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Cuentos de Navidad (por José Orero de Julián -

CUENTOS DE NAVIDAD (Por José Orero de Julián - "Diesel")

CUENTO DE NAVIDAD

Cae la noche en la Gran Ciudad y en el domicilio de los padres de Rocío hay ambiente de fiesta con toda clase de lujos mientras que, en la enorme sala principal, un gran árbol de Navidad preside toda la escena. Rocío, la única hija de Papá Amador y Mamá Lucía, está radiante de felicidad contemplando la gran cantidad de regalos que están a los pies de un enorme Papá Noel que parece sonreírle mientras ella no sabe por dónde empezar...

Papá Amador le prohíbe comenzar a abrir aquella ingente cantidad de regalos hasta que no hayan cenado los tres juntos. No necesitan a nadie más para ser felices. No es necesario que alguien más esté en la reunión, ya que los tres son únicos y diferentes a los demás. Son suficientes para tener todo lo que siempren desean y llevar el tren de vida que mejor se les antoje. Así que lo único que desean, esta noche, es pasarla juntos (algo que a lo largo del año casi nunca ocurre) y sin más compañía que el loro multicolor que intenta, vanamente y ante las risas de Papá Amador, abrir la puerta de aquella su dorada jaula donde transcurre su vida en un continuo mirar hacia la chimenea.

¿Qué sucede en la chimenea de la casa de Papá Amador y Mamá Lucía? ¿Quizás alguna vana esperanza para dar calor a un ser, anónimo tal vez, que flota en el ambiente como alguien buscando un poco de liberación? Quizás. Tal vez sea solamente una pequeña nostalgia que, de vez en cuando, se refleja en los lindos ojos azules de Rocío cuando piensa, más veces de las que ella desearía, que algo le falta a su existencia. Pero ahora no está pensando en eso. Ahora sólo está pensando en que llegue la hora de cenar para terminar cuanto antes con aquella nerviosa inquietud para darse el gusto y el gran placer de abrir toda aquella multitud de regalos. Mas antes hay que salir a la calle para buscar ese postre favorito que a ella tanto le gusta saborear: las trufas de chocolate con almendras de la Pastelería Luxe.

Sentado en la acera, acurrucado contra la pared, a escasos cien metros de la puerta del inmenso jardín de la mansión de Papá Amador y Mamá Lucía, está Pepito, vestido con harapos y tiritando por culpa del frío que recorre todo su cuerpo. O tal vez no esté tiritando de frío sino temblando de terror. ¿Y por qué Pepito tiene miedo si es la noche de Navidad? ¿Qué es la Navidad para ese niño a la hora de soñar? Es que resulta que Pepito nunca ha podido soñar durante todos sus once años de edad; no conoce esa clase de ensoñación y sólo sabe que, cuando llegue a la destartalada chabola del lejano arrabal donde malvive con su madre, un padrastro que siempre está borracho y otros siete hermanitos más que andan siempre tirados por el suelo, va a recibir una verdadera paliza cuando su padrastro, más borracho que nunca porque es Navidad, se entere de que no lleva ni tan sólo un miserable centavo a la casa. Va a recibir la paliza más grande de su vida ante el cómplice silencio de su madre que está con la cara llena de moratones; aunque nunca ha sabido, ni sabe, por qué tienen que castigarle siempre por el pecado de haber nacido fuera de juego, como si la vida no fuese más que un simple llegar en el mejor momento y en el mejor lugar. No. Pepito no sabe soñar, nunca ha aprendido a soñar y nadie le ha enseñado a soñar. En los fríos inviernos de la Navidad, nunca ha recibido ni un solo regalo, así que no le queda otro remedio que entrecruzar sus débiles piernas, seguir acurrucado contra la pared y esperar. ¿Qué espera Pepito de la Navidad? Como no sabe soñar no espera nada salvo la brutal paliza que va a recibir. Nunca ha podido adivinar qué significa aquello de la Navidad. Por el cielo estrellado, aquella noche, varias decenas de estrellas fugaces pasaron raudas y veloces, pero pepito las mira y no sabe de dónde vienen ni hacia dónde van...

Al pasar junto a Pepito, Papá Amador quiere acelerar el paso, Mamá Lucía ha mirado de soslayo al niño y se ha agarrado fuertemente al brazo de Papá Amador; pero Rocío se ha detenido a mirar, por un momento con sus lindos ojos azules, a aquel niño de once años acurrucado contra la pared de la acera. Ella sólo tiene ocho años de edad.

- ¡Vamos, Rocío, que tenemos prisa! ¡No podemos perder el tiempo!

- No tiene nada, papá...

- ¿Cómo sabes tú que no tiene nada?

- Porque me lo dice su mirada vacía.

Efectivamente, la mirada de Pepito es un vacío absoluto sin ninguna clase de expresión. Y es entonces, al mirarle fijamente, cuando Mamá Lucía lo ha decidido...

- Está bien, esta noche cenará en nuestra casa.

- Pero no puede venir con nosotros a la Pastelería Luxe. Si quiere esperarnos en la calle ya vendremos a por él.

- Gracias, papá.

Después la niña se dirige al niño...

- ¿Cómo te llamas?

A la pregunta de Rocío, Pepito no contesta nada pero dos furtivas lágrimas surgen de sus apagados ojos y recorren su rostro. No tiene nada más que decir cuando la niña le limpia las dos lágrimas con sus suaves manos. Y después Papá Amador, Mamá Lucía y ella se marchan lejos, muy lejos de la mirada de Pepito.

Al regresa de la Pastelería Luxe, el niño está todavía temblando de miendo y acurrucado contra la pared.

- ¿No te has ido todavía?

- ¡Papá, tú dijiste que nos esperase!

- Pero...

- Pero nada, Amador. Nos lo llevamos a casa para que cene con nosotros.

- Gracias, mamá.

Aquella noche fue algo irreal para Pepito; algo que no estaba nunca previsto en su triste existencia. Para su sorpresa pudo comprobar que le abrían la puerta de aquel inmenso y hermoso jardín y que le dejaban pasar dentro de aquella lujosa mansión. Entró y pensó que todo aquello sólo era un cuento de hadas.

Pero fue verdad. Rocío y Pepito cenaron y comieron toda clase de golosinas y, después, ella sintió la inmensa emoción de jugar horas enteras compartiendo todos sus juguetes.

- ¿Cómo te llamas?

Ahroa sí. Ahora Pepito pudo contestar sin soltar un par de lágrimas...

- No lo sé pero todos me llaman Pepito.

- ¿Te gusta el balón?

- ¿Es de reglamento?

- Sí.

- Es la primera vez que tengo un balón de reglamento en mis manos.

- Te lo regalo.

- ¿De verdad me lo puedo quedar para mí?

- De verdad que te lo regalo. Yo tengo muchos más.

Papá Amador dio por terminada la velada...

- Bueno, ya es muy tarde y te tienes que marchar, Pepito. Lo siento.

- ¡Espera, papá! ¡Espera un momento más!

Pepito sabía muy bien que aquello iba a durar muy poco y lo comprendió, pero escuchó la voz de Mamá Lucía como proveniente de algún lejano país.

- Este niño no puede andar solo por las calles a estas horas de la madrugada. Esta noche se queda a dormir con nosotros.

- ¿Tú lo crees necesario, Lucía?

- Totalmente necesario, Amador. Es un acto de caridad.

- Gracias, mamá.

Los niños estuvieron jugando un poco más con aquel maravilloso y brillante balón de reglamento que Pepito todavía no podía creer que le perteneciese a él. Hasta que Mamá Lucía decidió que ya era hora de verdad muy tarde para que los niños estuviesen despiertos.

- Pepito, aquí tienes un sofá para que duermas esta noche junto a la chimenea.

Pepito se tumbó en el sofá mientas Mamá Lucía le cubría su ya caliente cuerpo con una manta y él estrechaba fuertemente el balón contra su corazón antes de quedar dormido. Rocío no hacía otra cosa sino mirarle con esa mirada de nostalgia que algunas veces aparecía en sus luminosos y bellos ojos azules.

- Mamá...

- ¿Y ahora qué pasa, Rocío? Ya hemos hecho todo lo que hemos podido hacer por él.

- Es que... yo quiero un hermanito para poder jugar y no sentirme tan sola...

- Pero ya sabes que tu papá no desea tener más familia...

- Estoy pidiendo que sea Pepito ese hermanito que tanto necesito yo.

Mamá Lucía observó detenidamente a aquel niño de once años que dormía profundamente en el soá, junto a la caliente chiemenea, estrechando fuertemente el balón contra su corazón.

- Está bien. Mañana mismo hablaré con papá para ver si es posible...

- Gracias, mamá.

- Ahora quiero que te portes bien y vayas a tu habitación a dormir.

- ¿Puedo quedarme un par de minutos más mirándole?

- Bueno; pero después apagas todas las luces y a dormir...

Mamá Lucía abandonó la gran sala y entonces Pepito abrió sus ojos, ahora luminosos y alegres, para ver cómo Rocío abría la ventana que daba al inmenso jardín y cómo, después, se acercó a la dorada jaula, abrió la pequeña puerta, y el loro multicolor, en breves décimas de segundos, salió velozmente pro la ventana con dirección a la lejana selva. ¡Era su total liberación!

- Quizás eso sea la Navidad... -pensó Pepito.

Y el niño volvió a quedarse dormido, al lado de la caliente chimenea, mientras soñaba por primera vez en su vida.

Autor: José Orero de Julián "Diesel"

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ESTA NOCHE ES NOCHEBUENA (Cuento de Navidad)

- ¡Esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad, dame la bota María que me voy a emborrachar! ¡Ande ande ande, la Marimorena, ande ande ande que es la Nochebuena!

- Monolo... Manolo... que me parece que tú estás buscando algo...

- Que no Carmencita, que no; que lo que pasa es que estoy alegre.

- ¿Alguien sabe a qué hora pasa el búho?

- ¡No interrumpas ahora, pesado!

- Si Mariano dice eso es por algo, Manolo.

- ¡Carmencita! ¡Esta noche es Nochebuena y mañana Dios dirá!

- Es que si pierdo el búho me zumban la badana.

- ¿Es que no puedes estar callado, Mariano de las narices?

- ¡Manolo! ¡Qué forma es esa de dirigirte a un compañero de Contabilidad!

- Venga... venga... vamos a por otra... Carmencita...

- ¡Ni hablar de la peluca de Lorenzo!

Lorenzo sale de su modorra...

- ¿Mi peluca? ¿Qué le pasa a mi peluca?

- ¡Que vamos a por otras queridos compañeros de Contabilidad!

- Ya llevo bien contadas las que nos hemos bebido y creo que...

- ¿Puedes dejar ya de jeringar tanto, Mariano?

Se acerca el camarero...

- ¡Estimada dama y estimados caballeros! ¡Este restaurante ya va a cerrar sus puertas y, una de dos, o se marchan como Dios manda o llamo a la Policía!

- ¡Escuche, empleaducho, o nos sirve otra botella más o aquí arde Troya! ¡Simple! ¡Que es usted más simple que Monchito, el ordenanza de la Principal!

- ¿Usted me está llamando a mí simple porque cumplo con mi función?

- ¡Déjalo, Manolo! ¡No vayamos a tener función y salgamos mañana en "El País"!

- ¡Es que este simple no sabe con quién está hablando, Mariano!

- ¿Se puede saber con quién estoy hablando, chuleta?

- ¿Yo un chuleta? ¿Se atreve usted a llamarme a mí un chuleta? ¡Yo soy todo un Jefe de Primera en el departamento de Contabilidad!

- ¡Y yo soy cabeza de mi familia! ¡No te fastidia con el estirado éste!

- ¿Estirado? ¿Se atreve usted a llamarme a mí estirado? ¡No sabe bien con quién se está jugando usted los cuartos!

- Por favor, Manolo... vámonos ya...

- Porque me lo está pidiendo una verdadera dama que si no...

- ¿Qué haría usted si no se lo estuviese pidiendo una verdadera dama y yo no dudo de que lo sea?

- ¡Mi peluca! ¿Qué pasa con mi peluca?

- ¡Menuda toña ha cogido Lorenzo, Manolo!

- Esto... sí... claro Manolo... hay que llevarlo a su casa...

- ¿Ya ha razonado usted lo suficiente señor Jefe de Primera del Departamento de Contabilidad?

- ¡Nos vamos! ¡Pero esto no va a quedar así! ¡Dele usted gracias a Dios de que hoy es Nochebuena y mañana es Navidad!

Entre Manolo y Mariano sacan, como pueden, a Lorenzo de su asiento y, seguidos de Carmencita, salen al exterior.

- ¡Dios mío, qué gélido está el panorama!

- ¿Gélido? ¿Qué quiere decir gélido, Mariano?

- ¿Pero no eres tú el Jefe de Primera y yo solamente un auxiliar administrativo?

- ¡Que dejéis ya de pelear y que qué vamos a hacer con Lorenzo!

- Mariano... por caridad... por amor de Dios... porque estamos en Nochebuena...

- ¿Qué está usted tramando, Manolo?

- Te pido un favor con toda confianza, Mariano.

- ¡Ni un céntimo! ¡No me ha quedado ni un céntimo en el bolsillo!

- Lo que pasa es que con Lorenzo hay que hacer un acto de misericordia sabiendo que es época de Navidad.

- Desembuche usted ya del todo porque a este paso me pierdo el búho.

- ¡Eso! ¡Eso precisamente te estoy pidiendo que hagas! ¡Por el amor de Dios que nace esta noche! ¿Podrías llevarte en el búho a Lorenzo?

- ¿Y cargar yo con el mochuelo?

Lorenzo vuelve a salir de su aturdimiento...

- ¿Quién ha dicho que vamos a cenar mochuelo? ¿No es el mochuelo un animal protegido porque está a punto de extinción total?

- ¡Mientras queden vivos tipos como tú, los mochuelos no desaparecen!

- ¡Manolo! ¡No seas tan cruel con Lorenzo que estamos en Navidad!

- Porque me lo pide una verdadera dama como tú, Carmencita...

- ¿Qué gano yo con llevarme a Lorenzo en el búho?

- Sé que andas todo el año intentando ascender a oficial segundo. ¡Te juro, Mariano, que como tan seguros estamos de que esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad, si te llevas a Lorenzo en el búho lo de tu ascenso está hecho! ¡Ya sabes que soy la mano derecha de Antonio!

- Espero que esta vez sea verdad...

- ¡Te lo juro, Mariano, te lo juro! ¡Esta noche nace Dios y no voy a jurar en vano!

Mariano, sin estar convencido del todo, se carga a hombros a Lorenzo y se marcha hacia la parada del búho.

- Bueno, Carmencita... ¿qué tal si nos tomamos la última?...

- Manolo... Manolo... que no me fío ni un pelo...

- ¡Pero si esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad, mujer!

- Mujer soy pero no tuya ni por asomo.

- No pienses tan mal de mí, Carmencita...

- ¿Me jura también a mí que va a ser la última?

- ¡Te lo juro! ¡Te lo juro! ¡Te lo juro!

Ambos, guardándose la distancia que impone Carmencita, entrar en el bar.

- ¡Dos copas de jerez pero del fino!

- Al menos se dice buenas noches por lo menos... vamos... eso digo yo...

- Perdone camarero... es que estoy muy emocionado porque esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad...

- Está bien. Está usted perdonado. ¿Se lo sirvo en una mesa o prefieren el mostrador?

- ¡El mostrador! ¡Que sea en el mostrador!

- Pero Carmencita... toda una dama como tú... tomando en el mostrador...

- Por si las moscas...

- Está bien. Que sea en el mostrador.

Se sientan los dos en sendos taburetes siempre Carmencita manteniendo una distancia prudencial.

- Lo que pasa es que estamos solos...

- Por eso mismo, Manolo, por eso mismo...

- Pero mujer... si esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad...

- ¿Y quieres aburrirme con alguna de tus historias?

- ¡Que San Agapito me corte la lengua si intento hacerte alguna proposición deshonesta!

- Pues entonces dale gracias a San Agapito no vaya a ser que te corte yo otra cosa.

- Es que estoy nostálgico, Carmencita... y necesito un poco de amor... de compañerismo por supuesto...

- ¿Amor de compañerismo? ¿Qué es eso, Manolo?

- ¡Aquí tienen los dos vasos de jerez! ¡Que ustedes gocen todo lo que puedan!

- ¿Ves, Carmencita? ¡Hasta el camarero me da a mí la razón!

- Pero la razón del camarero no es la misma razón que la razón de mi Pedro...

- Eso... eso... hablemos de eso...

- ¿De mi Pedro?

- ¿Qué tal te va con él?

- ¡Con decirte que aprovechando que esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad va a pedirle mi mano a mi señor padre queda dicho todo!

- ¡Me cachis en los mengues! ¡Me cachis en los mengues! ¡Y me cachis en los mengues!

- Pero Manolo...

- Es que estoy muy solo, Carmencita...

- ¿No te va bien con la Hortensia?

- Precisamente hoy, siendo Nochebuena, ha tramitado ya el divorcio.

- ¿Y qué quieres que yo haga?

- Que si tú quisieras...

- Pero es que mi Pedro no quiere... porque dice que o virgen o verdes las han segado...

- ¡Me cachis en los mengues! ¡Me cachis en los mengues! ¡Y me cachis en los mengues!

- ¡Mira, Manolo! ¡Ni Jefe de Primera ni leches en vinagre! ¡Como esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad no puedo mentirte! ¡Estoy hasta el moño de que me estés acosando! ¿me estás entendiendo ya? ¡Llevo solamente nueve meses en Contabilidad y esto ya es más pesado que un embarazo completo! ¡O me dejas en paz o se entera tu querido y amado Antonio!

- Bebamos... Carmencita... bebamos...

En esos momentos Manolo, el Jefe de Primera del Departamento de Contabilidad cae, vencido por el licor, sobre el mostrador.

- Camarero... cuando despierte le pasa usted la cuenta... porque lo que es esta menda se marcha porque me caso... me caso... y me caso... tan cierto como que esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad esta vez sí que me caso gracias a Dios.

José Orero De Julián
("Diesel")


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LUCES DE NEÓN (Cuento de Navidad)

Era fría la noche y todos los transéuntes caminaban demasiado ocupados en sus impertérritos pensamientos como para que aquel indiecito pequeño como un alfiler pudiese llamarles la atrención. Solamente las luces de neón de un comercio de perfumería parecía saludarle a través de la bella modelo del escaparate y la sonrisa de ella, blanca como el marfil y enmarcada entre los finos trazos de unos labios de amapola, le atornillaba la conciencia en una desesperada soledad. ¿Y quién era él para poder seguir amándola bajo la niebla y el temblor de la piel?

¿Qué derecho poseía él, pobre indiecito arruinado por las lacras del alcohol, para desearla toda la noche envuelto en su poncho de colores tan vivios como el arco iris de las pupilas de ella? Y, sin embargo, a pesar de su propia inhibición, el inciecito seguía allí, arrebujado contra la mugrienta esquina de las colillas del tabaco gringo, amándola con desesperación... esperando que la noche se hiciera terriblemente oscura para levantarse y, como ladrón de bibicletas, darle un beso en la boca a través del gélido cristal del escaparate como hacía todas las noches, a hurtadillas, escondido de la mirada escudriñadora de los policías, desde hacía ya un lustro...

Autor: José Orero de Julián "Diesel"

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NIGHT KIMYA (Cuento de Navidad)

- ¡Bongani, el chocolate ya está servido!

- ¡Espera un momento. Thandiswa, que estoy terminando de afinar la kora!

-¡Deja ya de trabajar, Bongani! ¡He estado preparando durante varias horas el chocolate y no quiero que ahora tú me amargues la tarde!

- Está bien, Thandiswa... tomemos el chocolate en paz...

Pocos instantes después los dos estaban tomando tranquilamente el chocolate a la taza.

- ¿Te gusta, Bongani?

- ¿Te refieres al chocolate?

- ¡Claro que me estoy refiriendo al chocolate!

- ¡Está excelente, Thandiswa! ¡Te felicito!

- Es de puro cacao guineano y me lo ha regalado Kuki.

- Kuki te quiere demasiado...

- ¡No pienses mal, Bongani! ¡No empieces otra vez con tus ataques de celos infundados! Fue gracias a Kuki cómo pude enderezar mi vida cuando solamente era una ingenua adolescente.

- ¿Y los niños? ¿Dónde están los niños?

- Joseph y Elisa están merendando en casa de sus primos.

- ¡Viéndoles crecer tan sanos y fuertes año tas año cada vez agradezco más a Dios haberme casado contigo!

- Tenemos que hablar, Bongani...

- ¿Algún problema con nuestros hijos?

- No desvíes el tema, Bongani. A nuestros hijos no les sucede nada malo.

- Entonces no te entiendo...

- ¿Sabes qué se celebra esta noche?

- El Nacimiento del Niño Jesús.

- ¿Y qué dice el Cristianismo acerca de esta Festividad?

- Que es Noche de Paz.

- A eso quiero yo llegar, Bongani.

- Sigo sin entenderte...

- Voy a ser sincera del todo.

- Eso está muy bien dicho. En estas Fiestas lo mejor es ser sinceros del todo.

- ¿Cuántos años hace que no hablas con Isaac?

- Esta noche hace exactamente veinte años que no nos dirigimos la palabra ni para saludarnos con un hola o un adiós.

- ¿Y tú crees que es normal que lleves ya un total de veinte años exactos sin dirigirle la palabra a quien fue tu mejor amigo del alma?

- ¡Tú lo has dicho! ¡Así es el alma de los africanos!

- ¡No digas tonterías, Bongani! ¡El alma de los africanos es exactamente igual que el alma de los demás seres humanos!

- ¿Se puede saber a qué santo y seña viene hablar ahora del alma de los seres humanos?

- Vuelvo a insistirte que veinte años sin hablar con Isaac son dos décadas... y dos décadas es demasiado tiempo...

- ¡¡Un momento, Thandiswa, un momento!! ¡¡El culpable de que Isaac y yo llevemos veinte años sin dirigirnos para nada la palabra es solamente él y tú bien que lo sabes!!

- En primer lugar, Bongani, haz el favor de no levantar la voz porque ni estoy sorda ni es hoy un día apropiado para estar de mal genio.

- Es que me pones nervioso cuando te refieres a un tema del cual yo no tengo la culpa.

- Si... ya lo sé que tú no tienes la culpa... pero, en segundo lugar, ¿qué dice el Cristianismo cuando llega la época de la Navidad?

- Que hay que felicitar a todos y a todas y desearles una vida mejor.

- ¿Tú me amas de verdad, Bongani?

- Eres la única mujer que he amado de verdad en toda mi vida... por eso me casé contigo... y conste que pude haberme casado con muchas más...

- Sólo quiero saber hasta cuánto me amas tú.

- Te amo tanto que me atreví a pedirle tu mano a Malambule.

- Quiero que le pidas perdón...

- ¿Yo pedir perdón a tu padre Malambule cuando sabes que nos llevamos perfectamente bien y somos dos amigos verdaderos?

- No me estoy refiriendo a mi padre Malambule...

- ¡Ahora sí que no te entiendo nada de nada! ¿A quién tengo yo que pedir perdón si no tengo enemigos en ninguna parte?

- Quiero que le pidas perdón a Isaac.

- ¡¡Thandiswa!! ¡¡Por ser hoy el día que es puedes pedirme que haga cualquier cosa que tú quieras que haga y la hago con todo el amor del mundo pero pedirle perdón a ese tal Isaac después de lo que hizo eso sí que no lo voy a hacer jamás de los jamases!!

- No me chilles tanto, Bongani...

- Está bien. No voy a chillarte ni una sola vez más. Pero quiero dejar bien claro que jamás voy a hacer eso de ir a pedir perdón a Isaac por algo que hizo él y no yo.

- ¿Qué sería de nosotros dos si Jesucristo no hubiese perdonado a los que le estaban clavando en la cruz?

- Que no seríamos cristianos.

- Eso es: Y además estoy segura de que ni tan siquiera nos hubiésemos conocido y no estaríamos, por lo tanto, casados.

- ¿Puedo hacerte una pregunta, Thandiswa?

- Si quieres puedes pero sé honesto, por favor.

- ¿Me vas a contestar tú con total honestidad?

- Te doy mi palabra de senegalesa de alta clase social.

- ¿Tú sientes algo todavía por Isaac?

- ¡Bongani! ¡La duda ofende!

- No te estoy preguntando por ninguna clase de duda sino porque quiero saberlo de verdad.

- ¡Pues sí! Todavía siento algo por Isaac... pero no es lo que estás pensando... porque tú muy bien sabes que al uno hombre que he amado siempre y que seguiré siempre amando sólo eres tú y nunca te he dado motivo alguno para que lo dudes o lo pongas en duda.

- ¿Entonces qué es lo que sientes por Isaac?

- Lo único que siento por Isaac, y tú deberías saberlo muy bien, solamente es misericordia. Todas las noches, antes de dormir, le pìdo a Dios que tenga misericordia de él.

- ¡Dios quiso que tú fueses para mí y no para él!

- Pero Bongani... ¿no te das cuenta de que somos verdaderamente dos seres humanos muy afortunados gracias a Dios?...

- Eso lo he sabido siempre. Pero yo no tengo la culpa de que cuando Dios quiso que fueses para mí y no para él, Isaac tomase la decisión de no hablarme más en la vida, de apartarse de todos los demás y de no dejar a nadie que se acerque a cien metros de la puerta de su mísera chabola porque siempre está preparado con la escopeta cargada para saltarle la tapa de los sesos a quien se le ocurra hacerlo. Si alguien tuvo la culpa de que te perdiera no fui yo sino ese mismo Dios cristiano del que estamos hablando.

- Hoy nace el Niño Dios, Bongani...

- Ya lo sé. Por eso tenemos preparada esta Gran Fiesta para celebrarlo esta noche con toda nuestra gran cantidad de amigos, amigas y familiares que nos aman de verdad.

- El Niño Dios nace para toda la Humanidad esta misma noche.

- Y eso es lo que vamos a celebrar con toda clase de alegría y buen humor.

- ¿Y qué pasa con Isaac? ¿Isaac no forma parte de la Humanidad?

- Ya no sé si pensar si forma parte o no forma parte de la Humandiad. Él sólo se ha aislado del resto del mundo y lo ha hecho voluntariamente. ¿Tú te sientes culpable?

- ¿Quieres que te diga la verdad, Bongani?

- Para eso estamos siendo sinceros. Para decirnos la verdad.

- ¡Pues sí! ¡Yo sí me siento en gran parte culpable de la desgracia de Isaac!

- ¡Pues no te entiendo, Thandiswa!

- Si Isaac no me hubiese conocido nunca ahora no estaría siendo tan desgraciado como es.

- ¿Estás loca o te está sentando mal el chocolate?

- Ninguna de las dos cosas. Y si tuvieses tanto amor hacia los demás como dices que tienes tú también te sentirías en gran parte culpable de su desgracia.

- ¡Escucha, Thandiswa! ¡Yo soy un hombre honesto que se gana la vida con el sudor de sus manos; tocando mi kora para hacer felices a todos los demás y, de paso, ganarme la vida honradamente y así poder sacar adelante a toda mi familia! ¿Tienes alguna queja de mi comportamiento o alguna vez te he dado motivo para que dudes de ello?

- Bongani... a nosotros nos sobra de todo. La Fiesta de Navidad es de alegría porque no nos falta de nada y en nuestra lujosa casa reina la felicidad por todas partes pero... ¿qué pasa en la mísera cabaña donde malvive Isaac?...

- Yo no sé qué pasa allí y tampoco lo sabe nadie de la poblacion de Mamari porque él no permite que nadie entre y le visite para saberlo.

- ¡Pues yo sí lo sé sin tener que haber estado dentro de ella todavía! ¡En todos los rincones de la mísera chabola de Isaac sólo reina la soledad!

- Escucha bien, Thandiswa. Para ser amado por los demás también tienes que amar tú a los demás. Eso es lo que no quiere hacer Isaac.

- Pero eso puede cambiar...

- Sólo un milagro de Dios puede hacer que eso cambie. Nadie ha conseguido hacerle cambiar de opinión en estos veinte años que hace que tú y yo nos enamoramos de verdad y a él le dio por el vicio de dedicarse a las borracheras y por la manía de amenazar a todo el mundo que se acerca a cien metros de su chabola con volarle la cabeza de un escopetazo.

- ¿Ves esa botella de Baileys que hay sobre el aparador?

- ¡Claro! ¡La he comprado yo para que brindemos esta noche de Navidad una vez más por nuestro amor!

- Pues si tanto amor me tienes esta noche te vas a poner la bufanda con los colores rojo, amarillo y verde de nuestra bandera de Senegal, vas a coger la botella de Baileys y la mejor gallina de nuestro gallinero y vas a ir a casa de Isaac para pedirle perdón, brindar con él y decirle que por la noche vamos Joseph, Elisa y yo para estar los cinco juntos y pasar los cinco juntos toda la Nochebuena hasta que llegue el alba de la Navidad.

- ¿Estás loca de verdad? ¡Tó lo que tiene que hacer es ir de inmediato a ver al psiquiatra Sipho!

- Sipho no tiene nada que ver en todo esto. Y no sólo no estoy loca sino que nunca jamás en mi vida he estado más lúcida que este día.

- ¿Pero sabes bien lo que estás diciendo? ¿Qué hacemos con todo lo que tenemos preparado para esta Gran Fiesta de Navidad? ¿Y qué le vamos a decir a toda la gran cantidad de invitados que tenemos entre hombres, mujeres, niños y niñas?

- Eso no tiene ninguna importancia. Yo me encargo de decirles que tenemos muchos años más por delante para poder celebrar muchas Fiestas de Navidad en nuestra casa pero que esta vez no puede ser. Y tú, mientras tanto, te vas con la bufanda, la botella de Baileys y la gallina a visitar a Isaac y haces las paces con él.

- ¿De verdad que no necesitas visitar a Sipho?

- Te repito una vez más que no estoy loca sino todo lo contrario.

- Si no estás locas... ¿me puedes explicar entonces por qué quieres que Isaac me levante la tapa de los sesos con un escopetazo por acercarme a cien metros de la puerta de su mísera chabola?

- Eso no va a pasar...

- ¡Escucha, Thandiswa! ¡Si yo me acercara a esa chabola el que estaría loco de verdad sería yo! ¡Tengo ganas de vivir muchas Navidades más y no morir a manos de alguien que me odia tanto que no me puede ver ni en pintura!

-¿No dices que no te sientes culpable de su desgracia?

- ¡Por supuesto que no me siento culpable ni de la desgracia de Isaac ni de la desgracia de nadie en este mundo! ¡Soy un hombre feliz que no quiere peleas con nadie y siempre he sido así!

- ¿Entonces por qué tienes miedo?

- ¡No tengo miedo de nada ni de nadie! Pero desde muy pequeño mi abuela Hilda me crió y me educó para que fuera siempre prudente. Si mi abuela Hilda no estuviese ya muerta y se encontrara hoy aquí delante de nosotros dos me daría la razón a mí.

- Pero yo no soy tu abuela Hilda sino, como tú has dicho antes, la única mujer que has amado y amas de verdad en esta vida.

- Lo que no comprendo es que tengas tantas ganas de quedarte viuda tan joven...

- Te repito que eso no va a pasar...

Sin apenas dar tiempo para que Bongani pudiese reaccionar, en muy pocos segundos éste se vio con la bufanda de los colores rojo, amarillo y verde de la bandera de Senegal enrollada en su cuello; con la botella de Baileys en su mano derecha y con la mejor gallina de su gallinero debajo del brazo izquierdo mientras ella le daba un dulce y amoroso beso en la boca y le empujaba suavemente hacia la calle.

- ¡Y no te olvides de decirle a Isaac que los niños y yo vamos esta noche a su mísera chabola! ¡No te preocupes por la kora! ¡La terminaré de afinar yo misma y yo misma la llevaré en persona para que tú la toques toda la noche entera, Bongani!

Envalentonado por el dulce y amoroso beso que Thandiswa le había dado en la boca, Bongani atravesó rápidamente toda la población de Mamari camino de la última de las míseras chabolas del barrio más paupérrimo de aquel lugar. Pero todo cambió cuando llegó a la distancia de los cien metros de la puerta de la de Isaac quien, divisando su llegada y sin levantarse de la silla, le apuntó con la escopeta.

- ¡¡¡No des ni un paso más hacia adelante, miserable!!! ¿Qué haces tú en un lugar como éste? ¡¡¡Si se te ocurre dar un paso más date por muerto!!!

- ¡¡¡No dispares, Isaac!!!

- ¡¡¡Si no quieres que dispare da inmediatamente la media vuelta y márchate por donde has venido!!!

- ¡¡¡Tenemos que hablar, Isaac!!!

- ¡¡¡Ni tú tienes nada que contarme a mi ni yo tengo nada que escuchar de ti, ladrón de mujeres!!!

- ¡¡¡Yo no le he quitado jamás la mujer a nadie!!!

- ¡¡¡A nadie menos a quien era tu mejor amigo del alma!!!

- ¡¡¡De eso quiero hablar contigo, Isaac!!!

- ¡¡¡Te repito por última vez que o te vas ahora mismo o te pego un escopetazo que te vuelo la cabeza!!!

- ¡¡¡Quiero razonar contigo!!!

- ¡¡¡Ya hace mucho tiempo que yo he dejado de razonar!!!

- ¿Y si te digo que vengo a hablar contigo porque me lo ha pedido Thandiswa?

A Isaac fue como si le hubiesen dado un mazazo en el cráneo completamente exento de pelo alguno.

- ¡¡¡No vuelvas a nombrar ese nombre de mujer delante de mí o es lo último que haces en la vida!!!

- ¡¡Escucha, desgraciado!!! ¡¡¡Ya estoy hasta los cataplines de tener que escuchar tus amenazas!!! ¡¡¡Así que no sigas siendo terco y deja la escopeta contra la puerta de tu mísera chabola porque voy a avanzar hasta entrar dentro de ella y si tienes de verdad cojones dispara a ver si te atreves!!!

Paralizado por la valentía de Bongani, Isaac apoyó la escopeta sobre la puerta de entrada de su mísera vivienda y, sin salir de su asombro, observó cómo su terrible enemigo fue avanzando hasta llegar a la altura misma donde se encontraba él todavía sentado.

- ¿Vas a seguir todo el año mirándome como si hubieses visto a un fantasma o me vas a ayudar con esta botella de Baileys y la mejor gallina de mi gallinero que son dos regalos que te hace Thandiswa porque nunca jamás se ha olvidado de ti?

A Isaac se le huemdecieron los ojos cuando oyó por segunda vez el nombre de aquella mujer pero quería seguir insistiendo con su agresividad sin límites...

- ¡¡¡Como hagas un movimiento en falso, saco el puñal y te arranco todas las tripas, cabrón!!!

- ¡¡¡Que te he dicho que me ayudes con la botella y la gallina porque ya estoy hasta el último pelo de tener que llevarlas encima!!!

Debido a que Isaac no terminaba de reaccionar, Bongani dio una patada a la puerta, entró en la mísera chabola, soportando como pudo el hedor que desprendía el cuerpo de Isaac así como todo el interior de aquella mal llamada vivienda y dejó la botella de Baileys sobre la destartalada mesa que se encontraba en la sala.

- ¿Vas a venir a por la gallina o voy a tener que dártela en la mano como si fueses un niño de cinco años de edad?

Isaac terminó por levantarse lentamente de la silla, entró en el interior de la mal llamada vivienda y, poco después, ya tenía atadas las dos patas de la gallina a una de las dos devencijadas sillas que se encontraban alrededor de la destartalada mesa mientras que Bongani se sentó en la otra, que chirrió como si fuese a venirse abajo de un momento a otro, abriendo la botella de Baileys. Así que a Isaac no le quedó más remedio que sentarse también.

- Vengo a pedirte perdón, Isaac.

Este seguía sin salir de su asombro mientras Bongani le ofrecía la botella.

- Y para que veas que vengo a pedirte perdón haz el favor de ser tú el primero en dar un trago.

Isaac dio un largo trago y le pasó la botella a Bongani quien también dio otro no menos largo.

- ¿Sabes por qué estoy aquí?

- No puedo... no puedo... no puedo entenderlo...

- ¿Crees que sólo es porque me lo ha pedido Thandiswa?

- Creo... creo... creo que eso es lo que has dicho antes...

- Pues no es sólo por eso sino por algo mucho más importante todavía. He venido porque hace ya veinte años que no nos saludamos ni para decirnos hola y adiós y hoy es Noche de Paz porque nace el Niño Dios.

- ¿Todavía sigues creyendo en eso?

- Por supuesto que sí. Y aunque Dios no me la hubiese dado a mí y te la hubiese dado a ti yo no hubiese hecho lo que has hecho tú y seguiría siendo tu amigo del alma, aunque ella fuese tuya y yo la siguiese amando en silencio pero creyendo que esta noche nace Jesús. Esa es la diferencia entre tú y yo. ¿Lo aceptas o no lo aceptas, miserable?

- ¿De verdad que ella sigue pensando en mí?

- Sí. Thandiswa siempre ha seguido pensando en ti.

- ¿Y sigue siendo tan guapa como siempre?

- Te vas a sorprender cuando la veas porque está mucho más guapa que nunca.

- ¿Es que va a venir a mi casa?

- Si a esto se le puede llamar casa... pues sí... vamos a pasar la Nochebuena contigo...

- ¿Tenéis hijos?

- Un niño que tiene seis años de edad y una niña que va a cumplir lo dos.

- ¿Y son tan guapos como ella?

- Exacto. Son tan guapos como ella.

- ¿Y qué te dice cuando habla de mí?

- Escucha bien, Isaac. Bebe otro trago de Baileys y hablemos de los buenos tiempos.

Isaac dio otro largo trago y Bongani hizo lo mismo alejando después la botella lejos del alcance de Isaac.

- ¡Ya no más, Isaac! ¡Ya no más alcohol! ¿Hablamos o no hablamos de los buenos tiempos?

-Ya no tengo casi memoria, Bongani. Todo aquello está ya muy borroso en mi mente.

- ¿Recuerdas, por ejemplo, cuando Thandiswa, tú y yo pasamos aquella larga temporada actuando los tres juntos en el Cafe Lion?

- ¡Ah, sí! ¡De eso me acuerdo bastante bien! ¿No fue cuando nos llamaban los tres "liones" de Madrid?

- ¡Eso es, Isaac! ¡Fueron buenos tiempos de bohemia, música y felicidad! ¡Menudas jaranas armábamos en la capital de España!

- Si... sí... claro que lo recuerdo...

- ¿Qué te pasó hace exactamente veinte años, cuando estábamos celebrando la Navidad en la ciudad de París, Isaac?

- ¡Cuando vi que os besásteis en la boca, justo al pie de la Torre Eiffel y delante de mí, no pude soportarlo y dejé de creer en Dios!

- ¿Y por eso te has quedado soltero y perdiendo tiempo, dinero y salud, con mujerzuelas de baja estofa con las que nadie quiere tener sexo ni en malos sueños?

- ¿Qué podía haber hecho yo, Bongani?

- ¡Haber sido un hombre de verdad y como Dios manda! ¡Te repito que si tú fueses el que la hubieses conquistado yo me hubiese comportado como un verdadero hombre y nunca me hubiese dado por dejar de tener la esperanza de encontrar a otra mujer mientras la olvidaría a ella sin haber roto el grupo que formábamos los tres y sin que ninguno de los dos os hubiéseis dado cuenta de mi dolor!

- Perdona, Bongani...

-¡Vaya! ¡Por fin tienes un pequeño detalle de humildad! ¿Qué daño te hace a ti que ella y yo seamos eternamente felices?

- No... no... no sé que decir...

- ¡Pues no digas nada más y túmbate en ese camastro para que duermas lo suficiente como para aguantar toda la Nochebuena en pie! ¡Mientras tanto, y antes de que Thandiswa y los niños vengan, yo me voy a dedicar a dejar todo esto lo suficientemente limpio y adecentado como para que sea al menos un poco agradable a la vista y poder pasar lo mejor posible esta Noche de Paz!

Isaac se quedó profundamente dormido mientras Bongani efectuaba la labor de limpieza y saneamiento de toda aquella especie de pocilga y, llegada la noche, Thandiswa cumplió con su palabra y llegó con Joseph, Elisa, comida suficiente para todos y la kora de Bondinga que éste tuvo el placer de tocar durante la noche. Por fin Isaac pudo sonreír un poco durante toda la fiesta pero supo, definitivamente y para siempre, que nunca jamás Thandiswa iba a dejar de amar a Bongani y que nunca jamás Bongani iba a dejar de amar a Thandiswa porque, por designio de aquel Niño Dios que acababa de nacer de nuevo, estaban hechos el uno para la otra y para toda la eternidad.


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ARDÍA EL FOGÓN (Cuento de Navidad)

En aquellas Navidades siempre ardía el fogón del horno. Mi madre y mi abuela doraban el pavo mientras mi padre, siempre con su eterna manera especial de liar los cigarrillos de `picadura selecta, miraba los quehaceres de las mujeres y los niños jugábamos a ser alguien importante en aquellas fechas. Dejábamos los cuadernos del colegio y esperábamos las castañas asadas para despojarnos del miedo al fogón. También había entonces madalenas para la taza del chocolate espeso. Eran días espesos. Eran horas espesas. Eran minutos espesos. Yo siempre quería ser un yo distinto no por vanidad sino por todo lo contrario; para ser igual que los otros pero con mis propias convicciones. Había apresado a una Princesa y la guardaba en mi corazón mientras se coleccionaban, en casa, los cromos de las banderas de todos los paises. ¿Cúál sería la bandera de mi Princesa?. Lo investigaba con el paso de los años a través de algo tan curioso como el tenis.

En aquella Navidades todos los niños y niñas éramos como ángeles un poco traviesos nada más. Alguna que otra broma& pero& en definitiva& lo importante era enamorarse de una Princesa que te durase todo el año y el año siguiente y el otro& hasta hacerse mayor y casarse con ella. Acerté a través del tenis aunque parezca paradójico. En la Navidades blancas la soñaba. En el verano ardiente encontré su bandera y supe que era la que estaba adivinando a través del tenis. FELIZ NAVIDAD A TODOS LOS ENAMORADOS Y ENAMORADAS.

Autor. José Orero de Julián "Diesel"

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LA GOTA DE DIOS (Cuento de Navidad)

Pasaban los segundos, los minutos, las horas... y la pequeña niña, sentada en el muro y dando la espalda al surtidor de agua de la fuente de la ciudad, seguía pidiendo caridad con la mano derecha hacia los transéuntes...

- Una pedazo de pan, por compasión, un pedazo de pan. Sólo les pido un pedazo de pan porque tengo hambre.

Las damas y los caballeros de la ciudad paseaban tranquilamente por la avenida y, al llegar a la altura de la niña descalza y vestida con harapos, miraban hacia otro lado y se hacían los sordos mientras el agua de la fuente parecía susurrar canciones...

- Un pedazo de pan, por compasión, un pedazo de pan. Sólo les pido un pedazo de pan porque tengo hambre.

Las damas y los caballeros de la ciudad seguían paseando y seguían mirando para otro lado con tal de no verla mientras el agua de la fuente seguía cantando...

- Un pedazo de pan, por compasión, un pedazo de pan. Sólo les pido un pedazo de pan porque tengo hambre.

Mientras la fuente seguía su sempiterna melodía, las damas y los caballeros de la ciudad caminaban y miraban hacia otro lado como si aquella pequeña niña descalza y vestida con harapos no existiera...

Y llegó la noche. La niña miró al cielo con la mano derecha extendida.

- Por favor, Dios, un pedazo de pan. Sólo te pido un pedazo de pan porque tengo hambre.

En aquel momento una pequeña nube gris apareció en el cielo y, respondiendo a la petición, una gran gota de agua se ofreció como voluntaria y descendió de la nube para caer en la mano estendida de la pequeña niña.

La niña descalza y vestida con harapos fue cerrando lentamente la mano mientras contemplaba aquella gran gota de agua y la fuente apagó su canto...

- Que sea una miga de pan, Señor, que sea una miga de pan, por favor.

Cerró los ojos la niña, como si se hubiera introducido en un mundo diferente al que la rodeaba. Después lentamente despertó y abrió su mano derecha. Lo que había en ella ya no era una gran gota de agua sino un enorme diamante.

- Gracias, Dios -dijo la niña.

Autor: José Orero de Julián ("Diesel")

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CARTA ABIERTA A PAPÁ NOEL (Cuento de Navidad)

Papá Noel: aunque estás un poco gordo por el buen comer, bueno yo diría más bien muy gordo, me caes medio bien porque tienes cara de borrachín y quién sabe cuántas aventuras habrás corrido por esos cafetines del mundo. Dicen que para compensar todas tus travesuras en Navidad repartes regalos por los cinco continentes de la Tierra y yo me lo creo& pero todo en esta vida tiene que ser cuestionado por las brujas del pensamiento posmodernista que te conocen demasiado bien y es por eso por lo que te escribo estas líneas para que estés muy atento y no te pille despreocupado el hecho de que esas brujas hayan extendido por todas partes el rumor de que andas encandilado de una dulce y preciosa princesa cuyo castillo tú todavía no conoces y que, en medio de tus noches bondadosas, preguntas a todas las doncellas que encuentras a tu paso por su paradero.

Dicen las brujas que el reno Rodolfo ya está cansado de que le tengas todas las Navidades de un lado para otro buscando la chimenea de dicho castillo y que esa obsesión por dar con ella te hace olvidarte de muchos niños y niñas que mendigan por las calles del mundo del subdesarrollo. Tengo que decirte que yo los he visto congelándose de frío, acurrucados en los portales de la oscuridad (lobeznos solitarios en medio de su desconsolado anochecer), pidiendo monedas a las gentes dadivosas que deambulan por las avenidas de las grandes urbes ciudadanas porque tú, obsesionado por la belleza de la princesa de los ojos dulces, olvidas todos los años cumplir con la mitad de tus quehaceres.

Entregado a la bebida para olvidarla (y de ahí tu cara de borrachín que me cae medio bien) no has podido meditar lo suficiente y por eso te has olvidado de los verdaderamente pobres. ¡Ya me dirás que haces con tanta cantidad de dinero que te dan los publicistas del marketing transnacional y si tienes derecho alguno a ser solamente cómplice de los millonarios!

Hoy he leído la noticia de que un grupo de niños de la calle & ¿sabes tú quiénes son en verdad los niños de la calle?& han muerto por sobredosis de pegamento en una arteria transversal de los bajos fondos de una ciudad latinoamericana de cuyo no nombre no quiero acordarme y yo he decidido que, en nombre del Jesús recién nacido, ha llegado la hora de hacer público que tu capricho de viejo verde adinerado -quizás el único capricho que tienes en tu vida- está haciendo derramar muchas lágrimas a familias enteras abandonadas por los caprichosos políticos de sus países, por los moralistas religiosos de la tradición fundamentalista de sus países y por los avarientos economistas de la globalización mundial.

Ya es hora de que cuelgues tus acharoladas y limpias botas de zascandilear entre las jovencitas de buen ver y te pongas a faenar con las desgastadas zapatillas del obrero y que, de paso, rompas, de una vez por todas, con la ambición de conquistar a la princesa de dulce mirar ya que has de saber, viejo bribón al servicio de las multinacionales, que ella es la dueña del corazón de los humildes y que yo, por supuesto, no te voy a decir nunca jamás donde vive porque ella es la que me hace soñar todos los días con un mundo libre de injusticias.

Por eso creo en las serias y reflexivas sonrisas de los Reyes Magos de Belén y no en las artificiosas y mercantilistas sonrisas que esconden, con ayuda de las longas barbas blancas, la verdadera razón de tu búsqueda enfermiza. Cuando de verdad dejes el traje de la glotonería mercantil en el armario de los olvidos y te pongas a repartir regalos con el mono de los trabajadores podré confiar plenamente en ti -y no sólo a medias como ahora me ocurre- para decirte que la princesa ya tiene dueño.

Firmado: El Príncipe del Castillo.

Autor: José Orero de Julián "Diesel".

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CUANDO MI MADRE ASABA CASTAÑAS (Cuento de Navidad)

Eran fiestas de vida enardecida. Al olor y sabor de las castañas se reunía toda la familia en unos conciliábulos que podrían titularse algo así como "Conversaciones alrededor del brasero". Allí alimentábamos nuestra más tierna infancia mientras mi padre fabricaba sus propios cartuchos de caza, recargándolos de pólvora y perdigones, para salir el domingo en busca de conejos, palomas, perdices y codornices. Por aquel entonces nosotros disfrutábamos de juegos aprendidos en los tambores lejanos o el puente sobre el río Kwai y sólo los veicnos de enfrente tenían un teelvisor en blanco y negro. Mientras yo oía las voces lejanas de los locutores de la radio, la escala en hi-fi me sonaba a lejana música hawaiana retrotraída desde Nueva York, una ciudad tan lejana como el famoso paralelo asiático de las dos Coreas.

Cuando mi madre asaba las castañas nosotros coloreábamos con nuestros lapiceros Alpino dibujos de aventuras extraterrestres en tiempos en que Diego Valor luchaba contra los mekones y las chicas eran algo así como fantasmagorías mistéricas& excepto La Toti y la Piluchi que luchaban entre sí por ser el foco de atención de toda la chavalería del barrio; aquel barrio colgado entre el parque del Retiro y la avenida del Doctor Esquerdo en un Madrid lleno de árboles de pan y quesillo hacia cuyas ramas saltábamos con afán de sentir que estábamos creciendo&

Cuando mi madre asaba las castañas nosotros nos lanzábamos cuesta abajo hacia la barriada de Vallecas montados en patinetas de madera confeccionadas con la artesanía de la buena memoria y arrastrábamos la melancolía de los cánticos escolares mientras escuchábamos a los niños de San Ildefonso cantarinear las bolas del Gordo& un Gordo que nunca se asomó por el barrio mientras todos nuestros padres (y los tíos venidos del pueblo) se desmigajaban la vista recorriendo las largas series de la pedrea.

Al olor y sabor de las castañas entonábamos villancicos mientras tocábamos zambombas, panderetas y botellas de anís del mono mientras el tío Pedro El Olivos siempre se emborrachaba y daba muestras de su excelente humor a la par que hacía equilibrios circenses sobre aquellas sillas de madera en donde yo emulaba a Federico Martín Bahamontes cuando iniciaba mi particular Tour por los acontecimientos cotidianos.

Entonces, cuando mi madre asaba las castañas, la vida era tan hermosa que sólo era necesario amarla& al igual que a aquella princesa nacida en el río Amazonas que me tenía desvelado todas las noches en que yo soñaba con peces de colores nadando en las abruptas aguas donde nadaban los animales cocodrilianos que yo había estudiado en los libritos de la colección Pulga. Y los vecinos de enfrente, para darnos en las narices con su artefacto televisivo en blanco y negro, nos contaban que acababan de ver el último gol de tacón de Alfredo Distéfano y que el Real Madrid acababa de golear al Stade de Reims, ciudad que por entonces a nosotros nos sonaba a queso gruyere y foia gras.

Cuando mi madre asaba las castañas la vida era tan bella que sólo se llamaba Infancia&

Autor: José Orero de Julián "Diesel".

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NAVIDAD.- No es la plata del dinero entrampador la que corre por las venas de los ríos y la sal marina de las algas clorofíleas. No es la plata del poder. Lo que corre hoy, en la antesala del nacimiento de Jesús, es la plata de las alas de una paloma que, en forma de Espíritu Santo, baja a la Tierra para decirnos a todos nosotros, hombres y mujeres del planeta azul, aquello de Gloria a Dios en las alturas y Paz en la Tierra a los hombres y mujeres de buena voluntad. Feliz Navidad para todos y todas. Recordad que ahí, a vuestro lado, hay alguien que está clamando dignidad.
20 de diciembre de 2016

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