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Un Destino Importante

Llegó con sus discípulos a las puertas de Jerusalem, no los esperaba nadie. No hubo burro que lo lleve, ni ramitos de olivos que se agiten, ni alabanzas que se canten en su honor, solo silencio y desconcierto.
Tantos meses en los caminos quizás los hizo perder de algo, pensaban. Pues, atravesaron las calles desiertas, donde solo se veían algunos ojitos y sombras entre las ventanas, algún que otro animalito cruzándose a la distancia, postales que en cada paso los confundía aún más.
Cerca de los puestos de comidas, una anciana los retó "¿Qué hacen aquí?, vayánse a sus casas o los van encerrar" y se escondió. Dos discípulos fueron tras ella pero no pudieron arrancar más respuestas. A lo lejos escucharon la voz de alto, Juan divisó al soldado romano que venía hacia ellos y avisó a los demás. El Maestro les pidió tranquilidad, al contrario de lo que las voces desde las casas les recomendaban: "¡Corran, huyan, a los extranjeros que traen la peste los exterminan!". Por miedo a la advertencia, lo hicieron, dispersados, perdidos.
"Nada es a como lo describieron los ángeles en los sueños", balbuceó el profeta al llegar a un callejón que lo alejó de sus perseguidores.
Todos sabían la ubicación de la casa en la que tendrían la última cena, pero a esa cita solo acudieron cuatro de los doce. Pedro pidió al maestro que descanse en un rincón mientras iban por los otros y algo de comida. Nunca volvieron.
Ya en la noche, no hubo pan ni vino, no hubo lavado de pies ni despedidas. De rodillas y con las manos en su pecho, rezó. Y su rezo solo se interrumpió por un par de alaridos allá afuera, de gente que corría y chocaba todo a su paso. Fue cuestión de tiempo para que vinieran por él. Soldados advertidos por uno de sus discípulos cumplían así lo único escrito en la profecía.
Sin juicios fue acusado de ser el peligroso alborotador para el imperio tal cual lo denunciaran los sumos sacerdotes. Fue castigado, torturado y crucificado en las más tristes y desgarradoras soledades en un monte lúgubre que permitió el eco de sus gritos por toda la ciudad.

Ese segundo antes del último suspiro, se volvió un cuadro eterno de mil camas en millones de ciudades con personas agonizando entre aparatos amarrados a sus cuerpos, cuidados por gente con trajes extraños que se movían cansados y desesperados por pasillos sin fin, mientras otros cuerpos se hallaban abandonados y quemados en las esquinas de centenares de calles olvidadas, ignorados por otros que huían atemorizados de sus emanaciones. En un tiempo que no era el suyo, de un mundo tan distinto, de casas elevadas, de paisajes destruidos y contaminados que no lograba comprender, y con el coro de tantas suplicas y oraciones que le rasgaban la piel y los sentidos en medio de lágrimas de millones de seres que buscaban tocar sus manos, su manto. Mirando al cielo compungido, cerró sus ojos y se dejó ir.

No resucitó al tercer día en una cueva oscura entre vendas, sábanas, olores y mosquerío, sino que lo hizo en los cálidos y perfumados brazos de su madre, que corrió a su encuentro tras haberlo escuchado llorar en la madrugada. Tenía apenas unos pocos años, un destino importante por vivir, un mensaje de amor por transmitir y muchas preguntas a un Dios que empezaba a hablarle en sueños.

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Ram08410 de abril de 2020

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