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Mientras Llega MaÑana 62

Pero en realidad, aunque disfrutaba cada noche, cada día y aún cada minuto que pasaba al lado de Daniel, para mí la noche de bodas había sido aquella en que decidí que estaba dilatando algo que tenía que pasar, y que deseaba que pasase, aunque también lo temiese. El temor se había acabado, y también las inseguridades. Ahora solo quedaba el deseo, el ansia, el anhelo de él. Aunque estuviésemos en una habitación rodeados de gente, sabíamos buscarnos con la mirada y decirnos en un segundo lo que sólo el amor puede transmitir. El nuestro era un amor de invierno, de confidencias al amor de la lumbre, de paciencia, de serenidad, de calma y sosiego; el amor de aquellos que se encuentran cuando ya saben bien lo que quieren, quizá porque han tenido tiempo de dejar atrás lo que no quieren.
A la mañana siguiente no madrugamos; nos dimos tiempo para disfrutar de un desayuno, que nos trajeron a la habitación, y luego salimos hacia la casa rural que habíamos reservado en “A Ribeira Sacra”. Daniel conocía la zona, pero desde Orense, porque la familia de su madre era de allí; y nunca había estado en la otra orilla, en la lucense. Yo no conocía ninguna de las dos. Deseábamos descansar en un lugar apartado y tranquilo, y era una de las mejores opciones, porque a ninguno de los dos nos agradaban las playas, con sus aglomeraciones veraniegas, ni los normales lugares de veraneo, repletos de gente. El lugar, elegido al azar, resultó ser un paraje precioso, cerca del pequeño monasterio de Santo Estevo de Ribas do Miño, una joya del románico, como muchos de los monasterios que jalonan cada una de las orillas del Miño y del Sil. La casa quedaba en un paraje escondido, alejado de la carretera principal, cuya población más cercana era Monforte de Lemos; que no llega a ser una ciudad, aunque es demasiado grande para pueblo.
En realidad, en los tres días que estuvimos allí, no pasamos demasiado tiempo en la casa. Nos levantábamos temprano, y después de desayunar, salíamos a caminar por las cercanías, cuando el sol aún no quemaba demasiado y la hierba se desprendía del rocío nocturno, dejando un agradable aroma a campo, a vida. De nuevo, después de muchos años, volví a montar a caballo. Me dieron una yegua mansa que no me causó problemas, y aunque a la mañana siguiente me dolía todo el cuerpo; y tenía agujetas hasta en el pelo, me sentí feliz de estar lo bastante recuperada como para poder hacer ejercicio sin cansarme.
La última noche que pasamos allí, pedimos que nos trajesen la cena a nuestra habitación. Los demás huéspedes eran muy amables, gente tranquila con la que resultaba agradable conversar, pero preferíamos estar solos. Pedimos pescado, un poco de marisco, buen vino, un postre ligero.
-Me gustaría que el tiempo se detuviese ahora-le dije a Daniel cuando estábamos ya acabando la cena.
-No, Nefertiti, el tiempo tiene que pasar, para que lleguen cosas nuevas, para que sigamos avanzando.
-¿No tienes miedo al futuro?
-No pienso demasiado en el futuro. Intento vivir y disfrutar del presente, y el futuro llegará por si solo. Tú deberías hacer igual. No tiene sentido preguntarse por algo que no sabes como será.
-Dani, pasado mañana iremos al centro, a ver a los niños. No te has arrepentido, ¿verdad?
-Te lo he prometido. Iremos. Pero de momento solo he prometido eso. Ya veremos luego si es prudente que nos embarquemos en esa aventura.
-Ya se que si decidimos adoptar un niño, nuestra vida cambiará, pero creo que a mejor. Tenemos mucho amor que dar, y esos niños que están solos necesitan unos padres. ¿Quiénes mejor que nosotros?
-Bueno, se me ocurren unas cuantas objeciones a eso de ser los padres perfectos, pero me las callaré. Para empezar, nunca he sido capaz ni de cuidar una planta. No se como me apañaría con un niño.
-Pues muy bien. Quiero, en cierta forma, devolverte lo que te han robado. No he olvidado aquello que me contaste. Y aunque nada me gustaría más que poder darte un bebé pelirrojo y con ojos de humo; no puedo.
-¿Ojos de humo? ¿Quién tiene ojos de humo?
-Tú. Tus ojos son de color humo.
-En la vida había oído una cosa tan boba. ¿De qué color es el humo?
-Déjalo, Daniel. La poesía no es lo tuyo; quizá por eso eres tan buen periodista.

Cuando volvimos a casa, solo estaban Úrsula y Mark. Mi hermano, Elia y Carlos ya se habían ido. Elia tenía por delante el trabajo de preparar la consulta en nuestra clínica. Había vendido su parte a Julia, su antigua socia, y Carlos estaba contento de mudarse a una ciudad más pequeña, más humana que la capital. A mi me encantaba tenerles a todos a poco más de media hora de camino, porque así nos veríamos mucho más.
La noche anterior a la visita al centro, durante la cena, hablamos con mi hija y su novio sobre lo que pensábamos hacer. Yo se lo había adelantado, pero me parecía justo mantenerles informados, porque si al final decidíamos llevar a cabo la adopción y a nosotros nos pasaba algo, ellos eran, junto con Elia y Diego, la familia más cercana. De manera muy generosa, nos ofrecieron todo tipo de ayuda, cualquiera que fuese nuestra decisión.
Confieso que cuando entramos en el enorme y desangelado edifico donde estaba el centro, me temblaban las piernas. Me agarré fuerte de la mano de Daniel y busqué su mirada, para darme ánimos. Pasamos primero al despacho del director, el amigo de Diego. Era un hombre bajito, menudo, con gafas de gruesa montura negra, y que caminaba como dando saltitos. Inmediatamente tuve que frenar mi calenturienta imaginación, porque me parecía talmente un pájaro carpintero. Y precisamente cuanto más nerviosa estoy, más tonterías suelo hacer; así que si no quería acabar riéndome a carcajadas y estropearlo todo, más me valía pensar en otra cosa. Me centré en el asunto e intenté olvidarme de pájaros carpinteros y demás fantasías.
-Entiendo que Diego os ha explicado los motivos; y espero que no os sintáis molestos por haber sido tan francos.
-En absoluto-le contestó Daniel. Estamos agradecidos, en todo caso, porque esa franqueza nos ha evitado perder el tiempo en presentar una solicitud que sería rechazada.
-Bien, pues entonces, podemos, en primer lugar, pasar a la sala donde están los niños. No quiero que lo veáis como un muestrario ni mucho menos. Es simplemente para que podáis tomar contacto con ellos en lo que es su entorno cotidiano y así podáis comprobar por vosotros mismos que, dentro de lo que cabe, gozan de buena salud; aunque necesitan muchos cuidados.
Los dos asentimos, y levantándose, nos invitó a seguirle a través de un largo pasillo, con puertas pintadas de verde manzana a uno y otro lado. Por fin, cuando llegábamos casi al final del corredor, abrió una de ellas y entramos en una sala muy grande, luminosa, con las paredes de amarillo claro, y pinturas murales representando escenas de cuentos infantiles. La Cenicienta compartía pared con el Gato con Botas, El Soldadito de Plomo, y el Ratón Mickey. Varios niños jugaban en el suelo, sentados en una alfombra; los que sabían caminar correteaban a sus anchas o pintaban; y los más pequeños estaban en parques o en cunas. El ambiente era agradablemente tranquilo; había cuatro cuidadoras que deambulaban entre los niños, repartiendo caricias, consolando a los que se habían hecho daño, recolocando chupetes entre los bebés, o incluso amonestando a los más traviesos. Cuando nos vieron entrar, la mayoría se giró a mirarnos con curiosidad, pero pronto volvieron a lo que estaban haciendo.
-¿Cuál es el caso más complicado que tienen por aquí?-preguntó Daniel.
-¿El más complicado? ¿Te refieres a qué niño tiene menos posibilidades de ser adoptado?
-Si, exactamente.
Yo esperaba una reacción semejante por su parte, no puedo decir que me sorprendiese, porque mi marido era así. Pero Ginés, el director, si que se quedó un tanto asombrado, aunque lo disimuló.
-Bueno, quizá el caso más difícil sea el de dos mellizos, niño y niña. Tienen cinco meses y no han sido adoptados porque nos resistimos a separarles, y si es difícil que se lleven a uno, imaginad a dos.
-¿Podemos verles?-pregunté.
-Claro, están aquí-nos señaló una cuna en el extremo de la habitación.
Nos acercamos. Eran pequeños para la edad que Ginés había mencionado. El niño dormía, su hermana no; estaba pataleando y gorgoteando, contenta. Daniel acercó su mano para acariciarla, y ella de inmediato de apoderó de su dedo, apretándolo entre los deditos y queriendo llevárselo a la boca. Algo se me rompió por dentro al imaginar que aquellos hermanos podían ser separados y vivir sin saber uno del otro. Recordé lo que Diego representaba en mi vida, y cuanto tiempo habíamos perdido
Beth23 de agosto de 2011

10 Comentarios

  • Agora

    entrañable Beth!: amor de invierno...la melliza aferrada al dedo de Daniel...
    uf!!! sigooooo!

    23/08/11 04:08

  • Serge

    Beth:
    "Intento vivir y disfrutar del presente, y el futuro llegará por si solo. Tú deberías hacer igual. No tiene sentido preguntarse por algo que no sabes como será".

    Me alegra saber que Elena ya esta bien y puede incluso montar caballo.
    Me dio mucha gracia la ocurrencia de Elena de ver al director como un pajaro carpintero jejejejeje...
    Si se llevan a esos mellizos estoy seguro que seran felices.

    Un gusto volverte a leer amita.

    Sergei.

    23/08/11 05:08

  • Beth

    Encantada de tu lectura y tus comentarios, querida Agora

    23/08/11 05:08

  • Beth

    Alteza, yo echaba mucho de menos a mi gatito preferido, a mi Sergei. Elena es demasiado imaginativa en los peores momentos

    23/08/11 05:08

  • Buitrago

    Tierno, un gusto de lectura siempre son tus palabras
    Saludos

    Antonio

    23/08/11 05:08

  • Vocesdelibertad

    ¡Amorosas páginas! imagino el momento en el centro frente a dos estrellas. Momentos humanos muy humanos, esenciales vínculos uniendo las fibras más humanas.
    Linda, Linda, preciosa historia

    23/08/11 05:08

  • Beth

    Gracias Antonio por leer mis cosas y comentarlas. Saludos

    23/08/11 06:08

  • Beth

    Mi querida Voces, esta es la historia de un amor de otoño, cuando ninguno de los dos lo esperaba ya y que quizá les sirva para llevar luz a más seres que lo necesitan. Besos

    23/08/11 06:08

  • Endlesslove

    Beth , que hermosa descripción de ese amor : un amor de invierno, de confidencias al amor de la lumbre, de paciencia, de serenidad, de calma y sosiego;
    ¿Y lo de los mellizos? que ternura , pero estoy sufriendo , jejeje…

    15/09/11 06:09

  • Beth

    Bueno, un poco de paciencia...Y si, ese es el amor que llega en la madurez, lento y sosegado, el mejor

    15/09/11 09:09

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