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Un Recuerdo Rasgado por la Guerra

Estaba algo triste y melancólica. Me perdí entre mis antiguos recuerdos de la infancia, no esencialmente gratos pero aún así parte de mi vida y mi experiencia, y no puedo evitar admitir que derramé algunas lágrimas por algunos sucesos meramente desafortunados. No me gustaba estar así, más esto se había empeorado en gran medida y sumado más fuerza a mi tristeza porque hacía tiempo que a él no lo veía. Se había ido a la guerra, y aún no volvía. Había prometido que entre los días cercanos a este y los próximos iba a volver. Me había quedado cosiendo un pañuelo azul en los días de espera, mas aún no me mostraba señal alguna. Era un magnífico soldado y solía contar con excelencias en la guerra, mas yo...tenía miedo. Tenía miedo por si había sido herido, más allá de que aborrezco su ausencia, temía hasta de su... ¡No! No podía pensar en eso. Era demasiado improbable, y además aquellos eran pensamientos horribles y oscuros. Decidí nublar aquellos pensamientos hasta que se cubran por completo, por lo que salir a pasear por el castillo, hermoso, pulido e imponente en el cual vivía, desde que él me ofreció matrimonio. Recuerdo aquel día como si hubiera sido ayer. Era tan fantasiosa con aquel momento que no pensé que de verdad llegaría a mi vida. Irrumpió como el mar irrumpe fugazmente las rocas de un risco. Llegué a detenerme uno de los pasillos del castillo, más específicamente el que da a la puerta principal, observando alguno de los tantos escudos y otros ornamentos bélicos y heráldicos que se encontraban sobre el muro. Había anochecido, y él aún no llegaba. Empecé a preocuparme, mas no tenía forma de comunicarme. Esperé un poco más, pero ya llegaba cerca del estado entre el sueño y la vigilia. No podía dormirme, ya demasiadas noches ocurrieron sin mi esposo a mi lado, y estando despierta no hacía más que lamentarme. Aunque podía ocultarlo, era casi imposible vivir sin la mitad de mi corazón. Estaba destrozada, y varias veces lloré, lamentándome de la ausencia de mi compañero dorado. Quería que volvamos a tener aquellas risas, consuelos, caricias, abrazos...Quería que regresase. En un momento inoportuno, cuando estaba casi conciliando el sueño apoyada contra la pared, oí un ruido en la puerta. Llegué a divisar aquella figura con los ojos entreabiertos, debido al cansancio insufrible que padecía el no haber dormido hasta las altas horas de la noche. Al abrir un poco más los ojos, lo vi: era la alta figura de mi marido, aunque estaba en un paupérrimo estado: sus vestiduras, que antes habrían sido un uniforme de soldado, estaban reducidas a una camisa blanca y un pantalón simple hechos ambos harapos, cuyas sedas bamboleantes se confundían con heridas, algunas aún abiertas, y que parecían recientes. Yo estaba casi horrorizada, no podía verlo en aquel estado, debía intentar ayudarlo en alguna forma. Aun así, se acercó hacia mi cuerpo semi-postrado en la pared. No emitió palabra, lo que resultó demasiado inquietante por unos momentos. Continuó acercándose hacia mí, y yo lo imité en cuanto al silencio, a pesar de que quería hablarle, y hasta quería gritar. Pero no, no pude hacer más que mirarlo fijamente a los ojos que me atrapaban y no me dejaban ir. Me tomó lentamente de la cintura y me apoyó contra la pared, levantándome un poco. La única acción que mi cuerpo me permitió realizar fue que se ruborizaran ridícula y absurdamente mis mejillas. Sentí que volvía a estar feliz, volví a sentir aquel cosquilleo incoherente a las situaciones normales de la vida cotidiana, sentí que volvía a florecer y tal vez, volvería a llegar a ser una flor para él. Mi cuerpo se había congelado, aunque aun así me sentía cálidamente confortada por volver a sentir sus caricias en mis brazos. Se acercó aún más a mí, con sus labios cerca de mi cuello, y volví a sentir su respiración, a la cual yo debo mis suspiros. "Te extrañé" fueron sus únicas dos palabras hasta el momento. Quise lagrimear de la emoción, como solía hacer cada vez que un suceso irrumpía felizmente en mi corazón. Mas él, aún casi aferrándose a mí, en un dulce y seductor susurro, esbozó un "No llores", dibujando una sonrisa en su rostro. Lo observé, estaba tan feliz como estaba yo, aunque mi persona no podía demostrarlo, dado que mi sangre estaba helada, entre los nervios y la euforia, y sólo mi felicidad era delatada por mi rubor. Se inclinó un poco y sus labios se encontraron apasionada y ardorosamente con los míos, dibujando un patrón con mi boca, a su vez que yo lo hacía con la de él. Con ambas manos le tomé las mejillas, las cuales estaban demasiado frías, seguramente por el devastador invierno que tuvo que soportar, aunque luego me vi obligada a resbalarlas hasta por detrás de su espalda. Era hasta como una danza, y mis zapatos de baile eran mis manos rozándole la espalda a medida que él acariciaba suavemente mi cadera. Irrumpió contra mí, por lo que apenas tuve posibilidad de respirar. Me quitó el aliento, me nubló la mirada de lo ajeno. Pero aquella irrupción en mi corazón me hizo saber, entre discretas lágrimas de emoción, que tantos días de dolorosa espera valieron la pena. Y volvería a esperar mil y un días más, para poder volver a soñar con aquel recuerdo dorado, rasgado por la guerra.
Gabiii1425 de diciembre de 2011

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