¿sus Derechos?

Publicado por Sosinfancia el 21 de noviembre de 2009.

Lo prometido es deuda. Voy a dejar un monográfico con los doce textos -dividido en dos post. Hoy dejáré el primero y mañana el segundo- que servirán de partida al ambicioso proyecto que  pretendemos salga adelante. Implicamos para ello escritores de dos comunidades literarias. Amablemente nos han ofrecido su trabajo para dar cuerpo a la base de esta propuesta.


Esperamos vuestra participación, a ver si pudiéramos lograr un blog muy activo.


Con toda la obra que, en un tiempo prudencial, vayamos reuniendo, pretendemos darle algo más de cobertura que la mera publicación en los blogs de las dos comunidades literarias afectadas. Es decir, pretendemos presentarlo a organizaciones de ayuda a la infancia como colaboración con ellas, y por si tienen a bien considerar su publicación en otras vías.


 


Por el momento, es sólo una idea. Para que pueda llevarse a cabo precisamos vuestra colaboración. Ya sabéis dónde encontrarnos.


 



 


Sin más, procedo a dar a conocer los textos participantes. En este primer post os dejo los de los seis autores de esta comunidad literaria.


 


Muchas gracias a sus autores:


 


Alumine,  Avelibre,  Danae,  Harmunah,  Abyssos y  Voltereta.


 


SE SUPONE MI NIÑO


(ALUMINE)


 




Se supone mi niño, que si ha este mundo has de venir, cobijo tendrás al instante en el segundo que comienza tu existir.

Se supone mi niño que si has de venir a este mundo, alguien debe protegerte de los actos de crueldad.

Se supone mi niño que comida en la mesa has de tener, dibujaran las sonrisas en tu rostro en cada amanecer,

Se supone mi niño que la indiferencia no te debe rozar, que la educación no te han de negar, que en noches de largo invierno un abrigo tendrás.

Se supone mi niño que de amor se te rodeara, para que mañana seas un adulto con cimientos de estabilidad.

Se supone mi niño que de las desgracias, ante  abusos, desigualdad alguien por ti velara.

Se supone mi niño, que siempre habrá alguien conciente de tu fragilidad.

Sino no fuera así mi niño… y  la vida te castiga, ante tus escasos años que no saben combatir aquello que a tu alma poco a poco desintegra…

No puedo solo mirar… quedarme estática mirando tu desgracia pasar

En nombre de esta sociedad que no te vio nacer, que esconde sus miradas para simular que nada sucede…

De la manera que sea, allí estaré…silenciosa y ante los errores de otros, reparar intentare, convertirte más allá de los deshonestos  en un hombre de bien.


 


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  CUNA DE LATA


(AVELIBRE)


 


 



Te ha envuelto la pobreza con su mortaja.
Solo un hada te ha bendecido.
Niño que abrigas al frió entre madrugadas oscuras.
Lava tu cara el gélido abrazo de la necesidad.
 
No se ha dormido la luna
cuando ya tus pies desnudos
buscan alimento y fortuna
bajo cartones y latas.
Un mar de basura y ratas
ahogan solo un par de recuerdos.
Niño que no tienes argumentos
para debatir lo que no has merecido.
¿Con quién pelear por lo asignado.
si no hay un dios ni pasado
para culpar por tu vida.?
 
Cargas con la mirada perdida
por caminos expuestos.
Aprendes sobre la marcha
la disciplina apocada
del látigo implacable.
Hay razones infaltables
al terminar la jornada... .
Algunas botellas vacías
 hurtan tus monedas.
Regresas con la noche,
la que profana a tu infancia.
Hoy la cena es la revancha
por no haber ganado lo acordado.
 
Niño que se acuna entre gritos
e insultos indecentes,
¿es que la gente no entiende
que tu formas parte del mundo?
Es mayor el cansancio
al hambre que punza
las úlceras de tu dignidad.
Clava una daga a la humanidad
en cada sueño que te atormente.
Eso si es justo y urgente
para enfrentar al mañana.
Quien no entienda tu desprecio
es obvio que no ha pagado
el precio de nacer
clavado a la cruz del destino.
 
Niño,
que drogas a la razón
para seguir callando
la voz de tus derechos.
 
Y muchos duermen
sobre el lecho
del silencio... .


 


 


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 NIÑO DE ESTAMBRE


(DANAE)



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El niño de estambre mira con mirada asombrada al mundo;
corazón sembrado con todo el dolor del adulto,
mas ungido con la blanca inocencia del infante.

Su alma implorante se asoma en llanto baldío por sus ojos;
en sus pupilas errantes se avista la muerte que ronda, acechante;
y el mundo devuelve su mirar con ojos vergonzantes,
mas sigue incesante su carrera por dominar el espacio sideral
con sus astros y estrellas fugaces …

El niño de estambre perdió su estrella nada más ser alumbrado al mundo,
se convirtió en fuego fatuo que presagiaba una muerte certera,
pues su endeble tallo se ve arrastrado a la yerma tierra
en donde habita su hambre y su miseria;
su vientre de arena se balancea tirante sobre sus endebles piernas,
y su piel se cuartea bajo un sol de injusticia.

El niño de estambre no entiende de huelgas ni de protestas,
ni siquiera sabe maldecir el mundo que lo destierra;
sólo nos mira con un gran interrogante dibujado en sus ojos,
pregunta y espera respuesta a la sinrazón que lo rodea:
por qué el abandono, la crueldad, la locura, la inconsciencia …

El niño de estambre necesita pan para su hoy,
trabajo para su mañana,
paz y amor para su camino.

 Que no sea condenado de antemano.
Una esperanza de vida.
Una mano que le sea tendida.
Es de justicia, no un regalo.
Es de humanos.


 


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EL HUERTO DE LAS FRESAS MÀGICAS


(HARMUNAH)






Erase una vez que se era, tres amigos que vivían en un pequeño pueblecito, que quizás era una aldea, rodeada de altos y verdes montes. Los tres niños, dos pequeñas que se llamaban Sara y Gabriela, y un pequeño cuyo nombre era Jeremy, siempre lo pasaban muy bien jugando y haciendo travesuras. De alguna manera, los mayores nunca los pillaban, puesto que Sara, la líder indiscutible del grupo, los sacaba de los líos en los que ella misma los había metido.


Cierto día, unos nuevos vecinos se instalaron en el pueblo. Eran dos ancianitos con cara de malas pulgas. Siempre estaban solos y nunca hablaban con nadie. De la noche a la mañana, vallaron su inmenso jardín, y con igual rapidez apareció tras aquella valla toda una plantación de fresas, maduras, jugosas... eran las fresas con mejor pinta que los niños habían visto en sus vidas. Como la otra gente del pueblo, fueron a pedirles a los dueños unas cuentas, pero ellos los echaron de allí con el mal carácter que les caracterizaba. Enfadada, Sara trazó un malvado plan. Se volvió hacia sus amigos, y por el brillo en su mirada, ellos descubrieron lo que quería hacer antes de que lo dijera.


-Si esos viejos no nos dan las fresas...-dijo, frotándose las manos. Gabri y Jeremy suspiraron, pues sabían lo que vendría a continuación: -Nosotros las cogeremos.


Y como no, a la líder del grupo siempre se le hacía caso. Después de todo sería una gran aventura para ellos.
Y así lo hicieron. Aquella tarde, vigilando que los viejecitos estuviesen dentro de la casa, los niños saltaron con cuidado la valla, y se colaron dentro del huerto. Apenas vieron las fresas, y cuando por fin las probaron, supieron que nadie había probado tampoco unas fresas tan deliciosas. Los niños se dieron un empachón, felicitando a Sara por su gran plan. Pero pronto se darían cuenta de que había sido una de las peores ideas de la niña. Porque de repente, las fresas comenzaron a parecerles mucho más grandes... no; gigantescas, cada vez más y más gigantescas. Hasta que se percataron de que no solo las fresas eran enormes. Todo a su alrededor se había vuelto descomunal. Un poco desconcertados, los niños se miraron entre sí... y entonces soltaron chillidos de espanto. Y digo chillidos, puesto que no podía llamárseles de otra forma a aquellos pequeños grititos dignos de un ratón. Porque nuestros amigos, efectivamente, se habían transformado en ratoncitos.


Asustados, se señalaron entre ellos.


-¡Sois ratones!- gritaron al unísono con voces chillonas. -¡Vosotros también!¿Que?- entonces se miraron las barriguitas, las manitas , los pies...¡ y la cola! ¡Sí! Los tres eran ratones.


-¿ Pero qué ha pasado?- chilló Gabriela, que era muy asustadiza.


Jeremy carraspeó antes de contestar, con aire distinguido, mientras se colocaba bien las diminutas gafas sobre la ratonil nariz.


-Creo que nuestra querida Sara nos ha metido en un lío...¡ otra vez!- la miró, furioso, mientras la niña, o mejor dicho, la ratoncita, retrocedía tratando de excusarse.


-¿Yo? ¡Pero si yo no he hecho nada!- se defendió.


-¡Piensa un poco con la cabeza, Sara!- prosiguió Jeremy, tirándose del pelo gris.-¿ Por qué crees que somos ratones?


Sara se rascó la cabeza, pensativa.


- No lo sé...


-¡Por las fresas! Nos hemos convertido en ratones al comer las fresas.


-¡Tengo miedo!- Gabriela no quiso saber más y se echó a llorar con pequeños hipidos de ratón.
Sara la abrazó consolándola.


-Bueno, bueno. Reconozco que os he metido en un lío.


-Como siempre – aclaró Jeremy, cruzando los brazos.


-Y como siempre... os sacaré de él- se animó la niña mientras cogía a su amiga de la mano y se ponía en marcha.-¡Vayámonos, a por la libertad!


-Ejem, ejem- carraspeó Jeremy. Las dos niñas... digo ratoncitas, se pararon y lo miraron.


- Sara, es por allí.


- Uy- Sara dio media vuelta, y los tres se encaminaron huerto abajo.


Con su tamaño, tardaron mucho en atravesar el huerto de las fresas. Pronto se dieron cuenta de que no llegarían a la casa antes del anochecer, y como indicó Jeremy, en la noche salían los búhos... que comían ratones. Así que los niños... digo, los ratoncitos, se apresuraron todo lo que pudieron, hasta que oyeron un ruido que se repetía. La tierra comenzó a temblar. Pof, pof, pof.


-¡A esconderse!- gritó Gabriela, y por una vez todos le hicieron caso y se refugiaron bajo la hoja de una lechuga. Entonces vieron al viejo, que subía al huerto, quizá a comprobar cómo iban las fresas. Nuestros amigos permanecieron escondidos y en silencio. Hasta que vieron bajar de nuevo al anciano, y a Sara se le ocurrió una idea.


-Cuando yo os diga, saltaremos al pentalón del viejo- dijo. Sus amigos asintieron.- A la de tres... ¡tres!- dieron un enorme salto (para considerarse un salto de ratón), y aterrizaron en la pernera del pantalón. El hombre no se dio ni cuenta, y siguió caminando hacia su casa... llevando a los niños... digo, ratoncitos, con él.


Los ratoncitos bajaron de su improvisado transporte al llegar a la puerta de la casa, pues el viejo se dirigía al garaje y ellos querían ir dentro. Pero también allí se encontraron con otro imprevisto. Un enorme gato negro hacía de guardián en la entrada, y como todos saben, los gatos comen ratones...


Los tres amigos esperaron mucho rato a que el gran gato se marchase, pero el animal permaneció dormido en la puerta. Estaba a punto de hacerse de noche, por lo que no estarían seguros ni siquiera fuera, así que Sara ideó otro plan.


-Cuando o os diga, chillad muy fuerte. A la de tres... ¡tres! ¡Iiiiiiii iiiiiii iiiiiiii!- chillaron todos. Entonces el gato se despertó, y localizó a los ratoncitos. Se relamió, y se abalanzó sobre ellos... cuando la vieja se atravesó en su camino, tropezó con él y cayó de bruces cuan larga era.


- Ahora, ¡corred!- el grupo pasó por encima de la señora y se coló dentro de la casa, donde se escondieron en la habitación, siguiendo otra idea de la traviesa Sara, y esperaron hasta la noche. Los viejos fueron a acostarse, y pronto se escucharon sus hondos ronquidos. Los niños aguantaron las risas y treparon por la cama hasta subirse a la cara del hombre. Sara ensayó su mejor voz de conciencia y susurró al oído del viejo:


-Soy tu concienciaaaaaaa... dijo, con voz tenebrosa. Sus amigos casi no pudieron evitar partirse de la risa. El viejo rezongó algo.- Has hecho algo muy malo, muy, muy malooo- continuó Sara.


-Mal... malo- murmuró el viejo en sueños.


-Sí... malo, malo. Tres niños han sido convertidos en ratones por culpa de vuestras fresas...


-Fresas... las fresas mágicas.


-¿ Fresas mágicas? – Preguntò Jeremy.


-Chiiiist- indicó Gabriela, haciendo señas a Sara para que continuase recabando información.


- Sí, las fresas mágicas de tu huerto... y ahora esos niños estarán asustados y perdidos, convertidos en ratones... la cura... tienes que darles la cura.


- La cura...


-Sí, la cura, ¡la cura, leñes!- Sara saltó sobre la cara del hombre, enfadada, e hizo que él se moviera de repente, por lo que los tres cayeron sobre el colchón.


-Bien hecho, Sara- protestó Jeremy. Ahora tendremos que subir de nuevo.


-¡ La cura, las cebollas!-gritó el viejo, levantándose de sopetón. Los ratones se escondieron bajo las sábanas.


-¿Las cebollas son la cura?-preguntó Jeremy.


--Puaj, se asquearon las dos chicas.


-María, María- el hombre agitó a su mujer, hasta despertarla.- Date prisa, vístete, tres niños han sido convertidos en ratones... te dije que no era buena idea plantar esas fresas del demonio... deprisa, hay que encontrarlos y hacer que coman cebolla antes de que algún buho se los coma a ellos.

- Estás loco, Julián...- espetó la mujer, y volvió a acostarse. Pero su marido no hizo caso, se vistió corriendo y abandonó la habitación. Los ratoncitos lo siguieron corriendo, sin saber donde guardarían las cebollas. Lo vieron cogerlas de una alacena que con las prisas dejó medio abierta, y tras ver que se marchaba, los niños entraron en la alacena y sacaron, entre los tres, una enorme cebolla. La rodearon, mirándola concierto asco.


-Si le hubiésemos hecho caso a nuestros padres cuando nos mandaron comer verduras ahora no odiaríamos la cebolla- declaró Jeremy.


-Bah, esta es causa de una necesidad mayor- proclamó Sara. -Bien ¿quien hace los honores?- Al ver que nadie se ofrecía voluntario, Sara suspiró y se acercó a la cebolla. A mordiscos, le quitó la piel, y por fin mordió un gran pedazo, dada su boca de ratón. Masticó, casi llorando con el sabor ácido, y tragó con desgana. Sus amigos la imitaron… Apenas habían terminado de tragar cuando los cambios hicieron efecto. Comenzaron a crecer y a perder el pelo gris de ratón... y pronto fueron otra vez humanos. Fuera de sí de alegría, se abrazaron y rieron de felicidad.


- ¡Bieeen! –gritaron. Hasta que vieron encenderse la luz en la habitación de los viejos.


- ¿ Quién anda ahí?


-Vámonos –los niños, esta vez sí niños, salieron corriendo de la casa y regresaron a las suyas, despidiéndose mientras corrían por los caminos. Esta vez, ni siquiera el ingenio de Sara pudo librarlos de la bronca que les esperaba por llegar tan tarde a casa.


Al día siguiente, los tres niños volvieron a reunirse, claro, los tres en la casa de Gabriela, porque estaban castigados. Pero Sara sonreía, y sacó del bolsillo un puñado de fresas... y una cebolla mordisqueada.


Sus dos amigos la miraron casi con horror.


-No estarás pensando... –dijeron a la vez.


-¡Son de mentira, bobos!- estalló Sara en risas, pero les guiño un ojo. -¿Preparados para otra aventura ratonil?


-¡Siiiiiiiiiiiiiiiiii! Gritaron los tres.


Menos mal, que esta aventura ratonil, sería solo un juego.


 


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DULCES SUEÑOS


(ABYSSOS)


 



 



“Inocencia perdida  por tanto llorar
Maldad corrupta de sus pies descalzos
Insensibles de tanto caminar por nada
Noches en cartones sus dolores penan”


(Romina Cavero)





Eran casi las 3 de la madrugada cuando arribé al puerto de Matadi. Desembarqué tomando apenas conciencia de mis actos… Aun demasiado adormilado, debido en parte al brusco cambio de horario pero más que nada al efecto del antigripal que había tomado horas antes. Con una pesada maleta en mi mano derecha y mi laptop en la otra, me encaminé hacia un jeep de color amarillo opaco en el cual se encontraban los hombres que habrían de llevarme a mi destino, justo en el corazón de Kinshasa, a unos 360 kilómetros de donde me encontraba, esto claro, después de descansar un poco en el hotel en el que la reservación había sido hecha hacía ya semanas.

     Nos movimos en aquel jeep hasta adentrarnos por algunas callezuelas vacías—bastante obvio en aquellas horas y en aquellos suburbios— no obstante, algunas gentes nos salían al paso repentinamente y se nos quedaban mirando con curiosidad…; sus ojos blancos resaltaban muy por encima de su piel oscura, fundida casi con la oscuridad que se encontraba posada toda sobre la ciudad. Después de algunos minutos llegamos al lugar donde me hospedaría…, bastante distinto a lo que hasta ese momento había visto en cuanto a edificaciones se refería… Por la fachada, auguraba agua caliente, luz eléctrica y quizá hasta conexión a Internet. Uno de los dos hombres que me guiaban bajó del jeep al tiempo que yo también lo hice, entonces mediante una señal con la cabeza me indicó que le siguiera… Éste se adentró sin reserva en el edificio y yo detrás de él, solo intentaba despertarme enteramente de una vez por todas. Fuimos recibidos —para mi sorpresa— por un hombre de piel blanca, vestido de traje y corbata, fumándose un cigarro que aromatizaba espesamente la pequeña estancia.

—¡Bienvenue!… —exclamó y me extendió su mano.

—Que tal… —salude cortamente con una ligera sonrisa durante el apretón de manos que oficialmente me daba el recibimiento a La Republica Democrática del Congo.



— I —



     Tras una breve charla con el dueño de aquel modesto hotel, fui a la habitación que me habían encomendado e intenté ordenar mis ideas por un instante recostado sobre aquella incomoda cama. Me levanté súbitamente y abrí la maleta… Todo estaba en orden. Tomé una memoria virgen y la instalé en mi cámara fotográfica, luego me coloqué en una ventana que daba hacia una barriada sobre las colinas próximas e intenté enfocar el lente en algunas luces que podían distinguirse entre el caserío. Debía descansar un poco puesto que sería un día muy largo.

     Estando dormido escuché ruidos que me regresaron molestamente a la vigilia, esperé un segundo a intentar adivinar que habría sido, mas parecía que nuevamente todo se había quedado en silencio, así que volví a cerrar los ojos otra vez cuando de pronto oí un quejido…; sin duda el lamentar de una mujer en una habitación contigua. Extrañado, me senté al borde de la cama sin los ánimos suficientes como para ponerme totalmente de pie y, aletargado, esperé a escuchar algo más. Todo indicaba que el destino y aquellas gentes al lado de mi habitación, mientras yo intentaba descansar, no me dejarían más que dormitar de vez en cuando, pero el problema real surgió cuando aquellos lamentos se convirtieron en gritos desesperados y angustiosos que bien —supuse— podían escucharse en todo el lugar. Decidí salir de mi habitación y dirigirme hacia el recibidor, ahí me encontré con aquel hombre que me había dado la bienvenida tan cordialmente, mismo al que pregunté sobre el alboroto.

—Han llegado militares —dijo— y trajeron con ellos algunas golfillas… Ocurre todo el tiempo y no podemos hacer nada más que recibirles y atenderles. Espero que pueda perdonar las molestias. Puedo cambiarle de habitación si así lo desea…

     La explicación fue concreta y no supe ni siquiera que responder. Miré mi reloj y ya faltaba poco para la hora en la que tenía pensado comenzar a trabajar, inclusive ya la poca luz del amanecer se había llevado con su llegada, a la oscuridad total… Entonces diciéndome a mí mismo que no se trataba de unas vacaciones, simplemente regresé a la habitación y sin otra cosa que hacer, comencé a prepararme, esto, más temprano de lo que lo había planeado. Salí unos veinte minutos después y pregunté al dueño del hotel si podría realizar algunas fotografías del lugar, éste de forma muy amable me condujo por los pasillos del edificio…. Fui haciendo varias tomas, algunas en las cuales él poso garbosamente a sabiendas de que su hotel y él mismo aparecerían, quizá, en la revista para la que yo trabajaba. Cuando regresamos al recibidor nos encontramos con aquellos militares… Se iban ya; unos iban con aquel inconfundible casco azul; otros con boinas y chalecos del mismo color…; todos con aquella insignia de la ONU en común… Y entre ellos iban dos mujeres… mejor dicho, dos niñas. De aspecto sumamente humilde, visiblemente turbadas; sus rostros permanecían indiferentes… como si estuviesen tallados en roca… Y su mirada yacía oculta en algún tipo de impenetrable oscuridad.

     Pedí tomarles algunas fotografías después de la tan afable presentación que hizo el dueño del hotel, por mí. Solo tres soldados se quedaron dentro, los demás salieron sin hacer caso alguno a mi petición. Cuando se retiraron todos, los soldados y las dos niñas, salí al pórtico de la entrada y alcancé a hacer varias tomas más, viéndolos marcharse dentro de los vehículos que llevaban.

—¿Hacia donde se dirigen? —pregunté claramente molesto, con la mirada puesta a lo lejos, justo sobre aquellos militares.

—Hay campamentos situados en varias locaciones… —respondió aquel hombre mientras encendía un cigarrillo— ¿Fuma usted…?

—No…

—Los hombres que acaban de irse pertenecen al regimiento acuartelado en Boma… —dijo y lanzó una bocanada de humo— Pero los hay en Kikwit, Bandundu, Kananga y sabrá Dios en donde más.

—¿Es mi imaginación o las mujeres que llevan con ellos son apenas unas niñas?

—Tendrán a lo mucho diez u once años de edad… Aquí usted mirara cosas que quizá le procuren algún malestar moral, ético y hasta racional o humano. No pretenda ser un héroe.


 


— II —
 


     Desayuné mientras tomaba algunas fotografías de Matadi, luego, en el mismo jeep que me había traído al hotel, emprendí mi traslado hasta Kinshasa. Fueron casi seis horas de viaje por una carretera en muy mal estado, durante el que me percaté de la presencia militar en todos los alrededores. Desde ésta ciudad entablé comunicación telefónica con mi jefe, ya que yo prácticamente estaba preparando un informe para los compañeros que habrían de llegar y hacer un documental. Como a mí siempre me gusto trabajar solo, yo y mi cámara conseguíamos adelantarnos a las locaciones en cada proyecto, además sobre mí recaía la responsabilidad de las fotografías centrales que llevaría la publicación de dicho documental en el formato de revista.

—Este país esta lleno de fuertes contrastes, tal y como lo sabías… —contaba a mi jefe por teléfono— A diferencia de la capital, algunas ciudades o poblaciones bien pudieran ser declaradas como zona de guerra o desastre… aunque aun he visto muy poco… ¿Crees que podría visitar algunos campamentos militares?

—La ONU no desea prensa ni medios de ningún tipo y lo sabes…

—¿Te limitaras entonces a obtener filmaciones y fotografías desde fuera de los acuartelamientos?... Si me permites una opinión de amigos; así jamás llegaras a tener una gran asociación.

—Se lo que pretendes… —ambos nos quedamos en silencio por unos momentos— Quizá pueda conseguirte algún acceso, pero sin muchos privilegios.

—Ya en la boca del lobo hay que asomarse hasta las entrañas…

     Pasé todo el día en Kinshasa de un lado a otro, haciendo decenas de tomas desde distintos planos y lugares, igualmente de personas y monumentos… Habré invertido cuatro o cinco horas de mi tiempo tan solo en todas las fotografías que tomé a las orillas del río Congo, moviéndome a través del distrito de Lukunga, y es que a pesar de que odio las aguas profundas, éstas tienen algo en si que me atrae. Al comenzar el anochecer regresé nuevamente a encontrarme con mis guías, éstos dos misteriosos hombres que desaparecían y volvían a aparecer de formas casi inexplicables, justo a la hora y en los lugares pactados; respondiéndome casi siempre a señas —ya que mi francés no era de lo más perfecto—, y hablando escuetamente entre ellos en algún tipo de lengua bantú. Preparándome para ir a descansar a un hotel, recibí una llamada en la que se me informaba que debería viajar hasta Bunia, al noroeste del país, para ello tendría que tomar un vuelo, por lo que me dirigí inmediatamente al aeropuerto y busqué el más próximo. Propuse a estos hombres el acompañarme en mi viaje igualmente en calidad de guías, pero se negaron rotundamente al enterarse hacia donde me dirigía, a pesar de ofrecerles obviamente un pago extra… Así que me aventuré solo en este nuevo traslado.



— III —
 


     Bunia se vio asolada por los enfrentamientos tribales entre etnias, lo que supuso que dichos conflictos fueran dejando infinidad de muertes y con ello también la intervención y afluencia del ejército de paz a ésta y otras zonas del país. Literalmente de fotógrafo de revista me convertí en corresponsal de guerra en tan solo unas horas. La última comunicación que pude establecer con el exterior fue precisamente al llegar al aeropuerto, que se encontraba bajo el mando militar de la ONU. Ahí se me otorgó un gafete de acceso temporal y me fueron confiscadas las cosas que llevaba…; mi laptop, mi teléfono celular, un par de cámaras digitales y varios accesorios como un tripié armable y diversos contenedores con rollos fotográficos vírgenes además memorias de almacenamiento digital. Me dejaron llevar solo la cámara análoga que traía colgada al cuello en ese instante. El resto del equipo —según me dijeron—podría reclamarlo una vez que regresara al aeropuerto para salir en un vuelo que me llevaría a Kinshasa, ya que contaba con veinticuatro horas para ir y echar un vistazo… luego sin más remedio debería de volver allí.

     Pasaría de la media noche cuando me encontraba caminando por entre las barracas de las que emergían soldados que fotografíe en cada oportunidad que se me presentó... Cuando por cualquier razón uno o más de ellos me mostraban algún gesto de discordia; rápidamente me escudaba tras el gafete de permiso, como si este fuera algún tipo de seguro de vida, pues las mal llamadas «fuerzas de paz», parecía que en vez de mantener un ambiente de sanidad y cordialidad, hacían de aquello un lugar todavía más terrible. En mi recorrido tuve la suerte —por decirlo de alguna forma— de entablar una lacónica conversación con una jovencita que residía ahí, y fue precisamente de su propia voz… la de aquella niña que acababa de cumplir los doce años de edad… Que supe de las vejaciones a las que ella y muchas personas más, eran expuestas cada día. Ella y su hermana de tan solo ocho años, habían sido trasladadas durante uno de los enfrentamientos entre etnias al refugio establecido en Bunia por la ONU, hacía ya semanas, durante las cuales habían sido forzadas a mantener relaciones sexuales con los militares, a cambio de comida. En los primeros días había sido solo ella la que era sometida a esto, pero después también su hermana lo fue… Y ello se repetía cada noche. Era el mejor de los pocos métodos que había para poder subsistir dentro de aquella pesadilla. Me confesó al final algo breve pero quizá más perturbador aun…

—Soñaba con salir de mi aldea…

—Entiendo… por los brutales enfrentamientos entre milicianos…

     Ella enmudeció por un momento y algún atisbo de horror infinito quedó manifestado en su mirada puesta sobre el suelo polvoriento…; ahí donde sus dulces sueños quedaban sepultados bajo la vileza a la que había sido sometida.

     Salió de su pueblo esperando encontrar un poco de esperanza, sin embargo se había encontrado con la cruda realidad de que afuera no era muy distinto. Habiendo sido violada por su propio tío y por varios milicianos llegados al lugar donde vivía, tomó a su hermana y buscó ayuda en los militares «azulados» que generosamente la llevaron hasta el refugio en Bunia… Después se dio cuenta de que detrás de sus gestos de amabilidad y supuesta protección había otras intenciones.

     Mientras terminábamos de hablar, varios soldados se presentaron… «La noche es joven» mencionó uno, en un francés poco ortodoxo, peor que el mío… Luego pasó lo inevitable; todo mientras que en mi cabeza se repetían las palabras de aquel hombre… «No pretenda ser un héroe».



— IV —



     No pude recordar la hora ni como fue que llegué al aeropuerto, me desperté dentro de una oficina en una camilla puesta en el suelo, con manchas de sangre seca sobre mi ropa y mi rostro. Fui golpeado al intervenir cuando llegaron a por aquella niña… Parece que lo único que logré fue que me sacaran de allí antes de tiempo. La cámara pendía aun de mi cuello y, aunque destrozada; guardaba dentro de si aquel rollo fotográfico en el que debían haber quedado registradas las últimas tomas que hice al interior del campamento. Sin algo más que poder hacer, regresé a Kinshasa en pocas horas.

     Con el testimonio y el material fotográfico…; y aun con todas las trabas que comenzaron a surgir a nivel burocrático, logré convencer a mi jefe y a la redacción de enfocarnos en el tema que socavaba clandestinamente el conflicto, pues más allá del enfrentamiento de etnias y el aparente arropo brindado a los refugiados por parte de las fuerzas controladas por la Organización de las Naciones Unidas, se hallaba algo que sobresalía de los parámetros que el mundo concebía de todo eso, obviamente y como siempre ha sucedido; el encubrimiento de hechos perjudiciales para mantener cierta imagen ante la sociedad… La manipulación de la información para beneficio propio, era precisamente lo que mantenía el verdadero problema, así que mientras por televisión, radio, Internet y medios impresos, se nos ofrecía toda una gama de características que definían claramente otra guerra más —otra simple guerra más—, librada con armas e ideales religiosos o políticos, era en realidad una batalla en la que estaba en juego, como siempre —valga la redundancia—, algo más que el ambicionado poder y soberbia del hombre… El arrebato de la inocencia y con ello de la vida misma.

 


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JOHNNY COGIÓ SU FUSIL


(VOLTERETA)


 






 


Jugaba  Johnny una mañana
con su alma y sus deseos,
once años de  negro ébano,
con profundos ojos tiernos.

Sus juegos y sus andanzas
truncadas en la selva se vieron,
cuando unos oscuros presagios
a la fuerza lo llevaron con ellos.

Vagaba cual alma en pena
por senderos de matanza,
el niño y sus primaveras,
otoños maduros, plenos.

Cargaba el  pesado fusil
de un negro compañero,
cuatro años le sacaba,
por eso fue su maestro.

Soñaba con ser matador,
con disparar su metralla,
mientras el otro silbaba
canciones por el sendero.

Silbaban balas, que segaban
vidas, amores y sueños,
al tiempo que consumían
de su alma todo lo bueno.

Reía cuando jugaba
a matar al enemigo,
en ese juego de guerra
donde apretaba el gatillo.

Consumía coca y caballo,
para poder feliz cabalgar,
por las oscuras sombras,
de un paisaje singular.

Olor a muerte y a sangre,
visión macabra sin par,
parajes que por lo común,
se vuelven a transitar.

Has vivido ya mil guerras,
en mil batallas venciste,
pero imberbe tu eras
cuando la mina no viste.

Un estallido inhumano
avisó de la explosión,
dejando tu cuerpo roto,
en macabra exposición.
.

Despojos de niño fiero,
desparramada piltrafa,
grandes ojos implorantes,
otra vez de chaval fueron.

Han pasado ya los años
anclada tu mirada a un cuerpo,
con el tiempo todo se cura
pero sigue doliendo por dentro.

Ahora eres sombra de  joven
oculta entre cicatrices,
pues te perdiste en la noche
y en sus oscuros matices.

Se llevó el diablo tu infancia
por despojos cambió tu cuerpo
ahora solo queda su esencia
anclada a tu sufrimiento…..
 

4 Comentarios

  • Sosinfancia

    Sólo puedo dar las gracias a todos y cada uno de estos seis participantes por su inestimable ayuda y por la calidad demostrada en sus textos. Calidad que no sólo refleja buenos autores, sino que nos dice más de ellos y nos deja el buen sabor en la boca de saber que estamos ante expléndidas personas.

    Gracias a todos, es para mi un inmenso honor poder presentar hoy todas estas obras que aplaudo, sin duda, con todo el entusiasmo que merecen

    Un beso, Alumine, Avelibre, Danae, Harmunah, Abyssos y mi querido compañero de proyecto, Voltereta.

    Mañana dejaré seis textos de otros tantos autores de Libro de Arena, entre los que figurará también, mi texto.

    Un saludo muy cordial a todos

    AMELIA (ENLABASÍLICA)

    21/11/09 02:11

  • Enlabaslica

    Comprendo que es un post muy largo y que su lectura, sólo por ese motivo, puede resultar algo más compleja, pero... animaros a leerlo, os aseguro que vale la pena

    Iba a colgar la siguiente entrega con otros seis textos, pero casi prefiero esperar a mañana por si os animáis a comentar los ya expuestos.

    Un saludo a todos

    ENLABASILICA

    22/11/09 03:11

  • Voltereta

    Quiero dar mi más sincera enhorabuena a todo aquel que se ha comprometido con el proyecto, así como a todo aquel que lo vaya a hacer en el futuro, creo que la defensa de los débiles no es una cosa que haya que tratar a la ligera, es más, creo que es algo en lo que deberíamos de involucrarnos todos, pues la debilidad es algo innato al ser humano y más todavía en sus primeros estadios de vida.

    Quiero agradecer sinceramente a todos los escritores por mandarnos sus textos de manera altruista y desinteresada, y a todos esos que sin duda se, que a partir de hoy nos los van a mandar como colaboración.

    Espero vuestros comentarios como apoyo a estos escritores comprometidos, que sin duda se lo merecen.

    Un saludo.

    22/11/09 04:11

  • Abyssos

    Un placer el intentar poner un grano de arena como ayuda en esta causa y/o proyecto. Hay mucho por decir y mucho más que hacer. Que otra cosa podria decir.

    Un abrazo y mis felicitaciones a todos y cada uno.

    27/11/09 05:11

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