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Cartas de Esperanza


Le ha escrito cartas a su padre desde que se marchó, su familia no ha sabido nada de él, desde aquel frío día del 18 de Junio de 1916, en el que desapareció sin dejar rastros. Lo buscaron por varias semanas sin resultado alguno, hasta que finalmente tuvieron que continuar con sus vidas. Es apenas un niño de doce años; Luís, ha crecido con las esperanzas de reencontrarse con su padre. Vive junto a su madre Elena, y sus abuelos maternos Dionisio y Marta en un humilde hogar de un modesto pueblo costero. No son poseedores de muchos recursos pero sí los suficientes para cubrir las necesidades básicas, menos la grave enfermedad de su abuelo, que debe convivir con ella y lo está matando de a poco. Dionisio siempre afirmaba que sólo quería morir tranquilo en su casa y vivir el resto de sus días plácidamente en sus tierras, Marta cuidaba de él con mucha dedicación y amor, al pobre viejo desgastado, de piel seca que apenas le cubría los nervios e ínfimos músculos, y su decaída pero apacible mirada que le sonreía a la vida. Esa mañana amaneció adolorido. Con molestias repartidas por todo el cuerpo, se revolvió en su cama y se quejó con un tenue suspiro, tenía los huesos débiles, el sol recién se asomaba, solamente quería dormir un poco más pero no pudo. Se levantó para prepararse un café, desafortunadamente se encontró con un tarro vacío humedecido con restos de café pegados a las orillas, tan poco que no alcanzaba para llenar una cucharadita, al rato su mujer se levantó y le rogó que volviera a su cama. Bebió un té recostado mientras leía el periódico de la semana pasada, sólo por diversión: - Que frío está el día - le

comentó a su mujer en una de las pausas que tomaba para respirar mientras bebía el té, - Sí - replicó ella.
Ellos siempre acostumbraban a ser los primeros en levantarse, Elena dormía en la habitación vecina junto a su hijo, que unas horas más adelante se levantó inspirado en escribirle una nueva carta al padre.
El niño al medio día partió a comprar el sello, había escrito la carta en el desayuno, tenía los centavos justos para ir a la oficina de correos, el señor que lo atendía le tomó cariño y siempre le ayudaba, Don Miguel.
Elena ya no tenía esperanzas de que el padre del niño volviera, lo trataba de cretino, ya que abandonó a su familia y a su hijo, sin saber ella alguna razón, pero no quiso destruir los sueños del niño, que cada mes enviaba una carta. Tanto así que inventó una dirección, la calle "Esperanza 186". Nunca supo cómo controlar esa mentira piadosa para que su hijo se mantuviese con ánimo, siempre lo discutía con sus padres que la sermoneaban por estar haciéndole eso al pequeño Luís.
Don Miguel siempre con una sonrisa sencilla de cariño, lo ayudó nuevamente, metió en el sobre la carta, y le pegó el sello. -La calle Esperanza 186...- dijo al susurro. No hemos recibido ni una sola carta proveniente de esa dirección ¿Estás seguro que es la dirección correcta niño? - Claro que sí - respondió él, muy seguro, un poco extrañado porque era la primera vez que Don Miguel le hacía esa pregunta después de cinco años - Estoy seguro de que mi padre ha leído cada una de mis cartas, pero teme responderme para no preocuparme -.
La inocencia de Luís conmovió a Don Miguel, que por fin entendía la situación en la que se encontraba, pero no dijo nada, continuó con su trabajo y dejó la carta lista para enviarse, esta vez no le cobró por el sello, se lo regaló.
Ocurrió que estas cartas según la madre no tenían destino alguno, pero estuvieron llegando a alguna residencia durante cinco años, Don Miguel no quiso quedarse de brazos cruzados y fue a hablar con Elena. Lloviznó la gran parte del día, fue una tarde triste y gris. El niño fue a caminar para despejarse y sentir esas tibias brisas de mar mientras pensaba. Soñó despierto con su padre sentado a la orilla del mar por horas, pero en la tarde la lluvia arreció, la suave arena se transformó en una especie de barro con algas lo que le obligó a marcharse y se fue a la oficina de Don Miguel.
Don Miguel y Elena sostuvieron una larga conversación en la cocina-comedor, mientras se tomaban algo, discutiendo sobre Luís - Una vez leí sus cartas y realmente son conmovedoras - Afirmó Miguel, lo que desató el llanto de Elena y explicó sollozando:
- Cuando su padre se fue, inventé que se había ido porque tenía que trabajar y que volvería. Y la dirección a la que ha estado escribiendo porque fue lo primero que se me ocurrió, el día en que se fue 18 y el mes 6: Junio. No creo que su padre vuelva, y no quiero destruir sus esperanzas... Le juro, ya no sé qué hacer. Le puse la calle Esperanza por mi hijo, que ha crecido con una dicha insospechada, vive mejor no sé por qué -
- Es por la esperanza señora... algo que no estaría nada de mal para la gente de esta sociedad - Comentó. - De todas formas, si esa calle y el número existiesen, sería una coincidencia muy hermosa, porque al menos alguien leería las cartas de Luís ¿Cree en el destino señora? -
No alcanzó a responder cuando alguien llamó a la puerta con tres rápidos golpes, era un misterioso señor, de pelo cano, vestido de negro, con pequeños lentes ajustados en la punta de su nariz, un sombrero de copa y llevaba un paraguas.
- ¿Discúlpeme, se encuentra aquí el señor Miguel Ramírez? - Preguntó caballerosamente a Elena, - Sí - Respondió él desde lejos, adelantándose a ella, mientras se levantaba de la mesa apresurado.
Este señor le pidió que lo acompañe a la oficina de correos, porque necesitaba hablar con él y le ofreció espacio dentro de su paraguas para marcharse bajo la lluvia. Miguel se despidió con un fugaz "Adiós" que apenas logró escucharse cuando la puerta ya se había cerrado de golpe.
Había faroles irradiando apenas una luz opaca amarillenta que se desvanecía en la oscuridad. Perros y gatos husmeando por algún lugar donde echarse. El sitio parecía estar tomando un aspecto de pueblo fantasma. Miguel y el señor misterioso se fueron caminando bajo la intensa lluvia, apenas cubiertos por el paraguas. Estaba tormentoso, con mucho viento y frío. Llegaron empapados a la pequeña oficina de Miguel, entraron por la puerta discutiendo pero no se percataron que en una silla estaba ubicado el niño Luís detrás de un mueble, con los hombros encogidos de frío.
- He venido aquí por una larga historia, viví un tiempo en una residencial en una ciudad, y me fui enterando de una historia de a poco, sobre unas cartas que llegaban cada mes a ese lugar. Eran de un niño que le escribía a su padre, anhelando su regreso. - Resulta que el dueño de la residencial leyó todas las cartas y las guardó una por una en un baúl. Pasaron varios años, hasta que yo me establecí un tiempo ahí. Me enteré y me interesé en el tema, sentía que en algo yo estaba involucrado, hasta que leí el apellido del niño y mi memoria se destapó, me acordé de todo. El padre de este niño fue marinero mercante, yo trabajé junto a él hace bastante tiempo, lo que pasa es que él no abandonó a su familia, lo contrario, la salvó... - Luís no entendía nada, lo que le hizo ponerse más atento aun.
Miguel y el señor se acomodaron, y continuaron sentados - Me encontré con él hace cinco años, cuando se estaba escapando, y digo escapando porque él presenció un terrible crimen, fue considerado cómplice y lo estaban siguiendo, bajo fuertes amenazas, que finalmente quisieron involucrar a su familia, pero desapareció tan repentinamente que nadie supo nunca más de él ni de sus parientes. Teme volver para proteger especialmente a su hijo, pero lo ama tanto que piensa todos los días en él. Recién hace unas semanas todo cuadró. Leí las cartas, revisé de donde provenía y consulté con el dueño, que guardó esas cartas por la esperanza de que el padre encuentre a su hijo. Ya que esas cartas expresan mucho amor y esperanzas, por un padre, recordado y querido. Te visito porque sé que en este pueblo se ubica este niño que ando buscando, todo fue una historia muy larga y de lento proceso, de muchas coincidencias. Me pregunto... ¿Por qué el niño escribía a esa residencial? - Luís lloró de felicidad muy despacio, su alma le volvía al cuerpo después de cinco años de incertidumbre. Se enteraba al fin de que su padre seguía vivo.
Miguel se sorprendió tanto que rió: - ¡No puede ser, es una historia increíble, no querrás escuchar mi parte, ni tampoco por qué el niño escribía a "186 Esperanza"! -
- ¿Conoces al niño del cual hablo? - Preguntó ansioso. Antes de que Miguel respondiera, Luís salió de su escondite llorando de felicidad exclamando - ¡Yo soy, yo soy el hijo, el que ha mandando todas esas cartas! - Al momento de abrazar al señor.
Hablaron los tres igualmente impresionados y contentos, sintiendo una extraña magia en sus corazones. - Yo sé donde se encuentra tu padre y pienso llevarte - Dijo el señor.
Al siguiente día Luís habló con su familia fascinado, todos se alegraron enormemente, la visita al padre debía ser discreta, sólo Luís debía ir esta vez, pero su familia comprendió, ya que Luís fue el único que mantuvo sus esperanzas, en medio de una sociedad cruel y poco comprensiva. Finalmente su perseverancia fue lo que hizo posible todo, lo que realmente importó fue la bondad de algunos y la esperanza del niño.
En una mañana soleada y fresca, después de la intensa tormenta, Luís se fue bien vestido con una sonrisa en su rostro, junto al señor misterioso, emprendiendo un hermoso viaje en tren, en busca de su padre.

teme responderme para no preocuparme -.
La inocencia de Luís conmovió a Don Miguel, que por fin entendía la situación en la que se encontraba, pero no dijo nada, continuó con su trabajo y dejó la carta lista para enviarse, esta vez no le cobró por el sello, se lo regaló.
Ocurrió que estas cartas según la madre no tenían destino alguno, pero estuvieron llegando a alguna residencia durante cinco años, Don Miguel no quiso quedarse de brazos cruzados y fue a hablar con Elena. Lloviznó la gran parte del día, fue una tarde triste y gris. El niño fue a caminar para despejarse y sentir esas tibias brisas de mar mientras pensaba. Soñó despierto con su padre sentado a la orilla del mar por horas, pero en la tarde la lluvia arreció, la suave arena se transformó en una especie de barro con algas lo que le obligó a marcharse y se fue a la oficina de Don Miguel.
Don Miguel y Elena sostuvieron una larga conversación en la cocina-comedor, mientras se tomaban algo, discutiendo sobre Luís - Una vez leí sus cartas y realmente son conmovedoras - Afirmó Miguel, lo que desató el llanto de Elena y explicó sollozando:
- Cuando su padre se fue, inventé que se había ido porque tenía que trabajar y que volvería. Y la dirección a la que ha estado escribiendo porque fue lo primero que se me ocurrió, el día en que se fue 18 y el mes 6: Junio. No creo que su padre vuelva, y no quiero destruir sus esperanzas... Le juro, ya no sé qué hacer. Le puse la calle Esperanza por mi hijo, que ha crecido con una dicha insospechada, vive mejor no sé


Le ha escrito cartas a su padre desde que se marchó, su familia no ha sabido nada de él, desde aquel frío día del 18 de Junio de 1916, en el que desapareció sin dejar rastros. Lo buscaron por varias semanas sin resultado alguno, hasta que finalmente tuvieron que continuar con sus vidas. Es apenas un niño de doce años; Luís, ha crecido con las esperanzas de reencontrarse con su padre. Vive junto a su madre Elena, y sus abuelos maternos Dionisio y Marta en un humilde hogar de un modesto pueblo costero. No son poseedores de muchos recursos pero sí los suficientes para cubrir las necesidades básicas, menos la grave enfermedad de su abuelo, que debe convivir con ella y lo está matando de a poco. Dionisio siempre afirmaba que sólo quería morir tranquilo en su casa y vivir el resto de sus días plácidamente en sus tierras, Marta cuidaba de él con mucha dedicación y amor, al pobre viejo desgastado, de piel seca que apenas le cubría los nervios e ínfimos músculos, y su decaída pero apacible mirada que le sonreía a la vida. Esa mañana amaneció adolorido. Con molestias repartidas por todo el cuerpo, se revolvió en su cama y se quejó con un tenue suspiro, tenía los huesos débiles, el sol recién se asomaba, solamente quería dormir un poco más pero no pudo. Se levantó para prepararse un café, desafortunadamente se encontró con un tarro vacío humedecido con restos de café pegados a las orillas, tan poco que no alcanzaba para llenar una cucharadita, al rato su mujer se levantó y le rogó que volviera a su cama. Bebió un té recostado mientras leía el periódico de la semana pasada, sólo por diversión: - Que frío está el día - le comentó a su mujer en una de las pausas que tomaba para respirar mientras bebía el té, - Sí - replicó ella.
Ellos siempre acostumbraban a ser los primeros en levantarse, Elena dormía en la habitación vecina junto a su hijo, que unas horas más adelante se levantó inspirado en escribirle una nueva carta al padre.
El niño al medio día partió a comprar el sello, había escrito la carta en el desayuno, tenía los centavos justos para ir a la oficina de correos, el señor que lo atendía le tomó cariño y siempre le ayudaba, Don Miguel.
Elena ya no tenía esperanzas de que el padre del niño volviera, lo trataba de cretino, ya que abandonó a su familia y a su hijo, sin saber ella alguna razón, pero no quiso destruir los sueños del niño, que cada mes enviaba una carta. Tanto así que inventó una dirección, la calle "Esperanza 186". Nunca supo cómo controlar esa mentira piadosa para que su hijo se mantuviese con ánimo, siempre lo discutía con sus padres que la sermoneaban por estar haciéndole eso al pequeño Luís.
Don Miguel siempre con una sonrisa sencilla de cariño, lo ayudó nuevamente, metió en el sobre la carta, y le pegó el sello. -La calle Esperanza 186...- dijo al susurro. No hemos recibido ni una sola carta proveniente de esa dirección ¿Estás seguro que es la dirección correcta niño? - Claro que sí - respondió él, muy seguro, un poco extrañado porque era la primera vez que Don Miguel le hacía esa pregunta después de cinco años - Estoy seguro de que mi padre ha leído cada una de mis cartas, pero teme responderme para no preocuparme -.
La inocencia de Luís conmovió a Don Miguel, que por fin entendía la situación en la que se encontraba, pero no dijo nada, continuó con su trabajo y dejó la carta lista para enviarse, esta vez no le cobró por el sello, se lo regaló.
Ocurrió que estas cartas según la madre no tenían destino alguno, pero estuvieron llegando a alguna residencia durante cinco años, Don Miguel no quiso quedarse de brazos cruzados y fue a hablar con Elena. Lloviznó la gran parte del día, fue una tarde triste y gris. El niño fue a caminar para despejarse y sentir esas tibias brisas de mar mientras pensaba. Soñó despierto con su padre sentado a la orilla del mar por horas, pero en la tarde la lluvia arreció, la suave arena se transformó en una especie de barro con algas lo que le obligó a marcharse y se fue a la oficina de Don Miguel.
Don Miguel y Elena sostuvieron una larga conversación en la cocina-comedor, mientras se tomaban algo, discutiendo sobre Luís - Una vez leí sus cartas y realmente son conmovedoras - Afirmó Miguel, lo que desató el llanto de Elena y explicó sollozando:
- Cuando su padre se fue, inventé que se había ido porque tenía que trabajar y que volvería. Y la dirección a la que ha estado escribiendo porque fue lo primero que se me ocurrió, el día en que se fue 18 y el mes 6: Junio. No creo que su padre vuelva, y no quiero destruir sus esperanzas... Le juro, ya no sé qué hacer. Le puse la calle Esperanza por mi hijo, que ha crecido con una dicha insospechada, vive mejor no sé por qué -
- Es por la esperanza señora... algo que no estaría nada de mal para la gente de esta sociedad - Comentó. - De todas formas, si esa calle y el número existiesen, sería una coincidencia muy hermosa, porque al menos alguien leería las cartas de Luís ¿Cree en el destino señora? -
No alcanzó a responder cuando alguien llamó a la puerta con tres rápidos golpes, era un misterioso señor, de pelo cano, vestido de negro, con pequeños lentes ajustados en la punta de su nariz, un sombrero de copa y llevaba un paraguas.
- ¿Discúlpeme, se encuentra aquí el señor Miguel Ramírez? - Preguntó caballerosamente a Elena, - Sí - Respondió él desde lejos, adelantándose a ella, mientras se levantaba de la mesa apresurado.
Este señor le pidió que lo acompañe a la oficina de correos, porque necesitaba hablar con él y le ofreció espacio dentro de su paraguas para marcharse bajo la lluvia. Miguel se despidió con un fugaz "Adiós" que apenas logró escucharse cuando la puerta ya se había cerrado de golpe.
Había faroles irradiando apenas una luz opaca amarillenta que se desvanecía en la oscuridad. Perros y gatos husmeando por algún lugar donde echarse. El sitio parecía estar tomando un aspecto de pueblo fantasma. Miguel y el señor misterioso se fueron caminando bajo la intensa lluvia, apenas cubiertos por el paraguas. Estaba tormentoso, con mucho viento y frío. Llegaron empapados a la pequeña oficina de Miguel, entraron por la puerta discutiendo pero no se percataron que en una silla estaba ubicado el niño Luís detrás de un mueble, con los hombros encogidos de frío.
- He venido aquí por una larga historia, viví un tiempo en una residencial en una ciudad, y me fui enterando de una historia de a poco, sobre unas cartas que llegaban cada mes a ese lugar. Eran de un niño que le escribía a su padre, anhelando su regreso. - Resulta que el dueño de la residencial leyó todas las cartas y las guardó una por una en un baúl. Pasaron varios años, hasta que yo me establecí un tiempo ahí. Me enteré y me interesé en el tema, sentía que en algo yo estaba involucrado, hasta que leí el apellido del niño y mi memoria se destapó, me acordé de todo. El padre de este niño fue marinero mercante, yo trabajé junto a él hace bastante tiempo, lo que pasa es que él no abandonó a su familia, lo contrario, la salvó... - Luís no entendía nada, lo que le hizo ponerse más atento aun.
Miguel y el señor se acomodaron, y continuaron sentados - Me encontré con él hace cinco años, cuando se estaba escapando, y digo escapando porque él presenció un terrible crimen, fue considerado cómplice y lo estaban siguiendo, bajo fuertes amenazas, que finalmente quisieron involucrar a su familia, pero desapareció tan repentinamente que nadie supo nunca más de él ni de sus parientes. Teme volver para proteger especialmente a su hijo, pero lo ama tanto que piensa todos los días en él. Recién hace unas semanas todo cuadró. Leí las cartas, revisé de donde provenía y consulté con el dueño, que guardó esas cartas por la esperanza de que el padre encuentre a su hijo. Ya que esas cartas expresan mucho amor y esperanzas, por un padre, recordado y querido. Te visito porque sé que en este pueblo se ubica este niño que ando buscando, todo fue una historia muy larga y de lento proceso, de muchas coincidencias. Me pregunto... ¿Por qué el niño escribía a esa residencial? - Luís lloró de felicidad muy despacio, su alma le volvía al cuerpo después de cinco años de incertidumbre. Se enteraba al fin de que su padre seguía vivo.
Miguel se sorprendió tanto que rió: - ¡No puede ser, es una historia increíble, no querrás escuchar mi parte, ni tampoco por qué el niño escribía a "186 Esperanza"! -
- ¿ Conoces al niño del cual hablo? - Preguntó ansioso. Antes de que Miguel respondiera, Luís salió de su escondite llorando de felicidad exclamando - ¡Yo soy, yo soy el hijo, el que ha mandando todas esas cartas! - Al momento de abrazar al señor.
Hablaron los tres igualmente impresionados y contentos, sintiendo una extraña magia en sus corazones. - Yo sé donde se encuentra tu padre y pienso llevarte - Dijo el señor.
Al siguiente día Luís habló con su familia fascinado, todos se alegraron enormemente, la visita al padre debía ser discreta, sólo Luís debía ir esta vez, pero su familia comprendió, ya que Luís fue el único que mantuvo sus esperanzas, en medio de una sociedad cruel y poco comprensiva. Finalmente su perseverancia fue
Le ha escrito cartas a su padre desde que se marchó, su familia no ha sabido nada de él, desde aquel frío día del 18 de Junio de 1916, en el que desapareció sin dejar rastros. Lo buscaron por varias semanas sin resultado alguno, hasta que finalmente tuvieron que continuar con sus vidas. Es apenas un niño de doce años; Luís, ha crecido con las esperanzas de reencontrarse con su padre. Vive junto a su madre Elena, y sus abuelos maternos Dionisio y Marta en un humilde hogar de un modesto pueblo costero. No son poseedores de muchos recursos pero sí los suficientes para cubrir las necesidades básicas, menos la grave enfermedad de su abuelo, que debe convivir con ella y lo está matando de a poco. Dionisio siempre afirmaba que sólo quería morir tranquilo en su casa y vivir el resto de sus días plácidamente en sus tierras, Marta cuidaba de él con mucha dedicación y amor, al pobre viejo desgastado, de piel seca que apenas le cubría los nervios e ínfimos músculos, y su decaída pero apacible mirada que le sonreía a la vida. Esa mañana amaneció adolorido. Con molestias repartidas por todo el cuerpo, se revolvió en su cama y se quejó con un tenue suspiro, tenía los huesos débiles, el sol recién se asomaba, solamente quería dormir un poco más pero no pudo. Se levantó para prepararse un café, desafortunadamente se encontró con un tarro vacío humedecido con restos de café pegados a las orillas, tan poco que no alcanzaba para llenar una cucharadita, al rato su mujer se levantó y le rogó que volviera a su cama. Bebió un té recostado mientras leía el periódico de la semana pasada, sólo por diversión: - Que frío está el día - le comentó a su mujer en una de las pausas que tomaba para respirar mientras bebía el té, - Sí - replicó ella.
Ellos siempre acostumbraban a ser los primeros en levantarse, Elena dormía en la habitación vecina junto a su hijo, que unas horas más adelante se levantó inspirado en escribirle una nueva carta al padre.
El niño al medio día partió a comprar el sello, había escrito la carta en el desayuno, tenía los centavos justos para ir a la oficina de correos, el señor que lo atendía le tomó cariño y siempre le ayudaba, Don Miguel.
Elena ya no tenía esperanzas de que el padre del niño volviera, lo trataba de cretino, ya que abandonó a su familia y a su hijo, sin saber ella alguna razón, pero no quiso destruir los sueños del niño, que cada mes enviaba una carta. Tanto así que inventó una dirección, la calle "Esperanza 186". Nunca supo cómo controlar esa mentira piadosa para que su hijo se mantuviese con ánimo, siempre lo discutía con sus padres que la sermoneaban por estar haciéndole eso al pequeño Luís.
Don Miguel siempre con una sonrisa sencilla de cariño, lo ayudó nuevamente, metió en el sobre la carta, y le pegó el sello. -La calle Esperanza 186...- dijo al susurro. No hemos recibido ni una sola carta proveniente de esa dirección ¿Estás seguro que es la dirección correcta niño? - Claro que sí - respondió él, muy seguro, un poco extrañado porque era la primera vez que Don Miguel le hacía esa pregunta después de cinco años - Estoy seguro de que mi padre ha leído cada una de mis cartas, pero teme responderme para no preocuparme -.
La inocencia de Luís conmovió a Don Miguel, que por fin entendía la situación en la que se encontraba, pero no dijo nada, continuó con su trabajo y dejó la carta lista para enviarse, esta vez no le cobró por el sello, se lo regaló.
Ocurrió que estas cartas según la madre no tenían destino alguno, pero estuvieron llegando a alguna residencia durante cinco años, Don Miguel no quiso quedarse de brazos cruzados y fue a hablar con Elena. Lloviznó la gran parte del día, fue una tarde triste y gris. El niño fue a caminar para despejarse y sentir esas tibias brisas de mar mientras pensaba. Soñó despierto con su padre sentado a la orilla del mar por horas, pero en la tarde la lluvia arreció, la suave arena se transformó en una especie de barro con algas lo que le obligó a marcharse y se fue a la oficina de Don Miguel.
Don Miguel y Elena sostuvieron una larga conversación en la cocina-comedor, mientras se tomaban algo, discutiendo sobre Luís - Una vez leí sus cartas y realmente son conmovedoras - Afirmó Miguel, lo que desató el llanto de Elena y explicó sollozando:
- Cuando su padre se fue, inventé que se había ido porque tenía que trabajar y que volvería. Y la dirección a la que ha estado escribiendo porque fue lo primero que se me ocurrió, el día en que se fue 18 y el mes 6: Junio. No creo que su padre vuelva, y no quiero destruir sus esperanzas... Le juro, ya no sé qué hacer. Le puse la calle Esperanza por mi hijo, que ha crecido con una dicha insospechada, vive mejor no sé por qué -
- Es por la esperanza señora... algo que no estaría nada de mal para la gente de esta sociedad - Comentó. - De todas formas, si esa calle y el número existiesen, sería una coincidencia muy hermosa, porque al menos alguien leería las cartas de Luís ¿Cree en el destino señora? -
No alcanzó a responder cuando alguien llamó a la puerta con tres rápidos golpes, era un misterioso señor, de pelo cano, vestido de negro, con pequeños lentes ajustados en la punta de su nariz, un sombrero de copa y llevaba un paraguas.
- ¿Discúlpeme, se encuentra aquí el señor Miguel Ramírez? - Preguntó caballerosamente a Elena, - Sí - Respondió él desde lejos, adelantándose a ella, mientras se levantaba de la mesa apresurado.
Este señor le pidió que lo acompañe a la oficina de correos, porque necesitaba hablar con él y le ofreció espacio dentro de su paraguas para marcharse bajo la lluvia. Miguel se despidió con un fugaz "Adiós" que apenas logró escucharse cuando la puerta ya se había cerrado de golpe.
Había faroles irradiando apenas una luz opaca amarillenta que se desvanecía en la oscuridad. Perros y gatos husmeando por algún lugar donde echarse. El sitio parecía estar tomando un aspecto de pueblo fantasma. Miguel y el señor misterioso se fueron caminando bajo la intensa lluvia, apenas cubiertos por el paraguas. Estaba tormentoso, con mucho viento y frío. Llegaron empapados a la pequeña oficina de Miguel, entraron por la puerta discutiendo pero no se percataron que en una silla estaba ubicado el niño Luís detrás de un mueble, con los hombros encogidos de frío.
- He venido aquí por una larga historia, viví un tiempo en una residencial en una ciudad, y me fui enterando de una historia de a poco, sobre unas cartas que llegaban cada mes a ese lugar. Eran de un niño que le escribía a su padre, anhelando su regreso. - Resulta que el dueño de la residencial leyó todas las cartas y las guardó una por una en un baúl. Pasaron varios años, hasta que yo me establecí un tiempo ahí. Me enteré y me interesé en el tema, sentía que en algo yo estaba involucrado, hasta que leí el apellido del niño y mi memoria se destapó, me acordé de todo. El padre de este niño fue marinero mercante, yo trabajé junto a él hace bastante tiempo, lo que pasa es que él no abandonó a su familia, lo contrario, la salvó... - Luís no entendía nada, lo que le hizo ponerse más atento aun.
Miguel y el señor se acomodaron, y continuaron sentados - Me encontré con él hace cinco años, cuando se estaba escapando, y digo escapando porque él presenció un terrible crimen, fue considerado cómplice y lo estaban siguiendo, bajo fuertes amenazas, que finalmente quisieron involucrar a su familia, pero desapareció tan repentinamente que nadie supo nunca más de él ni de sus parientes. Teme volver para proteger especialmente a su hijo, pero lo ama tanto que piensa todos los días en él. Recién hace unas semanas todo cuadró. Leí las cartas, revisé de donde provenía y consulté con el dueño, que guardó esas cartas por la esperanza de que el padre encuentre a su hijo. Ya que esas cartas expresan mucho amor y esperanzas, por un padre, recordado y querido. Te visito porque sé que en este pueblo se ubica este niño que ando buscando, todo fue una historia muy larga y de lento proceso, de muchas coincidencias. Me pregunto... ¿Por qué el niño escribía a esa residencial? - Luís lloró de felicidad muy despacio, su alma le volvía al cuerpo después de cinco años de incertidumbre. Se enteraba al fin de que su padre seguía vivo.
Miguel se sorprendió tanto que rió: - ¡No puede ser, es una historia increíble, no querrás escuchar mi parte, ni tampoco por qué el niño escribía a "186 Esperanza"! -
- ¿Conoces al niño del cual hablo? - Preguntó ansioso. Antes de que Miguel respondiera, Luís salió de su escondite llorando de felicidad exclamando - ¡Yo soy, yo soy el hijo, el que ha mandando todas esas cartas! - Al momento de abrazar al señor.
Hablaron los tres igualmente impresionados y contentos, sintiendo una extraña magia en sus corazones. - Yo sé donde se encuentra tu padre y pienso llevarte - Dijo el señor.
Al siguiente día Luís habló con su familia fascinado, todos se alegraron enormemente, la visita al padre debía ser discreta, sólo Luís debía ir esta vez, pero su familia comprendió, ya que Luís fue el único que mantuvo sus esperanzas, en medio de una sociedad cruel y poco comprensiva. Finalmente su perseverancia fue lo que hizo posible todo, lo que realmente importó fue la bondad de algunos y la esperanza del niño.
En una mañana soleada y fresca, después de la intensa tormenta, Luís se fue bien vestido con una sonrisa en su rostro, junto al señor misterioso, emprendiendo un hermoso viaje en tren, en busca de su padre.

Aqui publico mi cuento.. espero que les guste.. pero si quieren leerlo de una forma mas cómoda y con imágenes vayan a este sitio WWW.TEXTALE.COM

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Juande02 de noviembre de 2008

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