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Grupo Omega - Parte 2/16

-si… magnum 44 a nombre de Saúl Menéndez, quien esta reportado como desaparecido. Los ancianos denunciaron el extravió de una mujer de treinta años, pero quince minutos después, esta llego aquí preguntando donde vivía. Sufre de alzhéimer.
- ¿alguna relación con el propósito principal?
-podría ser. Pero necesitaría más información.
El jefe saco la bolsa con el revólver y lo puso sobre la mesa.
-huellas digitales… las que tanto te gustan.
-ya las busco. No voy a tardar nada. Este pueblo es tan chico que solo se necesita un registro de huellas dactilares rápido para hallar a quien le interesa.
Se levanto de su asiento y abrió un cajón, sacando una llave de hierro. Luego camino hacia una puerta, la abrió. En cinco minutos salió con una hoja de papel con la huella digital, y la pistola.
-¿te haces cargo del juguete?
-si, Martina. En definitiva, nos mandaron sin nada con que entretenernos.
Comenzó a comparar las huellas. Una hoja a la vez, pero esta tarea seria rápida, todas las huellas eran muy diferentes para su ojo profesional, además que la población apenas superaba las 2500 en toda la provincia. Si se quitaban las de zonas muy lejanas, de gente sin historial delictivo y solo controlando las locales, apenas eran unas 372.
Martina reviso las huellas con detenimiento y tranquilidad, haciendo una pila de papeles de gente que no concordaba. El jefe se dirigió a un armario metálico, de un material que lucía lustrado, con antiguos y meticulosos detalles. La enorme manija de bronce que brillaba en un color dorado giraba suavemente, abriendo las pesadas puertas de hierro con bajorrelieves. Adentro contenía cajas con diferentes inscripciones, una de ellas amarilla y cerrada herméticamente, en el lugar más escondido del armario.
El jefe tomo también un antiguo cepillo de madera para limpiar el arma. Comenzó a quitar el oxido con suavidad, experto en el arte de restauración. Luego, abrió el tambor y quito tanto el oxido como el barro que contenía. El cañón aun contenía hollín de antiguos disparos.
-se ve que Saúl no era muy conocedor de armas. Una pistola como esta, de este calibre, debe ser cuidado como una dama.
-siempre comparando las armas con mujeres, colega… la policía local puso esta arma como incinerada junto al cuerpo de Saúl.
El jefe dejo de limpiar un momento.
-Acá hay algo muy raro. Nadie creería eso… Bueno, mejor para mí. Me la quedo.
-seguro que hay algo muy raro. No mandaron a nosotros dos a este lugar tranquilo en medio de la nada.
Ambos continuaron con lo que estaban haciendo. Por lo menos dos horas después terminaron.
-bien, ¿qué encontraste?
-Las huellas corresponden a Hernán Fernández. Un hijo de agricultores de la calle Lagos…
-Lagos…
-si, a la altura 1500. Desde la ruta.
-Hable con un hombre que iba para esa altura. Qué casualidad.
-voy para allá también. No quiero quedarme sola otra vez.
El jefe cargo seis balas en el tambor del arma, poniendo con cuidado cada una en cada orificio. Giro el tambor para controlar que no se trabe.
Ambos arriba de la patrulla comenzaron a dirigirse al lugar, en el camino, llegando al lugar donde estaba tirada el arma:
-tuve un encuentro con un hombre muy raro por acá.
-¿Qué paso?
-después que encontré el arma, vino a hablarme un hombre, de unos 20 o 30 años. Me dijo que acá todos sabían todo. Cuando le dije que no me interesaba, se fue con cara de asco.
-¿no será el de las huellas en tu arma?
-¿Hernán?
-te muestro la foto del expediente.
Un segundo de verla para responder fueron suficientes mientras manejaba.
-no, este no esta tan sucio, y no tiene la misma cara. Además, tiene los hombros derecho y la cabeza erguida.
Ya en la casa de los Fernández, con la pistola en la cintura. Se acerco a la tranquera de madera, arruinada por el sol. Golpeo las manos para llamar a quien estuviera dentro.
Salió de la casa una mujer mayor, con una postura encorvada. Los pelos canosos y revueltos, mostraba el poco interés que la daba a su imagen.
-¿Qué necesita joven?
-soy de la comisaria señora. Policía. ¿Se encuentra Hernán Fernández por acá?
-sí, salió con el viejo para el potrero con el caballo. Pueden pasar si quieren.
La anciana abrió la tranquera, sacando la cadena que la ataba a un viejo poste podrido. La casa humilde se mantenía limpia y ordenada. Muchos de los perros ladraban al jefe mientras acompañaba a la anciana. Pero conforme pasaba el tiempo, estos se calmaron al ver que no era una amenaza, y que era aceptado por su ama. Martina estaba más que nerviosa por la presión que los animales le hacían.
-no se preocupe señorita, ellos no muerden si estoy yo acá.
-no tengo buenas experiencias con animales señora. Pero gracias. –digo aliviada -.
Cuando llegaron al potrero, padre e hijo estaban alimentando a la yegua. Un animal de estructura muy fuerte, de color negro, algo entrado en años. Sus dientes amarillentos masticaban despacio el forraje que su dueño le daba. El hijo limpiaba con un cepillo de goma sus pelos sucios, llenos de tierra.
-Hola señor Fernández.
-¡hola don!, ¡tanto tiempo! ¿Qué hace por acá?
-venimos a hablar con Hernán. Un asunto de la policía. Encontramos sus huellas digitales en un arma.
-¿un magnum señor policía?
-si, era de Saúl Menéndez. Un hombre desaparecido hace algún tiempo por acá. ¿Tocaste por última vez el arma?
-si, señor. La encontré enterrada en el barro por la ruta de asfalto. La deje en su lugar. No quería meterme en ese asunto.
-¿Cuál asunto? –Pregunto Martina-
-¿no saben? – Respondió la anciana – llegaron unos tipos hace mucho desde la capital. Con sus camionetas caras y su ropa lujosa. Todos estaban de traje, y Josefina los vio entrar a una cueva en el campo.
-¿josefina a secas?
-no acecas… es la hija del cholo López. Son dueños del terreno donde esta esa cueva del diablo. Viven en un puesto en el cerro peña.
-Gladys Fernández, ¿verdad?
-si, señorita. ¿Cómo supo?
-Sale en el expediente de su familia. Nada más. ¡Vaya hermoso lugar que es esta señora! –se alejo con la anciana -.
El caballo comenzó a tomar agua del arroyuelo, mientras los hombres iban hacia él.
-siempre me gustaron los caballos. –decía Hernán mientras lo acariciaba - .
-seguro lo vas a cuidar bien hijo.
El jefe observaba al cariño entre los tres. El animal se acerco serenamente hacia él y coloco su cabeza en el hombro.
-¡que raro!... Malinche es antipática con los de afuera.
-¿tienen una tropilla?
-teníamos hasta hace poco. Un padrillo plateado y un potrillo. Pero desparecieron cuando fuimos a lo de los López.
-no hay denuncia de desaparición de caballos.
-la gente no las hace señor, estos tienen una marca en el anca. La nuestra es una efe con un círculo afuera. Los bichos andan libres cuando hay sequia y después los juntamos por las marcas cuando hay agua. Pero hay veces que no vuelven.
-le avisare si los encuentro.
Ambos salieron del territorio de los agricultores mientras hablaban.
-¿Qué cultivan acá?
-tenemos una hectárea de ajo, otra de papa y 13 de duraznos. Las cosechamos para el verano siempre que no falte el agua, caiga piedra o se hielen.
-es una vida muy sacrificada, cuando era chico a mi papa se le congelo toda lo cosecha una semana antes de cosechar.
-¿y cómo pudieron seguir el año?
- tuvimos que sacarnos de encima muchos caballos ese año, y vendíamos huevos permanente.
Ambos se despidieron de la familia y se fueron.
-que gente tan agradable jefe.
-si… no nos trataban como policías. Tampoco nos tenían miedo, o nos maltrataban como allá. Si la gente es así acá, voy a pedir el traslado.
-¿te das cuenta que hay gente buena y mala en todos lados?... no se la verdad…con tu historial, seguro te mandan a otro lado a hacer tu trabajo.
-¿no te incluís?
-¿yo?... no jefe. Siempre algo termina pasando a tu ayudante. La última recibió un tiro en el pecho.
-José era más de acción. Siempre estas atrás de los papeles, me vas a durar bastante.
-pero no para siempre. Quiero morir de vieja y no por alguien más.
Subieron al auto, El jefe no hablo más. Permaneció su vista en la ruta, mientras iba a la comisaria. Era cierto, en los últimos diez años, todas sus ayudantes murieron por una bala. Y a pesar de que aun tenía unos 35 años, el jefe los sentía como muchos más. Tantas perdidas lo habían endurecido hasta ser capaz de no sentirse intimidado por las armas. Su determinación en los momentos peligrosos lo convertían en una eficiente y sigilosa maquina. Mucha de su sensibilidad la había perdido desde hace cinco años apenas.
Cuando llegaron a la comisaria, bajaron en silencio. Martina lo seguía atrás con la cabeza abajo. El se dirigió al armario y saco la pistola de su cintura, viendo su reflejo sin empañar en el cañón.
En un intento por aclarar el malentendido, se acerco al armario diciendo.
-Lo lamento jefe… Soy una estúpida.
-no importa. Entiendo lo que dijiste y que estas preocupada. Déjame lo peligroso a mí.
-pero jefe…
- -dejémoslo ahí. Tenemos que hablar con los López.
-Jefe, quiero aclarar las cosas.
-No importa. Entiendo. No hace falta decir nada – se dirigió a ella tranquilamente – mataron a mi mujer hace mucho, y perdí muchos compañeros. Si fuera por mí, trabajaría solo. Pero siempre necesito de alguien que me ayude, no soy completo en todo, por eso quiero decirte algo…
El gesto amable sacudió por completo a la mujer, quien, sorprendida, entreabrió la boca para decirle suavemente.
-¿Qué cosa jefe?
-te voy a prometer que vos vas a ser la excepción a la regla. Voy a cuidarte hasta el final.
Tras comprender la situación, se reincorporo al tono cordial de la charla.
-tenemos casi la misma edad. No vas a pasar el resto de tu vida protegiéndome. No es tu obligación.
-si lo es. Quiero demostrarte que vas sobrevivir a mí…
Ambos se miraron en silencio un momento. No había más nada que decir. Ambos se ubicaron donde les correspondía. Martina lo observaba con dulzura desde el escritorio, apoyada sobre sus codos, pensativa.
-Familia López. –interrumpió-.
Mastera17718 de septiembre de 2014

1 Comentarios

  • Mastera177

    segunda parte de la narracion comenzada hace algunos dias. cinco paginas del texto original... como siempre, espero que sea de su agrado.

    Saludos.
    Master A-177

    18/09/14 04:09

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