Enfermedad de Amor

Publicado por Camiladavel el 22 de diciembre de 2017.
La penetrante mirada con la que nuestros ojos se encontraron la primera vez había logrado unirnos, de manera fatal, para siempre. No en el primer encuentro, no en el primer roce, ni siquiera en el primer beso. Fue la primera vez que tanto mi alma como la tuya habían urgido por salir y despojarse de sus propias cadenas para entregarse a algo, no importa qué. Llámenle quemar etapas, adolescencia, primer amor, no importa. No fue nada de eso, sino más. Luego de meses alcanzamos mirarnos más allá de la piel y las vísceras y encontramos lo que habíamos estado buscando tanto tiempo y lo que tanto tiempo se espera que alguien encuentre dentro de cada uno, porque dicen que es lo que tiene que pasar, que si no pasa qué raro, que si no pasa fallaste. Pero a nosotros no solo nos pasó, sino que caímos en la desesperada realidad de no saber amar.
Me corrijo, caí en la desesperada realidad de no saber amar. Y ahí está el truco, la prueba, el juego, la trampa. Te ponen en el tablero pero no te explican como jugar. Entonces empezás a ver qué onda por mucho tiempo hasta que das con la tecla.
Tal vez cuando descubriste de qué iba el juego ya había terminado, y siempre te vas a sentir incompleto por no haber sido capaz de entender todo antes. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que el otro se quede a jugar un rato más. Y qué hermosa posibilidad.

Como dije, habíamos sido fatalmente unidos. No porque esto sea triste, un error, o un completo dolor de ovarios. Sino que antes de que nos avisen ya no había marcha atrás, ya no podíamos hacer otra cosa que hacer lo que sentíamos.
Pero antes de entender las reglas del juego, nadando en incoherencias llegamos a la conclusión de que eran las cosas que más nos unían las que nos separaban, y en ese desencuentro había momentos, tensiones, discusiones, que incluso osaban con llevarnos al terrible punto de llegar a desconocernos. Por esta razón y por muchas más, tomamos la iniciativa de que para que nada nos separara, que nada nos uniera. Rompimos tarjetas, fotos, regalos, prohibimos a nuestros amigos contarnos del otro y, a nuestra familia, volver a hablar del tema; nos eliminamos de todas las redes sociales, me mudé y no te conté, escuché que habías probado salir con un chico y no te gustó y seguiste con lo mismo, y capaz te enteraste que yo sí había salido con otras y otros.
Todo había cambiado, excepto el hecho de amarnos. Cada veinte de cada mes nos veíamos una hora y no decíamos ni una palabra y aún así, lograbamos decirnos todo. O al menos, todo lo que queríamos decirnos. Me encantás. Te extraño. No sabés lo vacía que estoy sin vos. Volvamos. Te amo.

Y se me rompió la vida cuando paraste de venir. La última vez había entendido que era la última, pero a pesar de entenderlo no lo quería creer. Le pregunté a todos de vos, rompiendo nuestra promesa. Te busqué por todos lados, llamé a tu familia, pregunté en el trabajo. Nadie sabía nada. Y luego de meses de búsqueda y llanto me pregunté si realmente habías existido en algún momento; si realmente, a pesar del desamor, el amor había sido real. Si a pesar del desencuentro, vos habías sido real.
Y lo vivo gritando, escribiendo, llorando, sangrando. Todas las paredes de mi habitación tienen tu nombre, y pondría fotos, pero no tengo ninguna. El único espacio en blanco es la ventanita por la que me traen comida y agua todos los días, para asegurarse de que siga viviendo y no te olvide más.

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3 Comentarios

  • Luia

    Todo una historia inolvidable, y bien escrita.

    Saludos
    Lu

    22/12/17 12:12

  • Camiladavel

    Gracias, Lu!!!

    22/12/17 01:12

  • Remi

    Precioso Camila, me he emocionado al leer tu historia.
    Un abrazo.

    22/12/17 04:12

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