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Despertar

La primera vez que lo vio pasar supo que algo cambiaría irreversiblemente; fue como un despertar, antes de ese momento no lograba recordar nada, sólo un letargo, un adormecimiento, un vacío. Sus cabellos largos cayendo al hombro, sus ropas raídas y sucias, su guitarra como si fuera una más de sus extremidades, y su voz alegre entonando con entusiasmo melodías que evocaban amores, amigos, momentos felices que ya no volverían, con un andar sin rumbo, como divagante, libre

Parecía que todo su día girara en torno al momento en que él pasaba por allí, para ella el tiempo era igual; cada noche era solitaria, cada amanecer frío e indiferente, cada atardecer igual de melancólico al anterior. El constante sonido del tren que pasaba a sólo metros de ella simplemente aumentaba esa sensación de hastío. Sólo sentía que vivía durante esos segundos mientras el pasaba por su acera. Imaginaba constantemente que él la veía, que se acercaba a ella y entraba, entonces algo parecido a una sonrisa se le dibujaba.

Un día igual que el resto de sus días, no lo escuchó acercarse, casi no lo ve pasar, no iba cantando, no tocaba su guitarra, se veía triste, tal vez enfermo, notaba en su andar que se sentía solitario. Deseó poder hablarle, consolarlo, cruzar con el al menos una mirada, pero no podía. Ella sabia lo solo que él estaba, ella lo entendía, conocía bien el ser invisible para los demás, que miren a través de ella; como si no existiera, como si no sintiera. Durante varios días fue igual, se le veía abatido, cansado de vivir, como si eso que antes lo motivaba a cantar a pesar de su precaria situación se hubiera simplemente desvanecido.

Al cabo de una semana sucedió lo peor, en cuanto lo vio, supo lo que pasaría, iba sin su guitarra, con paso decidido, con mirada fija y una expresión de total abandono. Sintió que ese instante fue efímeramente eterno, el más solitario de su vida, el que la llevaría irremediablemente al fin. Escuchó el sonido del tren, su bocina, vio la gente correr, escuchó los gritos y poco a poco se fue desvaneciendo el mundo a su alrededor, la acera se hizo cada vez mas borrosa, los gritos, lejanos; los colores, opacos; hasta que ya no existió nada más. Le dedicó un último pensamiento, un último deseo y volvió su antiguo letargo, a su no existencia, pero es que después de todo, ¿Qué otra cosa podía hacer una simple ventana?.
18 de marzo de 2013

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