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El Primero

El Primero

Vladimir Argüello

Yo fui el primero… Fui el primero en atenderlo, en mirar sus ojos vacíos desapareciendo en la oscuridad y reapareciendo ardientes por un tormento que incendiaba sus pupilas; se cerraban desplomándose en el más profundo abandono y se abrían de golpe como en una explosión. Fui el primero también en preguntar por su mal, y en sentirse inútil al no comprender sus murmullos (que intentaban ser respuestas); lo que decía, aunque incomprensible, demostraba el miedo que lo ahogaba y suprimía su alma.

Estuve demasiado cerca cuando las noches fueron destruidas por sus gritos, podría haber jurado que la madera de su puerta crujía por el estrepito de su resonancia, mis compañeros tapaban sus oídos y escondían sus rostros llenos de lágrimas en la sombra, ¿Cómo podría un médico (aun siendo indolente) no rendirse al ver un hombre así? Su cuerpo parecía tan sano, su pecho soportaba como una armadura los golpes de su bravo corazón… Si era él mismo contra quien arremetía con tanta monstruosidad, y para nosotros era ya imposible siquiera verlo ¿Cómo era capaz de soportar su existencia? Enterrado en la cama de un hospital; solo su voz, sus ojos y pensamientos estaban verdaderamente enfermos (incurablemente enfermos), como si su salud le obligara a vivir para poder dejar que ese sufrimiento termine de corroerlo.

Luego de cinco meses, y quizás porque fui el primero, o porque mis esfuerzos fueron los últimos en cesar, o seguramente solo por casualidad, fue a mí a quien hablo con claridad y a quien pudo por fin dar una explicación de su horrible estado. Lo que dijo se grabó en mí con palabras de fuego, y sé que no podré olvidarlas, ni dejar de luchar contra ellas, hasta que me dé paz saltando de la ventana, así como se la di a él destrozándole el pecho. La voz de un cuerpo muerto dijo:

«No hay respuesta que valga soportar la pena de escucharme, mi voz apagada quemara por siempre sus odios así como su difusa imagen arde en mis ojos, me los habría arrancado si pudiera, y si usted supiera lo que voy a decir ya habría desecho a golpes esta boca maldita.»

«Éramos muchos, más de treinta o de cincuenta, perdidos en una niebla espesa y pútrida que asfixiaba nuestros pulmones en cada inhalación. Desde el principio supe que aquello no podía ser aire, era el despojo de una respiración, y lo sabía porque podía sentir en su vaivén la fuerza del espíritu a quien servía. Avanzamos a pasos lentos e inseguros, sofocados por la blancura de nuestro entorno y el terror que emanaba de sus nubes. Nuestro avance era acompañado por un desfile de árboles, árboles o cosas que intentaban serlo, porque en lugar de sostenerse por un tronco, tenían incontables ramas enredándose y retorciéndose desde el suelo y hasta donde no alcanzaba la vista. Pálidos pero fuertes y saludables pero con todas sus hojas caídas, eran en realidad solo el espectro de un árbol. Eran como lo que yo soy ahora.»

«A nuestros pasos también los acompañaba la pestilencia del entorno, un terrible hedor que crecía a cada metro; en un principio tan vomitivo como estiércol, pero se trastorno una y otra vez hasta alcanzar una mezcla de muerte y descomposición nociva, como la de un polluelo que se desarrolló a medias dentro de un huevo roto y luego de pudrió en vida. Intentaba no respirar, reducía con mucho esfuerzo mis inhalaciones y exhalaciones a apenas unos temblorosos suspiros, sabía que era inútil y que mi pecho no aguantaría mucho más, pero al menos me permitía resistir momentáneamente esos aromas que presionaban hasta el interior de mi cráneo. Caminábamos tan lento, tan cobardes, me moría por tomar una gran bocanada de aire, permitirme ahogarme solo con una para poder aguantar un poco más, pero el miedo era el único que tenía control sobre mí... Tenía pánico no solo a que la peste me sofocará, sino sobre todo a permitir que mi cuerpo fuera penetrado por ese aliento; el alma del ser que nos asechaba. La falta de oxígeno y la desesperación me desconectaron de la realidad, apenas si veía a mí alrededor ensombrecido por la brillante y blanca niebla. Mi visión comenzó a llenarse de luces, destellos sulfurosos que invertían los colores y pasaban rápido delante de mí como si estuviera en un túnel. Me iba a desmayar, y mi garganta iba a estallar por la presión de mi pecho, no podía hacer nada ¡Iba a morir del miedo! A algo que ni siquiera había visto aún, tan solo su presencia, su aliento estaban acabando conmigo y con todos, éramos mucho menos que el polvo desapareciendo por la violencia de una ventisca.»

«Pero justo antes de alcanzar la dicha de desfallecer, un estallido de gritos se liberó frente a nosotros, el nudo de mil locuras se desató, y un calor mortal creció hasta obligarnos por fin a correr, a correr de nuevo de donde habíamos venido. En ese momento mi vida acabó ¡El sobresalto me hizo respirar!, habría preferido las manos del diablo desollándome antes que respirar, respirar es una proterva condena ¡Maldito!, ¡Monstruoso aliento saliendo del peor infierno e inundando mí ser! Mis pulmones se retorcieron, mi corazón se ennegreció, y lentamente comencé a sumirme en las sombras. Pero una vez más la paz escapó de mí y lo vi… »

«Frente a nosotros una masa negra y viscosa ¡Un cebo putrefacto adueñándose del horizonte! La niebla lo difuminaba por todos lados haciéndolo infinito, y así sigue siéndolo en mi memoria: un muro sempiterno que congela mi cuerpo, que nos obligó a quedarnos inmóviles ante la faz de todo su horror. En el centro de esa cosa había algo que no podía ver, solo sentir, y sentir como nunca nada, una daga atravesando mis ojos, un alambre de púas recorriendo mis venas, hierro fundido devastando mi ser, mi corazón sufriendo mil infartos: todos los dolores producidos por ver algo que no podía ver. Y es que Él me estaba mirando a mí, podía sentir toda su atención posada sobre mi miserable existencia. ¿Qué tenía yo de especial para merecer tan terrible honor?...»

«Del interior de aquella masa oscura decenas de largas “lenguas” (¿Qué más podrían ser?), húmedas y rozadas se extendieron hasta alcanzar al hombre que estaba apenas a tres metros de mí, él, tan inmóvil como el resto, solo pudo desorbitar sus ojos y gritar mientras se pegaban en su cara, ardientes cocían la carne al contacto. En un movimiento suave y paciente se deslizaron rodeando su mandíbula, frente y ojos…. ¡Y los arrancaron! ¡Con un solo impulso le arrancaron la cara! Todo el cráneo fue despellejado, solo quedaron músculos y nervios estallando de dolor, pero él seguía aún sin moverse, ningún dolor podía superar al horror que nos congelaba. No puedo describir esos gritos, ni los míos al ver caer su piel como una máscara desgarrada.»

«Se quedó de pie, apenas temblando mientras las lenguas bajaban acariciando su pecho. Como si estuviera cubierta de pólvora, la ropa se encendido rápidamente, un collar de fuego se levantó bajo su cara desollada; las llamas no tardaron más de tres segundos en propagarse carbonizando todas sus prendas. Los restos terminaron cayéndose en pedazos y dispersándose por el aire, dejando su rojo cuerpo desnudo envuelto solo por el humo. Cuando su silueta se aclaró lo suficiente pude ver las lenguas ahora fundidas en su cuerpo, nueve lo sujetaban del torso y cinco sostenían su brazo derecho en el aire. Permanecían inmóviles, esperándome, pero apenas comprendí sus intenciones empezaron a enrollar su muñeca y a jalar de ella, con tal violencia que el sonido de sus huesos rompiéndose superó al de nuestros alaridos. No, no intentaban arrancarle el brazo, lo estaban tirando hacia la izquierda presionándolo desde el hombro, destrozando la clavícula y la escapula, partiendo el húmero como si fuera cristal, y estirando su piel quemada hasta desgarrarla; querían poner su brazo en su pecho, y lo lograron. Retorcieron tanto su cuerpo que en donde solía estar su espalda ahora estaban las costillas asomándose, y en donde solía haber un hombre ahora solo quedaba el horror.»

«Las nubes no hacían nada más que acentuar mi tormento, veía cada detalle del “cuerpo” del “hombre” que se mantenía de pie delante de mí: habiendo cansado su voz, habiéndola matado a gritos, su dentadura sin labios ni piel castañeaba desesperada destrozando sus dientes. Un enorme charco rojo se extendía desde sus pies hasta los míos, era la sangre que chorreaba de todas sus aberturas y de lo que quedaba de su cabeza. ¿Podría alguien sobrevivir en ese estado? ¿De verdad seguía vivo? No, la vida se había extinto ya hace mucho, solo quedaba el miedo, su alma era su miedo, ya solo seguía para poder seguir sufriendo.»

«Comencé a llorar, no podía hacer nada más al ver como incontables de esas lenguas se extendían a mi alrededor, no me querían a mí, sino a las treinta o cincuenta personas detrás de m텻

No necesité escuchar el resto, vi sus ojos encenderse una última vez, aquello que paso después era mucho peor que nada que aquel hombre pudiera describir, y aun así eso ya no importaba, ahora era yo el que empezaba a desaparecer. Tome el escalpelo que todavía yace en mi mano izquierda y lo clave en su corazón hasta desaparecerlo, seguí golpeando su pecho aun cuando ya solo quedaba un hueco lleno de carne destrozada. Me detuve solo al entender que todo estaba acabado, no por los gritos que clamaban mi nombre tras la puerta, sino porque lo poco que quedaba de mi vida tras los últimos meses se había esfumado en aquel relato; en sus palabras confirme lo que había temido en sus ojos.

El cielo se está cayendo, pronto las nubes abrazaran este hospital también, cuando mi mujer sepa lo que hice entenderá que ya solo existe el tormento. Este testimonio es mi testamento, y antes que seguir viviendo prefiero todas las condenas del infierno. Las llamas no pueden quitarme lo que ya me han quitado, mis penas acallarían un poco si una lanza quemara mi pecho. Saltaré anhelando desaparecer o al menos caer sobre el fuego. Yo… Yo solo fui el primero

VladimirarguelloPublicado el 17 de septiembre de 2015
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