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Cartas de Amor En la Distancia 22

Gabriel le hizo ademán de que continuase; no sabía lo que quería decir. Pero ella dudaba si hablar; llevaban bien ya mucho tiempo y temía destapar la caja de los truenos si decía lo que de verdad pensaba. Sin embargo, no sabía todavía por qué, pero recordó una ocasión en que pasaba las vacaciones de Semana Santa con su tía Esther y jugando rompió una figura de un angelito a la que sabía que su tía tenía especial cariño. En aquel momento, con apenas ocho años, desconocía el motivo, pero cuando fue lo suficientemente mayor y madura su tía le explicó que su marido se lo había regalado cuando perdieron al que hubiese sido su hijo. Cuando vio que la figura se hacía añicos contra el suelo, la niña que Isabel había sido se asustó tanto que no fue capaz de confesar lo que había pasado, y recogió como pudo los trozos y los tiró al cubo de la basura, tapándolo con el periódico del día anterior. Cuando su tía lo descubrió se enfadó mucho con ella y la castigó, pero no por haber roto la figura, sino por el engaño y la falta de confianza. Ella no había olvidado la lección, y por eso decidió decir la verdad de sus miedos y sentimientos.
-Lo que quiero decir es que mi madre tenía una rival tremenda y poderosa, que era la Iglesia, o Dios, como quieras decirlo. Creo que ella prefería pensar en femenino, en la Iglesia. Y yo también tengo mi propia rival, mi eterna pesadilla.
Se quedó callada, y Gabriel también. Ambos temían seguir, pero Isabel decidió ser valiente y confesar sus miedos.
-Sigo pensando en Ana como en tu mujer porque tú la sigues llamando así apenas te descuidas, y eso me hiere. Es como si me clavases un puñal en medio del pecho. Por eso puedo entender el sufrimiento de mi madre.
Gabriel daba vueltas a su servilleta, y sus ojos se fijaban en la jarra de agua que descansaba sobre el níveo mantel.
-¿Vamos a volver a lo mismo? ¿Nunca confiarás en mí? No sé de qué manera puedo convencerte de que te quiero, y de ahora tú eres todo mi mundo. A veces me canso, Isabel, a pesar de lo mucho que te quiero.
Sí, Isabel era consciente de ello; de que Gabriel se estaba cansando de escuchar siempre los mismos reproches. Pero ella no podía hacer nada por evitar sentirse mal en relación a Ana. Lo había intentado muchas veces; había analizado toda la situación con la mayor racionalidad y frialdad de que fue capaz; y no importa cuán lógico le pareciese todo en ese momento, porque bastaba que Gabriel la mencionase de la manera más inocente para que un gusano cruel empezase a devorarle las entrañas, sometiéndola a la tortura de la incertidumbre, de la desazón y el propio menosprecio. Esas emociones la dejaban devastada por dentro y sin fuerzas. Era lo suficientemente inteligente para darse cuenta de que si seguía por ese camino absurdo de la autodestrucción y el sufrimiento no tendría otro remedio que apartarse de Gabriel, por el bien de los dos. Le quería demasiado para hacerle daño y tal vez lo más sensato era marcharse e intentar hacer cada uno su vida. Pero…le faltaban las fuerzas necesarias para tomar esa determinación, y como la enorme cobarde que era, prefería cerrar los ojos todo el tiempo que pudiese a la incertidumbre y seguir hacia adelante, aunque el camino fuese incierto y lleno de baches y curvas.
-Perdóname, tienes razón-le dijo. Soy una tonta, dándole vueltas siempre a lo mismo. Dejemos ese tema tan desagradable y volvamos a lo que Mamá escribió. ¿Te das cuenta de cómo lo hace?
-Muy bien, creo yo. No conocía esa faceta literaria de tu madre.
-Siempre le gustó escribir, sí. Pero no me refiero a eso.
-¿Entonces?
-Me ha llamado la atención, no sé si te has dado cuenta, de que en ocasiones relata en primera persona para luego cambiar a la tercera. ¿Por qué lo hará?
Gabriel se detuvo unos instantes antes de contestar, recogiendo la mesa y llevando los cacharros al lavavajillas. Empezó a cargar la máquina y así, de espaldas a Isabel, empezó a hablar.
-Creo que se por qué lo hace. Es verdad que no soy un experto; ser periodista es distinto de ser escritor, pero me parece que lo que tu madre pretendía era distanciarse de aquellas situaciones que le habían producido mucho dolor.
-No entiendo-reconoció Isabel, recogiéndose un mechón de pelo detrás de la oreja derecha.
-Lo que quiero decir-le explicó pacientemente volviendo a sentarse a su lado y tomando su mano-es que hay escenas que tu madre ha vivido con mucho dolor, con mucha intensidad, y seguramente ese dolor lo ha tenido que revivir al recordar, para ponerse a escribir. Un truco, una manera de distanciarse, es contarlo como si fueses una tercera persona que pasa por allí, ajena a la situación. Probablemente si lo hubiera tenido que hacer en primera persona le habría resultado tan doloroso que no habría sido capaz.
Isabel meditó sobre la explicación, y le pareció bastante lógica, aunque a ella nunca se le hubiera ocurrido. Se levantó para preparar café y le pidió a Gabriel que siguiese leyendo. Cada vez estaba más intrigada, y también más dolorida, con la historia de su madre.
Víctor Medina era el hombre más tranquilo y pausado que recuerdo. Pocas veces le había visto alterarse por nada y en los momentos más difíciles era capaz de mantener la calma. Pero ahora estaba fuera de sí y por sus ojos me daba cuenta de que le hervía la sangre. Creo que si pudiera me sacudiría hasta hacerme entrar en razón, y quizá por eso mantenía los brazos pegados al cuerpo y los puños apretados. Le miré, desafiante. Ahora me dolía haberle dicho esas palabras tan duras; sobre todo porque la mayoría no las pensaba; aunque si es verdad que me desesperaba verle siempre tranquilo y resignado, como si las cosas no le afectasen o si aceptase todo lo que el destino le hubiese reservado.
-¿Te parece justo todo lo que me has dicho, Natalia?
-En todo caso es lo que siento-se reafirmó ella, adelantando la barbilla, como retándole.
-Pues entonces me conoces mucho menos de lo que deberías y todas las horas que nos hemos pasado hablando de poco han valido. Debo de expresarme muy mal.
-Te expresas divinamente. Entiendo todo lo que me has explicado, don Sabelotodo. Mi capacidad intelectual puede que sea menor que la tuya, pero tampoco es que sea una retrasada mental.
-Entonces…
-Entonces ya estoy harta de jugar a tu juego. Yo también tengo obligaciones, ¿sabes? Tengo marido, dos hijos, una madre a quien daría un síncope si supiese de mis sentimientos.
-Pero yo no te he pedido…
-Ya lo sé--le interrumpió ella, casi gritando. El gran problema es que tú nunca pides nada, siempre te conformas con lo que se te da y al final-se detuvo un momento para respirar, sentía que le faltaba el aire. Decía que al final acabarán santificándote en vida por tanta renuncia y tanto sacrificio. El problema es que yo no soy como tú. Y por mis venas corre sangre.
-¿Y por las mías no? ¿Tú de que te crees que estoy hecho?
-No sé lo que te corre por las venas, supongo que agua bendita-se burló ella, con un sarcasmo que les hacía padecer a los dos por igual.
-Natalia-la reconvino él. ¿Por qué no intentas ponerte en mi lugar?
-Porque no me da la gana, y porque esos estúpidos votos los has hecho tú, así que conmigo nada tienen que ver. Y porque estoy harta de renuncia y de sacrificios y de hacer lo que los demás esperan de mí siempre y en cada momento. Y empiezo a estar harta de ti y de lo desgraciada que me haces sentir, y ojalá nunca te hubiese conocido, maldito cura del diablo…
Se quedó callada, como temerosa cuando él se acercó y la tomó con fuerza de los antebrazos y se los apretó hasta hacer que le aflorasen las lágrimas. Por un momento se encogió ligeramente, pensando si le daría una bofetada, porque echaba fuego por los ojos y su otrora palidez se había transformado en un rubor que le encendía las mejillas. Pero no le pegó. Se acercó más todavía y por primera vez la besó. Fue un beso lento, dulce y profundo. Sus labios eran dulces y sabían a café y a caramelos de menta.
Beth28 de octubre de 2011
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amor renuncia

8 Comentarios

  • Laredaccin

    Bueno, sí, ya veo que me adelanté a la curiosa forma de redactar de Natalia.
    Otra cosa, este editor de textos no permite cursivas, que sería perfecto para los pasajes del diario, pero me sigue insistiendo el editor-corrector que si tanto cuesta poner comillas una vez los has copiado y pegado aquí...je je, es que es más pesado....
    Ya la besó el cura, ay, madre.
    Besos para ti también.
    Esteban.

    29/10/11 01:10

  • Beth

    Si, supongo que las comillas no las he puesto por pereza, desidia y muchos temas nuevos que estudiar y aprender, lo cual desde luego no es disculpa

    29/10/11 04:10

  • Endlesslove

    siii la besó, eso me gusta . Natalia estaba histérica, pero es verdad no hay nada que saque mas de quicio que estos personajes bien medidos, equilibrados y casi que conformes; no piden nada de pronto es para que no les pidan a ellos.
    seguimos...

    31/10/11 03:10

  • Beth

    Reconozco que a mi me puede un hombre con el que quieres discutir y no entra al trapo. Así es que no hay quien suelte adrenalina, caramba. Y este cura es tan comedido que a veces me dan ganas de soltarle cuatro tortas a ver si espabila

    31/10/11 10:10

  • Vocesdelibertad

    Tanto que pensar, en dos vías la negativa juzgadora y la positiva en donde el amor es triunfador... pero algo si resumo las mujeres terminamos consiguiendo lo que queremos con sutilizas o a gritos...
    Abrazos fuertes, sigooooooo

    04/11/11 04:11

  • Beth

    Supongo que si, Voces, que lo conseguimos, aunque sea en ocasiones a costa de nosotras mismas. Un beso

    04/11/11 05:11

  • Serge

    Beth
    Amita, cada vez se pone más interesante esta novela. Un cura besando a una feligresa.
    Aunque en estos tiempos los curas son más progresistas y tienen esposa e hijos.

    Un gusto leerte.

    Serge.

    07/11/11 11:11

  • Beth

    Ay gatito, si yo te contase algunas cosas del cura de mi pueblo, que me bautizó, por cierto, y a mis hijos. Ahora el pobre está viejecito, pero en sus años mozos hizo una de estragos...

    08/11/11 10:11

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