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Orihuela.

Me rezuma el mar, se me escapa la sal por los poros. El vaivén de la espuma adormece mis sentidos, atrapándome en sus ondas. El salitre ondea en mi bandera, que se contonea al infinito mientras las olas vienen y van. Las algas dibujan contornos a los que da vida la imaginación, al igual que las nubes de algodón que difuminan el blanco en un cielo azul, haciéndose difusas como sueños de una noche de verano.


Mi alma divaga en la memoria de marineros tristes, perdidos en la inmensidad del océano, en busca de sus tesoros y misterios. El ancla que me ata al mundo se oxida en la herrumbre del paso del tiempo, en la inmensidad de sus incertidumbres, en el fulgor de las escamas de sirenas olvidadas en la imaginación de los poetas tristes.


El fondo marino es atrayente, la caracola me dice al oído que he de dejarme llevar al mundo submarino, para formar parte de sus intrigas, mas mis brazos y piernas me sirven de flagelos que me atan a la superficie, donde me acaricia la brisa y me atormenta el sol. La tarde es infinita en Septiembre, los peces mordisquean mis pies eliminando la piel muerta, mientras mi alma se renueva al ritmo de la soledad y del silencio.


Los cangrejos violinistas componen melodías silenciosas que atraen a los que creen en la vida y en su fundamento, los bancos de peces plateados y brillantes se mueven al son de la sinfonía que me atrapa en un borboteo de placidez y calma.


La costa de Orihuela es un mundo singular. Me hace libre en la propia esclavitud de volver a ella cada año. Como si de algún modo me atrapara y no pudiera escapar de ella, tal vez sea el canto de ondinas que me llaman y me hace regresar a sus costas, como una tortuga marina que vuelve a la playa que la vio nacer. Tal vez sean sus colores azules y terrosos, como si el agua y el desierto se mezclaran, pero la verdad es que al final, aquí consigo alcanzar la espiritualidad, por tanta gente denostada, que al fin y al cabo es la que acaba insuflándome las ganas de vivir.


Con las pilas cargadas vuelvo a mis quehaceres en la gran ciudad y a volver a echar de menos las aguas tranquilas, que tocan mi corazón y ese viento de levante que hincha las velas que me hacen navegar por los mares de la vida el resto del año.



24 de septiembre de 2018

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4 Comentarios

  • Remi

    Se te echaba de menos, vuelves y me emocionas los sentidos recordando al mar que adoro, tan solo su contemplación me llena de calma el alma.
    Una belleza de escrito, un abrazo.

    25/09/18 08:09

  • Remi

    Se te echaba de menos, vuelves y me emocionas los sentidos recordando al mar que adoro, tan solo su contemplación me llena de calma el alma.
    Una belleza de escrito, un abrazo.

    25/09/18 08:09

  • Yffunappony-2469

    Que casualidad, lo mismo hemos estado toalla con toalla. Es precioso, necesario diría yo, cuesta dejar el mar para que los ojos choquen otra vez con la urbe.
    La vida es un pañuelo.
    Te deseo suerte para lo que queda de año.

    25/09/18 10:09

  • Diegozami

    Excelente siempre estimado.

    Saludos.

    25/09/18 02:09

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