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Una Tarde Cualquiera

Tome nota. De nuevo. Escondida tras las teclas digitales. Un aluvión de pensamientos vinieron otra vez. Destellantes. Difusos. Como una espiral que nunca acaba, quizás por ello, no encontraba la salida.

Las palabras salían a ratos, esa hélice que nunca acaba, que es eterna. Y yo, me agarro a ella buscando un halo de esperanza, algo que me haga remontar tras las sombras difusas que dibujan los asientos de un tren, al que cada vez tengo más odio.

Sigo el trayecto, en silencio, un día que prometía soleado y que se torno gris. El andén está casi vacío, un par de muchachos andan de un lado para otro inmersos en sus pensamientos; y debo interpretar lo que transmiten sus ojos tras esas mascarillas que entorpecen sus labios, el rostro completo.

El pitido interrumpe esa visión, y montó rápidamente en otro tren que me llevará a mi destino. Algo llama mi atención cuando observo un extracto maravilloso, sobre el recorrido de un cuerpo acompañado de una ilustración a todo color.

La próxima estación me espera. Subo rápidamente las escaleras, mientras me acompaña una playlist absurda que a ratos me evade, y en otros momentos me recuerdan momentos de antaño que no volverán.

Las nubes merodean con más intensidad, en cualquier momento puede empezar a diluviar.

De camino a la cafetería hago un retrato de la situación.
Cuando llegó no había nadie—vaya novedad—, pensé mientras observaba a los camareros atender las mesas, y los niños correteando, alegres, inmersos en su mundo de fantasía y bondad. Las agujas siguen correteando, él sigue sin aparecer, y yo sigo con mi lista de canciones, esta vez cortesía de esa aplicación donde puedes escuchar canciones hasta aprender hacer pasteles.

Por fin llega, media hora después. El reloj se para, y observo sus movimientos. Su conversación deriva a lo mismo, mientras escuchó las teclas enmudecidas de su teléfono. Inmerso en su mundo digital, pregunta algunas frases sueltas, sin conexión, estáticas.

Cuando acaba su speech, dice que tiene que irse. Ahí es cuando me doy cuenta de todo.

Me pide que le acompañe, que me deja en la puerta del tren. Esto no es amable por su parte.

En ese transcurso las conversaciones ambiguas persisten, mientras se escucha de fondo los versos recitados de una melodía sin gracia.

“Adiós, ten cuidado" dijo mientras bajaba del coche.

En ese momento, el cielo se rompió mientras se alejaba poco a poco.

Las gotas de lluvia sintieron mi dolor, supongo que el cielo me quería acompañar a su manera.
Beatrix23 de febrero de 2021

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