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Mirando Atrás

El ser humano tiene la terrible e incorregible costumbre de girar el cuello, de echar la vista atrás después cada paso, ya sea exitoso o negligente. Pisamos nuestra sombra, somos la rúbrica actualizada de nuestros errores, la dinamita que siempre está a punto de estallar, la primavera a destiempo, el invierno crónico. Y reiteradamente chocamos contra columnas que, de un color sepia añejo, se presentan en nuestro camino, como viejas conocidas y pese a reconocerlas, impactamos con ellas, incluso las embestimos. Uno aprende de sus cicatrices, las palpa con pudor, consciente de que un día sangraron, exteriormente manchando la piel, o filtrándose en el interior, alimentando el depósito de las penas que nunca se ve rebasado.
Y qué hacer si nuestros tendones se tensan en busca del pasado, si el corazón se nos agita al interpretar brillos remotos… tenemos la estúpida y macabra tendencia de rebobinar mientras avanzamos, de temerle a las reminiscencias que el futuro encuentra en el capítulo cero. Amar como la primera vez es imposible, pues el dolor es aún virgen y las pupilas inocentes, el resto de sobresaltos se esculpen desde un molde base que lleva por título un nombre y un adiós.
Y si soy honesto, habré de admitir que no he sido capaz de capturar unas emociones que escaparon con el aliento que un día abrigué. Todo lo que veo si miró atrás es la zona más oscura de Madrid, el alcohol, los soliloquios que brinda la cerveza y la resaca de un tequila que atraviesa una conciencia dormida, que requiere encontrarse, sentirse culpable, sentirse viva, recordar que un día amó y que por ello el dolor le sabe dulce y las noches sinuosas le excitan. Y bien es cierto, que uno se acostumbra a verse borroso en los espejos y nítido bajo la piel.
Adrielegance28 de marzo de 2014

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