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La Pastelería

Era la segunda vez en el mes que el aquel hombre de traje y corbata venía a la tienda. La primera había sido el inicio de sus preocupaciones, y la segunda, definitivamente, la de sus pecados. Toda su vida estaba en esa pequeña, pero hogareña, pastelería. Su abuelo la abrió justo después de inventar los rollos de naranja más dulces de la cuidad y su padre tomó el mando mucho antes de que este muriera, debido a que la edad ya le dificultaba trabajar de pie casi diez horas al día, finalmente, tras un inesperado paro respiratorio, la tienda se encontró bajo la administración de Ismael. El siempre bueno y horado Ismael. Algún día todo sería de su hija. La primera mujer en manejar la tienda; suponiendo que todavía hubiese alguna que manejar.

La notificación del futuro embargo por el banco había llegado con el señor Cortez, el cual marcó, muy claramente, que vendría dos veces más, y a la tercera, de no ver el dinero sobre el mostrador (que siempre olía a comino y anís) lo sacaría a patadas con, o sin, ayuda de la policía.

Sí, Ismael estaba al corriente de que tenía unos cuantos (tres, en realidad eran tres) pagos atrasados, pero Dios sabía que no era su culpa. Había trabajado duro; se despertaba y acostaba cuando en el cielo todavía reinaba la oscuridad. Ya había despedido a dos de sus ayudantes: una chica pecosa, que era increíblemente buena con los números, y su hermano gemelo, que era bueno con el horno, y por bueno se refería a fuerte, el chico movía las bandejas repletas de pan como si fueran almohadas. Aun así, no había podido pagarles. Últimamente escaseaban los clientes, muchos más los encargos de pasteles o cajas de pan para rosarios y fiestas, así que el dinero no llegaba como antes < a menos que lo trajeran las ratas bajo sus patas > se decía Ismael cada mañana. La economía era mala; todos estaban pasando momentos duros, al menos eso lo tranquilizaba. Aunque no fuera del todo cierto. El valle Jarán era un lugar prospero, donde el auge de grandes industrias había destruido, como siempre, a las pequeñas tiendas, entre ellas la panadería Saviano.

Al llegar a casa Ismael encontró a Clara jugando con sus muñecas, era una dulce niña de tres años, verdaderamente hermosa, considerando lo poco agraciados que eran sus padres, y que reía un total de dieciséis horas al día, es decir cada instante en que no dormía. Más menos dos, claro. El grito de la pequeña lo sacó de sus ideas y el abrazo dulce, de una niña que ve el amor de su vida, le devolvió, al menos en ese momento, la paz del día.

Su esposa Nymeria se acercó al ser consciente de su presencia y lo besó. Su cabello, manos y sobre todo su nariz, estaban cubiertas de harina. Ismael frunció el ceño y antes de hablar, una dulce voz se adelantó:

- ¡Mami está haciendo pan!  la niña colocó sus manos alrededor de su boca y dirigiéndose al oído de su padre, susurró en un tono ligeramente alto , aunque no sabe hacerlo bien&
- ¡Oí eso!  Dijo Nymeria mientras desencadenaba una guerra de cosquillas contra su hija, dejándola cubierta de polvo blanco y mantequilla. Las risas llenaron aquel hogar, y por unos segundos todo era bueno. Ismael recordaría ese momento como aquel del cual nunca querría avanzar.
- ¿Así que quieres que te contrate en la panadería?
- ¡No te burles! Es pastel de carne, quería intentar. Tal vez por un milagro encuentre la receta perfecta. Dios sabe cuánto la necesitamos.

Ismael odiaba ver la preocupación en los ojos de su esposa. No se perdonaba ser la causa de los problemas en la vida de la mujer que amaba, y aunque ella no sabía toda la verdad, como que estaban a una semana de perder su único ingreso de dinero, sí sabía que estaban mal. No porque pudiera verlo en los ojos de su esposo, sino porque estuvo allí cuando el señor Cortez llamó preguntado por el señor Saviano. Ismael Saviano. Al escuchar la conversación entre ambos, bueno las respuestas de su esposo en todo caso, recibió la impresión y luego la confirmación del inminente lío.

- No te preocupes por eso. Yo&, yo ya lo tengo resuelto. ¿Qué tal si me dejas el pan a mí y tú te vas a dar un baño?
- Eso suena bien. La harina creo que no me dará más belleza.  Él sonrió.
- Ya eres muy bella. La más bella.  Ella sonrió.

Después de la cena los tres miraron una película sobre una niña que, tras un viaje con sus padres, los cuales debido a una comida habían sido trasformados en cerdos, se perdía en un mundo mágico, y era ayudaba por un dragón o un chico. Al menos eso creía recordar Ismael.

Cuando despertó estaba con Clara durmiendo pacíficamente en su regazo; Nymeria posiblemente se había ido a la cama. La película había terminado y ahora se veía una especie de musical, uno algo oscuro y triste. Un barbero entonaba una melodía mientras otro, que también cantaba, se dejaba rasurar. La crema de afeitar se esparcía por toda la barbilla y mejillas del hombre, cuando de pronto el barbero cortó su garganta y la sangre, que salía a borbotones de la herida, ocultaba cualquier resto de aquella crema blanca.

- ¡Muy divertido!  Dijo sarcásticamente Ismael mientras alzaba a su niña en brazos. Esta no soltó ni siquiera un leve quejido al ser movida por su padre.

Luego de acostarla se dirigió a su habitación. Una vez allí Ismael no podía dormir, cada intento de conciliar el sueño era vencido por las ideas que el miedo en su interior usaba como escape. Su esposa dormía plácidamente, al menos eso parecía por los sonidos roncos que salían de su boca. Ismael cerró los ojos una vez más y pidió al cielo por un milagro. Un milagro que definitivamente tendría; pero la cosa con los milagros es que no duran para siempre e incluso a veces pueden ser arrebatados.

La mañana y tarde de ese veintisiete de junio fue como muchas otras dejadas en el pasado. Su único cliente humano, había sido una anciana escuálida, y con una visible escasez de cabello, que apoyada a un bastón lucia demasiado elegante como para entrar en la tienda. Además de ella, sus clientes más fieles, dos perros callejeros y algo viejos, habían pasado a solicitar su alimento, al igual como lo hacían cada día desde hacía tres años. < No tienen collar, solo pulgas> solía decir Ismael a su hija, pero eran prácticamente suyos. Tan suyos como lo es cualquier animal que ofrece cariño a cambio de agua y pan. Justo antes de cerrar, Nymeria apareció con una sonrisa que la hacía ver todavía más hermosa, sus ojos color avellana brillaban ante el letrero iluminado de la entrada.

- Ábreme cariño ¡rápido!
- ¿Qué sucede? ¿Dónde está Clara?  Se apresuró a preguntar Ismael mientras abría el pestillo de la puerta. El rotulo CERRADO ya se miraba desde donde Nymeria se encontraba.
- Esta donde Luisa, no te preocupes.
- Amor&, sabes que no tengo nada en contra Luisa, pero lo que se escucha en esa casa, esos gritos y peleas. No quiero que Clara aprenda eso.
- Reléjate, Luisa está sola y Javier anda en algún lugar. Además, necesitaba venir, yo no podía esperar más.  Dijo mientras la sonrisa de una niña se asomaba por su rostro.
- ¿Esperar que? ¿A mí?
- ¡No! A mi amante& ¡claro que a ti! Toma, ábrelo.

Ismael abrió el sobre con la mayor curiosidad posible quedando completamente desconcertado al mirar su interior. Primero sintió una pizca de miedo y luego un puro sentimiento de duda.

- Nymeria... ¿de dónde sacaste esto?
- Tranquilo que no he asaltado un banco. Mamá llamó temprano, Tío Pepe murió y dejó para ambas algo de dinero y bueno&, mamá nos obsequió su parte.
- Es un milagro.  Dijo mientras miraba hacia arriba en busca del culpable merecedor de un enorme gracias.
- No es mucho, pero&
- ¡Es suficiente!  La euforia lo hizo alzar a su mujer que, con una gracia de bailarina, movía los pies sobre el suelo limpio de cerámica.

Ambos rieron y la paz que sentían se selló con un prominente beso de colegiales. Nymeria tenía razón, no era suficiente, pero alcanzaría para alejar al banco unos dos o quizás tres meses. Esa fue la primera noche, en días, que Ismael durmió sin miedo, en silencio, solo paz. En seis días el señor Cortez lo visitaría, y al fin vería una sonrisa en aquel rostro regordete y pequeño. La última sonrisa.

Los siguientes días pasaron con tranquilidad. La monotonía, que hacía una semana lo venía atormentado, ahora era reconfortante, como suele suceder con el presente que tiene esperanza en el futuro. Su bien aceptada rutina se vio alterada, aunque no llegaba a ser un término lo suficientemente correcto.

El 31 de julio, al llegar a la panadería, Ismael encendió el horno, una temperatura alrededor de los 200°C calentaba toda la cocina. Tomó su preferida cacerola de loza, la cual tenía la misma edad que la tienda, y empezó su labor. Quería hacer el pastel de carne que tanto trabajo le había dado a su mujer. , las palabras de Clara lo hicieron reír. Reunió los ingredientes y empezó.

Inicio amasando los bollos de pan que serían rellenados, una vez listos y horneados, los cortó a la mitad con una asombrosa agilidad y cavó en su interior, dejándolos finalmente como tacitas de sopa. Luego tomó la carne de cerdo y la molió cuidadosamente. Un cliente interrumpió la ardua labor: una joven en busca de un pastel. Ismael se avergonzó al mirar que no tenía mucho que ofrecer, o al menos no como unos años atrás donde los pasteles y repostería de todo tipo invitaban a la lengua a salivar. Entonces recordó sus futuros pastelillos.

- Si gusta puede pasar en una hora y podrá disfrutar de mis famosos pastelillos de carne. ¡Son deliciosos!  La mentira lo hizo sonrojarse.
- ¡Sí, excelente! Debo ir a comprar un regalo y así no cargo con más cosas de las que mis manos pueden sostener. Gracias, me ha salvado. He olvidado por completo la comida. Algo tradicional&  dijo la joven con una voz que, para Ismael, salió como una mala imitación de señora , por favor Fabiana, trae algo tradicional. nada de pasteles fríos o croissants de chocolate.

La joven se marchó contoneando sus voluptuosas caderas mientras Ismael comprendía que le tomaría más de una hora sacar esas bolitas del horno, a menos que se diera prisa, mucha prisa. Rápidamente se encaminó de nuevo a su labor. Donde el hacer dos cosas a la vez (recomendado exclusivamente a mujeres) lo llevaría a cometer su más grande error.

Con fuerza y agilidad empujó el resto de la carne por el largo orificio del molino, y con un ágil movimiento esta terminó formando una gran masa rosada, quizás roja. ¿No es demasiado roja? Pensó mientras el dolor en su brazo le rogaba parar. No había tiempo para preguntas tontas, roja, azul o verde, carne era carne. ¿Qué tipo de carne? Esa debió haber sido su pregunta, y tal vez la habría sido de no estar tan apresurado, y quizás también hubiera notado uno que otro pelo en su plato. Ismael retiró la carne y la sofrió en mantequilla al mismo tiempo que agregaba sal, pimienta, albahaca y romero. Al cabo de unos minutos cada panecillo estuvo rellenado, con un trozo de mantequilla en la tapa de la tacita. Tal vez por descuido, o porque realmente no quiso verlo, Ismael no notó nada extraño en sus bolitas de pan y cerdo, así que estas llegaron al horno. Veinte minutos, 150 grados Celsius y una capa de huevo después, estuvieron listos, y a pesar de la modestia, el panadero tuvo que admitir el gozo que sintió al admirar y olfatear su arte. Que se completó con unas hojas de perejil a modo de detalle. En ese justo momento, la voz de la joven sacó a Ismael de su concentración.

Optó por el descuento que venía al comprar una caja grande (idea de su esposa), es decir un total de veinte bollitos calientes de pan y cerdo. Esa fue la última vez que Ismael la vio, y que quede claro que su muerte no tuvo nada ver con los pastelillos, los cuales fueron la exquisitez principal en la fiesta de su madre, sino que a veces simplemente no se ve bien al cruzar la calle.

El día casi terminaba cuando Clara apareció bien aferrada a la mano de Nymeria; al verlo la pequeña corrió a su encuentro. Su esposa pasaría la noche con su madre, que estaba teniendo una de sus muchas preocupaciones. Robos, ataques cardíacos, derrames y plagas. Cada tanto un mal diferente. Esta noche: un vecino que quería incendiar sus cortinas.

Más tarde, al llegar casa, mientras miraba el lado vacío a la izquierda de su cama, recordó sus panecillos. Pensó en la joven con la voz de señora y como si lo hubiera predicho, el hambre desvió su atención. Se levantó sin demora y se acercó a la cocina. Tomó la taza que Clara le había hecho, o al menos decorado en el jardín de niños para el día del padre, y se sirvió una aromática taza de café. Saco los panecillos de la taza azul con las palabras PAN SAVIANO, EL MAS DULCE SABOR y tomó una dorada bolita, justo antes de dar la primera probada (porque sí, aunque era el peor pecado de un panadero: vender sin saborear primero, iba a ser su primera probada) una pequeña creatura jaló la manga de su camisa.

- Clara que haces despierta. Son las nueve, ya sabes las reglas de mamá.
- Pero mamá no está  la mirada que escondía una súplica era casi imposible de ignorar , y además tengo hambre.
- Está bien pequeña abeja, ¿te parece si te cambio esto  dijo mientras sostenía el bollito de pan , por un abrazo de ciempiés?
- ¡Trato hecho papi!  Gritó la niña mientras se aferraba con pies y manos a su padre . Ahora el pan papi. ¿Lo hizo mami?
- ¿Crees que lo hizo mami?
- No  dijo entre risas , gracias papi.
- Come eso y luego los dientes. En unos minutos voy ¿de acuerdo?
- Sí.  Dijo una voz que se alejaba a prisa.

Con café en mano derecha, y pan en mano izquierda Ismael se sentó frente al televisor. Un hombre con algún tipo de enfermedad lloraba frente a un doctor que parecía estar en cualquier sitio menos allí. Bajó el volumen a diez y dio el primero bocado. Todo estaba bien, el sabor, la textura, incluso los ingredientes se podían sentir juntos y separados. Los dos bocados siguientes estuvieron igual de perfectos, en el tercero algo llamó su atención.

Algo extraño, algo duro e incómodo de masticar. Ismael escupió en su mano, a primera vista nada parecía estar ahí, escarbó un poco y fue allí donde el frio bajo por su espalda. La carne era demasiado roja. Pensó y escupió el resto de la comida. Corrió hacia la cocina, tomó la taza azul e hizo trizas los bollitos. El pánico ocupaba su mente, la idea de haber consumido algo distinto a la carne de cerdo era impensable, pero allí estaba todo. El pelo y los dientes. El miedo opacaba sus deseos de vomitar. ¿Cómo no lo había visto? Era claramente visible. ¿Cómo la joven no lo había visto?

- ¡Claro! No los revisó, solo tomó la caja. ¡Mierda!

Una vez que confirmó todo, le empezó a parecer más probable la idea. La luz de la panadería seguía siendo pobre. Esos malditos y baratos bombillos, pensó. El apresurarse, el empujar la carne por el molino, la fuerza extraña que aplicó. Nunca los probó, nunca vio la masa como su padre le había enseñado. Y la pobre joven. Mañana seguro le esperaba una gran gritada femenina.

Las enormes ganas de vomitar se asentaron al pensar en los dos bocados que ahora estaban en su estómago. Ismael corrió al baño y de pronto algo lo hizo olvidar el haber comido bollitos de rata.

- ¡Mierda!  Corrió hacia la habitación de su hija.  ¡Cariño! ¡Clara, no te comas ese bollito!
- ¿Qué papi?
- ¿El bollito? ¿Dónde está el bollito?
- Aquí  dijo mientras apuntaba con sus dos dedos índices el estómago que se escondía tras una bata de Barbie -, estaba rico papi, muy rico; ya me lavé los dientes y estoy lista para dormir  Ismael sintió el vómito que subía por su garganta . ¿Papi?
- Quédate aquí.  Corrió hacia el baño sin poder si quiera cerrar la puerta.

Se levantó, lavó su rostro y respiró. Su hija había comido rata, él había comido rata. Carne era carne ¿no? Solo de algo estaba seguro: Nymeria no debía saberlo. Clara se durmió mientras Ismael trataba de olvidar. Mañana pasaría todo. Y entre ideas se dejó abrazar por el sueño.

El incidente con los bollitos de carne quedó en el pasado. Esa madrugada del 3 de agosto, Ismael besó a su esposa y se preparó para recibir el día. Hoy el señor Cortez llegaría por su dinero y, esta vez, estaba preparado. Sonrió al sentir el dinero en su bolsillo. Se encaminó hacia la panadería. Aún era muy temprano y no abriría hasta dentro de dos horas, sin embargo, la madrugada fría parecía perfecta para amasar, rellenar y hornear.

Arribó a las seis en punto. La calle vacía daba la sensación de ser el único en el mundo. Pero no era así. Alguien, a pocos metros, lo observaba. Cada vez más cerca.

Ismael entró a la tienda, encendió el horno, al igual que un viejo radio, y sin darse cuenta empezó su mañana tarareando una canción que alguna vez escuchó, mas no recordaba donde. Empezó amasando unas roscas de queso y natilla.
A las siete y media las sacó del horno. Las colocó en una mesa y, mientras esperaba a que se enfriaran, bailó alegre al compás de una suave melodía. El sonido de la puerta trasera que se abría lo sacó de las letras y el ritmo. Caminó hacia la salida con enorme extrañez y miró la soledad que lo rodeaba; al voltearse, un nítido golpe (quizá un bate, un fierro o un puño), oscureció por completo su conciencia.

Cuando despertó, por lo ladridos de sus no oficiales canes, el dolor palpitante en su nariz, boca y mejillas le hizo maldecir.

- ¿Qué mierda?  el ladrido de los perros penetraba sus oídos y parecía recibir más golpes en el rostro , ¡basta malditos animales!

Se puso de pie, perdiendo momentáneamente el equilibrio, y junto con la sensación de irrealidad, acerca del lugar donde se encontraba, una idea le fue susurrada: te han robado idiota. El teléfono sonó y, sin pensar en lo ocurrido, Ismael atendió con la única intención de acallar el insoportable sonido.

- ¿Si?
- Señor Saviano. He estado tratando de localizarlo, no podré llegar hoy. Nos vemos mañana, y espero no tener que recordarle lo que el banco ya le ha dicho hasta el cansancio.

La voz del Señor Cortez era inconfundible. Ese tono que destilaba un aire de poder se había instalado, quizá por miedo, en la mente de Ismael.

- Si claro, no es necesario. Gracias.

Sin siquiera responder el hombre, con aire de poder, terminó la llamada. Maldito viejo gordo, pensó. Otro pensamiento lo golpeó de nuevo en el rostro. El dinero. El puto dinero.

- Oh no, por favor no  tocó el lugar que ocupaba su cartera, pero no había nada allí. Vació con desesperación sus bolsillos: unas cuentas monedas, llaves, basuras y confites de miel cayeron al suelo , no Dios, por favor no, ¡puta mierda!

Corrió hacia la cocina, y aun sabiendo que no encontraría nada, buscó y buscó por cada rincón. La ira y el dolor explotaron. Ismael cayó de rodillas frente al enorme horno que emitía calor, un asfíxiate calor que hacia doler su rostro y lloró. Algunos sonidos abandonaron su garganta. No gritos, sino gemidos que espantarían las noches de grandes y chicos. Diez minutos más tarde, aun acostado en el suelo, bajo un charco de saliva y llanto, Ismael se percató de la situación. Eran alrededor de las nueve. Clara y Nymeria llegarían en cualquier momento y el encontrarlo allí sería algo difícil de explicar. Aún más con la intención que su mente guardaba: no contarles nada.

Entró al baño, se miró al espejo y la sangre seca, los ojos rojizos y el cabello despeinado, le otorgaban un aspecto grotesco. Abrió el grifo y, mientras el agua corría, Ismael imaginaba al maldito que robó su dinero. Un maldito ebrio o quizá drogadicto. Sintió como el deseo de golpear a la persona que le devolvía la mirada en el espejo subía por sus puños. Respiró justo como había aprendido de su madre, y lavó con cuidado su cara. Al subir la mirada de nuevo se veía mejor, casi decente. Peinó su cabello con agua y colocó una banda del hombre araña en la herida que se marcaba en su nariz. Mañana tendría un enorme moretón. Justo cuando terminó, las voces de las dos mujeres de su vida llenaron la panadería de alegría. La panadería, mas, por primera vez, no a Ismael.

Esa noche, en su cama, después de haber explicado los golpes que le había proporcionado una caída, culpa de los dos sarnosos animales, Ismael miraba fijamente el techo de su cuarto. Extendió su mano al cielo, cerró el puño y enseñó su dedo medio. No tenía más ideas, el tiempo se había agotado y su milagro se esfumó en el último minuto. Imaginó a un hombre embriagándose hasta no recordar haber robado el dinero que corría por sus venas en forma de alcohol, y deseó gritar. Miró a su esposa dormida y una lagrima quiso escapar por su ojo derecho.

- ¡No!  susurró para sí mismo  ¡No!
Se puso de pie y caminó hacia el baño. El cardenal en su rostro ahora era claramente visible. Miró sus ojos verdes y repitió.

- ¡No!
- Papi  la voz de Clara sonaba dulce e inocente , no puedo dormir.
- Hola cariño. Vamos, ¿quieres un cuento?
- ¡Si!

Ismael tomó la niña en brazos y sintió la presión de la sangre en su rostro. Luego de arroparla bien recitó, casi de memoria, el cuento del sapo y la rosa. Clara cerró los ojos y esa fue la señal para marcharse. Se acercó a la mesita de noche y, justo antes de accionar el botón que apagaba la lámpara de Lilo y Stitch en ella, la voz de su hija preguntó:

- Papi& ¿mañana puedo comer otro bollito de pan?  un bostezo le acompañó -, estaba muy rico, así le damos uno a mami.
- Claro cariño  respondió con un gusto amargo en boca , lo que tú quieras.
- Buenas noches papi.
- Buenas noches abejita.

Las horas pasaban. Ismael miraba cada minuto cambiar en el reloj eléctrico que tenía enfrente. Estaba sentado en el mismo sillón donde hacía unas noches todo parecía estar bien. Pensaba en Clara y en Nymeria. Les había fallado y mañana sería el final. Perderían todo. A menos que otro milagro se cruzara en su camino. Y así sería, porque a veces nosotros mismos los creamos, y a veces, como en este caso, son nuestros peores errores.

- Quizás logre convencerlo; es un viejo idiota& pero sigue teniendo sentimientos, un mes más. Solo eso necesito  dijo en silencio mientras el trece pasaba a catorce , solo eso.

La mañana llegó. Ismael despertó en el mismo descolorido sillón. Un olor a café acarició su golpeada nariz y un beso su frente.

- Buenos días amor, ¿dormiste ahí?  preguntó con intriga su esposa.
- Sí, creo que me quede dormido. ¿Qué hora es cariño?
- Las siete, anda al baño que yo preparo algo  dijo mientras daba a Ismael un envase verde con la leyenda SSDD , póntelo en la cara; luces muy mal para una caída.
- Bueno, fue una buena caída. Gracias.

Al llegar a la panadería, Ismael sintió como el mundo caía sobre sus hombros. Y cuando el Señor Cortez apareció dos horas después, justo a las diez de la mañana, el peso del mundo lo aplastó.

- Buenos días Señor Saviano  el rostro regordete del hombre se contrajo de asco al mirar el cardenal en la cara de Ismael . Espero que debajo de esas cajas de pan haya un cheque con el nombre del banco, de lo contrario me veré en la obligación de sacarlo de aquí y clausurar este& fino establecimiento.
- Mire Señor Cortez, ya sé que notó mi rostro&
- Imposible no hacerlo  Interrumpió con el mismo asco plasmado en sus ojos.
- Sí, lo sé. Pero quiero explicarle: ayer entró un hombre, yo no lo vi, solo sentí un golpe  el hombre con la corbata marrón parecía en lo absoluto interesado en las palabras que salían de la boca del panadero. De igual forma continuó , quede inconsciente y se llevó todo, el dinero para cubrir al menos tres meses del pago. Yo&
- Mire Señor Saviano. No me importa en lo más mínimo las escusas que pueda dar. ¿Tiene o no tiene el dinero del banco?
- ¡Lo tenía! Justo ayer  la ira empezaba a subir de nuevo por sus puños , y no es una excusa ¡mire mi rostro!
- Lo veo, y me parece ridículo y ofensivo que usted piense que soy la clase de ignorante que se cree una historia tan patética, cuando en realidad el golpe debe ser el resultado del mal equilibrio de un borracho.  Dijo mientras colocaba sus gordas manos sobre el mostrador.
- ¿Disculpe?  La ira buscaba salir, la sentía recorrer su cuerpo. Sabía lo que el viejo intentaba insinuar, pero sus puños deseaban escucharlo salir de su boca.
- ¿Qué? En realidad, no creo necesario repetirlo Señor Saviano. Ahora, si no tiene el dinero le pido que salga. Ya nada de esto le pertenece.
- Escuche, le pido un mes. Solo eso.  Su interior le rogaba dejarse ganar, pero tenía que intentarlo, por Nymería, por Clara.
- ¿Un mes? Por favor, ¿un mes?  Las risas llegaron hasta el rostro de Ismael, que sentía crecer algo en su interior con la voz del hombre . Mire, salga por favor.
- ¡No! Solo un mes, le juro&  las manos de Ismael se posaron en los hombros carnudos del hombre.
- ¡No me toque!  Dijo seriamente y luego volvió a reír, arrojando saliva por el aire.
- ¿De qué demonio se ríe?  El monstruo crecía y buscaba salir.
- En que usted no lograría conseguir el dinero, aunque le diera un año. Es divertido ver la fe que se tienen los hombres como usted.
- ¿Hombres como yo?  preguntó Ismael con la mandíbula tiesa, en un tono casi tenebroso.
- Sí, hombres como usted  respondió el viejo con la mayor seriedad , perdedores. No me gusta su mirada Señor Saviano. Si no soporta la verdad entonces no pregunte. Sé que es difícil entender mis palabras, pero le pido que salga o&

La ira salió con la palabra perdedor. El monstruo ahora tenía el control; Ismael miraba feliz. Rodeó la gruesa garganta del Señor Cortez y apretó.

- ¿Perdedores?  apretó un poco más , dígalo de nuevo asqueroso gordo; ¿o acaso es muy difícil de pronunciar?

Las manos del monstruo se cerraban cada vez más. El hombre pateaba sin atinar a nada. Su prominente papada le daba un aspecto hinchado y tenebroso. La luz de sus ojos parecía abandonar el mundo. Y una voz en Ismael le detuvo justo antes de terminar. Este no eres tú, alto. Parecía la voz de Clara. Y hubiese logrado detener a su padre de no ser porque este posó su mirada en la horrible corbata. Siempre las había odiado y aún más a quienes las usaban. Otra voz, la suya propia, una muy persuasiva le recordó:

- Sin Cortez se soluciona el problema. Un mes, dos meses, quizás tres.  Ismael notó que la voz salía de su boca, pero sonaba lejana, llena de cierto poder que de alguna forma le fascinaba , adiós Señor Cortez  sonrió mientras lo decía y apretó con el resto de sus fuerzas. La luz abandonó aquellos ojos prácticamente negros. Las patadas se detuvieron, así como el aire caliente que golpeaba los brazos de Ismael.

Adiós Señor Cortez, pensó al liberar la garganta del hombre, el cual cayó al suelo con la gracia de un actor en escena.

La agitada respiración de Ismael le daba a su pecho el aspecto de una máquina que trabajaba a toda potencia. La voz del monstruo le abandonó, y al fin volvió a tener el control. Miró con horror sus manos y al bajar la mirada observó al hombre, o quizá ahora solo era un cuerpo en lugar de un hombre, tendido en el mismo suelo donde su hija jugaba, donde bailaba con su esposa y donde su padre y abuelo habían caminado. El abrumador sentimiento de culpa lo invadió, Ismael retrocedió unos pasos y esperó despertar. Recordó a su madre y empezó a respirar. Poco a poco su respiración se normalizó, al igual que sus palpitaciones. Miró su alrededor. Había salvado su panadería y esto hizo que sonriera. La culpa y el miedo parecieron derretirse a medida que las carcajadas brotaban desde una parte de su mente que nunca antes había estado más despierta.

Un sentido de ataraxia en el aire llenó sus pulmones y unos segundos más tarde la lógica se activó en su cerebro. Tomó el brazo frío y tieso del hombre y, con enorme dificultad, lo trasladó hacia una pequeña despensa en el fondo de la cocina. Allí, justo al lado de un enorme saco de harina, posó el cuerpo. Miró una ultima vez y cerró la puerta, que nunca antes había estado cerrada con llave.

Gracias a Dios no hay sangre, pensó con una sorprendente normalidad. Se dirigió hacia el baño y al ver el espejo sintió que esa era la primera vez que se miraba realmente. Esos ojos que le detallaban parecían nunca haber estado allí. Peinó su cabello y sonrió. El día que parecía ser su perdición terminó siendo su salvación. ¿O no?

Prendió el horno como todos los días, y recibió a su esposa e hija cuando llegaron, como todas las mañanas, a saludar en su camino de la escuela a la casa. La tarde pasó sin ningún acontecimiento fuera de la habitual. El único pensamiento en la mente de Ismael era:

- ¿Qué hago con el gordo cuerpo?  pensó en quemarlo, en enterrarlo, e incluso pensó en utilizar algún tipo de ácido. Nada le pareció correcto.

Una señora algo mayor, quizá alrededor de los sesenta, pensó Ismael. Miraba la tienda desde afuera. Unos segundos después entró, interrumpiendo las ideas que gestaba su mente.

- Buenas, no sé si estaré en la tienda adecuada.
- Bueno esta en la panadería Saviano. ¿En qué puedo ayudarla?  La mujer parecía haber pasado unas noches difíciles, sus ojos, inyectados en sangre, así lo dejaban ver.
- Mire, hace unos cuantos días una joven, mi nieta  el rostro de la anciana parecía llenarse de tristeza , llevó al cumpleaños de mi hija unos bollitos de pan.
- Ay señora que pena&
- ¿Pena?  le interrumpió , ¿Por qué? Estaban deliciosos, Fabiana los trajo y fascinaron a todos.
El rostro de Ismael reveló una clara confusión, que no pasó desapercibida por la anciana.
- Mi nieta, ella falleció ese mismo día  Oh Dios, maté a una joven, pensó Ismael. Y a un viejo gordo, agregó la voz del monstruo -, y queríamos comprar más de esos bollitos. Fabiana los disfrutó tanto que parece lo más apropiado.
- ¿Apropiado?
- Sí, ya sabe para su memorial. Tendremos una pequeña reunión en su casa. Lo siento, ¿era amigo de mi nieta?
- No, yo solo la atendí. Pero lo siento mucho. ¿De qué murió?  Preguntó esperando oír una intoxicación por carne de rata.
- Un accidente de auto.
- Oh ya veo. De nuevo, lo siento mucho.
- Gracias. Entonces& ¿tiene más de ese pan?
- Ahora mismo no, pero podría hacerle cuanto necesite. Yo mismo lo iré a dejar si gusta darme la dirección. Solo llene un de estas boletas  Le acercó una hoja con su logo impreso y un lapicero.
- Es usted muy dulce.

La mujer llenó la formula y se marchó. Justo antes de salir miró a Ismael:

- Adiós, Señor Cortez.
- ¿Disculpe?
- Que hasta luego joven.
- Oh, hasta luego. Gracias

En la soledad de la cocina, Ismael probó la primera ronda de sus bollitos libres de rata. Estaban horribles. Verdaderamente asquerosos. Pensó en la receta, la miró y volvió a realizarla. Alrededor de las cuatro de la tarde se dio por vencido. Le gustara o no, los bollitos necesitaban la rata. Clara probó uno y lo escupió de inmediato. Esa tarde su esposa y su hija se marcharon solas. Ismael se quedó justo allí, en su cocina frente al horno. Mañana debería hacer una entrega y no tenía más ideas. ¿O sí?

Una voz salía de la alacena. Una voz inconfundible y prepotente. Ismael caminó hacia allí, abrió la puerta y miró al cuerpo sentado. Era imposible que hubiera una voz, pero definitivamente escuchaba algo. Se rio de lo ridículo de su idea y cerró la puerta. ¿Pero era tan impensable? Necesitaba deshacerse del cuerpo. No había razón para que tanta carne se desperdiciara así. Ismael sintió como se llenaba de una embriagadora sensación y sonrió de nuevo.

- Si quieren bollitos de carne, tendrán bollitos de carne.

Como su corazón no latía, era imposible desangrar al hombre en su totalidad, pero Ismael decidió ignorar ese detalle y continuó con los cortes. Tomó un cuchillo de carnicero de doce pulgadas y empezó. Al principio pensó que lo abandonaría con el primer intento, pero el separar, un pedazo del cuerpo de otro, le resultó altamente entretenido. El sonido de los músculos, la sangre y los huesos le pareció tan melifluo como el canto de un ave. Unas cuantas gotas salieron disparadas aterrizando en sus mejillas y sin entender realmente porque, esto le hacía feliz.

Al cabo de una hora Ismael llenó una enorme hielera con pedazos de carne, que bien podrían pertenecer a un cerdo, una vaca o&; miró el resto del cuerpo, que por su inexperiencia decidió no cortar, pensó en el desastre que podría hacer en el piso de su cocina, y recogiendo parte por parte los llevó hacia un pequeño horno viejo. Encendió la maquina e inhalando el maravilloso aroma de la carne sintió que ya todo estaba atrás. Por alguna razón, lejos de su entendimiento, guardó los ojos del hombre gordo. Pensaba que aquellos que vieron a los suyos antes de abandonar el mundo merecían ser conservados. Tomó la ropa del hombre, su cartera (menos el dinero en ella, claro) y los enterró en el diminuto patio que tenía un viejo balancín de Clara. Justo al lado de un pequeño sauce con más edad que el mismo Ismael.

Tomó unos cuantos trozos de la carne, ya lavada y lista, y empezó su labor. Cuando el reloj anunció las siete sus primeros bollos estuvieron listos. Por unos segundos dudó en probarlos, luego miró lo deliciosos que se veían y pensó en que la carne no era diferente a la que compraba en el supermercado. Dio un bocado y se maravilló con la sensación de los sabores que se mezclaban en su boca.

Al siguiente día entregó y cobró el pedido. Esperó, con una inquietante morbosidad, a que fueran probados por la vieja de sesenta años y sintió la satisfacción que esperaba al ver la mirada de aprobación en su rostro. Al llegar a casa besó a su esposa y jugó con Clara.

La policía le entrevistó una tarde de agosto mientras terminaba de amasar sus últimos bollitos de carne al estilo Cortez. No sucedió nada, incluso el agente terminó comprando, irónicamente, uno de sus apetitosos panes.

Para cuando el siguiente agente del banco lo visitó Ismael tenía más que suficiente dinero para recibirlo. Resultaba que la gente prefería los bollitos de carne Cortez, pero casi no notaban la diferencia cuando era un sarnoso can o un ebrio, que por casualidad terminaba dormido en su puerta. Y así de fácil la vieja tienda olvidada de nuevo volvía a la gloria. Los pedidos eran cada vez más grandes y la carne cada vez más barata.

- ¿Y por eso las mató?  Dijo el hombre sentado en la silla . ¿Era la carne más barata?
- No, ellas nunca fueron carne  Contestó secamente Ismael mientras tomaba su café. Odiaba estar allí. Pensó que al confesar solo lo arrojarían a una celda, no a un mar preguntas estúpidas.
- ¿Entonces por qué?  El joven reposó su barbilla en las manos.
- ¿Recuerda los ojos?... Nymeria los encontró. Nunca he sido bueno para mentirle. Quiso irse con Clara y yo no la iba a detener sabe. Pero luego lo dijo y volví a ver esa corbata guindando de su gordo cuello. Simplemente no pude detenerlo.  Ismael se recostó hacia atrás. Acto que imitó su acompañante.
- ¿Qué dijo? ¿A quién no pudo detener?
- Las palabras que despiertan al monstruo  Miró a su entrevistador sonriendo.
- ¿Cuáles son las palabras Don Saviano?  No había risa en él.
Ismael cerró sus ojos y dejó al monstruo salir por última vez. Él también usaba una corbata
Milu2315 de enero de 2017

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