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En Los Profundos Abismos de Las Tinieblas

En los profundos abismos de las tinieblas existe una luz; esta luz alumbra la faz serena del Obispo Juana Mari Pio Pio dentro del confesionario, esperando el alma sincera a la que liberar con su apabullante poder redentor de la pesada carga del pecado. En su presencia se siente una influencia contagiosa que irradia de su cuerpo con tal evidencia que el alma se humilla y el cuerpo se arrodilla con una genuflexión inevitable. En sus facciones se perciben rasgos de pasión, dolor y fe, en una mirada repleta de misericordia y comprensión. Con el sonido de su voz el sufrimiento remite inmediatamente y da lugar a un descanso y bienestar donde todo remordimiento desaparece.
Con la ayuda del doctor Gabriel encontré fácilmente el interruptor de la luz que alumbraba el confesionario del Obispo Juana Mari. Nada más verle, mi cuerpo se hinchó de admiración y sorpresa, como si estuviera contemplando una aparición celestial. Moisés, al ver que le hablaba un matorral en llamas allá en el acantilado, no quedó tan admirado como yo ante la presencia del Obispo Juana Mari. El bebé famélico que entre los brazos de su madre encuentra por fin el pezón por donde saciar su hambre, no siente mayor bienestar y regocijo que yo al postrarme ante la insigne presencia del Obispo Juana Mari Pio Pio.
El Obispo Juana Mari depositando su firme mano sobre mi cabeza, quedó mirándome fijamente, sin rasgo o gesto que mudara la inmovilidad absoluta de su mirada celestial, hasta el momento que me dijo:
—Yo te perdono, tu arrepentimiento te hace digno de perdón.
En ese momento la paz espiritual se transfirió a todo mi cuerpo, invadiéndome con una inconmensurable sensación de bienestar. Cuando cerré los ojos dejándome llevar por un éxtasis divino que empapaba mi cuerpo con una sensación de ingravidez, alzando mis brazos hacía el cielo, me desmayé. Sentí como si hubiera recibido un contundente golpe en la cabeza y estuve inconsciente una semana. Mi cuerpo quedó inerte, pero en mi cabeza comenzaba un saludable descanso y emprendí un viaje de placidas ensoñaciones que apenas recuerdo, surcando en forma etérea un mundo en donde reinaba una alegría sin igual. Desperté con una renovada ambición y ganas de vivir, y con un extraño y colosal chichón encima de la cabeza. Considero fue uno más de los muchos milagros que he visto obrarse con la mediación del Obispo Juana Mari.
Fragmento de "El enigma de la cacatúa" escrito por Rafael Homar.
Visiten http://rafaelhomar.blogspot.com/
09 de enero de 2009

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