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“somos Felices”

La amo. No hay otras palabras para describirlo. La inmensidad del universo no es capaz de intimidar lo inhumano que es este amor. Siempre que veo esa mirada perdida en los techos, siempre viendo a los techos, siento que las cosas no pueden ser más perfectas. Sus hermosos ojos almendras.
No hace muchos días que logramos estar en santa paz. Tuvimos que tomar medidas drásticas, pero al final, todo salió bien. Volvimos a amarnos como cuando éramos jóvenes, en silencio, sin palabras, como el viento ama a las plantas, acariciando la piel sutilmente y dejando atrás toda impureza.
En el pueblo me ven como un loco, un loco que no tiene cordura. Pero ¿por qué? Ahora somos felices. Ella siempre está sonriendo y no se queja de nada, la llevo a todos lados y jamás me deja. Y si no tengo cordura es porque la amo de forma demencial.
Todas las mañanas la peino, es complicado por su estado, pero al final la dejo radiante. La maquillo, le pongo sus pendientes y una tiara de perlas que ha pasado de generación en generación en mi familia. Ella es hermosa. Un poco de rubor es suficiente para hacerla ver como los ángeles.
No le importa viajar en lugares pequeños y apretados, ella cabe en cualquier lado, y no le molesta, pues desde que vivimos en paz, no se preocupa por nada, no me reclama nada. Básicamente, se ha hecho de pocas palabras. Pero así he logrado amarla más que antes.
Recuerdo la primera noche que dormimos juntos después de haber solucionado nuestro conflicto. Fue una noche fría, en la que ella se estaba congelando, traté de calentarla, la cobijé y le hice el amor. Aún estaba muy enojada, pero al día siguiente se me ocurrió dibujarle una sonrisa que jamás se le borraría, con un método eficiente y duradero. Jamás dejaría de sonreír.
Luego surgió la necesidad de llevarla a todos lados, cargarla en mis brazos y jamás soltarla. Su cuerpo era lo de menos, su rostro es lo que más me gustaba de ella. Siempre llevo su cara cerca de mi corazón. Siempre escucha cada latido y cada suspiro que doy por ella. En las calles huyen de nosotros. No soportan vernos amándonos, tienen envidia de nuestro amor.
Hace unas horas, cuando el sol estaba sobre las montañas, fui a la iglesia a pedir santo matrimonio, pues nunca creímos estar tan estables como para por fin consumarnos como marido y mujer. El sacerdote no quiso casarnos. En cuanto nos vio entrar al templo, nos corrió gritándome a mí “Sal de aquí hijo de los infiernos”. No olvido su rostro lleno de terror y enojo a la vez. Ahí descubrí que mi amor por ella sobrepasa los límites de la divinidad. Dios no nos podía unir porque habíamos superado sus parámetros establecidos para amarnos. Incluso Dios estaba celoso de que jamás habría alguien con tanto amor como yo. Yo la amo más de lo que Él ama a la humanidad. Él no comprende nada. Pero ella no se molestó en lo absoluto. Salimos del templo y nos dirigimos a la casa.
No importa. Ahora estamos juntos. Ella sobre la mesa, mirándome con sus ojos perdidos y con su cuello sobre el mantel. Me sonríe y me hace sonreír. Una sonrisa que jamás nada ni nadie podrá quitarle, porque yo se la he dibujado.
Es hora de dormir y la recojo de la mesa. La tomo con caricias y la llevo en mi pecho. La uno con su cuerpo y ahora se ve completa, con el mismo vestido de aquella noche de soluciones, aun manchado con las marcas de sangré que se derramaron.
Acomodé bien su cabeza en el tronco de su cuerpo, procuré que no se callera por las noches, pues mientras yo duermo, siempre hay veces que me muevo, y el agitar de la cama hace que ella se caiga, luego solo escucho los golpes de cuando rueda por el suelo y me tengo que levantar a recogerla y unirla de nuevo a su cuerpo, acariciar su piel fría y darle un beso de buenas noches en sus labios resecos.
Mañana será otro día lleno de amor, en el que todos nos verán con envidia mientras yo la cargo en mis brazos y su cuerpo se queda en la cama esperando de nuevo la noche. Pero no importa nada, porque ahora somos muy felices.
Pablodrn27 de septiembre de 2013

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