoble y degradante es la de profanador de tumbas. También en el delito hay clases y el crimen más ignominioso es no dejar que los que nos han abandonado puedan descansar en paz. Nosotros, y creo que en esto puedo hablar en nombre de todos los presentes, odiamos cuanto nos recuerda a las leyes injustas que padecemos. La vista de un uniforme, sea de un soldado, de un policía o de un funcionario, nos une en su contra. Y antes preferimos la cárcel que delatar a un ladrón que busca cubrir las necesidades mínimas de la subsistencia. Pero amigo, cuando se trata de seres infectos que no pueden respetar ni las leyes de Dios, es otra cosa. Ahí acudiremos al juez más despiadado o al sargento más duro si es necesario.
El posadero se detuvo un momento para observar el impacto que la historia causaba en el forastero. Este mostraba la misma consternación que el resto de parroquianos que, aunque conocían la narración de memoria, el relato de la misma les seguía conmoviendo como el primer día. Prestaban tal atención a Morris que nadie se atrevía a moverse por no perder el sentido de una palabra. En su imaginación creaban formas corpóreas a cuanto escuchaban y de ser interrogados hubieran prestado testimonio de la veracidad de los hechos que conocían sólo por referencias.
En el exterior el temporal seguía bramando con furia. El posadero continuó:
-Debo poner en vuestro conocimiento que otro hecho macabro venía produciéndose en esos días. Durante los días anteriores a la llegada de Greg, se escuchó en varias ocasiones el grito de la Banshee.- Uhhhh exclamaron los asistentes. Aquella palabra provocó la inquietud general. Morris inquirió con la mirada al forastero. Robin hizo un gesto negativo con la cabeza. Desconocía la leyenda de la Banshee.
-Si existe un grito pavoroso, desgarrador y lastimero ese el de la Banshee- Nadie sabe con certeza quién o qué es la Banshee. Para unos es un grito atroz, demoníaco. Para otros adopta la forma de una mujer, en ocasiones bella y pálida y a veces de una vieja cuya fealdad da ganas de morir al que tenga el atrevimiento de mirarla- Ahora la voz de Morris adquirió un tono grave.
-En algunas familias irlandesas antiguas la muerte de algún hijo es anunciada por la Banshee. El que no escucha ese chillido fúnebre y aterrador es el que va a morir. Y pronto conoce la cercanía de su final porque lee en los ojos de su madre o de su hermano la venida de la parca. Por eso causa un pavor infinito. Pensaréis que es un cuento de viejas o mentes ignorantes y supersticiosas. Pero os aseguro que es tan real como vosotros o yo. Lo digo por experiencia, pero eso queda para otra noche.
-A causa del hambre y las enfermedades la muerte nos visitaba a menudo. Y como las desgracias nunca vienen solas, al hecho de sufrir y perecer se unía la profecía infalible de la Banshee.
-Bien comprenderéis que el clima reinante en el lugar era de pánico. Un edicto ordenó realizar los enterramientos en el momento de mayor luz del día. Familiares, amigos y los propios sepultureros, abandonaban el cementerio con toda la premura que el acto les permitía. Esas condiciones de terror general fueron las aliadas perfectas de los ladrones de la muerte. Los rufianes, ajenos a las normas morales, encontraron el caldo de cultivo ideal para su infame trabajo. La precaria situación de las familias impedía que los féretros tuvieran la mínima fortaleza. Eran un blanco fácil. Los profanadores en su degeneración recurrían a cualquier acto por repugnante que fuera. Si un anillo o una pulsera se resistían, cercenaban el dedo o la mano; cuando una medalla se atascaba, separaban la cabeza del tronco con la pala que antes les sirvió para forzar el ataúd. Y en los cadáveres recientes, si encontraban las ropas aprovechables, no les parecía obsceno dejar al muerto desnudo y desenterrado para servir de pasto a las alimañas. La irreverencia llegaba al punto que se dieron casos en los que, al no encontrar nada de valor, movían los cuerpos hasta dejarlos en posiciones ridículas e indecorosas para dejar la señal del desprecio que sentían por el culto a los muertos.
Las autoridades, preocupadas por problemas de mayor índole, prestaron poca atención a los traficantes de este negocio sacrílego. Ni siquiera disponían de medios económicos para reclutar guardianes que vigilaran esa clase de actividades.

-Para alimentar más los temores y las murmuraciones, corrió la noticia que la joven Dora, había enfermado gravemente. Dora era una mujer bellísima, de unos veinte años de edad, que vino a residir a esta región, al parecer por motivos de salud. Frágil y de complexión delgada, se decía que la enfermedad la acompañaba desde niña. Lucía una cabellera larga y de color negro azabache que contrastaba con su piel más blanca que la nieve. La elegancia de sus movimientos la dotaban de un porte delicado que mas semejaba una figura de porcelana que una mujer. Sabía hablar varias lenguas aunque el acento era imposible de determinar, al igual que el lugar del que era nativa. Quizás por ciertos rasgos mediterráneos se comentaba que tenía antecedentes griegos. Heredera de una importante fortuna, compró la única mansión digna de ese nombre existente en las cercanías del pueblo. La envolvía un halo de misterio porque en contadas ocasiones se relacionaba con gentes del lugar. Ello dio pábulo a habladurías sobre su procedencia y el origen de su riqueza. Por todo servicio sólo tenía a una señora bastante mayor que se encargaba de cocinar y mantener la casa limpia. Además la vieja realizaba las funciones de administrar la hacienda puesto que compraba todo lo necesario y pagaba las facturas a los acreedores.
Rara vez se veía a Dora pasear por los jardines de su residencia y nunca abandonó la misma hasta que la visitó la muerte. Tampoco recibía visitas ni organizaba fiestas. Aislada del mundo su vida era un secreto. Lo único que no se ocultaba era el dinero. Los pocos que tuvieran el privilegio de cruzar los muros de la mansión para arreglar algún desperfecto o proveerla de viandas, comentaban luego lo lujosos que eran los muebles y el buen gusto con el que estaba decorada. Y los afortunados que tuvieron la suerte de trabajar en la casa, recibieron siempre espléndidas propinas aparte del salario. También la iglesia del pueblo recibió cuantiosos donativos de ayuda para restaurarla, lo cual era la mejor prueba de su alma caritativa porque en lugar de profesar la religión católica, la suya, según se decía, era pagana.
Los rumores se confirmaron ciertos. Una tarde el ama de llaves mandó llamar al doctor. El médico, tras reconocerla, diagnosticó de inmediato que la enfermedad había entrado en la fase terminal y fulminante. A Dora le quedaba a lo sumo una semana de vida. La criada le suplicó que mantuviera el secreto, ante el temor de atraer a esas hienas porque no se les puede llamar hombres, ávidas de las joyas que la joven pretendiera lucir en el sudario. El galeno, tan bueno en su oficio como borracho impertinente incumplió la palabra que con honor había empeñado. La generosa remuneración percibida vino a gastarla raudo a mi local, y las tres horas, estando ya ebrio, contó a cuantos quisieron escucharle, que Dora se moría.
-Apenas se guardó el plazo que marca la ley para enterrarla. En el pequeño panteón que mandó construir en cuanto llegó a estas tierras, se la depositó para que descansara eternamente. Descanso que no le concedieron como a continuación descubriréis.


-Reconozco que yo participaba de idénticos miedos, o por decirlo mejor, de esa histeria que nos hacía ver saqueadores de tumbas por todas partes. Convencido que mi visitante ocupaba la noche en despojar a los muertos por ser demasiado cobarde para hacerlo con los vivos, decidí espiarle. Greg regresaba cada madrugada puntual y yo le esperaba disimulando atender a mis labores. Cada día le escrutaba de arriba a abajo a la espera de encontrar una señal, un indicio que confirmara mis sospechas. Y lo encontré. Al amanecer de tal día como hoy, Greg volvía puntual. Sin embargo estaba nervioso y excitado, algo inusual en él. Pude vislumbrar que debajo del abrigo escondía una pequeña caja. Y a pesar de que intentaba ocultar las manos, también pude apreciar que las tenía llenas de heridas. Para mi fue la prueba definitiva. En ese recipiente se hallaba un botín de valor incalculable y podría asegurar a quién se lo expoliaron. En la desesperación para que otros colegas no se le adelantaran, el joven había roto los cristales del mausoleo de Dora. Quiso el infortunio que otra circunstancia viniera a engañarme. Greg me pidió que le preparara la cuenta porque iba a partir esa misma mañana en cuanto descansara un poco. Era el respaldo definitivo que apartó las pocas dudas que me quedaban. No tuve la prudencia de esperar que las noticias confirmaran lo que estaba fabulando mi imaginación. Perpetrado el sacrilegio intentaba desaparecer antes de que pudiera ser interrogado o detenido.

El narrador vació las cenizas de su pipa y volvió a recargarla con tabaco. Sabía mantener el interés de la audiencia, haciendo pequeñas paradas en el relato. Al forastero le llamó la atención la torpeza del posadero para encender de nuevo la pipa. Un temblor de las manos revelaba que estaba nervioso. Cuando la pipa llameaba de nuevo prosiguió:

-Dí las instrucciones pertinentes al personal a mi servicio para que retrasaran la salida de Greg por los medios que fueran, mientras me apresuré a denunciarlo. En esa mañana el frío era cruel. Un viento helado me azotaba la cara de camino al puesto de guardia. Le conté cuanto sabía al cabo de carabineros presente en el cuartelillo cuidando de expresarle siempre que eran indicios y no pruebas concluyentes. Conozco las leyes y sé la condena que corresponde por denuncias infundadas.
-A partir de ese momento los acontecimientos devinieron en trágicos. El cabo, hombre que no se distinguía por su bravura, temiendo vérselas a solas con un peligroso bandolero fue reclutando por el camino a cuantos gañanes y tipos mal encarados encontró, bajo la amenaza de desobediencia a la autoridad. El resultado no pudo ser más desolador. En pocos instantes, una turba sedienta de venganza prorrumpía en la posada. Armados con instrumentos de labranza y voceando mil gritos y juramentos llegaron dispuestos a despedazar vivo al profanador. Greg al escuchar aquel tumulto lanzando imprecaciones, se asomó a la ventana, y comprendió rápidamente la situación. Hizo reiterados intentos desesperados para calmarlos y proclamar su inocencia, pero nadie le escuchaba. Creo que tanto les importaba que fuera culpable o no. Iban dispuestos al linchamiento y nada les detendría. Convencido de la muerte espeluznante que le esperaba, Greg se encerró en su habitación. Cuando la muchedumbre derribó la puerta se ofreció a sus ojos un espectáculo penoso: Greg se había ahorcado.
-La visión del cuerpo inerme, enfrió la ferocidad de la chusma. Los que unos segundos antes se parecían más a demonios que a seres humanos apaciguaron la ira y fueron retirándose silenciosos y cabizbajos. El cabo, avergonzado por haberse provisto de una ayuda a la que no pudo controlar, decretó que nada podía tocarse hasta que vinieran sus compañeros o un juez al que había enviado aviso para que se presentara de inmediato y ordenara lo que se debía hacer.
Y la tragedia acababa de comenzar. Cuando se realizó el pertinente registro del cuerpo de Greg, apareció su documentación, que posteriormente se demostró veraz. Greg Leakely era un erudito, un experto en culturas antiguas y llevaba consigo incluso un salvoconducto del gobierno para transitar por lugares y horas no permitidos. Al parecer vino a la comarca a terminar algún estudio y aprovechaba el día para documentarse y la noche para realizar el trabajo de campo sin ser molestado por la infinidad de individuos que vagabundean por estos lugares. Por la tarde, a la par que el cadáver de Greg se repatriaba a su ciudad natal, se desató una gigantesca tormenta, que cada año se repite, para que este pueblo no olvide el terrible pecado que cometió.



Las gotas del diluvio, que continuaba en pleno fragor, repiqueteaban furiosas contra los cristales empujadas por el viento. Robin reconoció en los ojos humedecidos del viejo, el sentimiento de culpa que le atenazaba.
El párroco de la aldea, fiel como nadie a los cuentos del viejo, y adicto al excelente vino y la mejor cerveza que allí se servía, frecuentaba el Cuerno de la Abundancia con asiduidad para estar en todo momento cerca de sus feligreses y reconvenirles, llegado el caso, con sermones improvisados. Consternado como el resto de los asistentes, aprovechó el silencio para hacerse notar.
-Dios nunca deja sin castigo los pecados del hombre. Y para nosotros no existe mayor tormento que enviarnos, año tras año, este nuevo diluvio, que si bien no extermina los cuerpos como en tiempos de Noé, lacera cruelmente las almas, haciéndolas sufrir penas peores que la propia muerte. Y los que por nuestra edad, no vivimos o no recordamos aquellos días ignominiosos, tenemos todos algún familiar cercano que para nuestra vergüenza se contaba entre los tumultuosos. Así el Creador, no aplaca su ira y muestra su cólera como ya hizo en Sodoma y Gomorra. Pero mi buen amigo, creo que nuestro bien amado viajero ha tenido un día fatigoso y mejor será permitirle que descanse por hoy. Leo en su rostro el horror y la consternación. Considero prudente que la última y más tenebrosa parte de la tragedia la dejéis para mejor ocasión.
El buhonero muy repuesto por efecto de la cena y la bebida, hizo un gesto negativo con la cabeza.
-Este fuego reparador y vuestra generosa hospitalidad me hacen sentir en mi casa. Os ruego continuéis dado que mañana es el día de Año Nuevo y no percibo interés en ninguno de los presentes en retirarse. Escucharé encantado el final que, me temo, es aún más siniestro que el resto.- Robin miró con disgusto su jarra de cerveza, ya no quedaba líquido.
Morris, al que molestaba en extremo dejar inconclusos los relatos, recibió con alegría la buena predisposición de todos a permanecer en la taberna. En un alarde de generosidad convidó a la concurrencia a un aguardiente que él mismo preparaba. Una vez estuvieron todos atendidos y enormemente satisfechos por ese dispendio poco habitual, se sirvió un buen vaso que le diera el valor suficiente para afrontar el último capítulo.


-Transcurrió un año desde esos sucesos tan lamentables. La vergüenza había calado en la memoria colectiva del pueblo y nadie se atrevía a pronunciar siquiera el nombre de Greg. Yo mismo mantuve cerrada la habitación sin alquilarla porque, lo reconozco, me causa pavor entrar en ella. No me tengo por un hombre cobarde. En el mar he tenido que vérmelas con situaciones apuradas y he sabido salir airoso. Pero la simple vista de la puerta que derribó la multitud, no sé, me provoca escalofríos. Y como he escuchado que la mejor forma de eliminar fantasmas es enfrentándose a ellos, decidí un buen día, prepararla para que rindiera provecho. Aparentando un valor que estaba muy lejos de sentir, entraba, siempre de día, para pintarla y hacer los arreglos necesarios que borraran el drama vivido. Quiso la providencia que a los pocos días se presentara una inmejorable ocasión. La última noche del año, un matrimonio que andaba de paso, vino a mi casa a refugiarse de nuestra vieja conocida la tormenta. Me pidieron aposento debido a la imposibilidad de continuar el camino en esas condiciones atmosféricas. Por supuesto, sin hacerles mención alguna al drama que vieron esas paredes, les entregué la llave, e indicándoles donde estaba situada porque ni por todo el oro del mundo hubiera entrado de noche en esa fecha significada, subieron felices ajenos a lo iban a encontrarse.
-Recuerdo el ruido del gozne al girar la llave. Desde aquí abajo lo escuché. De repente la mujer soltó un chillido. Un grito profundo y desesperado que ahogó el de los truenos. El alarido contenía tanto terror que a cuantos llenábamos la posada se nos heló la sangre. El instinto nos aconsejaba huir despavoridos de este lugar maldito. El aguacero era un destino más favorable que subir a comprobar la causa del grito. Y de estar solos, todos y cada uno de nosotros, a buen seguro que hubiéramos optado por lo primero. Pero el sentido del honor, que para nuestros adentros maldecíamos tener, y el gran número de personas que nos hallábamos, nos obligaron a actuar con decencia. Estrujados unos contra otros, formando un extraño amasijo humano, hombres y mujeres subimos peldaño a peldaño con parsimonia. Las disputas y desavenencias que minutos antes les enfrentaron, con motivo de partidas de cartas o asuntos insignificantes, quedaron en el olvido. Unidos por el miedo, y con la ayuda del alcohol, que en enorme caudal había transitado por las gargantas, hicimos del grupo nuestra fuerza. Podía sentir los suspiros de mis compañeros y los latidos de mi corazón porque nadie osaba pronunciar una palabra. Con lentitud exasperante alcanzamos el final de la escalera. Lo primero que vimos fue al matrimonio abrazado y con los rostros blancos como la cera. A los que íbamos delante, no por valientes, sino porque la masa nos impedía ir en retaguardia, nos correspondió ser testigos de una visión espeluznante. Pendiendo del techo, con perfecta definición, se vislumbraba la sombra de Greg oscilando cadenciosa de izquierda a derecha colgado en la soga. Sus piernas, o mejor dicho, la silueta que las representaba, se movían al igual que el péndulo de un reloj. Tal y como exhaló su postrer aliento, la sombra proyectaba la imagen del infortunado Greg.
-Sobra describiros el impacto que la sombra causó. La histeria se adueñó de la situación. El espectáculo tenía algo de irreal. Hombres fornidos, acostumbrados a reñir con los puños, que ante un semejante de carne y hueso no ceden un paso, intentaban ahora escapar sin importarles otra cosa que salvar su pellejo. Seres que no se arredran ante un acero bien afilado, les descompone oír hablar de un espectro. No se distinguían hombres ni mujeres. Unos chillaban fuera de si, aullando como posesos, otros lloraban temerosos y la mayoría optó por poner tierra por medio lo antes posible. Lo que al subir fue un grupo compacto, al bajar se disgregó en un caos. Empujones, pisadas, carreras, la dignidad se esfumó en un segundo. Pocos habían visto la sombra, pero tuvieron suficiente con vernos a los que tuvimos la desgracia de presenciarla. Todo el mundo exteriorizó esa noche las debilidades que guardaba en el interior.
-Por mi condición de responsable de la posada, no tuve otro remedio que quedarme a consolar al matrimonio con la ayuda de un joven con fuerte presencia de ánimo.
-En poco tiempo pasó la desbandada general. La gente olvidó la furia del temporal y corrieron presurosos a encerrarse en sus viviendas. La pareja con la que dio comienzo el incidente, se esfumó sin que llegara a saber nunca quién les acogió o donde fueron. Sólo el joven que os he nombrado tuvo la osadía de quedarse a hacernos compañía a mi mujer y a mí en esa noche aciaga. Su valor me contagió un poco de fuerza. Bebimos juntos un buen rato. Luego convinimos en subir de nuevo a comprobar si el fantasma seguía ahí. Si os soy sincero no es que no sintiera el mismo terror que los demás, sino que en esta zona recóndita, habitada por gentes ignorantes, ganarse la fama de tener un alma en pena en casa, es sinónimo de ruina. Tenía que buscar la forma de eliminar la maldición.
-Algo más calmados entramos por segunda vez. Allí seguía, imponente, la sombra. Yo estaba demasiado nervioso para averiguar nada, pero mi valiente amigo hizo un descubrimiento sorprendente. La sombra se veía igual desde cualquier ángulo. Era como si mostrara al observador la misma cara independiente del punto en que te situaras. Y más extraño aún, acercamos una linterna en diversas posiciones y éstas no la alteraban. El foco de luz no le afectaba. El fenómeno aparte de aterrador era intrigante. La idea de que Greg desde el otro mundo trataba de enviarnos un mensaje comenzó a perturbarme. En unos de los movimientos experimentales que el muchacho hacía con la linterna me pareció percibir una ranura entre los tablones del suelo. Conozco de memoria cada rincón de mi negocio y podría recorrer esta casa a ciegas sin tropezar ni una vez. Esa grieta no estaba antes de alquilar la habitación a Greg y me convencí enseguida que el doctor había ocultado algo.
Debajo del lugar sobre el que se balanceaban las piernas de la sombra del ahorcado, se hallaba la caja que me pareció verle la mañana de la tragedia. Me incliné para cerciorarme, y, en efecto, allí estaba la misma cajita. Entendí que emitía una fuerza, quizás magnética, que tenía anclada a la sombra en la misma vertical. Sin embargo mis ansias por conocer terminaron ahí. La idea que dentro albergara joyas la había desterrado de mi mente. Greg no vino en la búsqueda de alhajas, sino a investigar sobre misterios profundos que nada tienen que ver con el oro. Y creo que descubrió lo que quería la noche anterior a morir. Pero no pudo hacer partícipe al mundo de sus logros. Esa habitación y esa caja que siguen en el mismo sitio custodiadas por la sombra, guardan el secreto.
-¿Queréis decir, preguntó extrañado Robin, que veinte años después aún conserváis la habitación en el mismo estado?- ¿Tampoco habéis hecho entrega a las autoridades de la caja? Y, permitidme la última pregunta. ¿Cómo podéis estar seguro que la sombra sigue ahí, si la habitación no ha visto la luz en todo este tiempo?
El viejo asintió.
-Lo puedo atestiguar al igual que cuantos veis a vuestro alrededor. No existe en la comarca el hombre que tenga el valor de abrir esa puerta. Y mientras yo sea el propietario de esta casa no lo permitiré. Tenemos el mal encerrado, si así lo podemos definir, y vivimos en apariencia tranquilos. Los vecinos, como veis, no temen entrar en mi casa porque tienen la seguridad que la puerta sigue cerrada. Ah, pero si corriera la voz, que por una simple imprudencia se ha abierto, os aseguro que nadie se acercaría a menos de diez leguas porque la desgracia se abatiría sobre nosotros.
Las últimas palabras del viejo resonaron sentenciosas. Un pacto de silencio dominaba la aldea desde los sucesos contados por Morris. El trauma de la muerte de un inocente y el posterior recuerdo escenificado en la sombra, avergonzaron la memoria colectiva. La noche del aniversario era la única en el año en que estaba permitido resucitar los hechos. El resto, el mutismo y el falso olvido se apoderaban de los habitantes del pueblo.
En el reloj sonaron doce campanadas. Con la madrugada comenzaba el nuevo año. Los aldeanos se fueron retirando. Más abrumados por los recuerdos que por la incesante tempestad, tomó cada cual las prendas que traía consigo y marchó a encerrarse en su casa.
El buhonero hizo un tímido gesto de irse. El posadero imaginando las precarias condiciones por las que atravesaba, le detuvo.
-No puedo ofreceros una habitación porque no la podéis pagar. Pero un buen irlandés no abandona a su suerte a un semejante en noche tan adversa. Os invito a que continuéis al lado del fuego. Queda calor de sobra hasta el amanecer. Mañana lucirá un sol espléndido y habréis olvidado, al igual que el pueblo entero, la narración odiosa que os he confesado. A las cinco entra el servicio, será el momento en que debéis partir.



Robin agradecido, le prometió al posadero que no lo encontraría allí cuando bajase por la mañana. En cuanto éste se retiró, hizo reiterados intentos de acomodarse, sin conseguirlo. Dispuso el abrigo a modo de colchón en busca de una posición cómoda que le permitiera descansar. Luego retomó su postura inicial en la silla y cerró los ojos. Tampoco así encontró su espíritu la paz. Acostumbrado a dormir en pajares junto a caballos o en las cunetas de los caminos con el único techo que la cúpula celeste, ahora que disponía de unas condiciones aceptables para reposar, la inquietud no se lo permitía.
Al principio atribuyó el insomnio a los efectos del aguardiente, demasiado fuerte para su estómago poco acostumbrado al licor. Luego quiso pensar que el silencio que reinaba en la taberna captaba en exceso la atención de los sentidos, llevándolos a mantenerse en guardia. Al fin comprendió que la causa del desasosiego la estaba produciendo el cuento de Morris. Sumido en una extraña ensoñación en la que la realidad y la fantasía se entrecruzaban sin distinguirse una de la otra, comenzó a sentirse febril. ¿Qué había de cierto y de falso en la historia de Morris? ¿Sería posible que fuera el poseedor de algún tesoro u objeto valioso e inventara el fantasma para alejar a los codiciosos? ¿Cómo era posible que nadie tuviera el atrevimiento de intentar comprobar los hechos?
Un fuego producto del alcohol le abrasaba las entrañas, sin embargo, la calentura de su mente tenía su origen en el apetito desenfrenado por robar el tesoro. Tampoco era ajeno al miedo. Trataba de infundirse valor pensando que poco daño iba a hacerle una sombra, caso que existiera. Aunque cada vez que la imaginaba en su pensamiento alborotado, le recorría un escalofrío desde la nuca hasta los pies. De lo que no tenía duda era del valor que contenía la caja. Posiblemente no fuera oro, sino algo más valioso. Un plano o documento antiguo de valor incalculable. Lo cual era más sugerente aún. Un tipo como él encontraría mayores dificultades en transformar en dinero las joyas que tesoros de otra naturaleza. Su vida errática le había llevado a tratar con tipos de mala catadura en las diversas escalas sociales. Al menos dos de ellos le podrían pagar lo suficiente para poder emigrar al extranjero y vivir con desahogo el resto de sus días. Quedarse en el país era un riesgo demasiado alto. Le conocían en muchos lugares y un cambio de vida radical levantaría las sospechas de inmediato. Si, también entre sus amistades se contaban contrabandistas que en pocos días lo trasladarían a un puerto seguro. Lobos de mar con cuentas pendientes con la justicia. Esos ante la vista de refulgentes monedas serían sordos y mudos. Con esos pensamientos morbosos transcurrió un tiempo indeterminado. Cuando calculó que debían quedar un par de horas para que la posada volviera a ponerse en marcha, urdió un plan. Abrir la puerta no suponía ningún problema, contaba con una ganzúa. También tenía localizada una linterna sorda que le proporcionaría la luz necesaria para no confundirse.
La parte que más le inquietaba era la posibilidad que el posadero o su mujer pudieran despertarse. Eso significaría su ruina. Por muy sigilosos que fueran sus movimientos, un crujido de la madera, un simple tropiezo con un mueble y lo echaría todo a rodar. No podía asumir ese riesgo. Contaba con un afilado puñal que no era la primera vez que penetraba en un corazón humano. Una pareja de viejos durmiendo era un trabajo sencillo. La tarea le disgustaba, pero una voz le repetía:
¡Imbécil, un pordiosero como tú no debería tener escrúpulos!
Convencido de que no podía perder un minuto porque cuando se descubriera el crimen debía estar muy lejos, se incorporó decidido. Se escondería por el día y caminaría sin descanso durante la noche. No iban a ser escondrijos los que le faltarían para burlar a la justicia. Cuando pensaba tenerlo todo bien previsto, dio inicio a la acción. Se descalzó para evitar ruidos y subió las escaleras con rara habilidad. Los ronquidos provenientes de la tercera puerta atrajeron su atención. Con tremenda facilidad abrió la puerta. Un sonido imperceptible turbó el silencio reinante. En la mano izquierda blandía el puñal. Se acercó a la cama. Eligió a la posadera como primera victima. Con la precisión de un cirujano hundió el acero en el pecho de la mujer clavándole el filo entero. El golpe fue igual de brutal que limpio. La infortunada no exhaló ni un suspiro. Pasó del sueño biológico al eterno en una fracción de segundo. Con el marido no tuvo la misma suerte. Al hallarse más alejado, el ángulo de incidencia de la puñalada fue oblicuo y le quebró una costilla. Rápido como el pensamiento, asestó un interminable número de golpes hasta quedar convencido que tampoco Morris iba a molestarle ya. Tuvo la sangre fría de limpiar el arma frotándola contra las sábanas y guardarla dentro del abrigo. Con un fulgor siniestro irradiando de sus ojos, se encaminó en la búsqueda de la caja, dejando atrás dos bultos ensangrentados yaciendo en la cama.
Con una tranquilidad inhumana accedió al pasillo que conducía a las habitaciones. Para un hombre que vivió siempre al acecho, distinguir la puerta maldita no presentaba inconveniente. Incluso de noche y con la luz tenue de la linterna sorda. De inmediato la reconoció. La que tenía la cerradura más polvorienta por falta de uso. La mano firme y hercúlea que poco antes asesinaba a dos seres humanos, ahora temblaba incontrolada. Le costó más de lo esperado. Se decía a si mismo que los nervios por verse tan cercano a poseer una fortuna le estaban traicionando. Pero la realidad era otra. Sentía un espanto irracional. Estuvo tentado de abandonar la tarea y salir de esa casa corriendo hasta que las fuerzas lo dejaran exhausto. Gotas de sudor frío resbalaban desde su frente hacia las mejillas. Esta vez la ganzúa no encontraba la forma de que cediera la cerradura. Enfurecido la arrojó al suelo con rabia. La excitación era tan grande que tampoco con la punta del puñal logró su objetivo. Los segundos le parecían horas. Un criado que anticipara la jornada de trabajo o un viajero imprevisto que llamara a la puerta significarían la horca. Presa de la desesperación decidió emplear un objeto contundente para derribar la puerta si fuera necesario. Sin preocuparse ya del ruido, buscó por toda la posada una barra de hierro para hacer palanca y romper la puerta. Al fin, después de destruir a patadas el hostal, encontró detrás de la cocina unos cuantos instrumentos de labranza. Se apropió de la azada que parecía más fuerte y se encaminó de nuevo hacia la habitación maldita.
Enloquecido de terror y con las fuerzas que proporciona el instinto de conservación, descargó, uno tras otro, violentísimos golpes sobre la cerradura hasta que saltó por los aires. Era consciente que si dedicaba un solo segundo a meditar le faltaría el valor para cruzar el umbral. De un empujón apartó los restos de la puerta y accedió al interior.
Allí estaba. Tenebrosa, sórdida, amenazante. La sombra del ahorcado. Morris la había descrito a la perfección. Si la visión en si era insoportable para el alma más audaz, el movimiento oscilante a derecha e izquierda de la soga, que ejercía de macabro eje, era pavoroso. Reptando por el suelo para no cruzarse con el espació físico que la sombra parecía ocupar, Robin alcanzó el punto crucial. También el posadero describió con exactitud el lugar donde se hallaba la caja. En un último esfuerzo supremo apartó la viga de madera y tomó la caja con sus manos. Era rectangular y debía medir unos quince centímetros por el lado más ancho. Sin embargo, un detalle vino a escamar al asesino. No se apreciaba en modo alguno una tapa o un lugar por donde abrirla. Tenía una simetría perfecta y el color uniforme. Como si se tratara de una esfera, todo indicaba que la caja estaba sellada. Incluso el material de la que estaba hecha era irreconocible. Por el tacto parecía metálica, pero por el peso diríase que estaba compuesta de algún tipo de cerámica. El buhonero incrédulo de lo que tenía en sus manos, giró de mil maneras la caja. Pasó los dedos por los vértices, apretó cada lado por si un resorte oculto levantaba la tapa sin conseguir otra cosa que irritarse a un punto cercano al ataque de apoplejía.
El tiempo se convertía en el peor enemigo de Robin. Un mortecino resplandor que se colaba por la única ventana, anunciaba ya el amanecer. La prudencia aconsejaba al buhonero huir de allí y abrir la caja en cuanto tuviera ocasión. Pero la excitación se lo impidió. Necesitaba conocer el contenido de la caja o perecer en el intento. Se hizo juramento de que así fuera. Si las ilusiones y las ansias de riqueza se tenían que ver defraudadas tenía que ser allí. Sin avanzar lo más mínimo en el objetivo, maldijo con todo el odio de su corazón a aquella bruja que llevó la caja y al sabiondo que la encontró. Y un sonido gutural, una risotada salvaje salió de su garganta al recordar que ambos estaban haciendo compañía al diablo.
Desde la calle se iba escuchando cierto rumor de movimiento. El pueblo se estaba despertando y aunque era festivo los aldeanos tenían por costumbre madrugar. Robin presa de la desesperación estrelló furiosamente la caja contra el suelo. La golpeó con todo lo que encontró a su alrededor, pero ni una raya marcaba aquella materia impenetrable. Exhausto se sentó en el suelo derrotado. Miró la sombra y por primera vez no le provocó miedo. Pronto su cuerpo pendería igual que ella en un patíbulo.
En la furiosa pelea que mantuvo para abrir la caja se había producido múltiples heridas de las que brotaba sangre en abundancia. Algunas de esas gotas cayeron sobre la caja generándose un improvisado charco. Robin escuchó un ligero clic que llamó su atención. Con consternación y asombro vio como se levantaba la parte de la caja sobre la que cayó la sangre. El desgraciado Robin tuvo la enorme fortuna de morir fulminado, una milésima de segundo después de ver lo que emergía de la caja. El pobre diablo, en su codicia, abrió la Caja de Pandora. Justo el primer día del siglo XX.





FIN












26 / marzo / 2017

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