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La Zona (parte 2)

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Hacía tiempo que el viejo había dejado de prestarme atención. Mientras yo me recuperaba en un rincón de la estancia, él se dedicaba a hurgar bajo su mesa. Escuché el ruido procedente de la apertura de un cajón, acto seguido el hombre sacó un ordenador portátil y volvió a tomar asiento.

Ahora había más luz que antes y pude fijarme mejor en el entorno que me rodeaba. Era una especie de búnker, bastante pequeño, de dos compartimentos separados por una verja metálica cuyos barrotes habían sido cortados por el medio, a modo de ventanilla presidiaria. La parte donde yo estaba correspondía al “recibidor”, una zona de techo redondo con cuatro taquillas empotradas contra las paredes, unidas por dos bancos alargados de madera aglomerada. En el centro estaba la mesa metálica en la que desperté, aún húmeda de mi propio sudor. El escritorio del viejo se encontraba pegado a la verja, en el lado opuesto, donde el techo de la estancia se abombaba hacia adentro bruscamente. Ese compartimento debía de ser su zona privada, donde aparte de guardar muchas guarradas, seguro que también guardaba algo valioso robado a incautos como yo. Le lancé una mirada enojada por ello. Pude ver también el haz de luz de otra lámpara situada en una pequeña mesita, a sus espaldas; sobre ella descansaba un raro objeto de formas muy angulosas. Me levanté para acercarme un poco más y ver qué podía ser, entonces me sorprendí al darme cuenta de que era un rifle automático de mirilla telescópica, muy caro en apariencia. Me dio la impresión de que a este viejo se le daba bien manejar y modificar armas, seguro que andaba metido en alguna actividad ilegal en torno a éstas. En ese momento el tío incorporó la vista y me miró con recelo.

- Escucha, Marcado. Ahora mismo no puedo ocuparme de ti, tengo asuntos más importantes que atender. ¿Por qué no subes arriba y dejas que te dé el aire? Tu cara tiene pinta de necesitarlo. De paso entra en el pueblo y pregunta por Zorro Gris, ya sabe quién eres, y siempre tiene algo para los de tu calaña. Si tienes dudas, pregunta a la gente, es lo que hacemos todos.

Lancé un suspiro pero no dije nada, sólo quería salir afuera, estaba asqueado de esta tumba. Me di la vuelta para ir hacia la puerta de salida, muy propia de un submarino desfasado, pero entonces el viejo tomó nuevamente la palabra.

- ¡Ah, Marcado! Un consejo; vigila dónde pisas. En este lugar, un solo paso en falso se castiga con una muerte desagradable. Ten en cuenta esto que te digo, te estoy haciendo un favor gratuito.

Qué hombre más raro, ni siquiera me volví para mirarle de nuevo. Abrí la puerta girando una manilla circular y salí de allí. Bueno, me encontré frente a un largo pasillo de escaleras que subían hacia el exterior, donde las débiles luces anaranjadas de emergencia se fundían con una luz fúnebre y grisácea que penetraba desde la salida. A medida que ascendía seguía sin ver nada de fuera, sólo un cielo repleto de nubes oscuras con cara de querer mojar a todo el mundo de un momento a otro.

Cuando por fin salí mis sospechas se confirmaron. Acababa de dejar atrás un orificio excavado directamente en el suelo, justo bajo mis pies, metros más abajo, se encontraba el búnker en el que había estado. Me olvidé enseguida de esa cueva y miré a mi alrededor. Me encontraba frente al paraje típico de una llanura de montaña, pero el panorama era desolador. La extraña región estaba inundada por una especie de hierba negruzca, dura y áspera como un maldito corcho de botella. Había árboles, pero estaban a lo lejos y no me inspiraban confianza alguna. Escuché un ruido y voces hacia el oeste, me giré para darme cuenta de que estaba muy cerca de un poblado de chabolas machacadas, seguramente me encontraría con los lugareños allí. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, francamente estaba asustado. Al llegar vi a un hombre sentado frente al esqueleto de madera de una de las casas. Vestía ropa muy usada y se tapaba casi toda la cara con un gorro y un pañuelo, sólo la mirada de sus pálidos ojos daba ligeras muestras de vida. Me miró pero apartó la vista inmediatamente. Por un momento sentí un miedo arcaico en él, un temor a que pudiera hacerle daño simplemente por estar mirándome con ojos cansados; eso me conmovió pero preferí dejarle tranquilo, daba la impresión de ser una persona asustadiza.

En el centro del pueblo se extendía un camino de tierra que lo cruzaba por completo, a ambos lados se edificaban chabolas y pequeñas casas destartaladas, algunas tenían dos pisos, otras sólo uno. Un grupo de hombres charlaba en torno a un tonel donde habían encendido un fuego. Uno de los tíos tenía una guitarra, pero no la estaba tocando en aquel momento. De repente estallaron en risas, lo que me animó a acercarme. Todos vestían ropas que más bien parecían harapos. Joder, ¿qué lugar tan chungo era éste? Oí una frase perdida mientras me aproximaba.

- Cuidado, gente. Ahí viene un tío que no me suena de nada, a lo mejor quiere tus pantalones, Ruslan, como ése puerco de ayer.

Volvieron a reír todos.

Empecé a arrepentirme de lo que estaba haciendo, dirigiéndome así sin más hacia un grupo de personas que tenían más parentesco con salvajes tribales que con personas civilizadas. La mayoría dejó de prestarme atención, pero un par de ellos tenían la vista clavada en mí, analizando cada uno de los pasos que daba. Al llegar a su corrillo uno de ellos me preguntó como con prisa.

- ¿Qué se te ha perdido por aquí, stalker?

- Yo... esto... Hola. -Intenté buscar las palabras adecuadas- Soy nuevo en este sitio, y aún no sé muy bien lo que se cuece alrededor. ¿Podéis decirme algo del lugar?

Entre ellos se miraron con ánimo de reírse de nuevo.

- Sí, sí que podemos. Lo primero que tienes que hacer es mover el culo de ahí, porque estás pisando el sitio donde se sienta Tolik, y no está bien usurpar el asiento de alguien que no está.

Confundido por su tono tan brusco, traté de ver si estaba pisando algo que no debía, pero todo el mundo estaba sentado en el suelo, así que yo no hacía más que estar en tierra de nadie. Retrocedí un par de pasos, pero parece que no fue suficiente.

- ¿Es que estás sordo, capullo? -Se metió la mano en uno de los bultos de su chaqueta y sacó una pistola de pequeño cañón silenciado-. Si no quieres que mi chica te abra un nuevo agujero en el culo, más vale que te largues ahora mismo. Búscate a un pringao que te escuche y te comprenda.

- Bueno, bueno, “Bull” -le replicó un compañero- no te pases con el novato, no sabe por dónde le da el aire. Apuesto a que lo acaban de traer del exterior, tiene toda la pinta.

- ¡Sí! -exclamó un tercero- igual tiene una historia interesante que contar. A lo mejor la jodió tirándose a la tía de algún capitán de la frontera, o quizá sea un desertor de filas, no me extrañaría nada. ¿Qué hiciste para acabar en este infierno, colega?

Traté de actuar con total naturalidad, les expliqué mi breve historia lo mejor que pude y ellos escuchaban con atención. Al menos mientras hablaba ya no me sentía solo, y, a pesar de no haber empezado con buen pie, la sensación de sentirse acompañado me resultaba un alivio en medio de este lugar dejado de la mano de Dios.
Ruru22 de marzo de 2009
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cuento

1 Comentarios

  • Quimera

    En ocasiones el tener compa??a sea la que sea ya nos llena.

    Me gust? el cuento.

    Un abrazo

    22/03/09 06:03

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