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El Trámite

-por Santiago T. Bellomo-

Aquella noche la luna permanecía inmóvil e impoluta en el cielo.

La poderosa mujer observaba a través de la verdosa ventana de su oficina, con ojos grises, decididos y fijos en el canal que dividía su propiedad cortando la ciudad en dos mitades de gran contraste: por un lado el opulento barrio aristocrático donde Helena vivía; por el otro los trastornados edificios de concreto que se despedazaban por la acumulación de siglos sin mantenimiento, quebrando el cielo oscuro, casi negro.

La tela blanca de sus guantes ocultaba con arraiga prepotencia la pálida piel que envolvía sus manos. Los años no venían solos, decían, pero ella seguía tan perspicaz y lúcida como el día de luto que solemnemente heredó la gran fortuna de su progenitor. De más estaría decir que no presentaba ni la más mínima evidencia de tener por edad poco más de medio siglo.

Sabía con certeza que era su deber terminar de redactar su -muy requerida- última voluntad. Dejó que la cortina resbalase entre sus dedos, alejándose de la ventana, como intentando separarse de la asquerosa realidad frente a ella: una realidad que parecía haber llegado para quedarse, en especial durante las arduas noches en aquella urbe, que solían manifestarse invadidas por esporádicos pero reiterados gritos de dolor diseminados por la lejanía del barrio contiguo, presidido por la inmensidad de un penal de tortuosa reputación. Prisión de su propiedad.

No acostumbraba a beber sola, pero esa noche la luz de una lámpara de aceite iluminaba un vaso que reposaba altivo, revelando matices tonales de un oneroso brandy contra el roble del escritorio. Se sentó frente a él, asiendose de los apoyabrazos de oscura madera que su sillón forrado en terciopelo verde poseía, acomodándose para pasar la nocturna en una postura que no le impusiera ningún inconveniente durante el ajetreado día que tendría que sobrellevar una vez salido el astro mayor.

Llenó sus pulmones con abatimiento, tomando rienda de lo que tenía frente a ella.

Comenzó a redactar lo restante de su testamento mientras el rasgar de su pluma incrustaba al papel amarillo desarmonizando, de alguna manera, una melodía dulce y serena que flotaba desde un tocadiscos, como a propósito de confundirse con el aroma a melaza del que se impregnaba el ambiente, producto de colonias arcáicas y relentes flores. Eran rosas blancas que traían de su jardín; probablemente único lugar de la ciudad donde últimamente podían crecer. La madera centelleante de un hogar hace evidente el invierno.

La mente de Helena podía funcionar con velocidades arrasadoras durante una conversación sobre política o arte, pero a la hora de pensar en su herencia la blancura invadía cada rincón de su prodigioso cerebro. Sujetó el vaso y a la vez que le otorgaba un sorbo, escuchó la puerta frente a ella abrirse con sigilo, haciendo crujir la bisagra de molduras doradas, cubiertas en oro. Su ceja derecha se arqueó. El ardor descendió por su garganta como el fuego, mientras apartaba su origen de unos labios perfectamente delineados, con rapidez.

Estruendo. Silencio.

A las 03.22 de la mañana del 10 de junio de 1892, un trozo de ígneo plomo se vió a la carrera desde el estriado cañón de un revólver calibre veintidós con línea de meta en la frente de la Helena Arrieta, llegando la misma en primer lugar.

Al día siguiente su única hija y sucesora directa, Matilda Parker-Arrieta, fallecía de causas inconclusas a la edad de veintitrés años, sin progenie.

La vasta colección de costosas propiedades y cuantiosos lingotes no encontró sucesor alguno más que el marido de Helena.

Gregorio Parker lavaba a estas alturas, con curiosa parsimonia, su mano derecha.
Santiagotomas199720 de octubre de 2015

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