La Ceremonia Del Té

En Shirakawago, una pequeña aldea japonesa en la prefectura de Gifu, Nakano y su nieto se afanaban en preparar la apertura diaria de su pequeño local de alfarería en el que se dedicaban a la elaboración de cuencos para el té. Eran pocas las semanas que llevaban inmersos en esta nueva aventura, por desgracia obligada.
Toyotomi, el marido de Nakano, regente del horno-taller y de la tienda anexa dedicada básicamente a los suvenir para turistas durante las últimas décadas, había sufrido una repentina dolencia que le afectaba a los nervios.Había empezado con pérdida de sensibilidad en los pies primero, y pérdida de fuerza generalizada después, que en pocos días había evolucionado hasta dejarlo prácticamente tetrapléjico postrado en una cama del hospital de la Cruz Roja en Takayama.

Ella, dedicada desde que se casó al cuidado de su marido y de su hijo hasta que se independizó, sufrió un duro golpe con la pérdida de este último y su mujer en un accidente de tráfico. Desde entonces vació toda su energía en el cuidado de su nieto Akemi que ahora ya alcanzaba la edad de diez años y sufría en estos momentos con tristeza la ausencia de su abuelo que para él era como un padre
La decisión de tomar las riendas del negocio familiar había sido dura y difícil, pero las facturas del hospital con un seguro privado, le asfixiaban y los recursos ahorrados eran limitados, como para depender exclusivamente de ellos. Muchos eran los años que habían transcurrido desde su adolescencia en que había compartido infinitas horas en el taller de la familia Raku, con su inseparable amigo Hikaru. En el taller alfarero compartió la arcilla entre su manos con su amigo que fue instruido en el negocio familiar, al cual posteriormente renunció. Nakano sin llegar a alcanzar la pericia de su amigo, sí logró sin embargo aprender la técnica en la elaboración de los típicos cuencos para la ceremonia del té. Finalmente fue la universidad quién los separó, cuando él se fue y ella aunque apenada permaneció un par de años todavía al servicio de los Raku. En ese tiempo conoció a Toyotomi quedando prendada de él. A los pocos meses celebraron sus nupcias y se trasladaron a Shirakawago.

Su marido era un gran artesano de la cerámica, pero ella carecía de los conocimientos y de la vasta experiencia en los distintos tipos de elaboraciones que él realizaba. De tal manera que hubo de reconducir toda la producción alfarera hacia los cuencos del té. No faltaron voces que criticaron su decisión, ni ofertas de compra del taller que ella desoyó. Estaba determinada a seguir adelante y por fin tras un cierre de un mes había conseguido reabrir las puertas al público unas semanas antes.El trabajo diario le ocupaba todo el día y tras la reapertura con ella al mando, sólo podía visitar a Toyotomi los lunes en que cerraba, intentando subsistir atendiendo la afluencia de los turistas del fin de semana.

La aldea atravesada por el río Shogawa y rodeada por las montañas que componen los Alpes japoneses, en el centro del país, era conocida por sus típicas casas de estilo gassho-zukuri, casas de tejado triangular hecho de paja y muy inclinado para soportar el peso de la abundante nieve que caía en esta zona en invierno. En el corazón del Parque Nacional de Hakusan sus paisajes eran un espectáculo: en primavera con los cerezos en flor, en verano, con el esplendor del follaje verde y el frescor del agua que fluía por la aldea, en otoño con los mil colores de las hojas rojas y árboles color escarlata o en invierno completamente cubierto de nieve e iluminado para la ocasión. Algunas de estas casas gassho-zukuri pasaban de los dos siglos y aunque la gran mayoría funcionaban como restaurantes, museos o alojamientos tradicionales gracias a su gran tamaño, Toyotomi vió la oportunidad de negocio en la alfarería, que aportaba un punto de tradición a una localización de leyenda. Sin enriquecerse habían llevado una vida holgada, aunque destrozada por la tragedia familiar de la que ya nunca se llegarían a recuperar.

El Doburoku Matsuri, un festival en el que rezar y dar gracias al dios de la montaña por dar seguridad y una buena cosecha, habia quedado atrás. La celebración giraba en torno a una rara variedad de sake denominada doburoku, sake sin refinar, cuya elaboración casera estaba permitida en unos pocos lugares de Japón, entre ellos Shirakawago, en cantidades limitadas para este festival. Además del sake, también podía disfrutarse de numerosas actuaciones, como la famosa danza del león (shishimai). Sin duda, el Doburoku Matsuri de Shirakawago era una gran oportunidad de disfrutar de la típica fiesta de la cosecha al estilo japonés, lo que atraía muchos turistas. Las ventas habían sido muy buenas y Toyotomi lo celebró a lo grande el último día del festival. Al día siguiente presentó un cuadro de gastroenteritis y unos pocos días después acababa ingresado en el hospital.

Aquella mañana Nakano recordaba ese momento al igual, que el primer día que con manos temblorosas acompañado de su nieto reabría la tienda, con su marido en el hospital. La noche anterior casi no había dormido pensando en la mañana siguiente. Era ella casi siempre la que trabajaba en la tienda sin embargo, era la primera vez que vendía una producción propia. En el pequeño "cestón" horno de leña- del obrador durante los días previos había elaborado con todo su cariño y mimo las piezas, llevándolas al punto de cocción adecuado para sacarlas después cuidadosamente con la ayuda de unas viejas pinzas de hierro y colocarlas en recipientes llenos de viruta de madera del lugar, que al quemarse le daban el aspecto característico.
Había sido sábado y habiendo pasado media hora de la apertura, el sonido del Furin o "campanilla de viento" que a pesar de haber acabado la época estival todavía colgaba frente a la puerta, no se había escuchado. Como en toda inauguración o estreno los nervios habían hecho presa de sus pensamientos y con los ojos cerrados y el rostro sereno había permanecido detrás del mostrador de arce sentada con Akemi acariciando parsimoniosamente sus cabellos castaños. Sin embargo un tintineo había roto la entrañable complicidad de abuela y nieto y unos pasos habían entrado mientras una voz familiar les había saludado. Era Chieko, hija de una de las vecinas que más había criticado su decisión. Al verla un gesto serio cuadró su rostro, mas la muchacha lejos de buscar un enfrentamiento, con dulzura se había adelantado a Nakano.
- Sé que mi madre no aprueba que reabráis el taller y mucho menos que seáis la artesana... No debe tomárselo en cuenta pues no entra dentro de su arquetipo tradicional su forma de solventar esta situación. Sólo puedo decirle sin embargo, que ha hecho un bello trabajo- terminó la joven tomando un cuenco craquelado sin intención de esperar contestación y dirigiéndose a la caja entregando el dinero del precio marcado.
Con gesto entre sorpresa y emoción había conseguido balbucear un inaudible "...gracias...", mientras Chieko decidida y satisfecha con la compra, había salido tras la puerta.
La expectación de la apertura había sido grande y en la calle se había congregado algún grupito de público a esas horas. Al salir la hija de Isamu los cuchicheos habían revoloteado como el viento con ademanes de desaprobación y de sorpresa. Una segunda clienta quiso corroborar la calidad de la artesanía e hizo su compra. De mediana edad, amante de la ceremonia del té, Annaisha no había querido perder la oportunidad de adquirir nuevas piezas en el caso de ser de su agrado. Así había sido y una vez más los chismorreos habían arreciado al salir, aunque habían cesado de inmediato al dirigirse y atravesar ella, la pequeña concurrencia que impaciente esperaba que se alejara de nuevo para reanudar los murmullos.
Así habían pasado los días siguientes y el pequeño goteo no parecía ser suficiente para mantener a flote el negocio, mas la abuela de Akemi había perseverado durante estas primeras semanas.

Durante el otoño y con la bajada de temperaturas, las hojas de los árboles en montes, parques y ciudades de todo Japón creaban un espectáculo natural llamado koyo o popularmente conocido como momiji, en relación a las hojas del arce japonés, que se tornaban de un color rojizo precioso. El pueblo rodeado de las montañas que se habían tornado en colores amarillos, anaranjados y rojizos, presentaba una policromada belleza con un aura de tranquilidad y paz especial, mientras el corazón de Nakano se agrietaba y se llenaba de tristeza y pena ante: la evolución de su marido que en el hospital permanecía sedado, con respiración asistida sin responder al tratamiento que se le había instaurado... la sequía de clientes en la tienda con la expresión procaz de sus convecinos y la melancolía del alma destrozada de su nieto que vagaba con la mirada perdida a través de de unos ojos hinchados y arrasados permanentemente por las lágrimas en cualquier rincón oculto.

Era a primeros de noviembre y en muy pocos días, el cielo iba a encapotarse y las temperaturas bajarían notablemente; sobre todo las nocturnas, ya que según la tradición rural de Japón, el día en que llegaba el invierno llamado Ritto, solía situarse aproximadamente en el ocho de noviembre. A partir de ese momento el país entraba en una especie de letargo con la gente de las ciudades en la calle tan solo para ir al trabajo y los pueblos, sobre todo los de las montañas, como era el caso de Shirakawago quedaban dormidos. Así pues a pesar de que ese año las temperaturas eran más altas de lo que estaban acostumbrados y el frío se retrasaba, quedaban pocos días de abundancia del turismo.

Esa mañana tras la apertura que transcurría como de costumbre, una llamada rompió el silencio del momento sin que nadie acompañara en ese instante a Nakano. Akemi había estado con fiebre por un proceso viral y dormía todavía. Una voz seria al otro lado de la línea se identificaba:
- Soy la doctora Takumi. ¿Es usted familiar de Toyotomi Ito?- .
- Sí soy su mujer- alcanzó a responder derrumbándose en un pequeño taburete de madera.
- Siento comunicarle que su marido acaba de fallecer a causa de una arritmia cardíaca. Ha sufrido una parada cardia....
El teléfono cayó al suelo. Su mente se había desconectado del diálogo.- ¿Por qué me has abandonado?- sollozaba desconsolada- ¿Qué voy a a hacer ahora...?
- ¿Señora Ito...? - se escuchaba a través del teléfono...
- Sí. Lo siento...- rehaciéndose-. ¿Qué debo hacer?

A la tarde siguiente siguiendo el rito budista se celebraron las exequias, aunque las ceremonias no terminaron con el entierro, sino que siguiendo la tradición, siete responsos oficiados por el sacerdote durante siete semanas además de guardar luto y abstenerse de comer carne de animales fueron precisos antes de acabar esta primera etapa y poder volver a la normalidad.
Pasado este tiempo de recogimiento en el que distintos familiares habían permanecido con Nakano y Akemi, llegaba la encrucijada de decidir el rumbo a tomar.
El invierno enfilaba su último mes antes de florecer la primavera y empezaba el deshielo de la nieve y el discurrir de arroyos en la montaña aquí y allá. Una mañana sentada en la tienda sola, abstraída en su ruina económica, matrimonial y vital mientras su nieto correteaba ajeno a los problemas en la calle, un golpe seco sobre la puerta le sacó del trance. Invitó a pasar a la persona que llamaba, que abrió la puerta y se dirigió hacia ella saludándola. Boquiabierta observaba como un hombre de mediana edad, trajeado con gusto de forma impecable, con pelo azabache corto que dejaba entreveer la aparición de las primeras canas y una mirada cálida proyectada por unos grandes y rutilantes serenos ojos azules, se acercaba a ella. Bajó la guardia.
- Buenos días, ¿señora...Ito?- dudó.
- Sí, era el apellido de mi marido, fallecido el pasado otoño- aclaró-.
- Lo siento mucho. Mis condolencias -empatizó y continuó-. Represento a la cadena hotelera Villa Fontaine. Mi nombre es Michio Azuma...- sin poder acabar.
- Sé quién es. Lo veo a menudo en las noticias. ¿Qué hace alguien como usted en mi humilde negocio tan lejos de Tokio?- se rehizo con fuerza, curiosa.

Michio se dió la vuelta y contempló la exposición de cuencos en los distintos aparadores, tomándolos y dejándolos con suma delicadeza, apreciando a la vista y al tacto las tonalidades, texturas, matices y colores que le resultaron fascinantes con piezas únicas, con esmaltes desde rojos metalizados hasta craquelados, nacarados y tornasoles. Tras una breve inspección, satisfecho con lo que había visto, y que le había servido para corroborar los primeros informes que le indicaban la originalidad y perfección de ejecución de la técnica, se dirigió de nuevo a la dueña:
- Pretendemos incluir en nuestra oferta de servicios, casas de té y su artesanía nos parece perfecta para nuestro propósito de tradición y calidad. Precisamos dotaren una primera acometida los cinco hoteles de la cadena en Tokio.¿Sería posible que nos abasteciera en un plazo corto de tiempo?
Nakano no daba crédito. No podía articular palabra...
Cortésmente, el ejecutivo deslizó una tarjeta sobre su mano y un sobre en el que se hacía una oferta, y disponiéndose a salir:
- Piénselo durante esta semana y nos dé una respuesta. Nos agradaría trabajar con usted - concluyó abriendo la puerta del establecimiento.
- Lo haré - musitó llena de felicidad -.

Los lugareños reconocieron al ilustre visitante y desde entonces la afluencia de clientes con la llegada de la primavera no dejó de crecer. La abuela aceptó el encargo y pronto necesitó ayuda y espacio, lo que no evitó que siguiera realizando un trabajo de calidad.

Un mes más tarde fue invitada a presentar su línea de artesanía para las casas de té, que eran espacios en el ático de los hoteles que disponían de varías salas anexas a un jardín al estilo tradicional. La presentación iba a empezar, por lo que se colocó en el estrado y se dispuso a describir su producto cuando de una puerta anexa lateral, un rostro familiar le dedicó una tierna sonrisa. No podía creerlo. Era...Hikaru.

15 / febrero / 2018

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4 Comentarios

  • Voltereta

    El amor es como el agua siempre acaba por encontrar su camino, a pesar de todos los impedimentos que encuentre a su paso.

    Un texto muy hermoso.

    Un saludo.

    16/02/18 06:02

  • Clopezn

    Así es. Muchas gracias. Un saludo

    16/02/18 09:02

  • Remi

    Un bello relato Clopezn, me ha gustado mucho, la cultura japonesa es apasionante.
    Un abrazo.

    17/02/18 11:02

  • Clopezn

    Muchas gracias Remi. Un saludo.

    18/02/18 12:02

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