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El Diluvio.


Sucedió lo que tenía que suceder, el calor insoportable empezó a evaporar el agua y la nubes se hicieron enormes, llegó un momento en que la cúpula celeste se tornó toda gris. Los pájaros volaban en manadas hacia otros lares, mientras los bosques se vaciaban de sus grandes y pequeños moradores. El viento empezó a soplar de forma suave al principio, para con el paso de las horas ir tomando intensidad y un vigor exacerbado. Las copas de los árboles se empezaron a doblar como juncos en una tormenta, los peor anclados a la tierra se doblegaron y cayeron junto al cepellón que ocultaba sus raíces y algunos de los más intrépidos se resquebrajaron ante el embate del dios Eolo, que se mostraba inflexible. Las hojas del otoño volaban hacia el infinito haciendo remolinos, mientras los ratones de campo y los conejos se ocultaban en sus madrigueras. Las ardillas hacía tiempo que emigraron, ante la visión apocalíptica de lo que estaba por acontecer.



Yo hacía tiempo que había encomendado mi alma al diablo, por tanto estaba en paz, era consciente de que la muerte me podía llevar con ella en cualquier momento y estaba preparado. Mis ojos se entornaban ante el polvo que levantaba la tormenta que estaba en sus inicios. Caminaba despacio, soportando los envites de ráfagas de aire, que jugaban conmigo, como si mi espíritu indomable fuera volátil. Sentía como si me aproximara a un agujero negro, que me abriese sus fauces para devorarme sin piedad. Mi respiración era agitada pero mi ser estaba tranquilo, a pesar de ser consciente de que iba a ser aniquilado.



Imaginaba el mar unos kilómetros más allá y ante mi se abría un paisaje en el que las acantiladas rocas, eran batidas por olas que en su llegada, se levantaban en cortinas de agua espumosa de diez metros, que en su enfado con el mundo, intentaban destruir todo lo que encontraban a su paso, imaginaba trozos de cascos de barcos de madera, flotando en el magma destructivo del oleaje, las animas de los marineros perdidos emergiendo a la deriva, en un caldo de cultivo que acaba por destrozar todo lo que alguna vez fueron, dejando al descubierto unas almas indefensas. Las gaviotas mostrando su sonrisa ante el porvenir de destrucción que se les muestra y un creador desconocido que abandonó a la humanidad desde su nacimiento. Una ballena blanca en la distancia y un fantasma de un solo brazo que la persigue.



Un fondo del mar habitado por miedos de los espectros que nunca alcanzaron la gloria de ser eternos y una eternidad perdida en los abismos de un océano abierto a la imaginación, en la que bien pudiera aparecer la balsa de la medusa, un piélago que espera el mundo terrestre para devorarlo en sus entrañas, cual Saturno devorando a su hijo. Se dibujaba sin duda un paisaje en que el verde, el azul y el blanco, jugaban con la espuma, las mareas y la ciclogénesis explosiva que atormentaban su alma.



Mi imaginación huyó en el momento en que empezaron a caer las primeras gotas, en unos segundos las agujas que asaeteaban mi piel, me calaron hasta los huesos y empezó a llover como si no lo hubiera hecho nunca, la lluvia torrencial fue apoderándose de los días y de las noches y el futuro se fue convirtiendo en pasado, las aguas desbocadas corrían por todas partes y el sumidero del planeta dejó de tragar, al principio el agua me llegaba por las rodillas, pero con el paso del tiempo el nivel subió hasta alcanzar las copas de los árboles, agarrado a un tronco navegué un mundo hostil, abarrotado de cadáveres hinchados, ahogados en su propia ignorancia, asolados por un universo que se vengaba por todo el sufrimiento gestado, generación a generación, época a época y el ser humano en lo alto de la cima.



Al cabo de un año de lluvia interminable, cuando las más altas montañas llevaban semanas desaparecidas, dejó de llover. Vinieron días de sol, que me alegraron después de tanto aguacero en soledad. Conforme pasaba el tiempo empezó a pasar ante mis ojos la visión de un mundo desolado, devastado hasta lo indefinible en el que el único humano era yo.



Después de pasear por la orilla de una playa llena de desechos que el mar había traído, empecé a reflexionar, era una lástima que los únicos supervivientes del diluvio universal, fuéramos un hombre de ochenta años y el coronavirus, que había empezado a expandirse en mis pulmones.



Voltereta06 de mayo de 2020

3 Recomendaciones

4 Comentarios

  • Remi

    Un relato que se vive desde el comienzo, me adentro en la historia sintiendo la devastación consecuencia del maltrato al mundo, la naturaleza se defiende.
    Gran relato Voltereta con sorpresa final, parece que un poderoso virus acompaña al protagonista en un nuevo renacer, ¡qué ironía!.
    Un abrazo.

    10/05/20 07:05

  • Janet

    Gran relato aleccionador.
    Saludos

    14/05/20 09:05

  • Patroclo

    Voltereta,
    haces pensar con semejante contraste entre la aceptación estoica de la muerte, que puede llegar en cualquier momento, frente a la angustia imaginada durante tan solo unos instantes bajo la espuma de mar.

    Así llega la innombrable, con el parásito como premio a un diluvio de valentía y dignidad.

    Gracias por hacerme llegar el salitre, lo llevo impregnado a la altura de las ojeras.
    Cuídate mucho

    15/05/20 06:05

  • Indigo

    Una ficción en torno a la furia y energía con que el planeta puede sumir a la humanidad, aunque quizá ocurrió en el pasado. Y a su vez, el relato es de un planeta compasivo respecto a lo que merecemos por tanto daño ocacionado. No aprendemos con virus o sin el.
    Buena lectura Voltereta. Idóneo para el trance que se vive hoy.
    Saludos compañero.

    17/05/20 07:05

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