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Barrio.

Tu silencio desvanecido. Punto. Sin suspensivos. Solapado. Libro de olvido. De viejo. Catalogado. Etiquetado. Ex-libris. Palabras hervidas, guisadas, aliñadas, exprimidas, sazonadas, ensalada de palabras. Cuenco vacío. Ya deje limpia la cocina, guarde los viejos cacharros. Vacíe la despensa. Entraste alocada y saliste muda, callada. Olvidaste la merienda, tu tableta de chocolate. Tus amigos. Tus amigas. Tus sueños. Tus llamadas. Desde la ventana, mire como te ibas, calle arriba, torciste por delante de la tienda de los chinos, te fuiste. Levantaste la mano, saludaste. Paso el tranvía, verde, verde tranvía chirriando. Al anochecer salí a la calle. Entre en la frutería. Estaba ella, enojada como siempre, despachando con desparpajo lechugas, tomates, cebollas, patatas, naranjas y limones. Solo compre unos fresones. Gordos y rojos. Entre en el bar de Fermín, bebí una cerveza. Llego la noche. Y volví a casa. Hice la cena. Una tortilla. Un tomate. Unos fresones.

Volviste tarde y no oí cuando entrabas. Estaba dormido. Profundo. Abatido. Desperté a las cuatro. Mire el reloj, si eran poco más de las cuatro. Me acerque a la habitación y estabas dormida, con los auriculares puestos. Bailabas en sueños.

Me levante temprano.
Xavierpasqual03 de marzo de 2017
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