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El Tifón

Se erguía un tifón en el mar, una columna gigantesca en la que zozobrara un barco, un velero de corta longitud. El capitán bramaba como el océano crecido, indicándole sus posiciones a cada uno de los marinos.
-¡Izad los foques, la cangreja…! ¡Que ninguna vela quede suelta!
-¿Detenemos el navío?- cuestionó el contramaestre a su superior.
-Mejor avancemos hasta que la tormenta amaine o nos destrozará si permanecemos en la zona.
El timonel giró el timón para virar a sotavento. El tifón avanzaba precipitadamente hacia ellos.
-Esa mole nos tragará sin remedio- indicó uno de los marineros.
El capitán se cruzó de brazos y se llevó la mano a la barbilla.
-Sus fauces engullen todo lo que en ellas se precipita.
-Ponga remedio a nuestro mal- decía un enajenado nauta, enloquecido por la muerte que se les auguraba-. No nos martirice, capitán, confiamos en usted.
Las velas recogidas, el timón diestramente maniobrado, el barco intentando ponerse a salvo; pero aún así se hallaba el remolino cerca de ellos.
-Mil tormentos como éstos no podrían acabar con nosotros- aseguró el capitán fijando su atención en el torbellino de agua y aire.
Nadie se esperaba que aquella cortina vertiginosa desapareciese de pronto a sus espaldas y emergiese también de improviso en su proa. Al avistar aquello la tripulación se llenó de temor.
-¡Por todos los diablos! ¿Cómo es posible?
Una boca descomunal se abría por una abertura horrísona que poco a poco fue absorbiendo a todos y cada uno de los desprevenidos navegantes. De nada valieron los gritos, de poco los ayes lastimeros. En un escaso intervalo desapareció el capitán y la tripulación de aquel barco al que alguien pusiese por nombre, irónicamente, “Salvación”.
Silpaton25 de mayo de 2015

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