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Un Palco En El Infierno

Sus botas eran rojas, sus ojos y su lengua eran del mismo color que el fuego en noches de San Juan, y provocaban en mis labios un efecto incandescente que los sellaban durante horas.
Ella se iba con uno y con otro, y jamás hizo nada por ocultármelo. Después se acercaba lenta, con pies de gato hasta toparse con mi humillación, vertía dulces palabras de arrepentimiento en mis oídos y mi mente se engañaba a propósito para no verla partir y pertenecer a los otros.
Era mía, el diablo jugaba en mi cama a ser una diosa, y yo jugaba a veces a no ser nadie mientras la observaba buscar con sus caderas el orgasmo perfecto. Buceaba entre mis piernas para arañar con sus colmillos la punta de mi miembro a punto de estallar, en fin, nadie la come como el diablo que habita mis sabanas y las sabanas de cualquier hombre que se precie.
Estallaba con cualquier roce en su clítoris insaciable, y precisamente por ser propensa a dicho placer, jamás sintió remordimientos a la hora de servir de oferta barata para mis amigos, para los amigos de mis amigos, y para los enemigos de mis amigos y los míos. Se retorcía cual enredadera en bocas y cuellos ajenos, y no lo hacía muy lejos de casa, pues quería que yo lo supiera, por el extraño morbo que le producía, quizás, el saberse una adultera.


El diablo yace sin extremidades en el interior de mi bañera. Mientras apuro las últimas caladas de un merecido marlboro, escribo con su sangre, párrafos de viejas poesías que jamás significaron nada, sobre el blanco del alicatado. Podría cerrar los ojos y dibujar con la misma tinta, su cuerpo desnudo sin olvidar el más mínimo detalle, yo, y el resto del vecindario.
Ya jamás será de otro, seré el último hombre que alcance a contemplar su pudiente desnudez. Si jamás me amó, tuvo en sus manos el poder de desaparecer sin mi ayuda, pero a cada polvo que echó a deshoras, más se acercaba al final de su extensa carrera. No hay en mi alma ni un atisbo de arrepentimiento, placer quizás, tan intenso o más que el suyo. Y aunque suene descabellado, ante un juicio, estas mismas palabras pronunciaría:
“Ojala vivieras, ojala vivieras para poder acabar contigo de nuevo, te amo tanto que no soporto verte vivir como la mierda de persona que llegaste a ser.
Ya he reservado mi palco en el infierno, y créeme, la estancia que me he ganado en aquellas tierras no me asustan en absoluto, me llevaste de la mano en vida a conocer sus más oscuros rincones, ya conocí el infierno esperando verte volver a casa en la madrugada, ahora vuelve a él. Tú y yo no tardaremos mucho en volver a encontrarnos amor, yo iré al infierno, y tú estarás sentada en tu trono esperando poder volver a convertir mi alma en un caos”.
Debenetash27 de septiembre de 2010

4 Comentarios

  • Mary

    El demonio tambien se sabe disfrazar de dulce angelito, y la mayoria
    de las veces no nos queremos dar cuenta porque es algo que cuesta
    reconocer. Me gusto mucho esta historia.
    Besoss.

    30/09/10 12:09

  • Norah

    Tú y yo no tardaremos mucho en volver a encontrarnos amor, yo iré al infierno, y tú estarás sentada en tu trono esperando poder volver a convertir mi alma en un caos”.
    En verdad, el amor te constituye, saludos.

    30/09/10 03:09

  • Debenetash

    MARY: Gracias a dios, esto no es real, jajja, ni si quiera la primera parte.Pero si que saben disfrazarse, si.

    30/09/10 05:09

  • Debenetash

    NORAH: No he entendio lo del amor te consituye

    30/09/10 05:09

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