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Te Amo

Joaquín nunca pudo decirle "te amo" al amor de su vida.
Cuando la gente dice que los desperdició, él solo sonríe y contesta que los invirtió bien en cada uno de aquellos a los que se los dijo, se lo merecían y fue feliz en cada momento.
Joaquín nació en la ciudad de Linve, no muy lejos de la gran ciudad de los besos. El día que nació, un colibrí se posó en la ventana, y todos saben que eso es augurio de una vida feliz. Y lo fue.
Es un mundo cruel, bastante cruel. Todos, sin excepción, nacen con un número determinado de "te amos" en su cuerpo, lo podrán escribir infinitamente y expresarlo de mil formas, pero de los labios solo podrán salir unas mil veces nada más. Podrán no llevar la cuenta, pero el cuerpo si, y faltando muy poco, enfermará hasta cumplirse con el último.
Familiares, amigos, y toda persona que creyó (en ese momento) era el amor de su vida fueron los bendecidos con sus palabras. Pero un día, esos amores de la vida se fueron, como también los te amos.
En Linve todos son muy cautos, todos cuidan los te amos, incluso hay gente que muere con más de la mitad sin decir. "Triste vidas habrán tenido" se quejaba Joaquín pasado de copas al recordarlos, y no faltaría quien lo refute y le traiga el caso de las 3 personas (incluida Joaquín) que agotaron sus te amos a la mitad de sus vidas, quedando mal trechos para lo que les restaba. Y luego si, los golpes de puños que eran inevitables.
Un mundo cruel y con miedo, entre tantos que andan vagando por ahí, pero del que no se hablaba y estaba latente, era el miedo a desperdiciar los te amos sin razón qué a decirlo en los momentos en los que la inspiración empuja o la situación lo amerite enormemente. Pero Joaquín no, Joaquín gastó los primeros 300 con su abuela, "la Nune" quien lo crio hasta su muerte, siendo él apenas un niño. Siempre la recuerda, y bromea con lágrimas en los ojos... "si no se hubiera ido la Nune, habría llegado a los 10 años sin ***** en mi cuenta".
Un largo periodo pasó hasta que volvió a querer la vida como para decir un te amo a alguien. En el barrio le llaman "shujela", esas personas de vidas licenciosas que gastan sus te amos con cualquiera solo para obtener sexo, fama o dinero. No se consideraba un shujela, le molestaba, porque eso también molestaba a todos los que se los dijo, y de alguna manera eran señalados y mirados de la peor manera, como si llevaran una marca horrible de por vida.
Entonces un día llegó ella, Lucilla. Cuando lo conoció traía menos de la mitad de sus te amos anotados en una libretita, como toda chica de bien. Y en menos de un año los duplicó de un tirón. Se enamoraron, lo vivieron, lo sintieron y lo mantuvieron vivo, aún con las críticas y los prejuicios a su alrededor. No existe persona alguna en la ciudad que no le haya murmurado a Lucilla lo que significaba estar con un shujela. Con el paso del tiempo se encargó de dejar en claro que no quería escuchar ni una palabra del asunto, ella había elegido y solo quería ser feliz. Y lo fueron, por el resto de sus días lo fueron.
El problema es que en un mundo donde los te amos son limitados, no decirlos, es como un vacío que crece en la cabeza y que tarde o temprano llega al corazón. Pero en el caso de Joaquín, era algo irremediable e irreversible, los te amos ya no regresarían a su boca. Aunque eso no fue impedimento para buscar alternativas. Con papelitos aquí y allá, con besos y abrazos, con grafitis, con gestos y gastos monstruosos fue pintando un mundo que escapaba al que supuestamente estaba condenado.
Con el cumple número 30 de Lucilla, quiso sorprenderla con algo nuevo. Bien temprano en la mañana, un niño golpeó a su puerta y tras un par de renglones de poesía y una breve pausa, sonriendo le dijo te amo para total desconcierto de la muchacha. Es entonces, que aparecía Joaquín con una flor en sus manos para una emoción seguida de llanto y abrazos que durarían largo rato. Una escena que se repetiría una y otra vez. A los días fue una anciana, a la semana el muchacho del delivery, al otro el borracho del pueblo vestido de panda, un extranjero que conoció la historia y quiso participar, un grupo de mariachis con una hermosa serenata, el coro de la iglesia, y de la otra iglesia, la intendenta, los bomberos, parteras, albañiles y abogados, nadie quiso faltar a este encuentro que había trascendido las fronteras. La voz de otros eran su voz.
En la primavera de sus 58 años, Joaquín enfermó gravemente. La suerte de sus padres y su abuela ahora venía a golpearle el pecho. Por sus años de ingenio y amor, quizás la poesía hecha Dios le hubiera permitido decirle, aunque sea una vez "te amo" como premio a su esfuerzo, pero no. En cambio, Joaquín, tenía preparado algo más. Y aprovechando la tarde de una lluvia tenue, le pidió a Lucilla que trajera un libro que permanecía casi oculto en su biblioteca personal. Al abrirlo cayó un pendrive, se lo dio y le pidió que lo escuchara después de que su partida sea un hecho. Lucilla invirtió ese mismo día los últimos te amos que le quedaban.
Tras regresar del entierro de su amado, Lucilla le pidió a uno de sus hijos que le ayudara a revisar lo que le había dejado Joaquín. Era un audio. Quedándose sola, dio play y sin música ni presentación, la voz de aquel niño en su cumple de 30 apareció diciendo te amo, y luego un te amo tras otro (que reconocía inmediatamente) inundaron la sala para la llegada del resto de lágrimas que creyó, ya no quedaban. Solo que esta vez no eran de tristeza, sino que venían acompañados de sonrisa, sensaciones y recuerdos.

Joaquín nunca pudo decirle "te amo" al amor de su vida, lo dijo a través de otros, incluso después de su muerte.


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Ram08428 de julio de 2019

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