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Bien Pedo y Sin Soñando

En esos ojos ví neblina. Había terror. Un miedo intrínseco que deambulaba entre carretes de miedo y nerviosismo. Solamente me detuve frente a ella y le mostré mis manos. Mis herramientas magistrales talladas en piel quemada y venas sobresalientes.
Entonces se desesperó la pequeña y comenzó a gritarle a su madre que no apareció por la distancia y la soledad del cerro. En mis manos murió, en mis manos la maté. En mi cuerpo dejó sus lágrimas y olor. En mis genitales, su inocencia.
Bierrodot14 de octubre de 2020

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