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El último Orgasmo Capítulo 3

3
Veinte céntimos


La mañana comenzaba agitada. Una máquina de limpiar le hacía levantar más temprano de lo normal y el sol rojizo se encargaba de quemar sus retinas para convertir todo a su paso en sombras.
Mientras caminaba hacia el sur, recordó aquel día de verano en el que él y su familia se disponían a coger un avión rumbo Australia. El mismo sol que ahora le cegaba, hacía brillar cada una de las baldosas del aeropuerto y el bullicio de la ciudad le recordaba a los gritos de sus hijos discutiendo. Su mujer se encargaba de organizar el papeleo y él leía el periódico cuando una máquina de limpieza similar le manchó el traje que llevaba. Gritó furioso ante la mirada atenta de todos los que ese día viajaban e hizo traer a la pobre limpiadora una hoja de reclamación. Ahora también estaba manchado pero, simplemente, era una mancha más a las que llevaba acumulando desde hace un año. Le resultaba curioso ir coleccionando manchas como quien colecciona cromos de su equipo de fútbol favorito. Pero, Joaquín no sólo tenía manchas en la ropa, tenía manchas a lo largo de todo su cuerpo: en los brazos, las piernas, las plantas de los pies,… Hasta en el corazón. Esas manchas que solamente se podrían ver con radiografía se reflejaban en las facciones de su cara, siempre triste, y en sus diamantes a cada hora, cada minuto y cada segundo.
Él no era un mendigo más. No daba miedo pasar a su lado, es más, incitaba a cualquier persona sensible y bondadosa a sentarse a su lado y preguntarle por qué lloraba continuamente.
Llevaba la cuenta de cuánto tiempo llevaba allí y nunca se le olvidaba.
Ese día se encontraba optimista a pesar de su mal despertar. Quería buscar una solución. Le urgía. Quería poder demostrar a su familia que, a pesar del tiempo que había transcurrido, sabría cómo darles lo que hasta ahora nunca había sabido compensar. Deseaba dar el siguiente paso antes que su propio destino, deseaba que su interior resquebrajado se arreglase como por arte de magia. Quería sobrevivir y deseaba amar.
Iba rumbo a los grandes almacenes que ahora eran como sus nuevos vecinos. Tal vez hiciera falta un bedel, un aparcacoches, un segurita o la sustitución de alguno de los empleados. Justo ante la puerta de cristal que obedece al caminar de los clientes, se dio cuenta que no llevaba las pintas más adecuadas para lo que sería una entrevista de trabajo por lo que cambió su rumbo hacia la barbería de Pedro. El dueño de la barbería era un hombre avejentado, con el pelo y el bigote blanco. Los ojos azules que se dejaban entrever entre la blancura de su cara era lo que conservaba de su juventud y tantas alegrías le había dado.

Se hallaba sentado en uno de los sillones de piel marrón que su propietario había comprado en el mismo centro comercial al que Joaquín pondría rumbo tras su salida de la barbería.
-Luisito por favor no mires a ese hombre…
-Mamá pero mírale es como un dálmata tiene manchitas por todo el cuerpo…
-¡Te he dicho que no lo mires!- le susurró malhumorada la mujer a su hijo que también esperaba un turno para cortarle el pelo.- Eso es lo que da la mala vida mi niño…

Tras tres cuartos de hora de espera, le llegó el turno a Joaquín. Pedro no lo había reconocido y le dijo:
-Mire le atenderé porque llevo observándole desde que ha entrado y su comportamiento ha sido el adecuado porque sino…
-¿Sino qué? ¿No atenderías a un viejo amigo?
-¿Joaquín? ¡Joaquín! ¡Válgame Dios! ¿Qué te ha pasado? ¿Has tenido un accidente mientras intentabas bajar el cristal del coche cuando conducías de vuelta a tu casa o qué?
-No.
-Vale, entonces es que debo cerrar un poco más la ventana del local porque no te favorece el aire que está entrando…- dijo el viejo corriendo por todo el local en busca de la ventana indiscreta.
-Digamos que he tenido un accidente pero, en mi vida. Me he mudado y no he encontrado el papel correspondiente…
-Vaya…Tú y tu don de palabra- rió el hombre.

Apenas se dirigieron palabra mientras el peluquero cortaba la gran cabellera ya que Joaquín tenía la mirada perdida y la vergüenza podía con el viejo. Una vez los dos se encontraban satisfechos con el trabajo, se dieron lo que podría ser su último saludo.
-¿Cuánto es?
-Nada. Por los viejos tiempos.

Los ojos verdes de Joaquín se vieron sumergidos en una presa que no dejaba escapar el agua que los mismos contenían. Sin más dio dos pasos hacia la puerta, viró la cabeza e hizo un gesto de agradecimiento con el que dio por hecho que sobraban las palabras.
Ahora sí podía entrar en los grandes almacenes.

La puerta del despacho era grande y de un color marrón oscuro. Sobrepasaba por encima de su cabeza unos quince centímetros y en lo alto había un letrero que ponía: “Departamento de Recursos Humanos”. Le temblaba el pulso y su caminar no era firme. Hacía años que no pasaba por esa situación, es más, nunca tuvo que pasar por ella. Nada más aprobar las oposiciones el Jefe de Estudios de su primer centro y año de docencia le dio la bienvenida, lo presentó entre sus compañeros y comenzó a dar clase minutos más tarde.
-Don Joaquín Fernández.- dijo una voz tras la puerta.

La tensión se le había disparado y apenas veía. Aún no sabía si contestar son sinceridad o, de lo contrario, mentir en cada de una de sus respuestas.
-Buenos días.- la voz le jugaba una mala pasada.
-Hola… Iremos al grano porque como comprenderá no le pienso dedicar todo mi tiempo. Estoy bastante ocupado. ¿Qué es lo que quería?- el hombre que tenía pinta de ser bajito, con el pelo negro y una gran aureola que dejaba al descubierto una zona de su cabeza sin bello, se escondía tras sus gafas de media luna con cara de pocos amigos.
-Buscaba… buscaba… me gustaría saber si hay alguna vacante libre o un puestillo para mí en su empresa.
-¿Un puestillo? ¿Tan insignificante se considera? Creo que es usted la única y primera persona a la que le voy a decir que no nada más verla…
-¡Perdón Emilio! Te están llamando por teléfono. Dice que es urgente.- dijo una dulce voz. Joaquín se quedó sin habla al verla y, como si de una película romántica se tratase, sus ojos se abrieron hasta el punto de salirse de las órbitas al reconocer a aquella mujer. Sí, era ella. Le habían gritado: “¡Adiós Lucía!” el primer año en el que Joaquín se mudó y, desde entonces, no había vuelto a verla.
-Dile que ya voy. Termino rápido.- y se cerró la puerta con un golpe tan suave como la voz de la mujer.- ¿Por dónde íbamos? ¡Ah sí! ¿Acaso cree usted que con un pantalón por debajo de la cintura, unas zapatillas rotas por la punta del pie, una camisa que no se distingue bien el color y esas manchas por el cuerpo que no sé si es usted un dálmata en celo o una mandrágora roedora podrá conseguir el trabajo? En los veintitrés años laborales que llevo en esta empresa nunca había visto nada igual. Háganos a todos los que aquí trabajamos el favor de marcharse y no volver más.- dijo el muy ignorante señalando con el dedo índice la puerta de su despacho por no señalar la primera planta.
-Lo siento. Ha sido un error venir…- se disculpó Joaquín al mismo tiempo que se ponía en pie.
-¡Ah! Y ya que estamos de favores, hágase uno para usted mismo. Cómprese un cupón de la ONCE nada más salir de nuestro centro comercial y cambie su vida. Lo necesita y lo digo por su bien.

Joaquín se encontraba a punto de girar la cerradura que daba al pasillo de la novena planta cuando en una milésima de segundo pensó en lo cómodo que se había encontrado en esa silla sentado durante escasos cinco minutos y el mal humor que le recordaba estar detrás de una mesa para él sólo y tener en frente a treinta mequetrefes con pensamientos diferentes cada uno de ellos. Algo le subía por el esófago y que se atragantaba en su boca. Quería soltarlo o, tal vez, gritarlo.
-Ojalá ganase usted los millones que yo gané en su momento. Cada una de esas monedas y esos billetes me ha dado esta de vida de transeúnte que ansía las ganas de poder sentarse más que sea dos minutos en ese sillón de cuero en el que usted está y beberse uno de los seis café que usted se tiene que beber al día, por no decir más. Pero, el billete más grande y morado que equivale al de los quinientos euros de las tres cuartas partes de su sueldo me lo ha dado hoy su comportamiento. ¡Imbécil!

Y cerró la puerta ante la mirada asustada del hombre que había derramado el vaso de té que empezó a tomar justo en el momento de los gritos, los pasos y rumores inquietantes de los empleados que se encontraban fuera del despacho imaginando y haciendo suposiciones de lo que podía haber pasado.

Nada más salir del establecimiento volvió a sentarse en el suelo de su vivienda y unos tacones guiados por el paso torpe de los pies de Lucía hacían entender a Joaquín que los veinte céntimos que ahora estaban en sus manos habían permanecido a la mujer de voz aguda.

Y así pasaba un martes más…
Adolfo12 de junio de 2009

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