¿sus Derechos? (segunda Parte)

Publicado por Sosinfancia el 22 de noviembre de 2009.


Bueno, como continuación a los dos post publicados hasta el momento relativos a esta conmemoración de la declaración de derechos del niño y con esa clara intención de aportar nuestro pequeño grano de arena, con la denuncia o la inquietud reflejada en nuestros textos, os dejo ahora los seis correspondientes a los compañeros en libro de arena:


 


ARTEMIS, VIOLETTE, EL CABALLERO DE LA ÍNSULA ETÉREA,


EL PESO DE LO LIVIANO, MAPARO Y ENLABASÍLICA


 


¡Gracias a todos por leernos y a todos los participantes por su inestimable ayuda! Esperamos vuestras colaboraciones


SOSINFANCIA


 


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DE VUELTA A LA TIERRA


(ARTEMIS)

 


 


Presiento tus ojos aviesos
buscando en mis huellas,
el rastro de muerte
que arrastra mi paso cansado
de vuelta a la tierra.

Presiento tu gula acechante
confiada en la espera,
contando paciente las horas
que pasan despacio
minando mis fuerzas.

Intuyo tu sed de la sangre
que late reseca en mis venas
cubiertas de polvo.
Percibo tu ingrata presencia,
voraz carroñero,
husmeando en el aire,
impasible,
los pocos minutos de hambre que restan.

No temo a la muerte,
me aterra la vida,
me asusta el humilde abandono
de un cuerpo pequeño
que busca inseguro la huída
en este cadalso.


Y antes de la noche
tus ojos aviesos encuentran mis huellas;
ya me vence el sueño
 tu ansia acaricia mi pena
mi paso, cansado,
encuentra su cuna
y arrastra mis huesos
de vuelta a la tierra.


 


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 LIDIA (basado un hecho real)


(VIOLETTE)


 



 


Lidia es española. Vive en una caravana al fondo del callejón. Hoy no ha acudido al colegio. Tampoco hoy, quiero decir. La última vez que acudió fue el viernes pasado. Hoy es miércoles. Demasiados días. Tendré que dar parte a la Comisión de Escolarización. Pero antes, debo asegurarme que está bien. Paco, D. Francisco, el director del Colegio, anota la tarea para el final del día.

Lidia tiene 11 años. Hace ya tiempo que es consciente de su cuerpo, de sus cambios pre-adolescentes, y de cómo la mirada de los niños mayores ha cambiado hacia ella en los últimos meses. Su hermana pequeña, Cora, tiene 9 años, solo dos menos que ella, y comienza a meterse con ella y con los cambios que está experimentando. Lidia, lejos de molestarse, la cuida y la protege como si fuera su madre, asumiendo a su corta edad una responsabilidad que no le corresponde, que debiera ejercer su progenitora. Pero su madre, lejos de aceptar las responsabilidades derivadas de su maternidad, ha optado por refugiarse en la pasividad y la indiferencia, y prefiere dejarse llevar cada día por donde sople el viento, y las instrucciones de un marido demasiado acostumbrado a dar órdenes sin dudar de su obediencia.

A Lidia le gusta mucho ir al colegio, a pesar de que algunos días su asistencia roza más la desilusión que el ánimo. Porque algunos días, el rechazo de sus compañeros se materializa de forma tan contundente que es imposible permanecer ajeno a él. Hueles mal, la dicen, y ella, consciente de que esa repugnancia es tan natural como dolorosa, busca su juego en las esquinas solitarias del patio del colegio.

En esos días especialmente la gustaría cambiarse de ropa más a menudo, pero no puede. En la caravana donde vive, no hay mucho espacio para armarios. Así que su vestuario es más bien limitado. La gusta especialmente el verano. Ve a su madre lavar la ropa a mano, sobre un tímido y deslucido barreño, y cómo la tiende en la calle entre el poste de la farola y la señal de calle sin salida, coloreando el sombrío callejón. El invierno, por el contrario, transforma el paisaje en un tenebroso pasadizo, donde la ropa tarda días y días en secarse, de forma que en muchas ocasiones terminan por usarla sin secar del todo.

Sobre la ducha aún no se ha decidido. A veces la gusta y a veces no. Solo tiene posibilidades de hacerlo en el colegio, los días que hay gimnasia. Sólo que algunos de ellos no puede ir. Su padre la encarga otras tareas que nunca se plantea no hacer. Así que solo se puede duchar si el día que hay gimnasia puede ir al colegio. En los meses de calor, la ducha cae sobre ella como una bendición, y la gusta el aroma de su cuerpo aún cuando tras el agua, tiene que volver a ponerse su ropa usada de no sabe exactamente cuántos días. En invierno, sin embargo, y aún cuando el agua en el colegio es caliente, la ducha suele dejar un rastro de melancolía sobre ella. Y no la gusta estar triste.

El caso es que Lidia hace tres días que ya no acude al colegio, y el director, implicado en el caso más allá de lo requerido por su puesto, pero causa innata de la devoción por la profesión, decide visitar la caravana junto con Manuela, la profesora de la niña. Nunca se le hubiera ocurrido acudir a ver a la muchacha él solo.

El escenario alrededor de la humilde caravana es triste y fracasado. La basura se amontona en la esquina con el único edificio, sucio y abandonado, que delimita el lateral derecho de la calle. A la izquierda, el solar de las cocheras del metro, perfectamente delimitado por un muro de hormigón que bien pudiera ser una torpe réplica nacional del Muro de Berlín. Al fondo, una tapia de ladrillo envejecido, tras la que se oculta otro mundo de desechos y vertidos civilizados. Desde una de las esquinas, y oculto tras una sábana, llegan los efluvios nauseabundos del rincón que a modo de retrete utiliza la familia.

D. Francisco golpea suavemente la roñosa puerta de la caravana, que permanece muda. Insiste con mayor afán, seguro de que alguien se halla en su interior.

Finalmente, tras el eco de sus puños contra la puerta, la dulce y temerosa voz de Lidia.

-    ¿Quién?
-    Lidia, soy D. Francisco, el director del Colegio. Me acompaña Dña. Manuela, tu profesora.
-    Hola D. Francisco – suena risueña la voz de Lidia al otro lado de la puerta- no puedo abrirle. Instrucciones de mi padre.

Paco conoce al padre, un conocido mercachifle del barrio, dedicado a recoger chatarras entre trapicheo y trapicheo. Hace tiempo, cuando llegaron al barrio, trataron de ayudarle desde el colegio a encontrar un trabajo estable que les abriera las puertas de una vivienda digna. Se negó. Acostumbrado desde su infancia a la vida nómada, una vivienda estable le parecía una atadura que no podría soportar, y asumir responsabilidades con sus vecinos y con su propia familia que no estaba dispuesto a tolerar. Así que renunció a la petición de una vivienda de protección, y condenó a su familia a la vida en la caravana, aunque desde su punto de vista esta era desde luego la vida que realmente los haría libres.

-    No te preocupes – contestó D. Francisco- no hace falta que abras. Solo queríamos saber que estáis bien. Hace ya tres días que no venís al colegio.

Según el sistema escolar, las ausencias injustificadas durante tres días de un menor, debían ser comunicadas a la autoridad, para poner en marcha todo un protocolo de protección del niño. En este caso, incluirían una suspensión temporal del RMI (renta mínima de inserción) que recibía la familia y con la que se alimentaban, lo que no haría sino perjudicar a los pequeños. La investigación pasaría también por Servicios Sociales, los grandes temidos de los desarraigados, que ante la mera posibilidad de su aparición, optaban por hacer maletas y buscar un nuevo callejón, con un nuevo destierro de los niños, y un nuevo periodo sin escolarizar. Así que las comunicaciones reales a la Comisión de Escolarización se reducían a aquellas estrictamente necesarias, para evitar males mayores a los niños.

-    Estamos bien D. Francisco. Solo estamos Cora y yo. Tenemos comida. Papá nos dejó un montón de bollos y patatas fritas, así que no tenemos hambre.
-    ¿Y donde está tu padre? – preguntó D. Francisco, intentado componer el cuadro completo de la situación.
-    Está en el hospital. Es que mamá tuvo otro niño, pero ha nacido malito, y están cuidándolo.

La sorpresa de Paco y Manuela no tiene fin. En los últimos meses se cruzaron varias veces a la madre de las pequeñas, obligada por la legislación (y por el Director) a recoger a las niñas al finalizar el horario escolar, y nunca imaginaron que pudiera estar embarazada de nuevo. La falta de una alimentación adecuada, y aquellas ropas recolectadas del contenedor de Ropa para el Tercer Mundo había conseguido camuflar muy bien aquel último embarazo.

Paco y Manuela, tras unas palabras de aliento, y sin poder hacer otra cosa, se van, dejando a las dos criaturas encerradas en la caravana.

Al día siguiente, las niñas acuden normalmente al colegio. Su madre, y su nuevo hermanito ya están en casa, si es que la caravana ha podido llamarse en algún momento de esta manera. En pocos días, las dos niñas presentan notables signos de cansancio, con ojeras bajo sus grandes y negros ojos, y un desgaste impropia de su edad.
 
-    Es que Pablo llora mucho – explica Lidia a D. Francisco.

Pablo, su nuevo hermano. D. Francisco trata de imaginar como son las noches en el interior de la caravana, entre los angustiosos paneles de aquellos 6 metros cuadrados. Dos adultos, dos niñas pre-adolescentes y un bebé recién nacido. Imposible que nadie pudiera descansar.

Al cabo de dos semanas, la madre vuelve a aparecer por el colegio, esta vez con el bebé sobre un cochecito donado por alguna obra social. Pablo, sin lugar a dudas, tiene síndrome de Dawn.

Y D. Francisco se pregunta que será en pocos años de Lidia y de Cora. Se pregunta si un padre tiene la suficiente autoridad para decidir que su vivienda digna fuera una caravana en un callejón de Madrid. Se pregunta si la intervención de Asuntos Sociales, con la consecuencia inmediata y real de separarlas de una familia estructurada para llevarlas a un centro de acogida sería una solución. Se pregunta qué sistema educativo estaría dispuesto a adaptar su estructura a situaciones como aquella. D. Francisco augura para Lidia y Cora una rápida incursión en la vida sexual, de la mano de cualquier listillo del barrio, y precoces e indeseados embarazos. Augura una total ausencia de conocimiento sobre las posibilidades de su propia sociedad, en la que viven todos los días, eso sí, de espaldas, y augura una vida llena de consumismo inaccesible derivando en trapicheos y condenas grotescas. Sabe que Lidia y Cora nunca leerán las historias del Quijote, ni posiblemente nunca sepan quién fue Colón, ni donde está América. Posiblemente nunca salgan del círculo de impiedad y necesidad en el que han nacido, por algún designio, seguramente no divino, que las arrojó en el medio de una sociedad con mucha trampa y con mucho cartón, sí, con mucho cartón.

D. Francisco se pregunta porqué él, que solo quería enseñar, formar a la sociedad del futuro, hacer de la enseñanza una actividad de ilusión, tiene que preguntarse cada día si Lidia y Cora hoy comerán, si Lidia y Cora se podrán duchar esta semana, y sobre todo se pregunta si debiera limitarse a ejercer de director y nada más.

Nada más.


 


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RANIA


(EL CABALLERO DE LA ÍNSULA ETÉREA)


 



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Rania contemplaba a Said acurrucada entre las sábanas raídas de un catre angosto y mugriento. A sus trece años, aquella niña de ojos verdes portaba en su mirada la tristeza suma. La alegría que se le presuponía a una chiquilla de su edad migró hace demasiado tiempo de su alma para dar lugar a un sentimiento más sórdido, un sentir que hizo de las cuencas de sus ojos morada.

Embriagada de dolor y llorando lágrimas desoladas, cubría su rostro con las manos ensangrentadas, sangre que se extendía por entre su vientre y sus muslos, sangre de doncella mancillada. Gemía quedo, apenas un hilillo de voz que procedía de lo más profundo de sus entrañas. Era su condición misma de ser humano la que derramaba lágrimas de hiel.


Said rasuraba su rostro desarrugando los surcos del tiempo con una mano mientras la otra ajustaba la cuchilla con movimientos precisos. Distraído por el llanto, se procuró una tajada escueta, casi imperceptible, de la que pronto manó una gota de sangre y luego otra, yendo a caer derramadas sobre las grietas de su cara apergaminada, dibujando en ella un reguero carmesí que no se enjugó hasta terminar su tarea.

-¡Calla, niña! Ya pasó, no fue tan mal…

Pero Rania seguía llorando desconsoladamente y su llanto, enervaba la paciencia del viejo. Decidió éste comprobar el estado de la chica y abandonó el aseo para sentarse junto a ella, avanzando con pasos torpes sobre el alfombrado suelo de la estancia.

-Veamos qué tienes aquí… - suspiró con indiferencia mientras se abría paso entre las piernas de Rania.


Comenzó a mover la cabeza a un lado y a otro, aproximándose y alejándose continuamente mientras entornaba los ojos para agudizar su ajada vista. Su mirada obscena y su cuerpo, llagado y cubierto de costras, constituía la fiel imagen de la decrepitud lasciva.

Rania sentía nauseas, las mismas que unos minutos antes había experimentado cuando aquel hombre, de mirada atravesada años ha por una daga, abusó de ella sin tener la más mínima idea de qué era aquello que le estaba sucediendo. El viejo sonrió entre sus muslos y al hacerlo, desplegó una hilera incompleta de dientes ennegrecidos y gastados por el yantar precario. Quiso evadirse y pensó en su familia.

Ella era la primera niña de un total de siete hermanas. Soñadora y risueña, le gustaba salir a jugar con sus amigas cuando terminaba de ayudar a sus padres en casa. Dos niños más, hermanos menores que Rania, constituían la dilatada prole de la familia Szewat. Su madre apenas sobrepasaba los cuarenta años pero de su mirada cansada Rania siempre podía extraer el enorme esfuerzo que había realizado su madre para llegar a esa edad. Su padre Ahmed era un pastor de ovejas, jubilado hace varios años al perder una de sus piernas mientras atravesaba un campo minado. Desde entonces, y a pesar de las promesas de ayuda del gobierno, la familia comenzó a pasar penurias económicas que desembocaron en la más absoluta pobreza. Ahmed cayó en una enfermedad extraña a la que el curandero del pueblo no conseguía ponerle fin. Decía que lo que su padre tenía no era una herida del cuerpo, que aquella cicatrizó sanamente con los meses. Creía que era una herida del espíritu y para algo así sus plantas y ungüentos no servían. A pesar de que buscaron en la capital unos medicamentos muy costosos que les aseguraron vencer a su enfermedad, lo cierto es que le agrió el carácter y perdió la sonrisa y jamás volvió a ser el mismo. Rania tuvo que ayudar a su madre con la fabricación de babuchas, oficio al que dedicaban la mayor parte de las horas de sol y por el que apenas cobraran unos cuantos dinares diarios. Sin embargo, eran insuficientes para colmar sus deudas.

Un día, apareció en el poblado un viejo que buscaba a las familias más pobres. Entre otras, los vecinos le indicaron que podía acudir a la casa de los Szewat. Fue la última vivienda que visitó y, cuando lo hizo, Rania se encontraba fuera, había ido a llevar el último pedido de babuchas al hombre para el que trabajaban. El viejo mantuvo una larga conversación con Ahmed mientras su mujer escuchaba desde la cocina. Cuando Rania regresó, su padre y el viejo brindaban con arak por el reciente acuerdo que habían alcanzado. El viejo sonreía desdentado y su padre era incapaz de mirar a su hija a los ojos.

-Mamá ¿qué pasa? ¿Quién es este hombre?

La madre se echó a los pies de su marido, suplicándole que lo no hiciese, que era todavía muy joven, que no lo merecía. Ahmed, con el alma y los ojos empañados, contuvo el deseo de su corazón y miró al suelo para dirigirse a su hija mayor:

-Rania, a partir de ahora perteneces a este hombre. Él cuidará de ti, te mantendrá y te liberará de nuestras penurias.

El resto de aquel día permanecía en penumbra en la delicada residencia de sus recuerdos. Vislumbraba vagamente cómo gritaba su madre, el llanto incontrolado de sus hermanas y hermanos, su impotencia al preguntar por el precio pagado y no encontrar respuesta.

-No sé qué ha pasado, tu padre me aseguró que eras virgen. ¡Pagué quinientos dinares más por ello!

Se levantó malhumorado y caminó con paso deslucido hasta el baño, donde recogió unas gasas, las humedeció en una pila en la que acumulaba el agua durante días y regresó para entregárselas:

-Límpiate bien, tienes que durarme muchos años.

Nuevamente, desapareció de la habitación camino de la cocina. Rania liberaba de sangre reseca su cuerpo con sumo cuidado, ahogando el dolor en su garganta cuando pasaba las gasas por la zona dolorida. Para cuando terminó, el viejo volvía con una botella en la mano.

-¿Queda alguna gasa limpia? ¿Sí? Déjame ver. Esto es una bebida alcohólica occidental, la guardo desde hace años. No me gusta pero la tengo siempre a la vista porque los vecinos piensan que mis posibles son mayores de lo que realmente son. Disfruto con ello… - El viejo lanzó una sonrisa sibilina y empujó las rodillas de Rania con sus codos para abrirse paso entre ellas –Bien, será mejor que mires para otro lado, te va a doler.

Pasaron los meses y la juventud de Rania se fue marchitando en su cuerpo adolescente. Se convirtió en la mujer de aquel hombre contra su voluntad y como tal tuvo que desarrollar las labores del hogar. Con el tiempo, fue adaptándose a la vida en su nueva casa. Desde muy niña había sido instruida para ello, para casarse y traer hijos al mundo. En ocasiones, era reclamada por el viejo para yacer con ella. Al principio, cada ocasión  bajo aquel hombre se tornaba pesadilla y lloraba y lloraba desconsoladamente mientras él satisfacía sus instintos y su deseo de conseguir un heredero. Más tarde, quién sabe por qué, Rania se dejaba hacer con la mirada clavada en los desconchones del techo, indiferente y absorta.

Cierto día, en que Rania se encontraba de rodillas fregando el suelo con un cepillo, llegó el viejo oliendo a alcohol y dando tumbos. En uno de ellos, apunto estuvo de caer pero ella corrió a ampararlo y cayeron juntos al suelo, él sobre ella. El viejo, enfadado, gritó:

-¡Ayúdame a levantarme! ¡Vamos, enderézame, haz al menos algo bien ya que no sabes darme un hijo!

A duras penas, Rania cargó con su marido y consiguió sentarlo en una silla de madera. Durante un tiempo, la joven trató de encontrar en él algo positivo, algo de lo que enamorarse para hacer más agradables las noches y los días junto a ese hombre.

-Pronto tendrás compañía. – Le dijo a Rania mientras ella le miraba con extrañeza. – Sí, no pongas esa cara. Necesito un heredero y tú no puedes dármelo. He acordado casarme con otra mujer.

Unas horas después, Rania era recogida por los vecinos en el suelo, envuelta en llamas y dando alaridos. La taparon con una manta para sofocar el fuego que abrasaba su cuerpo y la llevaron al hospital de la capital. Durante dos meses permaneció allí, curándose de sus heridas. Mientras duró su hospitalización, su marido sólo acudió a verla en una ocasión. Rania había recobrado el conocimiento y él le recriminó su acción, acusándola de avergonzarlo públicamente. Ella, con el cuerpo y la cara llagada, una vez más no dijo nada.

Fue la última vez que volvió a verlo en su vida.


Días después de aquella visita, apareció en el hospital la familia de Rania. Sus hermanas y hermanos se apretaron alrededor de su cama, sonriendo, y su madre se puso a sus pies. La joven preguntó por su padre pero no encontró respuesta. Su madre, con la mirada perdida en el suelo, le dijo que tenían que irse de allí, que fingiese estar mejor para regresar a casa. Sus padres se avergonzaban del comportamiento deshonesto de su hija y Rania acabó tomando el alta en el hospital semanas antes de lo convenido.

Hoy en día, Rania oculta las quemaduras de su rostro y de su cuerpo con un niqab que le cubre hasta las rodillas y que sólo deja al descubierto sus entristecidos ojos glaucos. Permanece encerrada en casa, de la que no sale jamás. Su único contacto con el mundo exterior es a través de un ventanuco que hay en la cocina. Desde él, ve girar el mundo, hombres y mujeres que cruzan la calle hablando, niños que juegan al balón con un recipiente de latón, perros que deambulan por las calles buscando algo que llevarse al estómago… Para ella, una persona ya adulta que un mal día tuvo la desgracia de ser forzada a bajarse del orbe de su niñez, todo lo que le ofrece el ventanuco no son más que ilusiones, recuerdos de una vida que nunca regresará.

-Rania, no mires por la ventana – le insta Said, su padre.

Ella agacha la cabeza, sumisa, y se interna en el pasillo, camino de la oscuridad de su habitación, donde en sueños, surca el cielo sobre nubes de colores y sonríe de felicidad.



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LOS RENGLONES TORCIDOS


(EL PESO DE LO LIVIANO)







Fue en 1959, mismo año de mi nacimiento, cuando la Asamblea de Naciones Unidas acordaba la Declaración de los Derechos del Niño. Treinta años después, en 1989, en uno de mis primeros trabajos periodísticos, la Asamblea General de la ONU, después de 10 años de consultas y negociaciones, aprobaba el texto de la Convención sobre los Derechos del Niño dándole forma legal a través de una especie de decálogo,  en esta ocasión vinculante, para todos aquellos estados que ratificaran su contenido.

Pero el tiempo pasa. Estamos en 2009… y yo, nuevamente en tareas profesionales, escuchaba con la misma atención que lo hiciera años atrás. Presumía que aquellas palabras, llenas de convicción, solidaridad y buenas intenciones, ni podían ni debían caer en el vacío; necesitaba que fueran ciertas, tenía la obligación de creer en ellas sin que la menor duda me asaltara. Lo demandaba mi corazón. Sin embargo, deseo y realidad, intención y resultado, aún llevando caminos paralelos, iban por separado. Eso decía mi mente al evocar recuerdos y situaciones vividas. A pesar de ello, el discurso del orador, impoluto en las formas, adolecía de rigor y compromiso en el fondo. No era la utilización de determinadas palabras o frases, más o menos rimbombantes, las culpables de tal situación, a fin de cuentas, ¿no era precisamente la iniquidad abyecta del ser humano la que propiciaba esos desórdenes sociales y esas injusticias?

Acudía al estrado un alto comisionado para tomar la palabra. Fue entonces cuando mis recuerdos se arremolinaron en mi mente, imprudentes; “… en el interior de aquella habitación infesta se encontraba una mujer de 25 años, deteriorada por la vida y el vicio, madre de 4 hijos pequeños a los que no prestaba, ni atención ni cuidado. Sobre ella, un hombre nauseabundo y depravado, que apurando una botella de mezcal, la sodomizaba sin contemplaciones. Gritos de dolor y palabras soeces salían de sus gargantas. De pronto, una niña, de no más de 13 años, entró a la habitación llorando desconsoladamente. El hombre descabalgó de su montura humana y le propinó un puñetazo a la niña destrozándole nariz y boca y dejándola casi inconsciente. Se fue para ella, y dirigiendo su miembro sucio y pestilente, la poseyó con violencia. El grito fue acallado por la enorme mano que el agresor puso sobre su cara. Ella se desangraba. La embistió con fuerza, con saña, y cualquier atisbo de músculo existente en la preciada intimidad de la niña sería terrible y dolorosamente destrozado. Cuando el hombre satisfizo sus infames deseos, sacó su miembro de ella y  se limpió con el vestido sucio y raido de la niña. Apartó su mano del rostro y comprobó que la niña ni respiraba ni se movía. Había muerto asfixiada; ahogada con su propia sangre. Se abrochó los pantalones con total indiferencia. Echó un vistazo a su gesta personal y sonrió. La mujer yacía sobre la cama, desnuda, inerte, enajenada, con la miraba extraviada… solo hacía trenzas con los jirones de pelo que le quedaban. El hombre, antes de salir, bebió el último trago de mezcal, escupió el gusano rojo y estampó la botella contra la pared. Salió apresurado hacia la comisaría del centro mientras se colocaba su placa en el pecho; él sería el encargado de investigar aquel caso…”

Cuando aquel torbellino de emociones abandonó mi cabeza, el alto comisionado había finalizado su intervención. Le tocaba cerrar el acto al Presidente de la Comisión, que a su vez, era uno de los líderes políticos más importantes del momento. Con parsimonia, sin descomponer el gesto, aquel hombre, vestido con elegante traje color gris marengo y camisa azul cielo, ascendía a una pequeña escalinata. Hizo un pequeño esbozo de su intervención, pero cuando empezó a desarrollar su discurso, mi mente volvió a inquietarme; “… niños deambulando de un lado para otro. Sin rumbo, sin destino, sin futuro. Me acerqué hacia un nutrido grupo de ellos que rebuscaban en una especie de estercolero. Olía a podredumbre, olía a muerte. Allí conocí a Noelia, una niña de ojitos redondos y llenos de vida. Tenía 12 añitos. Yo trataba de no perderla de vista con mi cámara. Ella se levantó y se dirigió hacia un lugar menos concurrido. Conocía perfectamente aquel lugar desolado por la extrema pobreza, pero lo que vi, me dejó sin habla. Noelia, en cuclillas, comía, con voracidad, el contenido de una bolsa de basura. Miles de moscas trataban de impedírselo, pero ella, impávida e impasible, seguía comiendo. Me acerqué y pude comprobar que una especie de guiso, con carne corrompida, y ya con gusanos, formaba parte de aquel “delicioso manjar”. Me aparté tratando de que el vómito no complicara aún más su difícil situación. Ella comía y defecaba a la vez. Me armé de valor, cogí a Noelia del brazo, y la saqué de allí. La llevé al coche, la desnudé, vertí sobre su cuerpo la poca agua que me quedaba y la vestí con una de mis camisas. Nunca olvidaré aquella miraba de agradecimiento. Nunca olvidaré aquel abrazo. Nunca. Nunca. Eran las 2 de la tarde. La monté en el coche, y después de recorrer unos 50 kilómetros, encontré un lugar dónde alojarme. Compré ropas adecuadas, se duchó y comió abundantemente. Parecía otra niña, la vida, aunque solo fuera durante un par de horas, había vuelto a su cuerpo. La despedí con un beso y un paquete de chicles. Olía bien. Semanas después, su recuerdo, me hizo volver al lugar. Pero nunca más volví a verla. Me dirigí hacia un anciano, un hombre mudo que recuperó la voz cuando lo acometí con alguna que otra dádiva. Me contó que el aspecto de la niña, después de aquel día, llamó poderosamente la atención y fue seleccionada. ¿Seleccionada? ¿Para qué? Seleccionada por la Organización. ¿La Organización? Sí. Nunca pasan por este lugar debido a la pobreza existente, no obstante, seguramente los padres de Noelia, después del buen aspecto con que regresó aquel día, consiguieran que la Organización se fijase en ella. A las niñas se las llevan a un lugar que nadie desea conocer. En primer lugar, pasan por el negocio de la prostitución. Después, si alguna de ellas resultara preñada, esperan el tiempo necesario, y cuando sus bebés nacen y están sanos, son vendidos al mejor postor. Las niñas que pasados unos meses no consiguen procrear, corren peor suerte, ellas van destinadas al mercado negro de órganos. Lo único seguro es que ninguna de ellas vuelve. ¿Y sus padres? … ¿Sus padres? … Nada,  Ellos ya recibieron  un buen puñado de billetes por mantener la boca cerrada. Así es la vida por aquí. Las niñas son mercado libre, moneda de cambio, la única posibilidad de subsistencia. Pero hay pocas. Nacen más niños que niñas. Los niños mueren de hambre y las niñas… ni se sabe. Apesadumbrado, y con mala conciencia por lo acaecido con Noelia, me marché de allí. Mientras conducía, entre un llanto amargo, me acordé de mi hija, ella había tenido mucha suerte…”

Tuve que cabecear en más de una ocasión para sacarme aquellos recuerdos de encima. El Presidente terminaba su discurso. Sin descomponer el gesto, pero poniendo un énfasis especial, decía: “…El niño, los derechos del niño, no deberían necesitar de decálogos ni de convenciones ni de leyes que le amparen o protejan. La paz, dignidad, tolerancia, libertad, igualdad, solidaridad… son el espíritu básico de unos nobles ideales, pero en muchos casos, en demasiados casos, ese mismo espíritu ha sido pisoteado y masacrado por el mal hacer del ser humano. Luchemos por ellos, nuestro futuro, el día de mañana, estará en sus manos” Todos se pusieron de pie, y durante más de 10 minutos, sus aplausos sonaron insistentes. Yo, un descreído por obligación, me acordé de un célebre informe de “Save the Children” y me hice una pregunta: 10 minutos; 600 segundos, ¿Es posible que durante ese aplauso hubieran muerto de hambre o inasistencia 200 niños en el mundo?


 


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CARNITA DE POLLO


(MAPARO)


 



 


I


Tenía que preparar la comida, así que la mujer se llevó a  Daniel, su niño de 4 años al mercado, para adquirir lo necesario. Se detuvieron en un puesto de pollo; una vieja canosa y despeinada, con un mandil blanco lleno de sangre y  mugre, cortaba hábilmente con una grandes tijeras, diversas piezas de pollo.


- ¿Qué va a llevar, güerita?- preguntó la vieja.


-¿Qué precio tiene el kilo de pechuga?


Mientras la mujer dialogaba con la dependienta, indagando sobre los precios y estado del pollo, sin fijarse apenas, la madre soltó al niño, el cual, en cuanto se vio libre, dio unos pasos, liberado del yugo materno.


-Ven, no te vayas Dani; permanece aquí, junto de mí.


El chico se detuvo y siguió pululando alrededor de la madre. Todo era nuevo para él, todo le llamaba poderosamente la atención. La madre seguía charlando con la dependienta sin hacer demasiado caso de su presencia; así que él se animó y dio algunos pasos más, alejándose.


Cuando la mujer buscó al chico, ya no lo encontró. Gritó como loca, buscándolo. Corrió por pasillos y puestos, entre gente y verduras, para preguntar por él. Nadie le supo dar razón. Y aunque al cabo de media hora, la mujer tenía la nariz enrojecida y el rostro bañado en lágrimas, el chiquillo, no apareció por ningún lado.



II


 


Cuando el hombre vio al niño sólo y embelesado contemplando algunos juguetes, trató de cerciorarse de dónde se encontraba la madre. No la vio. Así que con una paleta de dulce entre sus dedos, se le la ofreció al niño, que inocente y confiado, la aceptó de inmediato. Lo tomó despacio de la mano para infundirle confianza.


-Te voy a llevar con tu mamá-, le dijo.


Lo condujo con rapidez hasta su auto; lo subió casi de un empujón, sin apenas dar tiempo a que el niño comenzara a llorar. Cuando Dani gritó pidiendo a su mami, el hombre ya manejaba a gran velocidad para llegar a su escondrijo.
 


III


- ¿Bueno?, ¡sí!, ya tengo la mercancía que necesitas: 3 niños, de menos de 5 años. ¡Claro, perfectamente sanos!...¿cuándo quieres que te los lleve?¿mañana?...Ok; pero recuerda el precio acordado. Diez mil del águila, cada uno. No, no acepto menos. ¡Eres un chillón!, vas a ganar muy buena lana con ellos y te duele gastar una “pachocha” extra. Te los llevo a la clínica, por la noche como siempre. ¿Qué...? Esta bien, voy a llevar el camión frigorífico; pero eso implica diez mil morlacos más. ¡Órale, te veo en la noche!


Colgó. Pobres escuincles, su suerte ya estaba echada; no sentía dolor ni compasión. Él, en cuestiones de negocios no se tentaba el corazón, era muy profesional.
 


IV



- ¡Ahí tienes a estos 3 demonios; ya no los soporto! Berrean como no te imaginas y a uno de ellos tuve que zurrarlo para que se callara un rato. Venga mi lana, que no quiero perder tiempo, ni permanecer demasiado en tu clínica maldita.


-Aquí está tu dinero, inmunda rata. Y estos son los diez mil extras, para que te lleves los despojos de los anteriores. Cada vez me cobras más cara la mercancía.


-No te quejes, que sé perfectamente lo bien que te pagan los órganos de los mocosos. Tu ganas, yo gano y todos en paz.


-¡Lárgate de una buena vez!, que necesito trabajar con los recién llegados. Tengo pedido especial de riñones y no puedo perder un minuto más.



V


 


El hombre manejaba tan confiado, que no se percató del exceso de velocidad al que viajaba; cuando la patrulla de tránsito lo voceó por el altavoz, ordenándole que se detuviera, ya era demasiado tarde para intentar algo. Descendió mustio, tratando de aparentar una tranquilidad que no sentía.


-¿Qué llevas ahí?- rugió el agente.


-Pollos. Son para la venta de mañana.


-¿Tienes permiso, para transportarlos?


- Aquí están mis documentos.


El agente de tránsito se le quedó mirando a los ojos. ¡Quién sabe que reflejo insondable descubriría en el interior de aquella mirada!; porque tras de algunos instantes, ordenó:


-Abre las puertas de atrás para ver la carga.


Con pies de plomo, como si trajera una losa atada a la espalda, el hombre quitó el candado y abrió lentamente las puertas del frigorífico. Sintió una oleada de terror, cuando el hedor de los cuerpos destrozados de los 23 niños que llevaba en su interior, llegó hasta su nariz y un bracito de mano pequeñita, se asomó tímidamente.
 


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LOS NIÑOS DE LA BASURA.


(ENLABASILICA)


 



 


El sol apenas había empezado a asomar por la montaña de escombros que los niños repasarían. Hacía apenas unos minutos había llegado un camión-contenedor de la ciudad y había vertido en aquel montículo cientos de kilos de su carga. Hoy, seguro, habría algo que comer.

Hacía fresco a esas  horas, mucho, y las raídas camisas que llevaban no lograban calentar sus cuerpos tumefactos. Pero era mejor así, el calor de días atrás había provocado una proliferación de ratas  y, en un par de semanas, habían muerto, a consecuencias de infecciones, Lian, Dewei y Yuga. Ya no quedaban muchos más niños, apenas una docena, en el poblado. Pero vendrían más, siempre lo hacían, cuando los fríos empezaran a apretar. El otoño no había hecho más que desperezarse, pero anunciaba un invierno duro. Vendrían más niños, muchos más, cuando la ciudad no acogiera mercados y el único refugio se encontrara en el arrabal, al amparo del calor pútrido de las muchas hogueras que, por doquier, pedían el beneficio del fuego depurador para acallar y consumir miserias.

La pequeña Xia fue la primera en llegar.  Sus piernecitas de seis años solían ser las más ágiles del grupo. No en vano, Xia era la más activa y la más dispuesta, siempre. Una alegría contagiosa vivía en su cuerpecito escaso. No había conocido otra vida, su madre la parió entre ratas y escombros y entre ratas y escombros aprendió a sobrevivir con una sonrisa en los labios. Aunque su vida no ofreciera muchos motivos para el gesto, sin embargo, ninguna sombra mitigaba la luz de su sonrisa. Era un ángel en la iniquidad de un infierno.

Un viejo sillón raído, pero milagrosamente entero, le ofreció la pequeña felicidad del día y motivo más que suficiente para el juego. Había comido un poco aquella mañana, y eso la hacía estar especialmente feliz y satisfecha. El día anterior su hermanastro se había acercado a la ciudad y, aunque con el resultado de dos dientes rotos, un sinfín de hematomas  y un desgarro en la musculatura de su brazo, se había podido agenciar con una buena cantidad de arroz y de fruta que había robado a uno de los últimos mercaderes ambulantes que aún permanecía en la metrópoli. Con la tripa llena, las cosas tenían otro color y aquella mañana, además, le prestaba un regalo sorprendente.

Mientras, algunos niños que habían llegado tras ella, disfrutaban de un pequeño festín entre los vertidos. No siempre era fácil encontrar comida fresca y aquel día la suerte les deparó un manjar de tallarines cocinados recientemente. Así que tomaran fuerzas, comenzaría para ellos un día más, “buceando” las basuras en busca de algo que poder vender luego.

Chew los observaba. Siempre lo hacía desde la distancia. Nunca se sintió a gusto con ellos, es más, los odiaba. En realidad, Chew odiaba a todo el mundo. Como una rata más, atento sólo a su necesidad y rindiendo homenaje a una soledad siempre pretendida,  se deslizaba entre los vertidos en silencio, apenas una sombra entre las sombras.

Aquel día, Chew seguía los movimientos de Xia, tal vez con envidia. Así, fue el único que se percató enseguida del descubrimiento que la niña había hecho.

Entre los pliegues de la piel del sillón en el que jugaba, un resplandor llamó la atención de la pequeña. Dos delicados zarcillos brillaban robándole la luz al sol.  La niña no dudó en prenderlos en sus orejas, entusiasmada. Se sentía única y bella.

Chew era ajeno a la alegría de la chiquilla, sin embargo no apartaba la mirada de aquellos soles, ni de la piedra que lucía en medio de los pendientes, una piedra que acumulaba todo el fuego de las entrañas de la tierra y que besaba el oro que la circundaba. Y supuso que aquello tenía valor, mucho valor. Un deseo superior a todos lo que hubiera tenido hasta entonces se apoderó de él. Tenía que conseguir aquella joya como fuera. Le garantizaría muchos días de calma a su dolorido estómago.

Xia bailaba y reía a carcajadas, distraídamente, abrazada a algún sueño, y no vió como Chew se acercaba lentamente a ella. El chico levantó una gran piedra y la estalló contra la nuca de la pequeña acallando su risa al instante. Su cuerpecito menudo se derrumbó, herido, sobre un charco de sangre. Chew tomó un trozo de cristal del suelo y con toda la frialdad que sus diez años entre montañas de basuras había cincelado en su espíritu, cortó sin miramientos las orejas de la niña. Un grito de júbilo  llenó su garganta y, sin mirar atrás, se alejó lentamente del lugar.

 


 

5 Comentarios

  • Voltereta

    Quiero dar la bienvenida a Tus Textos a estos grandes escritores de la página amiga, Libro de Arena.

    Tengo la esperanza de q

    22/11/09 04:11

  • Voltereta

    Quiero dar la bienvenida a Tus Textos a estos grandes escritores de la página amiga, Libro de Arena.

    Tengo la esperanza de que entre todos los que nos movemos por TT valoremos sus escritos como se merecen, en primer lugar por su calidad como escritores, que es algo que resulta evidente, y en segundo lugar por su compromiso con la infancia, algo que es muy de agradecer.

    Espero de todos vosotros que les deis la respuesta que merecen, para que sepan que TT es una página comprometida con la literatura de calidad y con la infancia.

    Un saludo de antemano, pues se que se puede contar con vosotros.

    22/11/09 04:11

  • Romina

    Los felicito!!!

    Es un gran trabajo. voy a imprimirlo para regalar a amigos
    para que asi se pueda mostrar en sus trabajos y de alguna manera contribuir de alguna manera desde la posicion que estoy con este proyecto. no se como agradecer tanta solidaridad con nuestros niños. los futuros de la vida. su dolor y su llanto tenia que ser escuchada. gracias muchas gracias por la solidaridad. seguro que dios escucha !!!
    Gracias y crucemos dedos para que todo salga bien.

    "La fé mueve montañas" ..... por favor no crucen los brazos. vean , sientan, ayuden, ...

    22/11/09 05:11

  • Sosinfancia

    En nombre de mis compañeros y amigos de libro de arena, te doy las gracias, Voltereta, por el interés mostrado y por tu apuesta rotunda por ellos.

    Espero y deseo que este proyecto sirva para ampliar nuestro horizonte literario (hemos de abrirnos a las dos comunidades y crecer con lo que ambas nos puedan aportar a nivel literario y, sobre todo, a nivel personal, por ofertarnos la posibilidad de conocer a mucha más gente comprometida, en éste y en aquel espacio)

    YO también espero, anhelante, la que sé va a ser respuesta masiva por parte de nuestros compañeros de TusTextos a la hora de colaborar con nosotros y hacer que este proyecto siga adelante, enriqueciéndose con más y más textos de calidad. Porque sé que, detrás de cada nick, además de un escritor, hay personas íntegras y comprometidas.

    Un saludo a todos, uniéndome, con él, al que acaba de dejarnos Voltereta.

    22/11/09 05:11

  • Sosinfancia

    Romina, tus amigos recibirán un muy buen presente.

    La calidad de los doce escritos presentados hasta el momento nos deja claro el alto nivel literario de sus participantes (entre los que modestamente me he incluído) y, sobre todo, su nivel de implicación.

    No nos cruzaremos de manos y haremos, estoy segura, de este reto, una gran proyecto que trascenderá incluso de las dos comunidades literarios implicadas.

    Espero, no tengas duda de ello, con gran entusiasmo, alguna participación que salga de tu curtida mano.

    Para lo que gustes, aquí estoy:

    siesquenomecreonada@gmail.com
    proyectoinfanciasos@hotmail.com

    Un besazo

    ENLABASÍLICA
    (AMELIA)

    22/11/09 05:11

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