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Los Cuentos Eróticos Del Abuelo.

CAPÍTULO I
Título: Mi primo el cura
La única culpa de Áurea era haber nacido con los ojos color violeta, con un cuerpo espigado adornado de bonitas curvas y con una melena rubia como el oro. Por eso, sólo por eso y porque rondaba los treinta y tres años, se encontraba secuestrada en un sótano al que se accedía a través de un armario ropero pegado en la pared del dormitorio de los espejos.
Cada noche su secuestrador, Rufo, la obligaba a salir del sótano a ese dormitorio de los espejos y allí, las más de las veces, la violaba y después la exigía, si no quería perder la vida, que le contara un cuento erótico.
Sí, esa situación tan kafkiana, cruel y disparatada le estaba ocurriendo a ella en esos momentos.
La primera noche de su violación, temerosa por su seguridad, Áurea pensó que lo más inteligente seria mostrarse ante su secuestrador sumisa, por eso se entregó a él, no sin ascos en las tripas, haciéndole creer que la excitaba y que lo deseaba.
Esa actitud había sido la adecuada, como debía ser, para eso ella era una psiquiatra de prestigio y premios. Actuó controlándose los nervios, los temores y con la mente fría, al tiempo que a su secuestrador le iba direccionando los vericuetos de su cerebro para calibrar que tipo de tamaña locura le tenía atenazado, pues daba clara muestra de no tener equilibrado el magín.
La doctora, en esa aciaga noche que fue forzada, consiguió al menos un diagnostico provisional de la demencia de Rufo, diagnostico que fue ampliando con el paso de los días y después de las semanas, a la vez que resistía estoicamente gracias a mostrándose dócil y voluptuosa con él y con sus brutales caprichos sexuales.
Ya disponiendo Áurea de su secuestrador un diagnóstico más concluyente, a base de irle escarbando en la mente, vio la posibilidad, la esperanza, de poder manipularle paulatinamente su voluntad, sin que de ello tomase él clara conciencia.
La doctora sabía cómo tratar a todo tipo de desequilibrados, estaba acostumbrada y lo hacía cotidianamente en su trabajo, hasta que ellos, confiados, la dejaban acceder a las cloacas de sus cerebros, donde enmierdan y distorsionan la realidad.
En aquella su primera violación, Áurea se dio cuenta de que se enfrentaba a un maniaco sexual, un sadomasoquista. Aunque para haber llegado a esa conclusión no hubiera sido necesario haber estudiado psiquiatría, saltaba muy pronto a la vista esa desviación mental de su secuestrador. Seguro que de ello se dieron cuenta una a una las tres mujeres que la precedieron, nada más ser arrastradas del sótano a ese dormitorio de los espejos, y que, sin tardar, fueron degolladas por Rufo y enterradas por él en el jardín de la casa en la que ella se encontraba ahora esclavizada.
Rufo en el sexo era tremendamente violento y despiadado. Disfrutaba con su propio dolor y más con el de sus víctimas.
De las tres mujeres enterradas en el jardín, físicamente muy parecidas a Áurea, ninguna supo actuar con aplomo en los juegos sadomasoquistas a las que su raptor las obligaba a participar cada noche. A ellas, el miedo las bloqueaba, se aterrorizaban, se ponían tensas, rígidas y hasta se les aflojaba la vejiga o se desmayaban, y así a Rufo no le servían esas mujeres ni para el sexo ni para que le contaran cuentos eróticos. Al final estallaba él en cólera y terminaba degollándolas sin piedad una tras otra, según las iba secuestrando.
Volviendo una vez más a la noche en que Áurea fue violentada por primera vez, ella, como es sabido, se comportó desde un principio receptiva con todas las apetencias desordenadas de su secuestrador, haciéndole ver que la hacía disfrutar, mostrándose en todo momento quejosa de placer.
Entonces, por primera vez satisfecho Rufo con una de sus víctimas, esparció sobre un lado de la cama unos juguetes eróticos, sádicos y peligrosos algunos, y entre estos últimos seleccionó una especie de peineta de dos púas con la que le fue arañando a Áurea los pechos de arriba abajo, mientras que ella fingía gritos de gozo, y a medida que de sus mamas brotaba la sangre él la olfateaba entre gorgoteos de saliva para inmediatamente después lamerla con ansias caninas. La doctora, dando muestras de una excitación en cada momento más intensa, a gritos, le pidió a Rufo su sangre y él volvió hacia su pecho la peineta y con ella se dibujó dos círculos concéntricos alrededor de la corola de uno de sus pezones y a las primeras gotas de sangre Áurea se lanzó como una hiena a degustarla fingiendo placer y Rufo, aún glotón, buscó con la lengua su sangre en la boca de ella y ella aguantaba ascos y arcadas.
Él empezaba a creer, y la doctora le iba empujando a que lo creyese, que en la última cacería que hizo de mujeres en esa calle entre las sombras de la noche, a quien había atrapado era a una pequeña diosa del Olimpo, a Áurea, lujuriosa e insaciable de placeres que curiosa se había atrevido a bajar a la tierra para conocer al hombre mortal. Y Rufo, a esa pequeña diosa que el destino quiso que se cruzara con él, ya la había aupado a un pedestal para adorarla y disfrutar con ella los placeres de la carne.
Pero Rufo seguía siendo quien controlaba los artilugios más peligrosos para provocar dolor, conocía el límite de ellos, la línea roja a no cruzar. Había noches que después de que él la penetrara cubriéndola, le ponía un cordón de seda alrededor del cuello e iba apretándolo poco a poco mientras la culeaba y sabía el momento en que tenía que aflojar el cordón, justamente en lo alto de la ola, cuando a ella le eclosionaban los orgasmos que a gritos fingía.
A veces, Rufo le dejaba a su Pequeña Diosa manipular alguna pieza no peligrosa para el disfrute del dolor, y eso a la doctora le llevaba a pensar que terminaría confiándole a ella los grilletes y el gancho carnicero y no le temblarían las manos.
Rufo le proporcionaba a Áurea el material necesario para que en el sótano escribiera los cuentos eróticos de cada noche y ella destinaba en secreto unas cuartillas para tomar notas y conclusiones del comportamiento mental de su secuestrador
El desguace que la doctora le hacía a Rufo en el cerebro le permitía a ella el poder controlar mejor las demencias de él y conseguir en lo posible suavizar su brutal tendencia sadomasoquista, y así sentirse más segura.
Ahora bien, ella no podía sustraerse al interés científico que le despertaba ese caso atípico de psiquiatría y más porque por primera vez en su vida profesional estaba implicada íntimamente con un enfermo, lo que le hizo pensar que con la misma honestidad que debía analizar a Rufo debería hacerlo también con ella misma, pues era inevitable que esa situación no la terminase de afectar de alguna forma.
La doctora había llegado a la conclusión de que, después de que Rufo rechazara a esas tres mujeres y las degollara, se le zambulló a él en la sesera la idea de que por fin había encontrado clonada en ella a la mujer de los ojos violeta y la melena rubia como el oro, a la que había estado buscado desesperadamente desde hacía tiempo y que en el pasado debió de ser su musa erótica de placeres, violencia y éxtasis.
Y no sólo Rufo creía que en Áurea se había encarnado ese fantasma de los ojos violeta, sino que además y al mismo tiempo lo había hecho en una pequeña diosa del Olimpo, y así, por la desequilibrada voluntad de él, se encontraba ella troceada en tres personas y a la vez en una sola y única esencia, lo que es lo mismo, en una especie de trinidad.
Todos los conocimientos científicos de Áurea sobre la mente, todo su saber, su inteligencia y su perspicacia se concentraban en evitar que ese pedestal donde le había encumbrado Rufo, no se convirtiese en algún momento en un altar donde él la inmolara y la ofreciese en sacrificio a cualquiera de los muchos demonios que pululaban por su embrollado raciocinio.
La doctora había conseguido penetrar en las oscuridades del cerebro de Rufo, pero había piezas en el puzle de su mente enferma que todavía ella no había podido encajar del todo, como los cuentos eróticos. Podría ser que representaran para él un complemento, una manera de culminar su brutal festín con los placeres del sexo, a la vez de querer emular, a su manera y gusto, los cuentos de Las mil y una noches.
Áurea llevaba veinticuatro días secuestrada. Se encontraba en esos momentos con Rufo en el dormitorio de los espejos, ambos recostados en la cabecera de la cama. Él ni la había tocado desde hacía tres días, tres días que habían transcurrido sin sexo ni violencia, pues tenían que lamerse las heridas, que cicatrizaran, tomar fuerzas. Sí en cambio hubo en esa tregua dos cuentos eróticos y ahora Rufo esperaba que su Pequeña Diosa le narrara uno nuevo.
Mientras llegaba ese momento, relajados, hablaban de literatura. Habían descubierto que a los dos les apasionaba, más concretamente la literatura clásica. Rufo había sacado a colación a León Tolstoi. Coincidía con Áurea en que el ruso era uno de los grandes escritores que había dado la humanidad y que una de sus obras maestras, junto con Guerra y paz era Ana Karenina. Una mujer casada que se enamoró del conde Alejo Wrosnsky y cómo ella, después de una vida tormentosa, terminaba suicidándose, arrojándose bajo las ruedas de un tren. ¡Grandioso!, exclamo Rufo.
Él estaba contento con su Pequeña Diosa, así la llamaba siempre, contento con su viva imaginación que le fluía inagotable en cada cuento erótico de los diecinueve que le llevaba narrados. Para Rufo, nada tenía ella que envidiar a la hermosa Sherezade, la hija del gran visir, que cada noche tenía que embelesar al vengativo y cruel sultán Shariyar narrándole un cuento inacabado, dejándole cada noche expectante, pendiente de la trama, con la miel en los labios, y así, mientras no pusiera fin a la historia, ella iba alargando día a día su vida.
Áurea, además de su pasión por la literatura, había escrito varios libros sobre psiquiatría, por lo que manejaba con cierta maestría las palabras que ponía al servicio de su imaginación en los cuentos eróticos. Gracias a eso, no sin esfuerzo intelectual, cada noche le tenía preparado a su secuestrador uno de esos cuentos, que por su contenido carnal y a veces violento a ella misma le hacía sonrojar.
Áurea y Rufo dejaron de hablar de literatura. Había llegado el momento de que ella tomase el papel de Sherezade. Acercó su cara a la de él, los ojos entornados y la mirada insinuante, entreabrió la boca, sacó la puntita de la legua y se fue humedeciendo los labios y, :
Me casé con mi Ernestina a sabiendas de que era una mujer piadosa, de incienso de iglesia y temerosa de Dios, además de virgen, joven y hermosa.
Ya en el tálamo nupcial, me di cuenta de que iba a ser complicado y arduo hacerla ver que sí, que esa clásica postura en la cama en nuestras relaciones sexuales estaba bien, pero que había otras a descubrir y disfrutar. Que las miradas sobre los cuerpos desnudos refuerzan el deseo, preludio del gozo carnal, y que los gemidos y las palabras ardientes en el disfrute del sexo animan al orgasmo y lo potencian.
Pero mi Ernestina ni caso me hacía, se resistía a explayarse en el acto amoroso, se cohibía, se mostraba confusa, insegura y huidiza.
Mi Ernestina no tenía más hermanos que Dorita, muy parecidas las dos físicamente, aunque mi mujer el pelo lo tenía castaño y su hermana, un año menor, tirando a rubio.
Dorita, la pobre, tenía mal de cabeza. Ya en su temprana juventud dejó de hablar y sólo mascullaba palabras inconexas. Se quedaba a veces como ida, mirando idiotizada la pared. Siempre fue una carga para la familia, pero no para mi Ernestina, que cuando nos íbamos a casar me pidió que la llevásemos a vivir con nosotros, aunque sólo fuera a temporadas, para que ella la siguiera cuidando con amor y esmero, otro detalle más del gran corazón de mi Ernestina. Y yo que iba a hacer si la quería a rabiar, pues a cargar con su hermana las temporadas que pasara en casa.
El cariño es lo que tiene, que también es sacrificio. Lo digo no sólo por mi cuñada, sino porque mi amor por Ernestina era tan grande que me permitía, ya de casados, sufrir con paciencia una relación sexual no más excitante que mi cepillado de dientes de cada noche.
Esta reflexión última me llevó al recuerdo de mi primo el cura cuando le dije que me iba a casar con mi Ernestina. Él, que ya sabía de ella su melindrería con el sexo y su mal entendida castidad, me miró incrédulo a los ojos y, Luis, cásate con tu Ernestina y sabrás lo que es follar sin ganas.
Por supuesto que no le hice caso al aguafiestas de mi primo el cura y aunque hubiera podido tener algo de razón, que he de confesar que la tuvo y mucho, yo estaba convencido que el amor, como la fe, mueve montañas y que de casados ya me encargaría yo de ir quitándole a mi mujer en la cama toda esa pátina de beatería que la habían inculcado desde niña su entorno familiar, una familia de provincianos burgueses, hipócritas y meapilas.
Yo creía de soltero que las mujeres, como las antorchas, si las sabes encender bien arden toda la noche.
Pero como iba yo a encender a mi Ernestina ya de casados si se metía en nuestra cama, privándome antes de verla como se desnudaba, con bragas de vieja, sostén anti lujuria y con un camisón- sudario de la garganta a los pies, y no me había puesto yo todavía encima cuando ella ya estaba rezando el rosario sin parar y en la medida en que la iba metiendo la mano entre los muslos y la deslizaba hacia arriba, hacia su vertical, ella más acelerada y alta recitaba la letanía.
Mucho me temía yo que cuando la dejase embarazada esos muslos quedarían sellados hasta el nuevo vástago a engendrar.
Y yo paciente y amoroso la reprendía con cariño: Pero mi Ernestina que somos un matrimonio bendecido por Dios. Pero mi Ernestina quítate todo eso antes de meterte en la cama, que no es pecado. Pero mi Ernestina encendamos la luz, por lo menos déjame ver tu carita de ángel. Pero mi Ernestina di algo, no reces, no es el momento. Pero mi Ernestina& Y mis ruegos se los llevaba el viento.
Si, lo sé, ya me lo advirtió mi primo el cura cuando me soltó lo que me soltó, aunque luego en la misma conversación y ya más en su papel de cura, me dijo que si me acordaba de la tarde en la que yo le presenté a mi Ernestina, que sí, le contesté, que fuimos los dos a su iglesia y que estuvimos charlando con él en la sacristía, tomando un chocolate con picatostes. Pues bien, continúo él diciéndome que cuando en esa tarde yo me ausenté un momento al baño, mi Ernestina le comentó, no en secreto de confesión, que ya que un hijo se engendraba de la forma que lo hacen los animales, tan cercano a lo escatológico, el matrimonio en ese momento debería tener los ojos puestos en Dios y rezar para alejarse en lo posible del placer de la carne, donde reina el pecado. Ese disparate de mi Ernestina no le sorprendió del todo a mi primo el cura, por lo que ya apuntaba ella durante la conversación anterior a que yo me ausentara al baño y porque le había dicho que tenía por confesar a don Hilario, un cura viejo, retrogrado y resentido de la vida, que seguro estaría ella enganchada a su sotana.
Por tanto, cuando mi primo el cura me dijo aquella grosería al anunciarle yo mi boda, sabía perfectamente él como respiraba mi novia en materia de sexo y no se conformó sólo, entonces, con contarme el disparate que le soltó ella, sino que, empleando ya esa vocecilla tan paternal de los curas, siguió machacón alertándome del peligro de casarme con mi Ernestina:
-Luis, hijo, cuidadín, cuidadín, que con esos mimbres vienen luego los problemas con el sexo: que si la monotonía, que si no le apetece, que si está cansada, que si mañana hay que madrugar y el clásico, que le duele la cabeza. Y así cada vez más distante la pareja en cuestión de cama y lo peor, hijo, el matrimonio podría empezar a desquebrajarse.
Hizo una pausa, separó las manos entrelazadas sobre su barrigón y continuó aconsejándome, pero ya como lo que fuimos en el pasado, colegas de juergas y botellón:
- ¡Luis, joder, no me seas gilipollas! Aunque yo sea virgen, algunas pajas cruzadas si hubo con la Antonia, ¿te acuerdas de la Antonia? Pues eso, sé mucho de estas cosas. El confesionario es un templo del saber, una fuente de conocimiento mundano. Si en un matrimonio falla la jodienda o no es satisfactoria, luego el marido pues&que qué inteligente y mona es Lucy, mi compañera de trabajo, que qué bien sabe comprenderme y que no, que bueno, que lo de la cita que tuvimos en el bar de copas fue algo muy inocente, y que si, que habían quedado en repetirlo otra ver, para eso, para charlar de la vida y de las cosas del trabajo, nada más. Y Luis, ¡me cago en Judas!, antes de que ese desgraciado se dé cuenta ya está encamado con Lucy en un hotel, y no digamos el drama si le hace un hijo.
Luis, metete en la cabeza que el matrimonio bendecido por la Iglesia es muy serio, es un sacramento para toda la vida y escúchame muy bien, primo, si después de casarte con tu Ernestina tienes problemas con el sexo, te jodes y te aguantas y nada de buscarlo fuera de casa, eso sí es pecado grave y Dios te va a ver. De todas maneras, mándame a tu Ernestina a mi confesionario, a ver si puedo arrancarla de la sotana de don Hilario.
Pues claro, ni caso le hice a mi primo el cura, me casé con mi Ernestina.
Antes de la boda, yo estaba muy seguro de mí mismo, me consideraba un hombre atractivo, lo sigo siendo, un tío guapo y bien plantado capaz de calentar la sangre a la más fría de las mujeres y mi Ernestina no iba a ser una excepción. Ella en el noviazgo me hizo prometer que la respetaría como Dios manda. Su deseo era ir virgen y pura al altar. Tengo que admitir que, aunque me parecía una exageración y una crueldad eso de estar de novios sin ningún escarceo amoroso subido de tono, en el fondo me halagaba. Muchas mujeres dicen ir virgen al matrimonio y dicen verdad, se casan con el virgo intacto, pero en cuestiones de revolcones, mamadas, pajas, restregados y otras delicatesen ya lo han hecho a mogollón con más hombres que dedos tienen en las manos. Mas, en cambio, a mi Ernestina además de virgen la recibiría como esposa sin mácula alguna, pura como la nieve recién caída.
A lo más que llegábamos ella y yo de novios fue a un puñadito de besos fugaces en los labios, bien cerraditos, y por mi parte a algo más atrevido; a esos roces con la mano tonta que le daba, como sin querer, en su trasero y en sus duros pechitos. Con eso ya me iba apañando y si bailábamos procuraba llevármela a mi lado izquierdo, que es donde cargo, pero mi Ernestina se daba cuenta, se ponía colorada y al instante se iba al otro lado de mi cuerpo, menos pecaminoso. No obstante, aprovechando yo el ritmo de la música intentaba de nuevo la maniobra, pero ella, resabiada, se pegaba con fuerza a mi lado derecho y sin pretenderlo ella me transmitía el calor de su vientre y mis calzoncillos se ponían a reventar. Al final, lo único que yo sacaba no era más que un doloroso calentón de huevos que tenía que apagar, después en casa, con agua fría sentado en el bidé.
Mi primo y yo entramos juntos al seminario. Más tarde me salí yo y a los pocos meses conocí a mi Ernestina, una novicia que renunció a ser monja por nuestro amor y que, pese a todo y sobre todo, es la nuestra la historia de amor más grande que nunca se haya conocido.
Llevábamos ya casados meses y en contra de lo que yo había pensado mis dotes de seducción han sido baldíos frente a la resistencia numantina de mi Ernestina al sexo, lo que ha provocado que nuestras relaciones en la cama sean un fiasco. A veces yo no mojo en un mes largo y cuando lo hago no deja de ser un triste desahogo, como si yo fuera un radiador de calefacción que me purgaran.
Hace unos días tuve una buena idea, pensé en mi primo el cura cuando me propuso que mi Ernestina se fuese a confesar con él. ¡Cómo no se me había ocurrido antes! Eso podría funcionar. No es que mi primo el cura fuese un santo, pero si un maestro de la vida que cuando se trata de enderezar almas o buscar salidas a situaciones delicadas sabe escuchar y dar soluciones. Y decidido, le propuse a mi mujer que se fuese a confesar con él, que le pidiera consejo sobre nuestra diferente forma de ver la unión carnal. Me contestó que ya lo había hecho con don Hilario y que seguía sus consejos.
Pero yo no me rendí y tanto la insistí y tanto la rogué y tanto se lo adorné que accedió a confesar con mi primo el cura.
¡Un milagro! ¡Fue un milagro!
No sé lo que le diría mi primo el cura a mi Ernestina, que argumentos esgrimió y como la conjuró que ese mismo día que fue a confesar no perdió el tiempo conmigo y me toco el culo, y desde entonces empezó tímidamente, día a día, a dejar de ser la mojigata de siempre.
Ese milagro, el primero, fue durante la siesta. Así como a ella no le gustaba dormirla, a mi sí. Todos los días después de comer yo subía a nuestro dormitorio a pegar la oreja en la almohada mientras mi Ernestina recogía la mesa, la cocina y pasaba la fregona para luego, mientras oía radio María, bordar pañitos para la iglesia de don Hilario.
Pues bien, ese día de la confesión de mi Ernestina, estaba yo cogiendo el sueño en la siesta cuando oí que se abría la puerta del dormitorio y vi que la figura de ella atravesaba la penumbra de la habitación, se despojaba del vestido y se metía entre las sabanas de la cama en bragas y sujetador, quedándose boca arriba en silencio a la espera, como por costumbre, a que la bajara yo las bragas, lo que me fue más fácil al no llevar ella el camisón-sudario de siempre, y aproveché ya para quitarle de paso el sujetador, y no me lo podía creer, por primera vez me lo dejó hacer. Esa actitud de sumisión de mí Ernestina, esa espontaneidad de ella, me emocionó, me llenó el alma de alegría y me empalmé. Feliz me puse a acariciar sus pechos ya liberados del sujetador, y cómo eran, qué calentitos y qué duros y qué suavidad de piel y qué carnosos y dulces sus pezones y me los fui comiendo lentamente, a bocaditos, saboreándolos, disfrutando del manjar. Y sorpresa, no había rezos ni rosarios de mi Ernestina y lleno yo de gozo me puse encima, y ella, que nunca había bajado sus manos de mi cintura, esta vez lo hizo y fue cuando me tocó el culo y al momento los dos nos metidos ya de lleno en el acto carnal del santo matrimonio, y otra sorpresa; mi Ernestina emitía una especie de quejidito placentero por lo bajito. Y yo, que estupendo por dentro, ¡Bien por mi primo el cura, pastor de ovejas descarriadas, gran remendador de almas y mago del confesionario!
Al día siguiente en la siesta protagonizamos los dos la misma escena, pero esta vez, además, notaba claramente que el cuerpo de mi mujer, siempre inmóvil y rígida, se iba aflojando al tiempo que movía las caderas haciéndome todo tipo de restregadillos.
Al tercer día, ya por costumbre siempre en la siesta, mi Ernestina daba ritmo a sus caderas acoplándolas a mis envites y en cuanto a sus quejiditos de días anteriores, se habían convertido en escandalosos jadeos.
Una semana después, mi mujer ya se metía en pelotas en la cama y se despendolaba y disfrutaba y gritaba y reía y lloraba y me dejaba los huevos secos y el cuerpo descangallado.
Una vez que mi Ernestina quedaba preñada de placer saltaba de la cama y salía del dormitorio sigilosa como había entrado, dejándome plácidamente dormido.
Después, a lo largo del día y seguro que, por pudor, mi mujer no sacaba a colación ningún comentario sobre nuestro nuevo y maravilloso comportamiento en el juego del amor. Debía de sentir una especie de síndrome pos-revolcón, una mezcla de arrepentimiento, culpa y vergüenza.
Yo sabía que si mi primo el cura le había hecho comprender a mi Ernestina lo que parecía un imposible; que el sexo con amor entre los conyugues está libre de pecado, no me sorprendería, pues, que lograra también que esa resaca de ella, esa turbación que le producía su reciente fogosidad en nuestros lances amorosos, lo terminaría superando en confesión con él. Resaca que por otra parte sólo le duraba a mi Ernestina hasta mi siesta del día siguiente y casi podría yo asegurar que después de la comida del medio día y ya subiendo yo las escaleras hacia nuestro dormitorio, a ella se le empezaría a avivar el deseo a la par que se le humedecerían las braguitas y al igual que el doctor Jekyll se convierte en el malvado míster Hide, ella lo hacía en una tigresa del sexo duro que ciega y salida iba a por mí a la cama.
Desde que mi Ernestina se entregaba a mí, perdiendo en cada siesta una buena dosis de su recato, disfrutábamos los dos plenamente del matrimonio en su mejor vertiente. Mas, en la décima siesta, fue cuando se abrió bruscamente la puerta de nuestro dormitorio, alguien pulso el interruptor, la habitación se inundó de luz y mi corazón salto a la boca, la mujer abierta de piernas, que ardía en deseo de que yo la gozara, tenía la melena rubia, ¡joder, joder, Dorita! ¡si es ella, es Dorita la que se me encama en las siestas! ¡y yo en la inopia! ¡jooodeeer con la tontita!
Mi Ernestina, con un pañito a medio bordar en la mano, se quedó pasmada en el quicio de la puerta de nuestro dormitorio y se desmayó. A lo lejos se oía radio María.
Esa misma tarde, Dorita cogió sus cosas, las metió en dos maletas y desapareció de casa sin decir palabra.
En cuanto a mi mujer, ya recuperada del desmayo gracias a mis atenciones, se puso de pie, me dio una bofetada y un empujón y corriendo se fue directa a refugiarse a la habitación que teníamos destinada para nuestro futuro hijo, y ya dentro atrancó la puerta colocando el respaldo de una silla bajo el picaporte. Al llegar yo detrás, lo accioné insistentemente con fuera, estaba bloqueado. Aturdido y descorazonado me di la vuelta, apoyé la espalda en la puerta y me fui deslizando lentamente hacia el suelo hasta sentándome en él. Así permanecí durante horas intentando justificarme ante mi Ernestina con palabras suaves, sinceras y conciliadoras, mientras que ella, al otro lado de la puerta, escuchaba mi monólogo, sollozaba y callaba.
Así transcurrió ese día y doce más y mi mujer seguía encerrada en la habitación, los dos sentados en el suelo, cada uno apoyado en su lado de la puerta, yo la suplicaba que perdonara mi ceguera y ella, tozuda, continuaba negándome la palabra entre hipos y sollozos.
De madrugada, siempre al poco de retirarme yo a descansar a nuestro dormitorio, mi mujer aprovechaba para bajar a la cocina a comer lo que yo le había preparado con todo mi cariño, buscando agradarla el paladar y poniéndole una mesa adornada como en Navidad, con mensajitos amorosos bajo el plato.
Esa situación de foto fija durante esos trece días me angustiaba y fue oír por primera vez la voz de mi Ernestina llamándome a través de la puerta, que un rayito de esperanza atravesó mi desanimo:
-Luis, te he escuchado con mucha atención, he recapacitado y te creo. A quien prodigabas caricias y palabras de amor no era a Dorita, sino a mí, a tu mujer legitima, lo que me viene a confirmar del peligro que se corre cuando un matrimonio pretende concebir un hijo sin renunciar en lo posible al placer carnal, porque ahí está enredando Satanás y la prueba de ello es que te ha cegado la carne. Luis, necesito los consejos de un sacerdote. Llama a tu primo el cura, que venga.
Y es lo que hice, le llamé por teléfono y le puse al corriente del desaguisado que se había montado en casa. Pasaron más de tres horas interminables y por fin apareció él, me dio un cariñoso cachete con un, < ¡ay primo, primo&!>, y se fue directo a la habitación donde seguía atrincherada mi mujer, .
Ella le dejó pasar y los dos se encerraron dentro durante casi cuatro horas, hasta que se abrió de nuevo la puerta y salió primero mi primo el cura con cara de haber desactivado el drama, y detrás, radiante, mi Ernestina que se echó a mis brazos y me fue llenando la cara de besos y entre beso y beso no dejaba de pedirme perdón, que sentía no haber ido a confesar aquel día con mi primo, como me había prometido, que ahora lo había hecho por primera vez y que ese santo, bendito sea Jesucristo, había logrado conjurar al espíritu maligno para que abandonara el cuerpo de ella, que desde niña la tenía aterrorizada, que ya se sentía liberada y sin prejuicios, y que también le había hecho entrar en razón, que estaba ella equivocada, pecando al hacer dejación de sus deberes como esposa, pues el sexo en el matrimonio viene a ser la sal del amor, lo que consolida y hace más fuerte la unión de los esposos y que, sobre su hermana Dorita, le había dicho que la deberíamos perdonar, como cristianos que somos, y que aunque los dos hemos sido víctimas de la impostura de ella, posiblemente Dios, en su infinita sabiduría, lo había querido así para poder liberar a esa criatura de su sufrimiento, de su tremenda depresión y de su mal de cabeza, y que cada tarde que había estado Dorita conmigo, usurpándola a ella, había sido un paso decisivo en su curación, una inesperada y eficaz terapia, y que tanto había sido así que a sólo unos pocos días de escapar de nuestra casa se había matriculado para el acceso a la universidad, al comprobar ella que su mente surgida de la oscuridad resultaba ser prodigiosa y que ahora gozaba de una vida normal, plena de felicidad.
Y hechas ya las paces con mi Ernestina, los dos nos inundamos los corazones de dulces palabras de amor, hasta que mi primo el cura nos interrumpió, puso sus manos entrelazadas encima de su voluminosa barriga creada por su buen yantar, y con voz santurrona nos dijo:
-Dorita os debe mucho a vosotros dos y lo sabe ella. A ti, Ernestina, tu comprensión y tu perdón, perdón que sabe tu hermana que cuenta con él, debido a tu bondad y a tu sacrificio siempre para con ella. Y lo sé porque me lo acaba de decir, vengo de verla de casa de tus padres, vive ahora con ellos, y en cuanto a ti, Luis, me ha dicho Dorita que es consciente que, gracias a tu infinito amor por tu esposa, volcándolo sin tú saberlo en ella, ha hecho que Dios, hiciera el milagro. ¡Alabado sea el Señor!
Y dicho esto, mi primo el cura nos hizo poner de rodillas y nos fue impartiendo su bendición, mientras me guiñaba a mí un ojo.
Ese mismo día, sin esperar la noche, nada más marcharse de casa mi primo el cura, nos fuimos directos a nuestro dormitorio, al tiempo que nos íbamos desnudando el uno al otro, y ya totalmente en cueros en la cama, con la luz encendida y viendo yo por primera vez los pechos a mi mujer, igualitos que esos deliciosos quesos gallegos de tetilla, nos pusimos a jugar con nuestros cuerpos y una hora después, con las ojeras de mi Ernestina hinchadas de placer y a punto del orgasmo, chillando, < ¡Ay Luis! ¡Luis si, dámelo, dámelo ya&!¡Uff&y me lo quería perder! ¡Joder!>
Con ese ¡Joder! de Ernestina, Áurea dio por terminado el cuento de Mi primo el cura.
Rufo, atrapado por el relato, necesitó unos segundos para reaccionar y cuando lo hizo estalló en aplausos, < ¡Muy bien! ¡Muy bien, mi Pequeña Diosa! Cada vez te superas más para asombrarme y sorprenderme. A ver que me preparas mañana. Anda, vete a descansar al sótano. Ahora te bajaré la bandeja de la cena>.
FIN DEL CAPÍTULO I
EL PROXIMO DIA UNO DE ENERO DE 2017, DE NUEVO CON VOSOTROS CON EL CAPÍTULO II.
Wuero7108 de diciembre de 2016

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