No RecÉis a Los Santos

NO RECÉIS A LOS SANTOS





No lo hagáis. Nunca. Los santos escuchan vuestras plegarias y son muy capaces de atenderlas si los habéis invocado con la suficiente fe. Pero como su origen es humano y no divino, se equivocan al igual que los mortales. Entenderéis esto mejor al oír mi relato.
Asesinar a tu marido resulta muy fácil. Hace falta una mínima planificación. Tan sólo con convertir al médico de cabecera en tu amante has conseguido más de la mitad del proyecto. Después, se le administran unas simples gotas que actúan directamente sobre el maltrecho corazón de la víctima y el propio médico de familia es el encargado de extender el correspondiente certificado de defunción. Sencillo y limpio. Unas pocas lágrimas en el funeral fingiendo ser la viuda desconsolada y no se levantan sospechas ni se abren investigaciones.
Quizás ya me estéis juzgando. No me creáis un monstruo. Antes debéis escuchar mi narración completa y terminaréis simpatizando conmigo.
Juan me llevaba casi treinta años de edad. Era un compendio de defectos. Santurrón, pusilánime, hipocondríaco y avaro. Pero lo que detestaba de él, lo que hizo que lo odiara con todas mis fuerzas era su espantosa mediocridad. Inseguro y torpe, gustaba de dejarlo todo a la voluntad de dios. Incapaz por si sólo de resolver cualquier situación, todo lo pretendía arreglar con oraciones y rezos. El único sentido de su vida lo constituía honrar la memoria de su madre y la religión. Imaginaros a un individuo taciturno, poca cosa, con una voz apagada y titubeante que los domingos en misa se transformaba cantando salmos a voz en grito. Sólo se le iluminaba el rostro al chillar ¡Aleluya, Aleluya! Mi conversación poco o nada le interesaba, pero no puede decirse lo mismo de las prédicas del párroco. Ahí atendía con deleite a cuantas bobadas se le ocurrieran al presbítero. En especial, me irritaban las continuas alusiones al pastor y al rebaño. Que él era un auténtico becerro no lo dudaría nadie que tuviera sentido común, pero que me incluyera a mi dentro de esa ganadería me ofendía.

Mi suegra fue en vida una auténtica arpía. Escuálida y venenosa entregaba generosas dádivas a la parroquia o a misioneros que predicaban en lugares de nombres impronunciables, a la par que a su hijo y a mi nos hacía pasar auténtica necesidad. Su pose encorvada por efecto de los muchos años que contaba y aumentada por el peso de los múltiples collares que le colgaban del cuello le dotaba de un aspecto repulsivo. Antes de partir al Infierno adoctrinó a su hijo de tal forma para que me amargara la existencia.
-La mujer  le repetía la bruja- tiende a ser caprichosa y por eso debes educarla en la austeridad. Tienes que conseguir que la tuya sea un modelo de virtud y temor de dios.
Y vaya si el hijo se aplicó en la tarea. Yo era una mujer joven y atractiva con muchas ganas de vivir y divertirme. Gozaba de un cuerpo precioso que mi marido jamás consintió que luciera. Me obligaba a vestir ropas poco menos que monacales, enfundada en verano y en invierno con vestidos largos y feos. Mi aspecto, en otra época radiante, cambió por completo. Debía llevar el pelo siempre recogido y me prohibió usar perfumes. Y siempre de luto rigoroso por parientes suyos lejanos a los que, por fortuna para mí, nunca llegué a conocer.
En otros órdenes de la vida las cosas no se puede decir que fueran mejor. Pese a que madre e hijo provenían de una familia asquerosamente rica, llevábamos una existencia rayana en la miseria. Nunca me permitió un solo dispendio, ni siquiera para lavar un poco la imagen de la vivienda. El mobiliario de la casa parecía arrancado de una iglesia. Olía permanentemente a incienso y cera quemada como en las iglesias porque Juan jamás me dejó ventilar la vivienda. Las sillas y mesas eran viejas y oscuras. Las paredes estaban repletas de imágenes de santos con semblantes graves y, en ocasiones, coléricos. Pequeñas esculturas de vírgenes en perenne actitud de lamento se distribuían con regularidad por habitaciones, pasillos y escaleras. Cualquier cosa que trajera alegría al hogar no podía cruzar el umbral de la puerta. Ni que decir tiene que el alcohol era la pócima de Satán y la música incitaba al pecado. Por supuesto no faltaban estampitas de ángeles, rosarios que colgaban por aquí y por allá y hasta alguna reliquia perteneciente a no sé quién que torturaron y degollaron no sé dónde.
¡Y qué decir de la biblioteca! Sólo se componía de biblias y más biblias de mil tamaños y formas, misales y una inaudita colección de hojas parroquiales acumuladas durante años por varias generaciones, pues a lo visto la manía sacrosanta les venía a éstos desde sus ancestros más remotos.
Si al menos el inepto de Juan hubiera sido un erudito, un estudioso de las religiones hubiera tenido cierta consideración por él. Pero no. Mi marido era un devoto. El perfecto sicario del clero. Obediente y fiel como un perro. Diríase que había nacido para lacayo de los curas. Era demasiado corto de luces para plantearse ninguna pregunta sobre su fe.
Bien comprenderéis el panorama que tenía ante mí. Puede que os estéis preguntado qué me llevó a casarme con él. Para abreviar os diré que se cruzó en mi vida en un momento que no tenía más opción.
Al principio mi forma de pensar inocente creyó que podría cambiarlo. Que una vez alejado de la perniciosa influencia de la madre se abriría al mundo e iría olvidando poco a poco esas inquietudes religiosas. Sin embargo, fue justo al revés. Cada día dedicaba más tiempo a rezar, a meditar sobre los misterios y otras bobadas de semejante jaez. Convivir con él resultó una tortura insoportable. Y más cuando, las pocas veces que tenía ocasión de contactar medio a escondidas con algunas antiguas amigas, les escuchaba contarme sus vivencias. Mientras una me hablaba de un viaje a la exótica Tailandia, yo recordaba que en esas mismas fechas recorría la España profunda de procesión en procesión, de pueblo en pueblo y de aldea en aldea, armada con un ridículo cirio que para mayor suplicio le daba por apagarse continuamente dejándome en evidencia, puesto que no sabía qué llamaba más la atención, si mantenerlo apagado, o por el contrario, ir incordiando a otros penitentes pidiéndoles fuego como una buscona en un callejón oscuro. Recuerdo que otro día me obligó a ir descalza, dado que a lo visto la beata a la que se rendía homenaje realizó una proeza inigualable consiguiendo que manara agua de un manantial, apaciguándose así la sed abrasadora de unos peregrinos. Aunque la mayor vergüenza la sufrí la noche en la que a mitad de camino, al iniciar el ascenso a una ermita, a Juan le dio por sacar un pequeño látigo que él mismo había construido de forma rudimentaria, desnudarse de cintura para arriba y arremeter contra su espalda con una serie de continuos y furiosos azotes. El muy imbécil no calculó bien el tamaño del plomo que ató a la punta de la correa, así que bastaron unos pocos golpes para que empezara a sangrar con tal abundancia que tuvo que ser atendido en una ambulancia que acompañaba a la comitiva. Como eran habituales los desmayos y las lipotimias por las muestras de éxtasis que atacaban a los fieles, el párroco del lugar, con buen criterio, tuvo la precaución de buscar ayuda médica de campaña porque siempre se necesitaba.
¡Idiota! Pensé, mientras le aplicaban gasas en las heridas- si me dejaras que te propinara yo esos zurriagazos en nuestro dormitorio lo pasaríamos ambos de muerte.
Pero fue Marisa, en otro tiempo confidente y compañera de interminables noches de fiesta, la que me tentaba en mayor medida en las pocas ocasiones en las que se me permitió visitarla. Sentía una envidia malsana al escuchar sus aventuras amorosas, en especial aquella en la cual le fue infiel a su marido en un viaje a Cancún, dónde demostró un ingenio y audacia sorprendentes porque perpetró el adulterio en la misma habitación del hotel en el que se alojaban aprovechando los momentos que el esposo dedicaba a la pesca submarina. Ni que decir tiene el estado en el que me hallaba a la hora de despedirnos cuando Marisa me incitaba a salir el viernes por la noche a la discoteca y yo tenía que declinar la invitación porque debía acudir a una novena en honor a la Virgen.
El rencor, el odio y el asco fueron anidando en mi corazón. Sobre todo cuando le veía santiguarse y rezar todas las noches antes de acostarse como si el universo fuera a desplomarse sobre su maldita cabeza. La pequeña ceremonia que repetía un día tras otro de invocar el nombre del santo de turno sacaba lo peor de mí. Me ponían furiosa sus vanos intentos de captar mi interés al contarme los motivos particulares que le hacían rezar a un santo concreto en cada ocasión. Aprendí a hacer oídos sordos a su cháchara estúpida y no hubiera sido capaz de repetir ni tres palabras de sus cuentos. Aunque en honor a la verdad si hubo una ocasión que consiguió impresionarme un poco porque me confesó algo realmente macabro. Debió pensar que ya estaba preparada para escuchar la mayor de sus supersticiones. Me dijo que rezando todas las noches de tu vida a no sé qué santo, éste te avisaba tres días antes de morir mediante tres golpes secos, solemnes e inconfundibles en el cabezal de la cama de la inminente llegada de tu óbito. Así que, con la mayor naturalidad, me confesó que él dedicaba el último instante de vigilia diario a orar al mártir en cuestión. Para mi fortuna ese pensamiento de tan mal gusto lo aparté igual de rápido de la cabeza que el resto de majaderías provenientes de este tipo.
Pero no sería del todo justa si no os dijera que una vez, una sola vez tuve un pensamiento místico. El suceso se produjo durante una interminable adoración del santísimo Sacramento. Me hallaba agotada de puro aburrimiento. Mi estrategia habitual de soñar con una vida mejor no surtía efecto. Entonces me pregunté a qué se debía que tantos hombres sabios se devanaran los sesos con el misterio de la Santísima Trinidad durante dos mil años, cuando se veneraban a miles de vírgenes por medio mundo y todas al parecer hacían referencia a la misma persona. El problema debía ser mucho más complejo que el de la Trinidad, al menos cuantitativamente ¿no? bueno no sé, tampoco quiero desviaros la atención de lo que realmente me ocupa.

Una tarde de primavera me encontraba de especial buen humor. Juan había partido a un monasterio a pasar el fin de semana con motivo de practicar unos ejercicios espirituales que repetía periódicamente. Conseguí ingeniármelas para que no me arrastrara hacia un plan tan tedioso. Llevaba varias horas trabajando en un imaginario proyecto de diseño de una cocina, puesto que mi gran vocación siempre fue la de decoradora de interiores. Emocionada por la brillantez de mi estudio, caí en la cuenta que disponía de un gran talento. Después pensé que esa inteligencia la podía enfocar de otra manera: matando al individuo que de forma cruel me amargaba la vida. Y lo más extraño, aunque ese pensamiento ya me había asaltado en alguna ocasión, era la primera vez que me veía con valor para llevarlo a cabo. Durante el sábado y domingo siguientes mantuve una actividad frenética. Mientras el beato de Juan rezaba en los maitines, celebraba las vísperas y cumplía como buen cristiano con toda la liturgia católica romana, yo planeaba la forma de enviarlo derecho a comprobar la verdad o mentira de sus creencias. Se podría decir que era un acto de justicia. Qué mayor felicidad que hallarte toda la eternidad rodeado de los tuyos.


La primera parte del plan consistió en buscar el cooperador necesario. No tardé en pensar en Víctor, nuestro médico de cabecera. Era un joven bien parecido aunque muy parco en palabras. No es que me atrajera demasiado porque siempre le vi algún aspecto misterioso y siniestro. Pero si para comenzar servía a mis propósitos bastaba. Dicen que un gran viaje se inicia con un pequeño paso. Pues bien, Víctor sería la primera alfombrilla dónde comenzaría mi nueva y feliz vida. En alguna ocasión me mandó torpes intentonas de querer flirtear conmigo. Yo, hasta el día que decidí añadir otro mártir al santoral, había pasado por alto las señales que me enviaba Víctor para no complicar las cosas, dado el carácter terriblemente celoso de Juan. Pronto comprendí que el buen fin de mi complot implicaba un paulatino acercamiento a los dos. Sí, en efecto, no sólo al médico, también lo debía de hacer con mi marido. Tenía que granjearme su confianza. La bruja de su madre tuvo la precaución de conseguir apartarme del patrimonio personal de la familia de por vida, así que no me quedaba otra opción que trasvasar con malas artes su dinero a mi bolsillo. Esa era la parte más complicada porque la vieja se preocupó de dosificar la herencia para que Juan la recibiera en pequeñas entregas. Os aseguro que no soy avariciosa y me conformo con poco, pero llegado el momento me convencí que una pequeña remuneración para compensar varios años matrimonio con Juan, no dejaba de ser una bagatela. Me lo había ganado, vaya que si.
Convertir a Víctor en mi amante no tuvo ningún mérito. Para una mujer de mi belleza los hombres tienen unos esquemas muy simples y éste no iba a ser la excepción. Lo que me llevó más tiempo fue armarme con el estómago suficiente para mostrarme cariñosa con mi marido. A esas alturas la repugnancia que sentía por él era difícil de superar. Pero soy persuasiva y a base de pensar en las venturas que me esperaban una vez lo mandara al otro barrio, conseguí el valor necesario para llevar a cabo mi conspiración.
Para no levantar sospechas fui interesándome por cuestiones religiosas muy poco a poco. Un buen día le preguntaba por la vida de una santa para una semana después aparecer por casa con un libro sobre apariciones marianas. Nunca creí que pudiera actuar con esa desvergüenza sin sentirme ridícula. Con la mayor frescura adoptaba poses místicas, me santiguaba continuamente y hasta murmuraba algún que otro rezo, eso si, intentando siempre no vocalizar para disimular que no sabía lo que hablaba.
Ya os he insistido que el caletre rudimentario de Juan daba para poco, así que aceptó de buen grado, casi con entusiasmo, mi catarsis. La jugada me salió bien por partida doble. De un lado me servía para excusar mis ausencias prolongadas aduciendo que había pasado la tarde en una iglesia o una librería religiosa, cuando en realidad aprovechaba esos momentos para los encuentros con Víctor. Por otra parte, daba credibilidad al papel que estaba representando. Llegado al punto que consideré suficiente di comienzo a la parte más sensible y divertida del plan.
-Necesito consagrar mi fe y creo que el mejor camino será realizar obras de caridad por mi cuenta -le dije un día que lo encontré especialmente receptivo. Se impone por tanto que me dejes disponer de algunas cantidades de dinero cuando vea que la obra merece la pena.
Juan no opuso reparo a mi petición. Le ilusionaba de tal forma recuperarme para su causa que no le pasó por la cabeza que yo pudiera tener otras intenciones.
Como habréis imaginado a partir de ese momento me transformé en la persona más caritativa del mundo. Si había que restaurar los frescos de una capilla, Juan me firmaba un generoso cheque, cuando se trataba de hacer una donación para un comedor social, me sonreía al entregarme un abultado fajo de billetes y las ocasiones que me saltaba alguna lágrima al describirle las penurias que se vivían en un determinado convento, se mostraba generoso en extremo. Jamás llegó a escamotearme un céntimo, ni se preocupó de comprobar adónde iba a parar el dinero. El destino final de la suma que conseguí ahorrar en un corto período de tiempo fue una cuenta bancaria mancomunada con Víctor, a la cual él hacía ingresos de similar cuantía.
La ilusión de verme independiente económicamente por primera vez en muchos años aceleró mi impaciencia por librarme de Juan, así que apremié al médico para que abreviara. Decidimos liquidarlo en la primera ocasión que surgiera. La oportunidad de darle el pasaporte al más allá, no podía hacerse esperar porque como os comenté antes era un auténtico hipocondríaco. Una alegría salvaje me inundó el día que me dijo que un preocupante dolor le corría por las costillas&


Zoc, Zoc, Zoc. Acabo de escuchar tres golpes secos que me han despertado. Aquí está todo muy oscuro. Me siento incómoda, no me puedo mover. A mi lado, apretujándome, está mi marido. Bueno mejor dicho su cadáver. Incluso muerto lo reconozco con sólo tocarle una mano. ¡Qué fría la tiene el maldito! Tardo unos segundos en comprenderlo. Ahora lo entiendo. Estoy enterrada viva. El traidor de Víctor ha debido narcotizarme. ¿Cómo se las habrá apañado para meternos aquí a los dos? Encima estará disfrutando del dinero que le robé a mi marido.
Y el necio de Juan, ¿se puede ser más imbécil?, entendió mal el cuento del santo que avisa de la muerte. Ni la única cosa que le apasionaba en la vida fue capaz de comprenderla el muy tarado. Debió rezar con tan mala sombra que confundió al santo y no le avisó a él de la muerte, ¡sino a mí! Así lo demuestran los tres primeros golpes de la pala del sepulturero sobre la tapa del ataúd. Luego la tierra ha ido amortiguando los demás, al igual que mis gritos desgarrados. Ya no se escucha nada, silencio absoluto. Rezad a Dios si queréis, nunca a los santos. Os lo dije al principio.


FIN

23 / octubre / 2016

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