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El Sueño Americano

EL SUEÑO AMERICANO
Johny, Marky y Dee Dee entran al banco de la pequeña ciudad pesquera. Desenfundad cada uno dos revólveres; uno plateado y uno negro. Apuntan a los guardias y a las cajeras; las pocas personas, en su mayoría ancianos, tardan en percatarse del robo. Todo lo tienen planeado: gritos, amenazas, maniobras evasivas contra las cámaras de seguridad, posiciones alrededor de los rehenes, sustracción de celulares, y sobre todo apertura de la bóveda. Solo diez minutos y ya están subiendo al Cadillac 54, rojo carmesí, descapotable, con un aplique de cuernos de búfalo sobre el capót, con Joey al volante y el motor andando. Salen del centro y suben a la autopista con rumbo hacia el sur. Los negros cabellos sacudidos por el viento, las chaquetas de cuero, los lentes obscuros firmes en los delgados rostros y las sonrisas terminan el cuadro que se presenta montado sobre el orgullo americano huyendo hacia la frontera.

El desierto es perfecto mas allá del concreto de la autopista; como lejano paisaje que se mueve a 80 millas por hora. El cielo no podría estar mas claro, ni una nube en el horizonte. Los muchachos celebran en silencio y no se preocupan por las sirenas que cada vez suenan más fuertes. Marky intenta algunos chistes pero el resto de la banda tiene su atención en futuros placeres detrás del muro.
El sol comienza a descender lentamente sobre el mar y el Cadillac acelera como temiendo que la noche traiga consigo algún vaquero cabalgando su yegua negra.

Dee Dee observa en el cielo un ave de extraña armazón, con el logotipo de una estación televisiva pintada en sus laterales. Que baja y se aproxima y deja ver en su interior a un cíclope y a un retrasado con un micrófono en la mano. Pero los muchachos están disfrutando margaritas en la playa, tomando tequila en la taberna y cortejando prostitutas en la plaza principal.

Ahora el sol ya se perdió y en su lugar un haz halógeno hace foco sobre la inmensidad del Cadillac rojo carmesí. Las sirenas con sus cantos hipnóticos aun los persiguen pero el ruido del motor casi las sobrepasa. Y las bolsas de polipropileno negro llenas de billetes les sirven de almohadas mientras el viaje sigue su curso.

Primero Joey y luego todos observan que ya no hay autos junto al suyo. Las sirenas siguen, ahora mas alejadas, su rastro. Pero más adelante nada excepto las lineas blancas y los postes de luz.
-No falta mucho.
El anuncio es de los labios de Johny que al mismo tiempo se quita los lentes obscuros y deja ver algo casi como esperanza en el fondo de su mirada.
La noche esta muriendo, y en el horizonte de la banda amanece un sol hecho de mil faros eléctricos. Delante y hacia ellos; la luz, el ruido y las amenazas. La libertad y los libres. El muro. El Cadillac 54 rojo carmesí. Los cuatro condenados y los mil verdugos.
La carretera no será la misma después de esta noche. No volverá a sentir la libertad sobre su cuerpo de concreto.
Pero los héroes no temen y no se detienen. Los héroes no mueren. Los héroes son leyenda. Los héroes viven en el paraíso: bebiendo tequila en una playa de arenas blancas con la selva de fondo, la brisa meciendo sus cabellos y el sol brillando en sus lentes obscuros.
Huarpe18 de mayo de 2011

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